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Las aventuras de Chiquitin - De visita con Papi
Gays- 2008-03-07 09:15:00
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LAS AVENTURAS DE CHIQUITÍN: DE VISITA CON PAPI

 

Chiquitín, tienes que vestirte.

Chiquitín miró a su papá, que acababa de entrar en la habitación, con cara de fastidio. Le apetecía quedarse en casa con él o ir a dar un paseo los dos juntos; pero Papi tenía un compromiso importante esa tarde: debía ir a casa de su jefe a hacerle una visita, y su niñito tenía que acompañarle.

El día anterior en la oficina el jefe le había pedido como un favor especial que lo visitara en su casa el domingo por la tarde para preparar una entrevista que ambos debían tener el lunes con unos clientes. Era un asunto importante que suponía mucha responsabilidad para Papi, además de toda una oportunidad para hacer méritos y prosperar en la empresa. El jefe, que estaba concretando la hora en que tendría lugar la visita, se había quedado distraído de repente al fijarse en la foto de Chiquitín que Papi tenía sobre su mesa.

Que jovencito tan guapo.

Don Daniel, el jefe, solía ser serio y hablar solamente de temas de trabajo, así que Papi se quedó sorprendido.

Ah, muchas gracias, Don Daniel. Es mi niñito –Papi sonrió y su jefe le devolvió la sonrisa mirando con insistencia la foto.

¿Qué edad tiene?

Diecinueve años.

Efectivamente, es un niño todavía. Casi de la misma edad de mi Danielito. Tiene como un aire travieso; me gustaría mucho conocerlo. ¿Por qué no vienen los dos el domingo por la tarde? Les presentaría a Danielito y los niños podrían jugar y hablar de sus cosas mientras nosotros preparamos la entrevista con los clientes. ¿Qué le parece?

Eeeer ..... sí, claro, Don Daniel. Estupendo –respondió Papi con una sonrisa nerviosa. No le hacía mucha gracia la idea; ¿y si Chiquitín hacía alguna travesura en casa de su jefe? Claro que no podía negarse; y bien pensado, si Chiquitín se portaba bien y su jefe se llevaba una buena impresión de él, eso podría favorecerle mucho. Y era evidente que al jefe le interesaba el muchacho.

¿Cómo se llama el niño?

Llámelo Chiquitín, Don Daniel. Yo siempre le llamo Chiquitín.

Ah, veo que es usted de los que no tiene prisa en que su niño se haga mayor. Yo soy de la misma idea. Un muchacho de esa edad sigue siendo muy joven para tener responsabilidades; debe de limitarse a obedecer a su papá. ¿O tal vez es usted un padre liberal de los que no quiere dar órdenes y deja que los niños usen pantalón largo?

No, no, Don Daniel. Yo también soy muy tradicional.

Me alegra mucho oír eso; me gusta que un jovencito sea obediente y bien educado. Y si además es tan guapo como su Chiquitín, todavía mejor –sonrió el jefe. Tras una pequeñísima pausa, recuperó su expresión seria habitual- Entonces cuento con los dos en mi casa el domingo por la tarde.

Así que Papi, aunque fuera domingo, había tenido que ponerse el traje y la corbata. Esto le alegró la cara a Chiquitín, porque Papi estaba muy guapo y Chiquitín se sentiría muy orgulloso de estar al lado de un papá tan elegante. Pero su expresión volvió a ensombrecerse rápidamente al ver la ropa que Papi le había preparado para ir a ver a su jefe: también Chiquitín tendría que ponerse corbata y camisa blanca; pero lo peor era el pantalón: de tela, muy corto, muy ajustado, y seguramente muy incómodo, de los que pican.

Papiiiii, ¿no puedo llevar los pantalones que llevo siempre, por encima de la rodilla?

No, Chiquitín. El jefe es muy tradicional y le gusta que los niños lleven pantalones muy cortos, que no tapen el muslo.

Pero ese me queda pequeño.

