Acababa de llegar a mi ciudad, tras un nuevo curso terminado
y muchos conocimientos adquiridos, además de ciertas frustraciones. En general
había sido un buen programa y me encontraba satisfecho, pero también era más
consciente que nunca de lo duro que resultaría abrirse camino en el campo
profesional que había elegido. Todo el mundo me daba palmaditas en la espalda,
alabando mí afortunada decisión… asegurándome el gran futuro que se abría ante
mí.
-Todo lo relacionado con nuevas tecnologías tiene trabajo
asegurado.
-Has sido el más listo, menos años estudiando y empleo
seguro…
Y, en fin, un montón de comentarios parecidos. Lo malo era
que, a fuerza de oírlo uno terminaba creyéndoselo; entonces empezaban los
problemas. Cierto es que el mundo de la animación por ordenador comenzaba ahora
a eclosionar en España y gran parte de Europa, a excepción segura de Inglaterra
donde, junto con EE.UU., nos sacaban una década de ventaja, pero los espacios
apenas estaban definidos, todavía no se reconocía nuestro arduo trabajo como tal
(la gente pensaba que solo se trataba de darle a unas cuantas teclas y ¡voila!)
y los profesionales de otros sectores aún no veían las claras ventajas (ahorro
de dinero y tiempo, aparte de los excelentes resultados) que nuestra
colaboración podía aportar a sus negocios.
En definitiva, expectativas halagüeñas con una base real en
el presente, plagada aún de obstáculos que a nosotros, las jóvenes promesas, nos
iba a tocar sortear.
Pero me estoy yendo por las ramas.
Como decía, acababa de terminar mi segundo año de estudios
hacía apenas unas semanas, y me encontraba de nuevo en casa, disfrutando de un
relativo paréntesis (los que trabajamos en esto somos adictos y uno nunca puede
dejar de encender el Pc un ratito todos los días) cuando recibí la llamada de mi
prima Mara. Debo decir que me sorprendió un poco, pues casi nunca había llamado
así para hablar conmigo. Teníamos una buena relación forjada a lo largo de diez
años conviviendo muy cerca en la misma ciudad, aunque ella era cuatro años
menor; sin embargo desde hacía un par apenas sabíamos nada el uno del otro, tan
solo noticias sueltas oídas a nuestros padres.
Ella aprendía idiomas en el extranjero y, cuando volvía a
España se quedaba en su casa, descansando (normal por otra parte). Rondaría los
veinte años en la actualidad y sabía de fuentes fidedignas que continuaba
derritiendo al mundo con su belleza difícilmente superable y un encanto especial
que habían traído por la calle de la amargura a bastantes chicos, muchos de
ellos buenos amigos míos. Desde luego su físico era espectacular, con un cuerpo
de proporciones rayanas en la perfección (al menos desde mi parcial punto de
vista) y una carita muy linda.
Uno es humano y la última vez que la vi tenía 18 y yo 22… Con
esto quiero decir que no era inmune a sus encantos, pero se trataba de mi prima
y por encima de todo prevalecía el cariño enorme que le profesaba, fortalecido
día a día aquellas tardes en la ciudad, cuando nuestras madres salían a tomar un
café o a dar una vuelta y Mara se quedaba conmigo en casa. Entonces éramos
bastantes más pequeños los dos (11-15 años) y la hacía reír escenificando un sin
fin de tonterías. Después fuimos creciendo, desarrollando inquietudes, hobbys y
vocaciones; yo tenía mi grupo de amigos, los mejores debo decir y comenzaba a
introducirme en el dulce terreno de las relaciones con chicas, mientras ella, mi
prima, pasaba días y días sin salir apenas del lugar donde vivía, en el cual se
había creado un mundo ilusorio difícil de penetrar.
Descolgué el teléfono y escuché su voz al otro lado del
auricular.
-¿Primo?
La conversación duró unos diez minutos, durante los cuales
intentamos ponernos mutuamente al corriente de nuestras vidas respectivas. Al
cabo colgué, y recuerdo que permanecí un rato sentado en el sillón, pensando. De
la forma más inesperada iba a contar con compañía los próximos días (no he
comentado que me encontraba solo, pues mis padres hacían su vida diaria en un
apartamento cerca del lugar de trabajo del cabeza de familia). Mara iba a venir
a la ciudad por algo relacionado con una entrevista y me había preguntado si
podía quedarse en casa. Por supuesto, era algo obvio. Así pues, tras varios años
sin vernos iba a poder disfrutar de su compañía unos cuantos días.
Miércoles por la noche. Mara había llegado un poco antes de
la hora de comer, dejándome impresionado nada más verla, porqué no decirlo.
Realmente estaba preciosa; seguía manteniendo un tipo impactante y estaba aún
más guapa si eso resultaba posible. Además su encanto volvió a encender viejos
recuerdos apenas nos dimos el primer abrazo. Me hacía mucha ilusión volver a
verla… era un vínculo especial con un pasado ya perdido que había sido
maravilloso.
