LOS AMANTES EN EL PARAISO
Capítulo Uno: La llegada..
Mis negocios iban mejorando y un futuro bastante halagüeño se
dejaba entrever. Me había establecido en una hermosa ciudad, que era un centro
turístico, al que la naturaleza había prodigado sus dones, colmándola de
bellezas naturales, que la convertían en un verdadero paraíso, y en ella había
construido con bastantes dificultades una casa.
Por azares del destino, la mujer que la fortuna puso en mi
camino, en mi recorrido de un lugar a otro, con la que había obtenido los más
intensos goces sexuales, se había reunido conmigo.
Fui a buscarla en mi auto a la terminal aérea y al
localizarla corrí a su encuentro, fundiéndome en un abrazo desesperado, y un
largo beso, que quería hacer interminable, pues con la prolongada separación, se
me había despertado la ansiedad de tenerla conmigo.
Recorrimos la ciudad y le fui enseñando los lugares más
interesantes, solazándome con su plática amena. En los lugares que lo
ameritaban, descendíamos del vehículo y caminábamos un rato rodeándola con mis
brazos, aprovechando esta cercanía para besarla las veces que podía, ante las
miradas curiosas de los transeúntes.
Detuve mi carro ante la casa y ella no pudo ocultar una
expresión de alegría al contemplarla, pues el arquitecto, a quien le encomendé
la obra, verdaderamente había hecho una creación, ya que aquel inmueble
destacaba por sobre todas las de la colonia, con sus hermosos jardines plantados
al frente, llenos de las más fragantes flores que, aunque parezca increíble, ese
día florecieron todas para darle la bienvenida.
-Es tuya -le dije, no pudiendo disimular la satisfacción de
darle aquel gusto tanto tiempo anhelado, y sintiéndome el hombre más dichoso, al
contemplar su cara de felicidad, ante este regalo inesperado, pues había venido
a verme con la creencia de que viviría en una casa rentada.
Puse sobre sus manos las llaves y la insté a abrir la puerta,
cosa que hizo corriendo hacia ella como una chiquilla. Metió la llave en la
cerradura y la giró, liberando la puerta de aquella opresión metálica que la
sujetaba. Empujando la puerta, quedó ante su vista la sala. En ese instante la
levanté en vilo y tomándola detrás de sus rodillas y por la cintura, penetré al
interior de aquella casa, que sería de ahora en adelante nuestro nido de amor.
-¡Bienvenida al hogar! -le dije, y con otro beso cubrí sus
labios, mientras dejaba descansar su cuerpo en el mullido sofá de la sala.
-Gracias, mi amor -me dijo ella rodeando mi cuello con sus
cálidos brazos, atrayéndome hacia aquellos divinos labios que eran mi adoración.
-Es el regalo más hermoso que pudieras haberme dado. Es mi sueño hecho realidad.
¡Al fin, mi casa!
Y pegando sus labios con los míos, un beso más intenso que
los anteriores me dio la muestra de su agradecimiento.
Después de la sorpresa, nos pusimos a recorrer la casa y al
ir descubriendo los diferentes partes de ella, su cara fue pasando de la alegría
inicial a la de la felicidad absoluta. La sala, alfombrada, con muebles
diseñados con muy buen gusto y cortinajes hechos a la medida para resguardar
nuestra intimidad.
Un pequeño antecomedor, con cuatro sillas y una vitrina con
platos, tazas y cubiertos, no en gran cantidad, pues serían para utilizarlos
solamente nosotros, por el momento. La cocina con lo indispensable, pero
convenientemente distribuida, para hacer de ella un lugar agradable.
Una de las recámaras dejó de serlo y fue convertida en
estudio, con libreros y hasta un escritorio con teléfono, para darle la
apariencia de una oficina, cuyo uso reservaba para el recuerdo de los agradables
momentos que anteriormente tuve con ella.
El descubrimiento de nuestra recámara la colmó de dicha, pues
hice hincapié, al darle instrucciones al arquitecto, para que ésta fuera algo
verdaderamente lejos de los común. Había una cama redonda, y tenía con espejos
de lujo por todos lados, para poder contemplar la cama y sus alrededores desde
cualquier punto de vista; también muebles especiales, colocados convenientemente
en la habitación, para darle los usos que nosotros sabíamos bien se les podía
dar, pues nuestra experiencia, después de visitar moteles, nos hizo conocer las
posibilidades de cada uno de los muebles destinados a una finalidad específica:
el placer.