Los otros muy cortos que tienes están sucios. Tendrás que ponerte este aunque no sea de tu talla. Para que te apriete menos, lo llevarás sin calzoncillos. – en realidad Papi prefería que Chiquitín fuera un poco ajustado, ya que no le habían pasado inadvertidas las miradas que su jefe echaba con disimulo a los traseros de los empleados más jóvenes. Algunos compañeros que también habían llevado a sus hijos a casa del jefe le habían confirmado la afición de éste por acariciar en el culete a los jóvenes y darles palmaditas. Seguro que Don Daniel apreciaría mucho unas nalgas bien marcadas por un pantalón de talla pequeña.

¿Sin calzoncillos? Pero papi, la tela de ese pantalón pica mucho. Y hace frío para llevar las piernas al aire.

Papi empezaba a ponerse nervioso; no le gustaba que el niño le replicara, y menos esa tarde. Al jefe no le gustaría nada ver que Chiquitín no acataba la autoridad paterna.

- Chiquitín, no repliques que te la cargas. Vamos, cámbiate de ropa.

Así que tenía que ponerse ese pantalón tan incómodo y luego ir a casa del jefe de papi, que sería muy aburrido. Y por culpa de esa estúpida cita en casa del jefe, papi había estado nervioso todo el fin de semana y no podrían jugar juntos ni descansar esa tarde de domingo. A Chiquitín estaba empezando a entrarle una rabieta; no podía evitarlo aunque supiera que papi no estaba para bromas y que a la mínima podía ganarse una zurra.

No quiero que pongas mala cara, sabes que no me gusta. Quítate la ropa; y no te pongas tonto, que te caliento.

Papi no soportaba que Chiquitín tuviera formas de niño consentido, y además la tarde de la visita a su jefe no era precisamente el momento para ser permisivo con él.

Consciente de que su culete corría grave peligro, Chiquitín obedeció y empezó a quitarse la ropa ante la mirada impaciente de Papi, que no tuvo necesidad de decirle que había que darse prisa. Pero los pantalones de tela serían tan incómodos sin ropa interior ... Cuando ya sólo tenía puestos los calzoncillos, el muchacho dudó antes de bajárselos.

Vamos, Chiquitín, quítate los calzoncillos.

Papi, no hace falta, seguro que los pantalones no me aprietan tanto y los puedo llevar con calzoncillos.

He dicho que no. A ver si te va a reventar el botón y se te caen.

No me va a reventar, papi. Déjame probar.

Chiquitín .......

¿Pero por qué no podemos probar?

QUÍTATE EL CALZONCILLO DE UNA VEZ O TE LO QUITO YO Y VA A SER PEOR – Papi estaba casi gritando. En realidad, no quería que Chiquitín llevara calzoncillos para contentar a su jefe, que así podría acariciarle mejor el culete al muchacho. No querer reconocer ante sí mismo que estaba usando a su niñito para prosperar en la empresa de forma tan dudosa era realmente lo que le ponía de tan mal humor.

La rabieta de Chiquitín estalló finalmente:

¡Esa visita al jefe es una mierda y no quiero ir!

Casi no había acabado de hablar cuando estaba ya arrepentido de lo que había dicho. La reacción de Papi fue la esperada; tras agarrar el cuerpo de Chiquitín con fuerza del brazo, se sentó en la cama y tumbó al muchacho semidesnudo boca abajo sobre sus rodillas, con el culito al alcance de su mano en la posición adecuada para un buen escarmiento.

Papi estiró el slip de Chiquitín hacia arriba para marcar bien la superficie de las nalgas. Las partes laterales de la zona inferior de los glúteos quedaron descubiertas al aire. Estaban muy blanquitas, pero su color cambiaría en muy poco tiempo. Mientras su mano izquierda agarraba con fuerza a Chiquitín de la cintura, Papi levantó su mano derecha por encima de su cabeza, apuntando amenazadoramente al bonito y redondo culete que tenía sobre sus rodillas, mientras el muchacho gemía sabiendo lo que le esperaba.