Durante gran parte de la tarde estuvimos charlando,
contándonos cosas de los últimos tiempos y rememorando antiguos momentos. Un
poco antes de la cena salimos a dar una vuelta y de regreso ella insistió en
preparar algo especial. Así fue; regaló mis sentidos con una esplendida comida a
la que yo aporté un buen vino tinto que nos bebimos sin apenas darnos cuenta.
Realmente fue un día muy agradable. Los dos nos encontrábamos
a gusto, relajados y actuando con esa naturalidad que otorga la confianza de un
pasado compartido. Al final, nos brillaban bastante los ojos. Vimos un poco de
televisión, le enseñé algunos de mis trabajos y escuchamos música hasta altas
horas de la noche, hablando de nuestros amigos en común.
A la mañana siguiente ella se despertó temprano, pues debía
ir a la entrevista de trabajo. Yo había insistido en acompañarla, pero no lo
consintió; de manera que me limité a explicarle cómo llegar hasta el lugar donde
la esperaban. Al oírla por la casa me levanté para prepararle el desayuno y ver
si necesitaba algo. Y me cayó una cariñosa reprimenda por hacerlo.
Mientras yo me afanaba en la cocina, Ella se metió en la
ducha. Al cabo de un rato la oí salir y deduje que primero se cambiaría y luego,
una vez arreglada vendría a comer algo. Por eso me llevé una sorpresa al verla
aparecer con una camiseta y envuelta en una toalla de cintura para abajo. Se
acercó a mí con su naturalidad característica.
-¡¡humm!! ¡¡Que bien huele!! ¿Dónde desayunamos?
Así que, sin más demora nos fuimos a la terraza a desayunar.
Yo no podía evitar admirar lo hermosa que estaba. La camiseta todavía algo
húmeda se ceñía a su torso, realzando cada centímetro de su figura y bajo la
toalla… Bueno, era mejor no pensar en eso. Era mi prima, demonios.
Aunque ahora estoy seguro de que ella se daba perfecta cuenta
de todo. Pero las mujeres son así, y además a mi me gustaba que lo fuesen. Saber
que no sentía vergüenza alguna ante mí era un halago, pues me demostraba que
confiaba en su primo y que estaba cómoda conmigo.
Aproveché la mañana para limpiar un poco y salir a hacer
algunas cosas. Sobre las 14:00 Mara me llamó diciendo que llegaría enseguida.
Después de almorzar nos quedamos dormidos viendo la tele; hacía algo de calor y
la modorra pudo con nosotros.
No sé en que momento exactamente un ruido me despertó. No
estaba muy consciente e iba a dormirme de nuevo cuando volví a oírlo. Era un
quedo gemido… miré la tele pensando que venía de allí y sin más la apagué. Pero
otro gemido, ahora un poco más alto, llamó mi atención otra vez; y ya no me
quedó la menor duda. Esos suspiros entrecortados salían de boca de mi prima.
Sorprendido la miré. Ella estaba medio tumbada en el sofá y seguía durmiendo,
mas noté como se agitaba de cuando en cuando y volvía a gemir. Era evidente que
estaba teniendo un sueño bastante caliente.
Aquello me fascinó. Aunque mi primera reacción fue hacer algo
para despertarla. Era mi prima y no quería sorprenderla en un momento así. Sin
embargo enseguida pensé que sería una crueldad, tanto para ella (no resultaba
frecuente tener sueños de aquella intensidad) como para mí. Al fin y al cabo no
era culpa mía, y tampoco era de piedra. Además ¿hay algo más bonito que poder
contemplar a una mujer sintiendo placer? Así pues, permanecí callado, escuchando
y contemplándola. Los movimientos de Mara se volvieron más rápidos e insinuantes
a la par que sus gemidos ganaban en intensidad. En un momento dado comenzó a
balancear sus caderas suave, acompasadamente y a suspirar con una cadencia cada
vez más acelerada. Yo estaba a cien, la verdad. Un espectáculo semejante es
capaz de conmover a la persona más imperturbable.
De pronto el ritmo de su respiración se aceleró y con un
pequeño gritito y una convulsión dejó de moverse, quedándose laxa y
profundamente dormida.
En aquel momento, entonces, se me ocurrió una idea nacida de
la excitación. Desde luego de no haber estado así jamás se me habría pasado por
la cabeza. Muy despacio me levanté y fui acercándome hasta ella. Al lado de su
preciosa cabecita. Respiré hondo y sin más descendí suavemente sobre su lindo
rostro, busqué sus labios entreabiertos, humedecidos, y le di un beso, rozándola
apenas. Fue tan sólo un segundo, pero la sensación que me produjo resultó tan
intensa que casi pierdo el control, abandonándome al deseo de acariciarla y
amarla con cada fibra de mi alma. No lo hice, claro. Y empezaba a separar mis
labios de los suyos cuando despertó. Abrió los ojos y me vio reclinado sobre
ella.
-Ahora si que la hemos liado- me dije.
No sabía como reaccionar. Esperé de todo… desde un bofetón a
un insulto o un comentario hiriente alusivo a la confianza traicionada. Mas no
ocurrió nada de eso. Sonrió dulcemente y sujetando mi cara me atrajo hacia sí y
me besó. Con una suavidad llena de ternura e intensidad al mismo tiempo.