-¡Esto es lo más maravilloso que se te pudo haber ocurrido!
-casi gritó de alegría. -Gracias por recordar nuestros momentos felices, que
estoy segura seguirán siéndolos en esta habitación que colma todos mis anhelos.
¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!
Y cada vez que lo decía, un beso venía a posarse en las
distintas partes de mi epidermis, con lo que mi libido fue despertando y
levantando poderosamente el bulto que había ido creciendo en mi entrepierna, y
que amenazaba con perforar mis pantalones, o al menos, hacer saltar el cierre de
la bragueta, que cedía ante el poderoso empuje del ariete, que empezaba a crecer
en forma gigantesca, empujando todos los obstáculos que encontraba a su paso.
Al mirar aquella protuberancia, corriendo con sus hábiles
dedos el cierre de la bragueta, liberó aquella mole de carne que, de inmediato
apareció ante su vista, desbordándose fuera, como el buzo, a quien, al
agotársele el oxígeno, sale a respirar a la superficie.
-¡Pobrecito, mío! ¡Mi nene lindo! - dijo ella, dirigiéndose a
mi robusto pene -Querías verme, ¿verdad? ¡Tanto tiempo que hemos pasado alejados
y yo ansiándote!
Dejó de hablar, mientras estampaba varios sonoros besos sobre
la cabeza de mi pene, que me hicieron dar un respingo de gusto, pues aquellos
labios húmedos y cálidos tenían la particularidad de encenderme y ponerme fuera
de mí, al posarse sobre cualquier parte de mi cuerpo, y no se diga de aquella,
que era la más sensible.
Me dejé caer de espaldas sobre la cama, con las piernas fuera
de ella, mientras aquella deliciosa mujer daba a mi pene unos absorbentes
chupetones, que lo hacían batir, queriendo introducirse en su garganta.
Después de jugar unos minutos con mi lanzón entre sus labios,
se apartó de aquel agradable bocado y soltándome el cinturón, procedió a
quitarme los pantalones y la trusa, haciendo lo mismo con los zapatos y los
calcetines, mientras yo me despojaba de la camisa y la camiseta, para quedar
completamente en cueros.
Al verme a su merced, sin ningún trapo encima, y con el
cuerpo tendido sobre la cama, procedió a llenarme de besos los labios, la
frente, las mejillas, por detrás de las orejas, deslizando su húmeda lengua en
el interior de mis oídos, haciéndome erizar ante esa caricia que me enloquecía.
Sus besos y su lengua fueron recorriendo mi cuello, bajando
por mi pecho, deteniéndose para lametear levemente los pezones, chupándolos
después, para proporcionarme aquel deleite que me había vibrar.
Fue bajando poco a poco hasta llegar a mi vientre, y más
abajo llegó a mi pene, al que aprisionó entre los labios, para darme la más
suculenta mamada que haya habido en la historia. Su lengua vibraba sobre la
cabeza de mi pene y después la cubría totalmente con los labios, oprimiéndola
por el cuello, como queriendo decapitarla. Tratando de metérsela en la garganta,
imprimía a su cabeza lentos movimiento de arriba hacia abajo, bajando y subiendo
los labios apretados sobre el cuerpo de mi pene, proporcionándole una deliciosa
masturbada labial, que me hacía arquear el cuerpo, que iba en busca de aquella
boca suculenta, cuando pretendía alejarse de mi lanzón, que se removía con brío
en el interior de su boca, hinchando las venas a punto de explotar, ante aquella
mamada maravillosa.
-¡Para! ¡Para! ¡Detente! -le gritaba yo, en la cima del
placer. ¡Detente, o me voy a venir en tu boca!
