Sinceramente, hacía ya tres años que vivía en aquel piso y
empezaba a pensar que quizás nuestras amistades empezasen a tener cierto punto
de razón.
Después de algunos días me decidí a aceptar la propuesta de
mi suegra para que una de sus amistades me hiciese un proyecto de decoración. La
verdad es que la idea me atraía un poco, conocía a Laura desde hacia unos
cuantos años, desde que mi mujer y yo éramos novios y íbamos a la misma playa
donde iban mis suegros. Allí se reunía todo un grupo , mucho mas que variopinto,
extraño de gente todos los veranos.
Algunas tardes en medio de la estival tertulia en la que me
encantaba participar me encantaba llevarle la contraria a Laura. Es una mujer
madura, morena muy atractiva, con un toque muy coqueto terriblemente elegante y
con una alegría, humor e incluso conversación todavía juvenil. Le encantaban los
bikinis y conforme llegaba el final de verano y después de unas cuantas sesiones
de sol y baños de mar su piel su tenía con un color moreno cobre realmente
bello. Solíamos ser de los últimos en dejar la playa al atardecer, cuando ya
quedaba poca gente, esos últimos momentos de relax que deja la tarde del norte
español. Durante esos minutos, había descubierto su afición a subirse las
caderas del bikini y ajustarse la braguita entre las piernas para aumentar los
centímetros de bronceado en su pubis, un momento en el que no podía evitar
lanzar alguna mirada lujuriosa, que ella sorprendió alguna vez para mi rubor.
Por suerte creo que mi mujer nunca me llegó a sorprender en estos momentos de
azoro.
Después de los veranos la verdad es que no volvía a verla
prácticamente durante todo el año y la idea de encontrarme con ella en un
restaurante, para charlar de mis ideas acerca de los cambios en la distribución
para luego charlar días tarde con mi mujer de la decoración final , me hizo
incluso recordar el olor de estío maduro en la playa.
Durante nuestra conversación en el restaurante charlamos de
muchos temas, recodamos algunas de nuestras discusiones tumbados en las toallas
y algunas de la tontas anécdotas que inundan los veranos de arena y agua de mar.
Ya me había sorprendido al encontrarnos de lo bella que estaba pero mi impresión
fue enorme cuando la observé al regresar a la mesa desde del baño antes del
café.
Por entre el pequeño pasillo del restaurante se deslizaba con
una elegancia increíble Laura, toda vestida de negro, una blusa ligera, una
falda ligeramente sobre la rodilla con una pequeña racha a un lado, unas medias
tupidas negras y unos zapatos de salón negro con un pequeño ribete rojo sobre
unos tacones altos y finos. La cara de embobado que debía tener en ese momento
le hizo sonreír de una forma picara durante un buen rato, una sonrisa que
repitió cuando me sorprendió durante el café un par de veces con mi mirada
perdida sobre el canal de su escote.
Hasta mi casa aun tenia un rato de coche y decidimos tomar mi
coche, un soberbia elección. El compacto con aire y suspensión un tanto rígida
nos machacaron la espalda por las calles salpicadas de obras.
Al sentarnos en el sofá de casa comentábamos entre risas las
riñonadas del viaje y lo mayores que un poco fuera que estabamos sentados en
aquel coche en semejante despropósito de baches y badenes.
Después de una ratos de charla sobre el sofa, decidimos
comenzar a tomar algunas mediciones para bocetar los cambios. Tras unos pocos
pasos Laura se echo mano a un costado e hizo un pequeño comentario acerca de la
tensión de espalda del dichoso paseito. No pude evitar ofrecerle un pequeño
masaje en la espalda.
De pie en el pasillo se hizo un recogido en el pelo y se
colocó de cara a la pared, después de solo unos segundos de acariciare el cuello
mas que masajearle, se separo ligeramente de la pared y desabrochó un botón mas
de su blusa y tiró ligeramente de ella para dejarme un poco mas de piel a mi
alcance.
Mi caricias continuaron unos segundos más, esperaba que se
apartase visto que ni iniciaba la mas pequeña acción terapéutica que un simple
roce con los dedos sobre sus hombros y su cuello. Con las puntas de mis dedos
apoyados sobre la parte trasera de sus hombros, aquel cuello desnudo y un
recuerdo como un latigazo de las tardes de playa, ni pude evitar acercar mis
labios con tremenda suavidad, como queriendo evitar que se percatase de mi gesto
imprudente. Laura no se movió ni un solo milímetro, ni siquiera cuando repetí en
un par de ocasiones mi furtivo beso entre las caricias entonces ya un poco mas
intensas.
Solo cuando ciego ya de pasión mis besos se humedecieron
contra su cuello, sus labios emitieron un ligero suspiro mientras sus piernas se
separaban ligeramente y sus caderas se separaban de la pared empujando
ligeramente entre las mías.
Mis manos se deslizaron sobre sus hombros para acariciar su
pecho, para apretar suavemente sus tetas y desabrochar totalmente su blusa que
cayó al suelo entre nosotros.
Desabroché su sujetador sin que se moviera su cara de la
pared nada mas que para ofrecerme su lengua en múltiples besos, enmarcados de
suspiros y gemidos suaves. Mis dedos recorrieron sus tetas y atenazaron sus
pezones erectos, uno tras el otro hasta que su mano se agarro con energía sobre
mi polla dura ya como una roca, vibrante de lujuria y deseosa de respirar el
aire frenético que separaba su cuerpo del mío.
Le quité la falda y las bragas dejándola calzada, con las
medias y deslicé mi lengua desde la nuca hasta el final de su culo mientras mis
dedos resbalaban despacio sobre la entrada húmeda de su coño y hasta la meseta
que lo separaba de su culo para esconderse despacio en aquel hueco de emoción
oculta hasta entonces.
Laura se giró , me separo para desgarrarme la camisa y
atenazarme por el cinturón para desnudarme y besarme desde la boca hasta mi
polla dura y desnuda. Para meterla entera en su boca y llevarme casi a rastras
hasta la cama donde se tiró y separo sus piernas sin soltarme ni un segundo la
cadera.
Me incline sobre ella y la punta de mi lengua se enrollo con
el delicado clítoris que asomaba en su vulva palpitante, preparándola para la
legada de mi enardecido miembro.
La penetré miestras le matenía en alto sus piernas para poder
besarle los tobillos y acariciarle los pies sobre sus hemosisiomos zapatos, su
piernas se separaron y se doblaron para darme paso a una penetración profunda,
un golpe que mantuve allí en el fondo de su placer, donde mora el mas profundo
de sus orgasmos y se arrancó con suaves y muy pequeñitos golpes el final de la
húmeda guarida hasta inundarla de nuestro placer.
Hasta unos días de la inauguración no volví a disfrutar de su
compañía, ya que fue mi mujer quien se encargó después de toda la decoración
junto con Laura. Los resultados fueron tan sorprendentes, que me obligaron a
presentársela varias de nuestras amistadas que comenzaban a planear algunos
cambios de decoración en sus casas.
En el camino de regreso de una de esas presentaciones, Laura
sentada junta a mi mujer en el coche familiar, me pidió si por favor la podía
volver a llevar la siguiente semana a esa casa, ya que su coche estaría en el
taller y entre bromas a mi mujer, le comentó que le gustaba ir en el pequeño
compacto deportivo . porque a pesar de la suspensión le dañaba un poco la
espalda le hacia sentirse mucho mas joven y la obligaba a disponer masajes
terapéuticos que estaba deseando repetir desde hacía algún tiempo.