Son las siete de la tarde del viernes
en el que Charo y yo hemos quedado en León. Llevo más de
tres días intentando acercarme desde Almería a dicha capital
en medio de heladas, nevadas, trombas de agua, carreteras cortadas, trenes
y aviones detenidos y frío, mucho frío. Gracias a un potente
todoterreno que he alquilado en Benavente y a ciertas dosis de temeridad
entro en este preciso instante al Hostal San Marcos. No dejan de mirarme
con cara de sorpresa los empleados de la recepción ("hace dos
días que nadie entra ni sale de la ciudad") mientras me adjudican
una grandísima suite ("está casi vacío el hotel")
y me entregan un e-mail llegado el día anterior antes de que se
cortaran las líneas telefónicas con toda España.
Antes de entregarme a una caliente
y reparadora ducha leo el mensaje de Charo: << cariño, es
evidente que el viernes no nos vamos a ver en León. Por aquí
las carreteras están imposibles y al menos durante ocho o diez días
las previsiones indican que no nos podremos mover. Como es habitual las
líneas telefónicas se cortarán, por lo que probablemente
no estaremos en contacto durante un tiempo. Te volveré a telefonear
o a mandar un correo electrónico en cuanto pueda. De momento seguimos
quedando en León. No te aburras, pero a ver qué haces. Estoy
perfectamente (y tu hijo/a también) aunque te echo mucho de menos
en todos los aspectos. Besos y algo más >>
Algo más descansado e intentando
no contrariarme en exceso ante la situación, bajo a cenar porque
estoy verdaderamente necesitado. En el restaurante apenas hay cinco o seis
mesas ocupadas y el atento maitre me sitúa junto a una ventana que
presenta una visión siberiana más que leonesa. Un gratificante
menú galaico-astur-castellano-leonés me devuelve a la vida
y paso a la coqueta cafetería en donde, por lo que veo, nos refugiamos
aquellos que estamos en León descolgados del resto del mundo. Entre
las interferencias la televisión certifica que estamos en la peor
borrasca invernal de los últimos cincuenta años y que va
a durar al menos una semana más. Aquellas personas que estamos en
la barra empezamos una conversación al hilo de lo meteorológico,
probablemente buscando calor humano y compañía ante la sensación
de pequeñez y desamparo que dejan siempre las jugadas de la naturaleza
y , por supuesto, tratando de vencer el aburrimiento.
Compartiendo unas copas pasamos
a sentarnos en una mesa un grupo de personas entre las que están
dos recién casados de poco más de veinte años de vuelta
de su viaje de novios ("nos casamos hace tres semanas; vivimos en
Santander"), dos amigas treintañeras en viaje de estudios ("somos
maestras en un instituto de Palencia"), un simpático sesentón
vendedor de ropa deportiva ("soy extremeño, vivo en Bilbao
y es mi último viaje antes de jubilarme") y una señora
de algo más de cuarenta años con el estilo y la imagen típica
de la zona de Serrano de Madrid ("tengo un negocio de joyería
en la calle Goya") acompañada de una sirvienta de su edad de
rasgos levemente orientales ("soy española nacida en Filipinas").
Los primeros momentos son incluso tirantes pero las muchas horas de obligado
encierro, el común aburrimiento, el calor del local y la calidez
de las copas hacen que poco a poco las bromas, los chistes y anécdotas
se vayan abriendo paso hasta generalizar risas, conversaciones y en definitiva,
sentirnos acompañados.
Estamos pasando un rato muy agradable
(el vendedor de ropa deportiva es un verdadero showman) cuando el encargado
del bar nos indica que la calefacción ha dicho basta y se ha estropeado,
por lo que en pocos minutos el frío se nota en demasía, la
reunión languidece y optamos todos por irnos a dormir. Una suite
inmensa en un edificio de varios siglos de antigüedad no es precisamente
el lugar más caliente, por lo que me sienta bastante mal tener que
dejar la cama a eso de las dos de la mañana para ir a abrir la puerta:
"¿quién es?; ya voy, un momento"
"Hola, ¿molesto?; mi
señora se ha dormido hace poco y yo he encontrado dos botellas de
buen champán. En realidad no nos hemos presentado todavía,
me llamo Carmela"
La filipina entra en la habitación
como si fuera un ciclón y después de que consigo dos vasos
nos sentamos en un sofá envueltos en unas mantas. Hace verdadero
frío. Es una mujer guapa, larga melena morena, alta, quizás
demasiado delgada, de elegantes gestos y con un puntito de exotismo por
sus rasgos y, desde luego, tremendamente simpática.