Ella, emocionada por las sensaciones que había logrado
producirme, no decía nada, impedida por el tremendo trozo de carne que le
llenaba la boca, pero sonriendo pícaramente seguía mamando con gran deleite,
contemplando su obra a través de los espejos de la pared. Cuando calculó que ya
estaba por venirme, suspendió su tarea y se reunió conmigo en la cama sin dejar
de besarme. Yo empecé a desnudarla liberándola de aquella ropa que me impedía el
intimo contacto con su cuerpo, y una vez desnuda, me abalance hambriento sobre
su coñito maravilloso, que dejó al descubierto al abrir las piernas que lo
ocultaban. Hice a un lado el mechón de pelos que cubría aquella maravilla, y
hundí mi cara en su entrepierna, gozando aquel aroma de hembra que salía de su
vagina, húmeda de jugos sexuales, producto de la excitación que le provocara la
mamada con la que me había obsequiado.
Queriendo compensar sus atenciones, vibrando mi lengua, la
posé sobre el enhiesto clítoris, que se puso rígido a su contacto. Atrapé aquel
pequeño pene entre mis labios y empecé a succionarlo sin dejar de vibrar mi
lengua sobre él, con lo que ella se estremecía de placer, y tomando mi cabeza,
la atraía hacia su sexo, como queriendo meterme todo adentro. Abandonando su
clítoris, procedí a lamer los labios de su coño, e introduje mi lengua en el
interior de su vagina, suave como la seda y con un sabor delicioso, que daba
gusto lamer, cosa que hice con gran aplicación, metiendo mi lengua cada vez más
profundamente, con lo que conseguía que ella fuera encendiéndose, como una
verdadera hoguera de pasión lujuriosa.
Al mirar sus ansias, nuevamente sentí la necesidad de meter
mi pene en su divina boca, por lo que me subí sobre ella, y mi carajo vino a
acallar los suspiros que salían de sus labios, al sellarlos con aquel tapón de
carne palpitante. Ella inmediatamente aceptó la muda invitación que le hice, y
procedió a lameatear mi pene en toda su tremante longitud, sacándola de su boca
únicamente para admirar su pujanza, acariciándolo arrobadamente con sus
mejillas, frotándolo en los pezones de sus tetas, para nuevamente zampárselo en
la boca con hambre caníbal. Yo estaba verdaderamente emocionado por aquella
demostración de cariño que ella le daba a mi pene, y queriendo demostrarle mi
agradecimiento, frotaba mi lengua contra la piel de su vagina, buscando
proporcionarle el placer con mayor intensidad. En el éxtasis de esta mamada sin
igual, giramos sobre la cama, y ella quedó encima de mí, pero sin soltar mi
pene, que seguía atrapado por que aquellos labios que lo engullían y chupaban,
queriendo extraerle la savia que conservaba en mis hinchados cojones, que sólo
contenían sus ansias de desbordarse, gracias al gran esfuerzo de voluntad que
venía librando, para evitar la venida y prolongar aquel goce que nos
proporcionábamos. Yo mantenía los labios en su vagina, pero mis manos habían ido
al encuentro de sus nalgas, las que acariciaba con deleite, dejando deslizar mis
dedos entre la rajada que las separaba, hasta que localicé el anito, limpio de
pelos, que se abría espasmódicamente, en hambrienta provocación para que
efectuara la introducción de mis dedos en su interior. En vez de eso, deslicé mi
vibrátil lengua, que fue a posarse en la ardiente circunferencia de su culo, y
después de vibrarla lamiendo sus alrededores, manteniéndola rígida, fui
penetrando poco a poco aquel anillo maravilloso, que atrapó mi lengua, en un
intento de no dejarla escapar. Mis lamidas le habían puesto fuera de sí y la
introducción de mi lengua, que jugueteaba en el interior de su recto, la
excitaba al máximo.
-¡Detente, por favor! ¡No sigas! ¡Mejor méteme esa linda
pinga tuya por detrás!
Levantándose de la cama y tomándome de mi enhiesto miembro,
me arrastró prácticamente hasta la silla inclinada que había incluido en el
mobiliario de la habitación, y que servía para lo que nos proponíamos hacer.