El primer azote no fue fuerte, pero Chiquitín estaba comprensiblemente alterado y hasta la palmada más suave le habría hecho estallar en sollozos.

Así que te quejas; ahora te daré yo motivos.

Papi empezó a golpear rápidamente y con mayor fuerza, alternando los azotes entre las dos nalgas. Una buena paliza sería el mejor modo de garantizar el buen comportamiento de Chiquitín en casa del jefe, así que tendría que esmerarse en el castigo; y hacerlo rápido porque no le sobraba el tiempo. Propinó una ráfaga de azotes rápidos y fuertes sobre la nalga izquierda, inmediatamente seguida de otra ráfaga igual de intensa sobre la derecha, y, como no, de muchos y cada vez más altos lamentos por parte de Chiquitín. En respuesta, Papi le subió más el slip hasta dejar al descubierto buena parte de las nalgas, que empezaban a estar coloradas. También calientes, como comprobó al acariciarlas durante unos segundos. Cuando Chiquitín bajó la intensidad de los sollozos y relajó los glúteos, Papi descargó un tremendo golpe sobre la nalga derecha y disfrutó del espectáculo de la huella de los dedos dibujada sobre la parte inferior de la nalga, no tapada por el slip. Chiquitín gritó:

-PAAAAAPIIIII ..... DUELE MUCHO.

La respuesta fue otro azote igual de fuerte en el otro lado, y nuevas marcas de dedos. Papi acarició el culete mientras jugaba a subir y bajar el slip. Luego continuó con la zurra:

Ya te enseñaré yo –PLAS-, a ser desobediente –PLAS-, a responderle a papá –PLAS-, y a decir palabras feas –PLAS-. Vas a ir a casa del jefe –PLAS- con el culito como un tomate –PLAS-; te pondrás la ropa que te diga papá –PLAS- y vas a ser un niño bueno el resto de la tarde –PLAS-, vas a hacer todo lo que yo diga –PLAS-. Porque si no cuando volvamos –PLAS-, te llevarás una paliza que ya verás –PLAS-; a papá hay que obedecerle a la primera –PLAS- y no rechistar –PLAS-. Así que no querías quitarte el calzoncillo –PLAS- pues si no te lo quitas tú te lo quito yo –PLAS-.

Papi tiró del slip de Chiquitín hacia abajo, revelando un culete muy enrojecido. Al verse privado de la única y escasa protección que tenía ante los azotes, Chiquitín se vio acorralado.

Paaaaaapiiiiiiii noooooo, sin slip no, que duele más ......

Un nuevo azotazo calló las protestas del muchacho, aunque no sus sollozos. La mano de Papi siguió calentando las nalgas, ahora desnudas, a buen ritmo durante un rato que a Chiquitín se le hizo muy largo. Sin embargo, el niño apenas se movió para esquivar la mano que lo azotaba; estaba acostumbrado a las zurras y Papi le había enseñado a no alborotar demasiado y a no intentar poner la mano para proteger el culete cuando se le castigaba.

Papi acariciaba el culo muy rojo que tenía en su regazo; miraba su obra complacido mientras escuchaba los lloriqueos y lamentos habituales de su niñito. Se le había ido la tensión que tenía por la visita al jefe y apenas estaba enfadado ya por la actitud poco sumisa que había tenido antes Chiquitín. Nada le relajaba tanto como dar una buena azotaina, y más si el niño se la tomaba como un hombrecito. Pensó en darle un broche de oro al castigo con unos cuantos azotazos con el cepillo de madera; Chiquitín gritaría y lloraría, y le dejaría marca en el culete durante unas cuantas horas, además de bastante escozor; seguro que así se portaba bien. Papi miró con deseo el enorme cepillo para el pelo ovalado de dura madera que reposaba sobre la mesilla de noche. Pero pensó que si Chiquitín lloraba mucho, se le hincharía la cara y daría mala imagen ante el jefe. Además no había tiempo; Papi se sobresaltó al ver el reloj: se había pasado un cuarto de hora largo zurrando a Chiquitín.

