LINA
Aquel invierno de mis siete años conocí a Lina. En realidad
se llamaba Catalina, pero el nombre era demasiado largo y Lina resultaba más
bonito y cómodo. Tenía tres años más que yo. También tenía mi estatura; nada del
otro mundo. Unas trenzas muy largas, unos ojos muy negros y una piel muy morena.
Cuando salíamos de la escuela yo la acompañaba hasta su casa, a un kilómetro
largo de la mía. Yo era muy amable con ella porque me gustaba, de ahí las
caminatas que me zampaba todos los días para acompañarla.
Hija de labriegos, cuando regresaba a casa después de la
escuela, tenía que sacar las vacas a pastar en los prados cercanos hasta que
oscurecía. También yo, con mi cartera de los libros colgada del hombro, la
acompañaba muchas veces. Nos sentábamos en los ribazos mirando como las vacas
comían la hierba caminando lentamente y haciendo sonar las esquilas. Cuando se
alejaban demasiado, ella y yo nos levantábamos y volvíamos a sentarnos más cerca
de los animales porque, entretenidos con nuestros juegos no era la primera vez
que las perdíamos de vista y luego nos tocaba correr porque la carretera pasaba
cerca y teníamos que vigilar que no la cruzaran. Aunque me asaran a fuego lento
serían incapaz de recordar de qué puñetas hablábamos mientras vigilábamos las
vacas.
Aquella tarde, sin que recuerde la razón, se me ocurrió
tirarle de una de sus trenzas. Como respuesta ella me tiró del pelo tumbándose
de espaldas en la hierba y arrastrándome sobre su cuerpo. Ni siquiera recuerdo
como me encontré de pronto metiendo la mano bajo su vestido hasta alcanzar su
sexo sobre sus bragas. Se quedó quieta, mirándome fijamente y sin decir palabra.
Yo tampoco hablé ni hice movimiento alguno. Sólo notaba en mi mano el calor y
los abultaditos labios de su pequeño e imberbe coñito. Siguió tirándome del pelo
y yo le apreté el sexo sobre el tejido un par de veces. Tampoco esta vez dijo
nada, pero noté su mano sobando mi miembro sobre el pantalón varias veces. Notó
como se ponía duro y sus dedos lo apretaron sobre el tejido y, cada vez que lo
hacía, yo se lo apretaba también.
Nos besamos con los labios cerrados, mientras nos
acariciábamos mutuamente. No me impidió que metiera la mano bajo las bragas. Mis
dedos se hundieron en su carne tierna y húmeda acariciándola de arriba abajo. La
vi cerrar los ojos, pero sentí su mano desabrochándome los botones de la
bragueta para sacar el garrote y acariciarlo entero. Recuerdo que susurró
mientras lo descapullaba tirando de la piel del prepucio:
--¡Caray, es muy bonito!
No dije nada porque estaba intentando bajarle las bragas pero
me daba tan poca maña que si ella no me hubiera ayudado aún estaría
intentándolo. El miembro quedó aprisionado entre sus muslos, con la
congestionada cabeza rozando el imberbe sexo pero sin saber en donde tenía que
meterlo. Por más que lo apretaba contra su carne no conseguía más que hacerlo
resbalar hasta sus nalgas. Cuando se cansó de esperar a que adivinara por donde
entraba, lo cogió con dos dedos, separó un poco más los muslos y me susurró al
oído:
--Empuja ahora, pero no me hagas daño.
Ya estaba tan encalabrinado que tampoco le contesté. Empujé y
la roja cabeza se hundió en su humedad. Vi que hacía un gesto de dolor
frunciendo las cejas, pero yo seguí empujando pues quería meterlo entero y
cuanto antes. Cuando estaba a la mitad, más o menos, me pidió que parara porque
le hacía daño. A mi no me lo parecía, porque yo sólo sentía que entraba muy
apretado pero ningún dolor.
Sin embargo, me detuve para besarla. Seguía con los ojos
cerrados y las cejas fruncidas, como si de verdad le estuviera haciendo daño.
Estuve encima de ella mucho rato, con la verga dentro de su apretado estuche
hasta la mitad, esperando a que dejara de dolerle. Al cabo de un tiempo, como no
decía nada ni abría los ojos, seguí apretando y el inflamado mástil se hundió un
poco más. De nuevo me hizo parar antes de metérselo todo dentro. Y de nuevo
estuvimos quietos en esa posición bastante tiempo.