Me senté en la silla, y ella se acaballó sobre mí, dirigiendo
mi tremante miembro hacia su delicioso ojete, que se abría y cerraba, dejando
entrever sus ansias de quedar enchufado. Se dejó ella caer sobre mi verga
lentamente, gozando con cada trozo de carne que iba invadiendo el interior de su
recto, poniendo cara de intensa felicidad cuando la totalidad de mi verga quedó
enterrada en aquel ardiente túnel, que la apretaba con intenciones de no dejarla
salir.
-¡Toda! -gritó ella, -satisfecha de su hazaña. -¡Ha entrado
toda! ¡Hasta los huevos! ¡Ay, que lindo siento! ¡Quédate quieto, mi amor, y deja
que sea yo quien se mueva! ¡Qué delicia! ¡Hasta el fondo! ¡Qué ricura!
Y subiendo y bajando sus nalgas, se enterraba y dejaba salir
mi pene de su conducto anal, lentamente primero, aumentando la velocidad de su
jodienda cada vez más.
-¡Acaríciame el clítoris! ¡Anda, mi vida! ¡Mete tus dedos en
mi vagina! ¡Juega con mi coño, que quiero sentirme ensartada por los dos lados a
la vez! ¡Qué divino es esto! ¡Sigue así, mi amor! ¡No te vengas, sigue
jodiéndome, que no quiero que esto se termine nunca!
Yo, dispuesto a complacerla en todo lo que me pidiera, llevé
mis dedos hacia su vagina y después de jugar con el clítoris, los metí en el
interior de su coño, convenientemente lubricado con sus jugos sexuales. Ella
seguía moviéndose, con su apretado culito ensartado en mi lanza, remolineaba las
nalgas con gran intensidad, vibrando de placer, gozando verdaderamente la
introducción de mi pene en su ano, como si se le abrieran las puertas del
paraíso.
En el paroxismo del placer, me pedía a gritos que no dejara
de joderla y que la golpeara en la cara y en las nalgas, cosa que hice con la
mano derecha, que me quedaba libre, con la que le propiné algunas cachetadas, y
golpes en sus nalgas, hasta dejarlas rojas, pero ella no manifestaba ningún
síntoma de dolor, sino todo lo contrario, fuera de sí, me pedía que la golpeara
más fuerte, mientras ella besaba locamente todas mis partes en las que podía
posar sus labios, mientras dejaba escapar cachondos suspiros cerca de mis oídos,
musitando tiernas palabras de amor, agradeciéndome aquel placer que le
proporcionaba. Como ya sentía llegar la venida, la detuve en su cabalgata y,
llevándola a la cama, nuevamente la dejé caer boca arriba, y subiendo sus
piernas a mis hombros, la ensarté nuevamente por el culo, moviéndome
briosamente, sepultando mi verga en aquel culito divino, que se ofrecía a mis
ataques sin oponer ningún obstáculo, mientras ella, llevando su mano a su
entrepierna, se puso a frotar su clítoris, queriendo seguir prolongando aquella
doble sensación deleitosa por sus dos conductos sexuales.
Después de unos instantes de este violento mete y saca, ella
empezó a respirar dificultosamente, suspirando en forma entrecortada, hasta que
los síntomas de la venida se fueron haciendo patentes en su rostro. Dejé que
terminara de venirse, cosa que hizo en forma abundante, disfrutando de un
orgasmo interminable, luego otro, y otro y otro, hasta quedar completamente
rendida.
Una vez que logré su satisfacción, rápidamente retiré mi pene
de su culo y poniéndome ante su cara, me masturbé, hasta que la leche escapó de
mis cojones a borbotones, derramándola sobre su rostro iluminado de felicidad,
al recibir aquel baño tibio de leche espesa, que escurría por su cuello y que
iba a bañar también sus senos. Ella se pasó las manos sobre la cara y el pecho,
embarrándose completamente, como si fuera crema, gozando al frotarse el cuerpo
con aquella sustancia pegajosa que cubría su piel.
Después de embadurnarse con mi leche, tomó mi pene y se lo
llevó a la boca, chupando ansiosamente las gotas de semen que escurrían por el
glande, tragándoselas con deleite infinito, hasta dejar mi verga limpia y
enhiesta, para entregarse nuevamente a la jodienda.
