Después de nuestro primer
encuentro en aquel hotel Laura y yo seguimos llevando una vida aparentemente
normal, y tan sólo un par de veces por semana nos permitíamos
la licencia de charlar a través del chat. Nuestras conversaciones,
que al principio se limitaban a los aspectos cotidianos de la existencia,
cambiaron por completo. Pasábamos horas rememorando nuestra primera
cita, saboreando cada instante vivido en común y planeando la posibilidad
de repetir la experiencia para cerciorarnos de que aquello no se trató
de un sueño.
De este modo llegó el verano
y Laura se marchó de mi lado. La recordaba cada día con ansia
y con miedo. Ansia por recuperarla, miedo de perderla. ¿Y si pensaba
con sensatez acerca de nuestra aventura y me abandonaba?... ¿Qué
sucedería si la prolongada ausencia lograba hacer que me olvidase?...
Al fin llegó el otoño
y con él recuperé a mi adorada amante. Nada había
cambiado. Por el contrario, ella volvía con ánimo renovado
y planes audaces para proseguir esta loca experiencia que un día
decidimos vivir en común. En nuestra primera conversación
se mostró insinuante, juguetona, cariñosa... Logró
disipar mis miedos y hacer que la deseara aun más. Todo volvía
a ser como antes, o quizá no: ¡era mucho más intenso!
Aunque intenté contenerme
para no asustarla le expresé mis ansias por poseerla de nuevo: quería
sentir su cuerpo junto al mío, respirar su aliento, comer su boca,
besar su piel,... La distancia se me hacía insoportable, su ausencia
dolorosa y mi deseo incontenible. El recuerdo de sus palabras o el eco
de su voz en mis oídos me hacían conseguir una erección.
Por esa razón y con el fin de atenuar mi tormento le pedí,
le rogué, le supliqué una nueva cita.
Su frialdad inicial me sorprendió
y me hizo temer lo peor. Llegué a pensar que aceptaría sin
reparos mi propuesta pero no fue así. Ahora que lo medito con calma
entiendo su reacción ya que se estaba jugando todo por mi causa.
No obstante una vez más mi querida Laura, mi encantadora amiga,
mi idolatrada compañera aceptó mi petición. Desde
ese día perdí el control de mí mismo: apenas podía
dormir, no me concentraba en el trabajo y mi excitación era permanente.
Llegó el ansiado día
de nuestro encuentro. Con el pretexto de resolver unos asuntos profesionales
me desplacé a su ciudad y a lo largo del trayecto las ideas se agolpaban
en mi mente. Como llegué al lugar acordado - de nuevo un hotel-
con cierta anticipación tuve tiempo de tomar un baño caliente,
me tumbé en la cama y la telefoneé. Ella estaba nerviosa,
alterada, pero feliz. Eso me hizo recobrar la energía. Quería
a esa mujer, iba a poseerla y la haría tan dichosa como jamás
hubiera sospechado. Transcurrió media hora escasa y de pronto sentí
su llamada en la puerta. Me incorporé de un salto y salí
a su encuentro. Yo la recibí con una rosa roja, y ella me saludó
con un abrazo y un intenso y apasionado beso. Era la segunda vez que nos
veíamos y era tal el deseo contenido que apenas si pudimos cerrar
la puerta detrás de nosotros. La llevé en brazos a la cama,
la tumbé allí y comencé a besarla entera. Entonces
reparé en lo que tenía ante mis ojos. Si bien nuestro primer
contacto transcurrió en la penumbra de un cuarto, en el actual ambos
quisimos vernos con claridad.
Allí estaba ella, mi Laura,
tal y como me la había imaginado: cuerpo pequeño y bien proporcionado,
formas sugerentes, bonitas piernas y un rostro hermoso en el que se traslucía
la felicidad. Se había vestido con elegancia pero también
con un cierto aire provocador. Quería seducirme y lo logró
una vez más.
Uno a uno fui desabrochando los
botones de su chaqueta, mientras ella, juguetona, no paraba de besarme
y acariciar mi pelo. Conseguí dejar al descubierto una blusa blanca
que se ajustaba a su cuerpo y dibujaba sus pechos redondos y pequeños.
Mis manos acariciaron sus hombros desnudos, su cuello recto y bien formado,
su escote insinuante y provocador. Llegado a este punto ya no me dejó
seguir. Me tumbó en la cama y me desnudó con furia. A medida
que mi piel iba quedando al descubierto ella me llenaba de besos, su lengua
me recorría por doquier y no quedó un rincón sin explorar.
Yo quería poseerla, penetrarla, lamerla, acariciarla... mas ella
me mantenía inmovilizado ya que se encontraba sentada sobre mí.
