Hoy tenia unas ganas locas de carne, de un pene, o lo que
fuera que me penetrara desesperadamente, y como no tenía ninguna cita previa, y
soy una mujer muy ardiente, me metí en el sex shop casi a la hora del cierre,
para comprar un consolador nuevo que pudiera ¿cómo diría? ... consolarme.
Allí los vi, creo que eran empleado y jefe, y a ellos me
dirigí, con el consolador en la mano, y un ardor entre las piernas que exigía un
inmediato remedio. Debieron verme la cara, de prostituta calentona, porque al
pagar el vibrador, me ofrecieron dos herramientas de las de verdad, de ésas que
laten y escupen leche, aparatos hechos con esa carne que tanto me apetecía.
Me quedé sólo con el corpiño y las medias, y me saqué las
tetas por arriba del corpiño, para que pudiesen catarlas y mamarlas a gusto.
Abrí las piernas y mostré mi pubis bien depilado y mi vagina bronceada, y
también el agujero del culo para que eligieran por donde atacar.
Se ve que también les gustaba la carne en cantidad, porque se
dieron un atracón de tetas antes de ponerme sus penes un la boca. Por supuesto
las chupé y manoseé hasta que me pareció prudente parar, no fuese que acabaran y
me dejaran frustrada y sin saciar mi sed.
Entonces uno me la metió en el culo, su gordo pene cabía muy
bien en mi agujerito, y aunque al principio me dolió un poco, por el tamaño del
aparato, al segundo o tercer empujón, no cabía en mí de gusto. El otro se
deslizo por debajo de mí cuerpo, y sentí su pene, también fantástico, que
tanteaba la entrada de mi vagina, guiado por su mano. La fue metiendo sin pausa,
hasta que desapareció por entero dentro de mi vagina, y mientras entraba y salía
de mi interior, acompasado su vaivén con el de su compañero, empezó a manosearme
las tetas, que le colgaban justo encima de su pecho, haciéndolas temblar como si
fuesen flanes.
Enloquecidos nos movimos como animales, entre gruñidos,
jadeos y obscenidades, hasta que el orgasmo nos vino a los tres casi al mismo
tiempo y sentí mis entrañas inundadas por las secreciones masculinas, en tal
cantidad que el semen comenzó a fluir por ambos orificios, mojándome el culo y
los muslos. Les hice luego una mamada, que correspondieron chupándome la vagina
al mismo tiempo, y era delicioso sentir aquellas bocas, y las gordas lenguas
lamiéndome el clítoris, y los pliegues de la vagina.
Me llevé el consolador, más como recuerdo que por otra cosa,
porque ahora, cuando quiero carne, voy al sex shop. Allí la hay, siempre
dispuesta y de la primera calidad.