Viendo que ella se encontraba muy cansada, después de tantas
emociones recibidas, la puse boca abajo, ensartándola nuevamente por el culo, y
disfrutando los dos de este nuevo enculamiento, nos quedamos dormidos, yo sobre
ella, con la verga bien enchufada en aquel rico agujero, soñando en las horas de
placer que gozaría con ella ahora que la tenía conmigo, dispuesta a entregarse
para la realización de mis más complicados sueños eróticos.
Cuando desperté, me encontré con ella a mi lado, durmiendo de
costado. Tenía enlazada su cintura con mis brazos y la verga continuaba
enterrada en aquel anito delicioso, que tanto me había hecho gozar unas horas
antes. La dulce opresión que recibía mi verga me excitó inmediatamente,
procediendo a moverme hacia delante y hacia atrás, al mismo tiempo que le besaba
la nuca y detrás de las orejas. Ella entreabrió los ojos y se quejó
cachondamente, todavía un poco amodorrada, y al sentir mi tranca perforándole el
culo, me acompañó en mis movimientos, buscando una mayor penetración, lo que me
agradó muchísimo, demostránselo al oprimir mayor velocidad a mis movimientos. No
había duda de que esa mujer tenía la extraordinaria facultad de extraerme el
vigor cuando ya creía estar listo para el arrastre, y esto lo comprobaba, pues
después de aquella sesión tempestuosa, no sé de donde me salían fuerzas para
seguirla jodiendo, prolongando mi deleite durante muchas horas, pues se acoplaba
tan bien conmigo, que conseguía retener mi orgasmo hasta que ella disfrutaba
plenamente del placer que trataba de proporcionarle con mi verga.
-¡Anda, papacito! ¡Métemela toda! ¡Entiérrame esa hermosa
tranca tuya! ¡Quiero sentir que me metes hasta los huevos! ¡Anda, sigue así!
¡Adelante! ¡Perfórame el culo con tu linda verga, que me haces muy feliz cuando
siento que retoza adentro de mi culo! ¡Muévete! ¡Más aprisa, mi amor! ¡Anda,
sigue! ¡Ay, qué rico!
Y con estas frases tan cachondas, me incitaba a seguirla
jodiendo, cosa que yo hacía con el mayor gusto, pues disfrutaba enormemente con
la perforación de aquella carne ardiente que se forraba alrededor de mi cilindro
sexual y lo aprisionaba con hambre verdadera, queriendo conservarlo siempre en
su interior.
-¡Muérdeme la espalda! ¡Anda, hazme sentir tus dientes
desgarrándome la piel! ¡Así! ¡Ay, que delicioso siento! ¡Maltrátame, que quiero
sentir como me dominas! ¡Anda, golpéame, que así me haces disfrutar mucho!
Y mientras mis dientes se clavaban martirizando aquella piel
ardiente, que se estremecía placenteramente al sentir mis mordiscos, mi mano
derecha se azotaba con fuerza sobre sus nalgas, enrojeciéndolas cada vez más, a
cada golpe que le propinaba, pero que en vez de detenerme, me instaba a seguirla
golpeando, entrando en una especie de éxtasis, excitada a tal punto, que su
rostro se transfiguraba haciéndome verla más hermosa, pues sus ojos brillaban
con mayor intensidad y sus mejillas se coloreaban, dándole a su rostro una
expresión de placer infinito, que a mí me colmaba de dicha, al saberme capaz de
lograr en una mujer algo tan bello como aquella entrega sin inhibiciones ni
mogigateces, en las que sólo contaban nuestro disfrute, sin importar las leyes,
normas o reglas que se hubieren creado, para regular el comportamiento de los
seres humanos. Eramos sólo dos personas ansiosas de darse todo el goce de que
eran capaces, y para nosotros sólo existíamos los dos.
Mi mano derecha se deslizó hacia su entrepierna y ahí se puso
a acariciar el enhiesto clítoris, que se erguía, queriendo ser partícipe de
aquel goce que nos mantenía perfectamente acoplados, ella, queriendo recibir mi
verga cada vez más profundamente, y yo, tratando de sepultarla hasta los cojones
en aquel agujero divino, que la absorbía, succionándola terriblemente, para
obsequiarla con el refrescante baño de leche ardiente, que trataba de salir de
mis cojones, y que sólo mi gran fuerza de voluntad conservaba aún almacenado en
ellos.