-Nunca me había despertado de una forma tan bonita- me dijo
cuando nos separamos -¿a que ha venido ese impulso?- Y lo preguntó sin darle la
mayor importancia.
Ante aquel tono cálido no podía omitir la verdad, de manera
que me armé de valor y le dije lo de su sueño. –Viéndote ahí tumbada, tan guapa
y sensual no pude contener la tentación. Lo siento- terminé.
Me miró, sonriendo algo sonrojada, y levantándose vino hasta
mi -ven- susurró, tendiéndome la mano. Fuimos así cogidos hasta mi dormitorio,
donde bajó la persiana y dándose la vuelta me sujetó por la cintura y volvió a
besarme.
-Ya somos mayorcitos… y hace tanto que no nos veíamos.
Nuestros labios se encontraron una y otra vez, durante varios
minutos, muy despacio al principio, disfrutando con cada sensación, y cada vez
más apasionados con el transcurrir de los latidos de nuestros corazones. Era un
sueño oculto, inconsciente, haciéndose realidad, y con cada nuevo beso… con cada
caricia de sus labios, de su lengua, un nuevo vértigo me lanzaba más allá, a
paraísos sólo imaginados en instantes de deseo y excitación.
Cuando quise darme cuenta Mara descendía una de sus manos por
mi entrepierna. Desabrochó el pantalón a punto de explotar y con maestría
comenzó a masajear mi órgano totalmente hinchado. De nuevo comenzaba a suspirar,
a jadear y vi que intentaba masturbarme. Se lo impedí… no quería terminar así,
no ahora que tenía la oportunidad de gozar junto a ella. Empujándola suavemente
la tumbé en la cama y empecé a desabrocharle la camisa. Bajo esta se iba
desvelando ante mis ojos una piel tersa y hermosa protegida en sus puntos más
íntimos por un precioso sujetador de encaje blanco que subía y bajaba al ritmo
acelerado de su respiración.
Mis labios buscaron su ombligo y lo colmaron de besos muy
lentos, suaves y pausados mientras ella acariciaba mi pelo. Fui subiendo beso a
beso hasta llegar a sus pechos, donde continué por encima del sujetador. En un
momento dado, viendo cómo Mara entrecerraba los ojos abandonada a mis caricias,
di un mordisquito sobre uno de sus pezones y noté con deleite cómo estos
reaccionaban al instante, se endurecían provocando en mi prima una sensación
extremadamente agradable que la hizo suspirar un poco más. Al fin desabroché el
sujetador, recorriendo con toda la calma y el amor del mundo cada uno de sus
senos. Los dedos… los labios… la lengua, acariciaron aquel lugar deseado y
prohibido.
A esas alturas estaba sobre Ella, que frotaba su pubis contra
mi abultado miembro. Comencé a descender de nuevo, beso a beso, por su cuerpo y
llegué hasta los pantalones. Se los desabroché despacio descubriendo esa mágica
zona donde toda mujer guarda su más preciado tesoro, y donde todo hombre se
diluye comprendiendo fugazmente el verdadero secreto de la Creación. Unas
braguitas a juego con el sujetador protegían aquel triángulo anhelado, deseado y
que ahora palpitaba esperando mi llegada. Volví a besarla, esta vez en las
braguitas mientras terminaba de quitarle los pantalones. Ella se abrió aún más
dándome así luz verde para sumergirme en ese terreno maravilloso. Acerqué de
nuevo mi cabeza e iba a continuar besándola cuando mi prima se bajó por si misma
las braguitas, quitándoselas también. Aquello fue indescriptible… allí estaba,
ante mí, permitiéndome disfrutar de su cuerpo, dispuesta a compartir conmigo una
experiencia tan especial.
-desnúdate- me pidió susurrante. Y yo, cómo no, así lo hice.
-ahora primo… ¡ahora!- me atrajo hacia ella y tumbándome
encima pasó sus piernas alrededor de mi cintura. Sentí como mi sexo encontraba
los labios húmedos y sin darme tiempo a más, con un movimiento repentino se
acopló a mí haciéndonos a los dos soltar un gemido largo ante la primera
acometida. Cerró los ojos y sujetando mis nalgas fue marcando el ritmo que
deseaba. Al principio penetraciones fuertes, profundas, en las que permanecíamos
quietos un tiempo al final de cada una, sintiendo el contacto, la sensación de
nuestros respectivos órganos acoplándose. Después, poco a poco empezamos a
acelerar, mientras me dejaba llevar por sus suspiros, sus gemidos y me unía
haciendo igual.
El clímax se acercó rápidamente… la sensación de placer era
enloquecedora, indescriptible. Mara se agarraba a mi con fuerza ¡ahh… ahh… aahhh
Y yo mordía sus pechos, comía sus labios
Estaba ahí ¡se acercaba!
Un torrente salió de mi miembro llenando el capuchón del
preservativo a la par que en un grito ahogado el cuerpo de ella se arqueaba al
máximo, para quedar después laxo y cansado.