Por fin conseguí zafarme de mi sujeción y la aprisioné
bajo mi cuerpo. Ella se revolvió impaciente y tras forcejear un
rato se rindió a mis deseos complacida. Comencé a quitarle
la ropa despacio par saborear así cada centímetro de su piel
que se mostraba ante mí virginal. Su cuerpo era un territorio sin
explorar y quise recorrerlo pausadamente. Bajé los tirantes de su
blusa y la deslicé hacia abajo. Se detuvo en sus caderas de donde
la retiré al tiempo que desabrochaba su falda. Laura había
cuidado hasta el más mínimo detalle y debajo de la ropa llevaba
un sugerente body negro que dibujaba su silueta perfecta. Me detuve contemplándola
y la acaricié con deleite. Me gustaba sentirla en mis manos. Ahora
era mía, sólo mía y quería disfrutar de cada
minuto, de cada segundo... Pretendía llevarme de aquella mujer un
recuerdo imborrable que fuese capaz de calmar las largas horas de angustia
y soledad que me atormentaban en su ausencia.
Comencé a besar su cuello,
descendí por su cuerpo y llegué a los muslos redondeados.
En ese momento noté cómo Laura se estremecía al sentir
el roce de mis labios húmedos. Su respiración empezó
a agitarse, abrió sus piernas y me pidió impaciente que la
tomara. Entonces la desnudé ansioso y su cuerpo se entregó
sin resistencia. Enterré mi pene erecto en su coño húmedo
y sentí un gozo indescriptible. Era un lugar acogedor, cálido,
palpitante. El leve movimiento de sus caderas permitía que la penetrara
profundamente mientras deslizaba mis labios por sus pechos. Sus pezones
erguidos resbalaban por mi boca, mi lengua jugaba con ellos y Laura, entretanto,
se estremecía de placer. De repente decidió tomar la iniciativa,
me apartó a un lado y vi cómo se levantaba de la cama con
resolución. Por un momento sentí miedo y temí haber
hecho algo que la hubiese molestado. Mas no fue así. La excitante
y siempre provocadora Laura pretendía darme una sorpresa y lo consiguió.
Cuando regresó a mi lado traía un objeto. Le pregunté
de qué se trataba y se limitó a reír al tiempo que
introducía su mano en esa especie de tarro, se la llevó a
la boca y luego me besó. Noté un delicioso sabor dulce: era
nata.
Yo me sentía perplejo pues
nunca antes habían jugado conmigo como se disponía a hacerlo
Laura. Me tumbó en la cama, se sentó sobre mí y se
inclinó poco a poco hasta que nuestros pechos se unieron. Sus besos
pequeños y rápidos se prodigaron por mis mejillas, mi cuello
y mi cuerpo hasta llegar a mi sexo. Lo tomó entre sus manos y depositó
en él una buena dosis de nata. Yo me sentía un poco ridículo
pero al ver la fruición con la que Laura lamía mi polla,
como si de un helado se tratara, se borró de mi mente todo reparo
y me dispuse a disfrutar. Su lengua, ágil, bordeaba mi pene, y sus
manos expertas acariciaban mis testículos proporcionándome
tal placer que estuve a punto de regar su boca con mi semen, pero me contuve.
Más tarde lo introdujo en su boca y succionaba con energía
presionándolo entre sus labios.
Me propuse que ella llegara antes
que yo al orgasmo así que decidí poner fin a su actividad
e inicié la mía. Hice que se acostara y, con uno de mis dedos
untado en el dulce, dibujé mil caminos sobre su piel. Ella reía
con este juego y yo me sentía feliz al verla gozar. Allí
estábamos los dos, desnudos, desinhibidos y disfrutando como en
la vida habíamos soñado. La deseaba locamente y mi pasión
desbordada no tenía límites. Me dispuse a chupar su cuerpo
y no sabría decir qué sabía mejor, si la golosina
con que la regué o su tersa piel. Cuando mi lengua llegó
a su vientre se perdió en su ombligo, descendió hasta su
vello púbico y encontró por fin su sexo. Enterré mi
cabeza entre sus piernas, lamí su coño con extrema delicadeza
y ella empezó a agitarse con suavidad. La oí gemir: ahora
gozaba conmigo y no se trataba de un sueño. Al tiempo que se estremecía
la agarré por la cintura y sujeté sus caderas redondeadas.