El frote que mis dedos daban a su clítoris venía a aumentar
su deleite. El jugueteo de su pistilo sexual y las caricias que daba a los
labios de su vulva, que se abrían ansiosos de ser penetrados, me hacían desear
tener dos penes en ese momento, para poder darle a ella el tremendo goce de ser
penetrada por mis dos vergas, por los dos agujeros al mismo tiempo, pero como
era una fantasía irrealizable, mis dedos venían a suplir aquella deficiencia,
que por una fallada de la naturaleza no se había concretado.
Aquel coñito, deliciosamente lubricado con sus jugos
sexuales, dio paso a mis dedos, que se solazaron penetrando en aquella gruta con
textura de seda, que pedía a gritos ser perforada por un segundo pene.
En ese momento recordé una compra que había hecho en una
sex-shop, y estirando la mano izquierda hacia uno de los cajones de mi buró,
extraje de él un pene de látex suave, con la misma textura que el natural, que a
base de pilas se ponía en movimiento como uno verdadero. No queriendo prolongar
más su sufrimiento, pues veía que sus ganas de recibir el pene por delante eran
muchas, le coloqué el pene artificial en la entrada de su vagina, y poco a poco
se lo fui metiendo, al mismo tiempo que los impulsos eléctricos de las pilas lo
hacían vibrar, hasta conseguir proporcionarle la sensación de que era un pene
verdadero el que iba avanzando hasta el fondo de su vagina.
¡Qué delicioso, mi amor! ¡Cómo quisiera que fueras tú por
delante también! ¡Pero de todas maneras, siento muy rico! ¡Ay, sigue metiéndome
tu verga por detrás! ¡No dejes que se salga la de adelante! ¡Perfórame por los
dos lados! ¡Entiérrame ese delicioso pene de hule en el coño y rómpeme el culo
con esa maravillosa verga tuya! ¡Sigue jodiéndome y no dejes de morderme la
espalda! ¡Golpéame las nalgas! ¡Anda, haz de mí lo que quieras, que soy toda
tuya!
¿Quién puede resistirse ante tan grata invitación? Su manera
tan excitante de pedirme que la siguiera penetrando me ponía fuera de mí y sólo
deseaba complacerla llenándola de todo el goce de que era capaz de
proporcionarle, y así, mientras mi verga iba a sepultarse hasta lo más profundo
de sus intestinos, mi mano izquierda guiaba el pene artificial, sepultándolo con
fuerza en el interior de aquella gruta caliente, como un volcán, mientras mis
dientes atacaban su espalda y mi mano derecha seguía azotando sus nalgas, que se
estremecían a cada golpe que recibían.
Después de varias horas de estar gozando de la intensidad del
placer que obteníamos en esta entrega mutua, ella no pudo resistir más y explotó
en un orgasmo terriblemente demoledor, que la hizo vibrar como terremoto sobre
la cama, mientras su cuerpo se estremecía víctima de las tremendas descargas de
energía que liberaba toda ella.
Después del gigantesco orgasmo, varios más vinieron a sumarse
en una cadena interminable, mientras que yo, no pudiéndome resistir por más
tiempo, dejé escapar la lava ardiente que brotó de mis cojones y que, como un
torrente, se abrió paso por su conducto rectal, bañando su interior
abundantemente, rebosando de leche su culito que, incapaz de poder contener
aquella tremenda ola, dejaba escapar parte de ella al retirar mi pene
momentáneamente, para volver a incrustárselo con furia, en el paroxismo del
placer inenarrable, que vino a dejarnos completamente exhaustos, pero felices de
habernos podido entregar tan plenamente.
Yo estaba agotadísimo, pero feliz de tener conmigo a aquella
cachonda mujer, con la que tan bien podía acoplarme para el disfrute sexual, y
me quedé dormido abrazado a su esbelto cuerpo, pensando que si esto había sido
el principio, quien sabe si sobreviviría al repetir todos los días estas
maravillosas experiencias, pero sería muy agradable despedirse de este mundo
jodiendo como un desenfrenado, entregando todas mis energías para hacer feliz a
esta mujer, que así me demostraba su cariño.