"Julia, mi señora, y
yo somos hermanas de padre (él era diplomático y vivió
muchos años en Filipinas) aunque desde jovencita he sido su criada
y hemos logrado con el paso de los años una amistad beneficiosa
para ambas. Me trata estupendamente y se ha portado siempre muy bien en
cuestiones de dinero, de hecho somos socias en la joyería; realmente
trabajo para ella como dama de compañía por hacer algo, viajar
a menudo, no perder una amiga y seguir teniendo mutua cobertura para nuestras
aventuras sexuales"
Tiene una piel muy blanca perfumada
densamente con algo que parece jazmín y un cierto sabor a especias
en sus labios. Pechos pequeños muy bonitos y sensuales, como si
fueran una ancha copa de champán y pezones rosados culminando una
areola hacia afuera (en brioche) de un rosado más oscuro. Se excita
mucho cuando empiezo a lamerlos. Bajo las mantas con las que nos protejemos
del frío seguimos bebiendo, nos besamos, acaricio y chupo sus tetas
y me voy excitando como un verraco con ese aroma denso que casi puede masticarse
("no es un perfume, es el olor de mi piel y mi sexo cuando me excito;
mi madre también lo tenía y Julia siempre me ha envidiado
por ello") y porque su mano no deja de acariciar mi polla.
El sexo suele ser gratificante,
por supuesto es necesario en mayor o menor medida según cada persona,
pero también debería ser divertido y con Carmela da la impresión
de que así es, se ríe agradablemente por todo y de todo según
nos tocamos, besamos y acariciamos, se va excitando y contagia ese buen
humor ("Julia y yo hemos estado unos días en Salamanca y una
noche nos fuímos a una sauna sólo para mujeres, ¡vaya
corte!, el más joven de los tíos debía tener cuarenta
años, calva y una tripita en plan curva de la felicidad que ya,
ya; ni siquiera echamos un polvo y mira que a las dos nos encanta y no
nos cortamos un pelo"). Estoy tan excitado que ya necesito obtener
placer por lo que doblo a la filipina sobre su costado izquierdo y penetro
su ya empapado sexo ("¡ya me hacía falta!; qué
bien, Luis") iniciando un movimiento de mete-saca rápido y
fuerte tremendamente excitante que a los dos nos lleva a corrernos en pocos
minutos ("sí, sí, no pares amor; sigue machote, sigue")
y a sumergirme en un mar de perfume con la profusión de jugos vaginales
que en ella provoca el orgasmo. ¡Qué aroma más fabuloso!.
Un cigarrillo y más champán
nos permiten recuperarnos y seguir hablando bajo las mantas: "Julia
es dos años mayor que yo, es viuda de un aburrido catedrático
de Derecho que murió hace diez años; yo nunca me he casado.
Como nuestro padre nos dejó un buen pellizco de dinero y la joyería
es un estupendo negocio, viajamos casi constantemente por España,
Portugal, Francia, Marruecos, intentando conjugar el turismo con el sexo
porque a las dos nos encanta y con cuarenta y cinco años ya va siendo
hora de tener muchas y buenas corridas"
"No llevaís mala vida,
no. Algo así estoy haciendo yo los últimos meses pero de
puñetera casualidad y por motivos de trabajo, fundamentalmente"
"Por cierto, Luis, llevamos
una semana en esta ciudad y no nos hemos comido ni una rosca. Si Julia
te tira los tejos (lo hará muy discretamente) a lo mejor deberías
acostarte con ella, es una mujer apasionada debajo de su aspecto de pija
seria adinerada y todos dicen que está muy bien. Si te da morbo
te diré que le encanta chuparla, aunque friamente no lo reconocería
jamás"
"Parece que le buscas un ligue
a tu medio hermana y me parece muy bien, si surge. ¿A ti te gusta
utilizar la lengua y la boca?"