Quería moverme con ella y sentir la cadencia de su balanceo para
fundirnos ambos en una danza sensual y misteriosa que nos arrebatara el
sentido. Nos detuvimos un instante y Laura, con un hilo de voz, me pidió
que me sentara en el borde de la cama y la penetrara en esa postura. Yo
no sabía cuánto más podría contenerme pues
me encontraba al límite del paroxismo. Obedecí sus órdenes
y ella se colocó sobre mí. Experimenté un inmenso
placer al sentir cómo mi polla dura y empinada rozaba lo más
profundo de sus entrañas. Una y otra vez Laura se agitaba con ritmo,
gemía en mi oído vertiendo en mi cuello su cálido
aliento. En un minuto sus dedos se clavaron en mi espalda y empezó
a gritar y a agitarse. Esto me excitó tanto que descargué
mi semen dentro de ella. Una violenta sacudida recorrió nuestros
cuerpos que, entrelazados, se estremecieron de placer. Tardé unos
instantes en recobrarme y cuando lo logré me di cuenta que Laura
me estaba besando con ternura inusitada. Sin mediar palabra se acurrucó
a mi lado, acomodó su cuerpo al mío y descansó tras
su febril actividad.
Así estuvimos un buen rato,
hablando y riendo. Repasamos con la memoria nuestras conversaciones en
el chat, y eso hizo que poco a poco el deseo renaciera. Aún estábamos
untados de nata, así que, siguiendo el juego que ella había
empezado, procedí a lamerla nuevamente: los senos, el vientre y
su sexo. Permanecí allí, complacido, durante maravillosos
instantes, saboreando su excitación, chupando el clítoris,
penetrándola con mis dedos y mi lengua. Pero mi imaginación
no estaba agotada. Mi lengua, que seguía explorando atrevidamente
tan íntimos recovecos, encontró su ano. Sin ningún
pudor seguí lamiendo su culo, mientras ella abría las piernas
para permitir que la penetrara más fácilmente. Mis dedos
entraban en su mojada y caliente vagina y mi lengua acariciaba su hoyito
una y otra vez, hasta que estuvo bien humedecido.
Entonces adivinó lo que pretendía
hacer. Me miró pícaramente y con provocación me dijo:
Quiero que me folles. Quiero sentir en mi culo tu polla dura. Y antes de
que pudiera arrepentirse de su ofrecimiento la eché de espaldas
sobre la cama y empecé a sobar sus nalgas. Tomé mi verga,
puse el glande junto a ese excitante y minúsculo agujero y comencé
a empujar con suavidad, hasta que poco a poco fue abriéndose paso,
pudiendo conseguir finalmente que mis testículos rozaran su entrada.
Mi rabo la había penetrado totalmente y estaba firmemente aprisionado
en el recto. Comencé a moverme, primero con lentitud, luego con
frenesí, notando cómo mis bolas chocaban con sus duras nalgas,
hasta hacerme daño. Mi excitación era tal que creí
perder la conciencia de la realidad. Iba a correrme de un momento a otro,
así que, con mi mano diestra comencé a acariciar su vulva.
Mis dedos rozaban suavemente el clítoris, consiguiendo, a los pocos
segundos, que Laura gimiera de placer, llevándola a un largo e intenso
orgasmo, quedando inerme y exhausta en esa posición, abandonando
su cuerpo a los caprichos de mi voluntad.
Entonces me separé de ella
e hice que se diera la vuelta, quedando tumbada en el lecho, ofreciéndome
sus inagotables fuentes de placer. Me arrodillé, inmovilizando su
cuerpo entre mis piernas, y puse mi erecta polla, que estaba a punto de
estallar, entre sus duras tetas, y comencé a frotarla, moviéndome
de arriba a abajo, mientras ella procuraba aprisionarla con sus pechos,
ayudándome en tan obscena masturbación. No llevaba ni un
minuto en tan sensual agitación, cuando un intenso placer recorrió
mi cuerpo, sintiendo cómo el semen recorría el miembro y
se precipitaba con violencia sobre los senos, el cuello, la cara y el pelo
de Laura, cayendo al instante rendido a su lado.
Todavía me duraban los espasmos
que tan inusual paja me habían producido cuando Laura, con absoluta
lascivia, comenzó a extender con sus manos la leche caliente sobre
su cuerpo. Acariciaba con provocación sus tetas, su vientre y su
coño, mojándolos con el viscoso semen desparramado, y se
introducía un dedo untado del blanquecino líquido en su boca.
Su mirada, henchida de lujuria, me puso sobre aviso de que su imaginación
desbordante me depararía aún muchas otras sorpresas.
Pero esa es otra historia. Ahora
su recuerdo me acompaña y hace que me sienta tremendamente excitado
y necesite poseerla nuevamente.
Creo que no tardaré en proponerle
una nueva cita.
Por Sergio y Laura. POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO