Así pues, Madolina había salido definitivamente del status
servil para convertirse en una gran señora. Consolidar su dominio sobre las
personas de la mansión Greenhill fue su siguiente objetivo. Y empezó por la
criada pervertida, Hanna.
Supuso, y acertó en su suposición, que la joven masoquista
guardaría algunos instrumentos de tortura para consolarse. Detrás de la ropa del
armario encontró una pareja de disciplinas caseras, hechas con cabos de cuerda
rematados por plomos de pesca. Eligió uno, el más largo, y se sentó en el catre
de su sirvienta.
Hanna observó feliz a su ama con el cilicio dispuesto a
lacerar su piel. Lo conocía bien, su tiempo libre dentro de las tareas caseras
de la mansión lo dedicaba por completo a mortificarse con él. Ahora sería su
adorada dueña quien, sin hacer caso de gemidos o ruegos, la castigaría.
Madolina tenía una expresión hierática, fría, y en sus rasgos
apuntaba ya el inicio del rictus dominante y sádico. Sacudió el flagelo contra
el colchón. Hanna se estremeció.
Ofréceme tu sexo, puerca. –
La tajante orden fue obedecida al instante. Lasciva, Hanna se
colocó en posición, con el ano mirando a su ama, la vagina al suelo y los ojos a
la puerta de la habitación. Madolina alcanzaba perfectamente todo el trasero,
costados y espalda de la chica.
La falda. Levántala. –
Sonrosadas, las nalgas juveniles fueron dispuestas a la
azotaina. No llevaba bragas. A Madolina no le gustó que su putita tuviera libre
acceso a su sexo. Levantó un pie y jugueteó con el tacón del botín entre el culo
y el coño. Hanna se movió para que la penetrase, pero Madolina no lo consintió.
Apartó el calzado y tensó las cuerdas.
Hanna casi se desmayó de placer al recibir el primer golpe.
Cayeron las bolitas de plomo, granizo gris, y sembraron su delicado cutis de
dolor. Gimió, en la desesperación del orgasmo. El siguiente azote desató sus
pasiones por completo y la condujo hacia el éxtasis. Con el tercero, se corrió.
Había esperado demasiado tiempo ese momento y no supo, o pudo, ni quiso contener
las reacciones de su propio cuerpo.
Madolina propinó tres azotes más hasta percatarse de que su
criada había quedado satisfecha. Enfadada, pero sobre todo sorprendida, dejó de
golpear. Aunque entendía que la ausencia de tormentos era la causa de la
incontinencia en Hanna, le había molestado no tener control sobre su placer.
Además, ella apenas si había comenzado a sentir excitación fustigando. Un poco
confusa, pero seria, se incorporó y salió de la alcoba.
Lo más pronto posible te pondré un dispositivo de
castidad. –
Hanna se retorcía de gusto. Había empezado a masturbarse.
Madolina cerró la puerta.
El día siguiente propuso a su marido el viaje de recién
casados que deseaba. Lo había pensado durante la noche, que por cierto pasó
sola, pues Lord Greenhill, como recordaréis, terminó su borrachera en la puerta
del establo, y no despertó hasta la madrugada.
Iremos a Inferna. –
Lord Greenhill sintió un escalofrío. El nombre de la
institución penitenciaria más temible del mundo, el símbolo de un sistema contra
el que él se empeñaba en luchar, pronunciado por los dulces labios de su esposa,
le sonó francamente siniestro. No comprendía como una criatura tan sublime podía
nombrar ese horror sin temblar. La noche anterior, al irse a acostar junto a su
mujer, un poco resacoso, no pudo evitar sentirse afligido al contemplar su
belleza y pensar lo que hubiera sido de Madolina si él no la hubiera salvado de
las garras de la esclavitud.