Por tu mal comportamiento hemos tenido que perder mucho tiempo en darte una zurra. ¡Venga, levanta!

Acompañó las palabras con un azote que hizo a Chiquitín dar un respingo. El joven se incorporó con un gran mohín de dolor en la cara.

¿Puedo frotarme el culete papi?

Sí –Papi estaba contento de que le hubiera pedido permiso como un chico bueno. De lo contrario se habría llevado un buen tirón de orejas.

Gracias, Papi –y comenzó a frotarse las doloridas nalgas; se sobresaltó un poco al ver lo calientes que estaban. Pero dentro de lo malo, Papi no había usado el cepillo ni la paleta. Había sido una zurra fuerte pero sólo de mano, así que el escozor se pasaría en una media hora. Claro que durante esa media hora le picaría el culito .... y como picaba.

No pierdas el tiempo. Acaba de quitarte el calzoncillo y ponte el pantaloncito. ¡Y no se te ocurra decir que pica!

Sí, Papi –Chiquitín se quitó el slip, que tenía ya por los tobillos.

Papi sonrió. Daba gusto ver lo bueno y sumiso que era después de una zurra. Pobrecillo. Lo atrajo hacia así y lo sentó totalmente desnudo sobre sus rodillas. Al sentarse, el dolor en el culito transformó la cara del muchacho en una expresión que a Papi le pareció muy graciosa. Al ver a su Papi sonreír, Chiquitín se sintió más confiado y esbozó también una tímida sonrisa. Papi le rodeó los hombros con un brazo mientras con la otra mano le acariciaba las piernas.

Tienes que ser un niño bueno, Chiquitín; ya ves lo que pasa si eres revoltoso. Ahora en casa del jefe tienes que demostrar que eres amable y educado. No hablarás si no se te pregunta; y obedecerás en todo lo que te diga Papi y también en todo lo que te diga el jefe. Esto es muy importante, Chiquitín. Si te portas bien, estaré muy orgulloso de ti; como premio, pasaremos por la confitería y podrás comprarte el pastel que más te guste.

Guaaaaaai, Papi – Chiquitín volvía a sonreír abiertamente. Papi lo atrajo hacia sí y lo abrazó fuerte mientras le daba un gran besito en la boca. Cuando Chiquitín pudo separar sus labios de los de Papi anunció: – me voy a portar muy bien.

 

Papi llevaba a Chiquitín de la mano por el jardín que rodeaba la casa del jefe. Ambos estaban impresionados por lo grande que era la propiedad; el jardín, aparte de largo, era muy bonito y se lo veía bien cuidado. Claro que algo distraía a Chiquitín de la contemplación de esa belleza; los azotes que se había llevado todavía le escocían, y el picor que le producía aquel pantaloncito tan minúsculo y tan ajustado hacía las cosas peores. Se lle4vó la mano libre a las nalgas para aliviar el escozor; al hacerlo, notó que la mano de Papi soltaba la suya; un segundo después la sintió estrujando su oreja.

Aaaaayyyy ......

No te frotes el culete. Estamos llegando a la casa de Don Daniel y ay de ti como te pongas a hacer mohines allí dentro. Y alegra esa cara ¿estamos?

Es que me pica, Papi. Aaaaaayyyyy –Papi estrujo la oreja más fuerte.

Como no te calles sí que te va a picar. Ahí dentro tienes que estar sonriente; no empieces a hacer el tonto otra vez, ¿a que te doy otra zurra?

Sí, Papi – Papi soltó la oreja y volvió a cogerle de la mano. Ahora a Chiquitín le picaba la oreja además del culito. Además el viento le hacía sentir frío en las piernas desnudas. Pero intentó poner buena cara pensando en el pastel que Papi le había prometido.

Al llegar a la puerta apareció un señor todavía joven muy elegante con corbata y chaleco. Era el mayordomo del jefe.

Pasen, por favor. Don Daniel les espera.

Siempre llevando a Chiquitín de la mano, Papi fue detrás del mayordomo hasta una agradable y soleada sala de estar con una gran mesa y varios sillones y sillas.