Estaba esperando a que me dejara continuar cuando comenzó a
lloviznar. Fue como si le hubiera entrado la prisa de repente. De golpe y
porrazo me atenaza por las nalgas con las manos, levanta el culo y se lo hunde
hasta la cepa. Cuando sentí su carne húmeda y tibia contra la mía y todo mi
congestionado miembro hundido en su calor la saliva me salía por la comisura de
los labios. Mi placer aumentó tan rápidamente como rápidamente comenzó a llover
a cántaros.
Me gustaba mucho lo que estaba haciendo, me gustaba a rabiar
y hubiera continuado bajo la torrencial lluvia hasta el día del juicio, pero
ella no pensaba lo mismo. Con una fuerza inusitada me quitó de encima de un
empujón, se levantó como un rayo y antes de que yo me hubiera levantado ya se
había puesto las bragas y salía disparada a guarecerse bajo los árboles. La
seguí corriendo tras ella. Intenté seguir, aunque fuera de pie, pero ya no quiso
saber nada más de aquel juego tan estupendo.
Cuando escampó un poco se llevó las vacas a la cuadra y me
dijo que me marchara a mi casa que no era necesario que la acompañara.
En realidad nuestra amistad duró sólo hasta aquella tarde.
Después no quiso que la acompañara más y terminó por no saludarme. No quiso
darme ninguna explicación. No quería volver a salir conmigo, eso era todo. La
verdad es que no entendía el motivo de su enfado.
Estaba muy sorprendido por su actitud y por más que me
devanaba los sesos intentando averiguar en qué la había molestado, no lograba
encontrar ninguno que lo justificara. Yo no fui el culpable de que se pusiera a
llover en tan crítico momento, ¿o sí?
Pasó mucho tiempo, o por lo menos en aquel entonces a mí me
pareció que habían sido años. Ahora comprendo que sólo habían sido unos meses,
los que van del invierno a la primavera. Tuvo que ser así porque fue la primera
tarde en que salí a buscar nidos. No por los huevos, sino porque deseaba criar
un jilguero y la única manera de conseguirlo era encontrando un nido donde
hubiera una cría bastante crecida.
Después de mucho caminar encontré uno en un roble, aunque
estaba bastante alto. Después de observarlo durante un tiempo, comprendí que
tenía crías aunque no podía saber su tamaño. Tuve que trepar hasta las primeras
ramas, las más difíciles de alcanzar, arañándome todas las pantorrillas.
Después, de rama en rama, me fue bastante fácil alcanzar el nido. Tenía tres
crías y eran demasiado pequeñas. No valía la pena tocarlas y me dispuse a bajar,
pero me detuve en seco porque desde mi atalaya, vi las vacas de Lina pastando a
menos de cien metros del árbol donde me había encaramado.
Me extrañó no verla a ella y eché una mirada por todo el
contorno y, entonces, la vi. Ya lo creo que la vi. Estaba tumbada en uno de los
ribazos al lado de un mocetón al que no conocía pero que me pareció
suficientemente mayor como para ser su padre. Se dejaba acariciar la entrepierna
mientras ella acariciaba el congestionado miembro del hombre en la misma forma
en que me lo había hecho a mí.
Me quedé mirándolos durante un rato. Vi como le subía las
faldas, como le quitaba las bragas sin necesidad de que ella le ayudara, pues la
levantaba con la misma facilidad que yo levantaría un papel del suelo. Y vi
también, como le hundía la gran verga en el vientre sin que protestara ni
hiciera gesto alguno de dolor.
Cuando comenzó a moverse y vi que sacaba y metía el
congestionado miembro dentro de su cuerpo cada vez con mayor rapidez, creí
entender por qué Lina se había enfadado conmigo. No podía ser otra cosa. Yo no
sabía lo que tenía que hacer y ella no estaba dispuesta a perder el tiempo
enseñando a un pipiolo. Por fuerza había sido mi inexperiencia la que motivó que
no quisiera salir más conmigo, y además, porque la verga del hombre no era mucho
mayor que la mía.
No supe comprender entonces que lo que ella quería sentir
dentro de su cuerpo no era el tamaño del pene que la penetraba, sino aquello que
yo no podía darle porque aún era demasiado joven.