¿A In... a ese sitio? -
Sí, a Inferna. –
No comprendía el motivo de la obstinación de su mujer en
visitar ese lugar, justo ese. ¿O Tal vez sí? Su mente elaboró una hipótesis:
quizás Madolina deseaba compadecerse de las mujeres allí condenadas. Él no podía
sentir otra cosa que piedad hacia todas aquellas muchachas, encerradas,
torturadas, objeto continuo del dolor.
Está bien, iremos allí. –
Madolina sonrió y le besó, recompensándole por satisfacer sus
caprichos. Luego subió a hablar con Hanna.
Dime, cariño, ¿qué es lo que te ocurre realmente? ¿No
estás a gusto en esta casa? –
Madolina conocía, por supuesto, la respuesta, pero deseaba
oír la historia de su criada. Mientras le masajeaba los hombros, sumisa, le
contó sus sentimientos.
No es eso. Pero es que, el señor... Me exaspera su
amabilidad. ¡Yo necesito correctivos, ser castigada! –
¿Y eso? –
No lo sé, pero me siento bien siendo una esclava, cuando
me humillan o me hacen daño. –
Entiendo. Y mi marido no te trata como tú deseas, ¿no? –
No, pero no le puedo culpar. Soy yo la perversa. Él es bueno,
yo malvada. Desde pequeña me han educado en esa creencia, en la de que soy una
niña mala, la oveja negra, un grano en el culo de la sociedad. Mis tutores me
pegaban continuamente, aunque no hiciera nada. Me decían "seguro que estás
pensando alguna travesura". Luego vino el internado. Me portaba mal aposta para
que me castigaran. Cuando la maestra me ponía de rodillas contra la pared, yo
era feliz. Cuando tenía que aguantar horas y horas amordazada, con los pechos
descubiertos y los brazos en cruz sosteniendo pesados tomos, a la vista de mis
compañeras, a menudo me corría. Yo soy así, nacía para sumisa.
Madolina dio un sorbo a la taza de té. Su criada era
consciente de su "enfermedad", y la aceptaba con alegría. Jamás había visto a
nadie tan satisfecho de contar como su infancia había sido un calvario.
Sigue. –
Después entré en lo que para mí supuso el paraíso: el
correccional de esclavas. ¡Eso sí que era disfrutar! Todos los días azotainas,
tres veces por semana nos dejaban elegir el instrumento de castigo, fusta,
bastón o vara. Obligatoriamente nos flagelaban los pies los días pares. Desnudas
todo el año, sesiones interminables de humillación pública, fisting, peleas de
gatas, ... De todo. Y entonces vino Lord Greenhill y, se acabó.
Hanna suspiró. Sincerarse con su ama la había dejado un tanto
triste. Madolina lo comprendió.
Bien, debes saber que he programado una visita especial
para nosotros, tú, el señor y yo. Entenderás entonces que hay destinos
peores que el que te ha traído a la mansión Greenhill. –
Hanna alzó la vista, curiosa, pero Madolina no dijo nada más.
Sólo sacó de una bolsa un cinturón de castidad y en silencio se aseguró de que
su esclava lo llevara bien sujeto. Metió la llave en su escote y se marchó a
organizar el viaje. Partirían al día siguiente.
Inferna está en una isla, una medida cautelar por si alguna
esclava intentase la fuga. El único modo de llegar a ella es un barco de vapor
que sólo pasa por allí una vez al año. El trabajo de las esclavas satisface
todas las necesidades de la institución, y las cosas que no pueden producirse
allí las trae ese barco, junto con nuevos cargamentos de esclavas y, más
raramente, para sacar de la isla a alguna prisionera indultada o vieja.
Por suerte, pronto sería la fecha señalada para el viaje
anual, y Madolina sólo tuvo que esperar unas semanas para el viaje. Lord
Greenhill se mostraba nervioso. Encargó los pasajes con antelación. Eran muchos
los aristócratas aficionados a visitar la prisión para observar el tormento de
las esclavas. Muchos tenían allí a una exmujer, una hija, madre, amiga, amante o
alguien conocido, y deseaban mofarse de su penosa situación. Algunas de las
mujeres de esos aristócratas fueron en su día "residentes" de Inferna, y ahora
deseaban ver el horripilante lugar desde otra perspectiva. Algo así les ocurría
a Hanna y Madolina.