Con una fresca sonrisa Carmela se
dobla por la cintura y empieza a lamer, chupar y mamar mi todavía
pequeña y floja polla. Tengo que apartar su abundante cabellera
negra para excitarme viendo las ganas que pone ("chinita, chinita;
ven que quiero comerte ese chochito tan apetitoso") y como el sofá
no deja de ser incómodo nos trasladamos a la gran cama del dormitorio,
quedando atravesados en ella y haciéndonos un sesenta y nueve de
película. ¡Qué rico está este chochito perfumado!,
qué gusto da meter la lengua y los labios en un coño sin
apenas vello, tan mojado que empapa mi cara y desborda por su culo que
tanto me excita lamer y chupar.
"Sí, por favor, juega
con mi culo; me encanta y casi nunca me lo hacen"
Estoy muy excitado porque nos lo
estamos haciendo muy bien y la morena filipina se comporta como una loba
que de manera entrecortada me dice: "voy a correrme, no pares, machote;
sigue hasta que yo te diga, sigue raboduro, aaayyyyyuuu". Entre la
excitación, el olor maravilloso de su sexo y lo que parece una nueva
descarga de jugos vaginales, me corro empapando la cara y el cabello de
Carmela con mi abundante lechada; me encanta.
Quedamos adormilados hasta que el
frío nos obliga a abrazarnos y taparnos con todas las mantas disponibles.
Entre sueños me parece oir algo así: "mañana
no des a entender que hemos follado, me daría un poco de vergüenza.
Recuerda que tienes que tirarte a Julia". Excelentes perspectivas
contra el aburrimiento leonés.
El nuevo día no es distinto
del anterior en lo meteorológico aunque la calefacción funciona
de nuevo. Desde bastante antes de la hora de comer nos hemos reunido los
huéspedes en el bar y tras tácito acuerdo cervezas, cócteles
y aperitivos circulan entre los presentes con alegría. Nadie entra
al comedor y a eso de las cuatro de la tarde estamos todos ante un café
intentando paliar los efectos del alcohol, medio derrumbados por los sillones
y preparados para dormir la siesta, cosa que se van a hacer los recién
casados (arrancando alguna bromilla sobre su condición y las ganas
de sexo) y el viajante. Antes de que tenga ocasión de decir o hacer
nada las dos maestras se sientan una a cada lado y la rubita situada a
mi izquierda empieza, de manera más o menos disimulada, a magrearme
el bultaco dándome tal repaso acariciando, apretando suavemente,
restregando con su mano abierta, que una erección empieza a despuntar.
Su amiga me dice en voz baja al mismo tiempo que pone una expresión
candorosa: "tontarra, en cuanto te vimos supimos que eres de los nuestros,
que te excita un poquito de presión y dureza, así que ahora
nos vamos a ir los tres a nuestra habitación y te vamos a dar gustito.
Pórtate bien cariño, que no tengamos que azotarte más
de la cuenta"
¿Será verdad o es
que mi calenturienta imaginación ya ha conseguido cocerme el cerebro
del todo?. El masaje a mi polla continúa e intento disimularlo como
puedo cuando la señora madrileña (su guapa y simpática
criada me guiña un ojo al salir) se despide para dormir la siesta
no sin poner una cara de cierto cachondeo y un comentario con recochineo
("que pasen muy buena tarde los tres") ante lo que es evidente.