La travesía duraba algo más de quince días. Durante este
tiempo Madolina dedicó especial atención a su esposo, al que iba poco a poco
sometiendo a su voluntad. Lo provocaba continuamente, paseándose semidesnuda por
la cubierta, haciéndole felaciones en público o enseñándole a complacerla
oralmente. Cuando no estaba con él, se ensañaba con Hanna, que la adoraba. La
azotaba con una chinela plateada hasta hacerla llorar, o aprendía bondage
japonés realizando complicados nudos marineros sobre su cuerpo.
Por fin llegaron a su destino. Lord Greenhill se sintió
indispuesto y rehusó acompañar a su mujer y su criada en la visita.
Bienvenidos a Inferna. – dijo el capitán del barco y guía
turístico del viaje. – Comprobarán con sus propios ojos el nivel de
perfección que ha adquirido el sistema penal de nuestro estado. –
De la bodega del barco bajaba una hilera de nuevas
prisioneras, encadenadas todas a una larga cadena. Sus miradas eran de espanto.
Desnudas, desfilaban a trompicones bajo los latigazos de los encargados de la
recepción. Desde la cubierta, los visitantes se reían de ellas, y las escupían.
Aquí en Inferna desde el primer momento enseñamos a las
reclusas su lugar en el sistema de las cosas. – prosiguió el capitán – Y les
hacemos entender que si están aquí es por su propia culpa. Esposas infieles,
hijas rebeldes, mentirosas, ladronas, todas han sido encerradas aquí por no
querer respetar las reglas estrictas de nuestra sociedad. –
Entraron por fin en el recinto. No se oía, curiosamente,
ningún grito. Al preguntar Madolina la causa, el capitán respondió:
Las prisioneras están amordazadas todo el tiempo, excepto
para comer o chupar las pollas de los funcionarios. –
El patio principal estaba ocupado por un centenar de chicas
de diferentes edades, todas convenientemente encadenadas, que trabajaban en
diferentes labores: arando la tierra, cortando madera o picando piedra. Gruesas
bolas de goma llenaban sus bocas, aseguradas a sus nucas con correas. Como
autómatas se movían sin cesar, sudorosas, llorando las novatas, y cada cierto
tiempo recibían un fiero latigazo de advertencia.
Uno de los guardianes tomó de los cabellos a una de las
reclusas, muy delgada, y la arrastró hasta una columna. Allí la ató con un
collar y se bajó la bragueta. La chica se revolvía un poco, incapaz de escapar.
El guardián le quitó la bola de la boca y pudieron oírse unos débiles "por
favor, no, por favor" Luego empezó a orinarle. La esclava debía recoger todo el
líquido y tragarlo o sería severamente castigada. Lo consiguió, se notaba que
estaba ya acostumbrada. El guardián apretó otra vez la correa y de una patada la
mandó a su anterior ocupación.
Por supuesto – explicó el capitán mientras entraban en
una estancia aparte – las chicas a veces se niegan, pero entonces deben
satisfacer a otros "huéspedes" menos cariñosos. –
Estaban en una pocilga. Una barra larga de hierro con cepos
tenía atrapadas a dos esclavas desobedientes. Detrás de ellas se abrieron dos
puertas y salieron espléndidos verracos. El sudor de las mujeres denotaba el
sufrimiento. Pronto serían montadas por los animales sin poder evitarlo. El
capitán sonreía y prestaba atención a la dantesca escena. Madolina también
sonreía al ver el pasmo reflejado en el rostro de su criada.
¿Qué te parece esto? ¿Crees ahora que los métodos de Lord
Greenhill no son los adecuados? –
¡Oh, sí! – repuso, todavía sin poder creerse lo que
estaba viendo, Hanna. –
Bien creo que hemos visto suficiente, volvamos al barco.
–