Estoy desnudo en mitad de la habitación,
de pie, con las manos atadas a una de las vigas con un pañuelo negro
y los ojos tapados por una gasa también negra que me permite ver
todo aunque un poco difuso. Las dos maestras palentinas están desnudas
o casi a mi alrededor y se encuentran muy excitadas a tenor de lo que dicen
y hacen: "cabronazo, me pones mucho; te voy a romper el culo con el
consolador" o "cerdo, polla inútil; pónte pronto
empalmado o saco el látigo" Una de ellas (guapa, media melena
rubita, poca estatura, bonitas tetas pequeñas picudas y un excelente
culo alto, duro y prieto) lleva medias negras con liguero a la cintura
y blande en la mano un vibrador pequeño que me restriega por todo
el cuerpo, besando y lamiendo ella después. La otra (alta, rasgos
duros, pelo castaño muy corto, muy delgada pero grandona con grandes
tetas, culo en forma de pera y largas piernas) lleva una especie de sujetador
de cuero que levanta sus pechos dejándolos por completo al descubierto;
me azota con una fusta de material blando que siento y hace ruido pero
apenas me duele. Ambas se han puesto zapatos negros con exagerado tacón.
Estoy excitado y con un cipote de
los que deberíamos fotografiar para verlo cuando seamos viejos y
no se nos levante, un pollón tieso, duro, rojoamoratado, brillante
y tremendamente necesitado en estos momentos de escupir sus jugos más
o menos dulzones. Prado, la maestra chiquitita, lleva ya unos minutos mamándome
el pene, babeando y dando suspiros y grititos (supongo que de alegría)
mientras Marta, la maestra grandota, sigue utilizando su fusta contra nosotros
dos y tiene su mano izquierda ocupada en masajearse el clítoris.
Voy a aguantar muy poquito si siguen así, estoy muy excitado (me
ha puesto muy cachondo lo de estar atado) y ambas se dan cuenta ("ni
se te ocurra correrte tan pronto, capullo; espera a que hayamos sacado
beneficio de ti o atente a las consecuencias, maricón") dejando
de actuar. Logro calmarme un poco mientras se arrodilla Marta en la cama
delante de mí y la rubia introduce el vibrador en el mojado coño
de su compañera ("no nos haces falta gilipollas; tu rabo no
lo necesitamos, cabrón") empezando un rápido movimiento
de vaivén adelante-atrás que en poco rato provoca una callada
corrida de la mujer penetrada.
Empiezo a notar las molestias de
la excitación sin eyaculación cuando desatan mis manos ("no
te mereces nuestros cuerpos, macho de mierda; no deberíamos darte
gusto"), la grandota se tumba en la cama y yo me pongo encima de ella
penetrándola con ganas mientras Prado juega con sus dedos y el consolador
en mi culo ("después me toca a mí, déjate fuerzas
porque lo necesito"). No se podrá quejar Marta (de hecho no
dice nada salvo una serie de fuertes jadeos) porque estoy bombeando más
que en toda mi vida en este coño empapado y caliente, tanto que
no ha podido seguir el ritmo con la polla de plástico (menos mal,
porque sigue sin gustarme nada de nada) la rubia pequeñita y decide
tumbarse sobre mí apretándose, empujando hacia abajo y hundiéndome
más y más en su amiga. La corrida de la maestra que me estoy
follando es profunda, callada y larga; no dice nada de nada y cuando me
separo de ella, me levanto (con Prado en mi espalda) y giro hacia uno de
los sillones donde descargo a la rubia parece que ya se ha dormido.
"Tu culo rubita, quiero darte
por el culo para agradecer como has usado el consolador conmigo. Pónte
a cuatro patas sobre el sillón; ¿tienes vaselina o crema
que pueda darme en el rabo?"
Me ha costado poco trabajo penetrar
ese pequeño y bonito culo, se nota que tiene práctica. Con
la mitad de la polla dentro ha empezado un movimiento lento y suave adelante
y hacia atrás que me resulta muy cómodo y gratificante ("me
encanta un rabo gordo en el culo, me excita mucho") al mismo tiempo
que se masturba con la mano izquierda; es la follada que estoy necesitando
y cuando ella se corre dando gritos, suspiros y jadeos bastante más
altos de lo que me parece normal, apenas tardo un par de minutos en eyacular.
Cuando logro salir poco después
del gratificante agujero las dos mujeres parecen estar dormidas y tras
una frase de despedida que ni siquiera se si oyen llego a mi habitación
para desplomarme en la cama y brindar mi último pensamiento del
día a una Manuela que en este hotel iba a gozar como una loca, supongo.