Esperen aquí un momento. ¿Desean tomar alguna cosa?

Bueno, si no es molestia ..... Un vaso de vino para mi y un refresco para Chiquitín.

Ahora mismo se lo traigo. Siéntese un momento, por favor.

El mayordomo desapareció; Papi se sentó en uno de los sofás y colocó a Chiquitín sentado sobre sus rodillas. Le dio un beso en la sien y le susurró a la oreja:

Buen chico.

Le gustaba reconfortar al muchacho cuando se portaba bien; era igual de importante que castigarle cuando se portaba mal. Le acarició el pelo un poco y luego pensó que sería más apropiado sentarlo a su lado que sobre sus rodillas; así que hizo que Chiquitín cambiara de posición y esperaron al jefe sentados uno al lado de otro. Papi empezó a acariciar de forma distraída los muslos desnudos de su niñito.

El jefe finalmente apareció. Iba vestido de modo informal con un jersey de marca y una camisa sin corbata. A Chiquitín le dio muy buena impresión aquel hombre de mediana edad tan elegante. Sobre todo por el aplomo y la seguridad en sí mismo que veía en él, propios de quien está acostumbrado a mandar. Sabía resultar cordial y exigente al mismo tiempo. Papi se levantó para saludarlo, y Chiquitín hizo inmediatamente lo mismo.

Buenas tardes –le extendió la mano a Papi con una sonrisa.

Buenas tardes, Don Daniel.

Y este niñito debe de ser su Chiquitín – se dirigió al muchacho, que le tendió la mano como había hecho Papi. Esto le resultó divertido al jefe- Ja, ja, ¿te crees mayor para darle un par de besos al jefe de tu papá?

Chiquitín retiró la mano un poco avergonzado, pero la sonrisa del jefe le devolvió la confianza en sí mismo. Estiró un poco la cara mientras el jefe, que era muy alto, se inclinaba para besarlo en ambas mejillas. Don Daniel olía muy bien. El jefe miró al niño con atención y le acarició con ambas manos el pelo y la cara.

Eres muy guapo, Chiquitín. ¿Quieres sentarte aquí conmigo?

Sí, señor –Aparte de tener que hacerlo por compromiso, le apetecía estar con ese hombre.

Muy bien. Ven aquí.

El jefe se sentó en el sofá contiguo a donde habían estado sentados Papi y Chiquitín, mientras Papi volvía a ocupar su puesto frente a ellos. Atrajo a Chiquitín hacia sí y se lo sentó encima de sus rodillas. Siguió con la mirada fija en él mientras le acariciaba los muslos y las rodillas con una mano y lo sostenía con la otra.

Tienes las piernas muy suaves, y bien afeitaditas, sin un solo pelo. Me gusta.

A Chiquitín le costaba aguantar esa mirada tan penetrante y tuvo que retirar la suya; era muy seductora la forma en que el jefe lo dominaba clavándole la mirada y tocándole las piernas con tanta confianza.

Un joven sirviente entró con las bebidas. Vestía con pantalón corto ajustado, aunque no tan corto ni tan ajustado como el de Chiquitín. El jefe echó una mirada aprobatoria a su pantaloncito, tanto por delante como por atrás, cuando se agachó para servir los vasos.

¿Le has dicho a Danielito que venga con nosotros? –le preguntó el jefe.

Señor, Danielito no está en su habitación.

¿Cómo que no está?

No señor, fui allí a buscarlo y la habitación estaba vacía.

¿Y estaba ordenada al menos?

Bueno, señor, la verdad .......

Ya – la cara del jefe estaba muy seria-. No ha venido al salón a la hora en que le dije ni ha recogido su habitación. Habrá que tomar medidas al respecto. Desde luego que sí. Dile a Angel que lo busquen por toda la casa y el jardín y que lo traigan aquí inmediatamente. Y que no se le ocurra poner ninguna excusa para no venir.

Sí, señor.

Que vaya Ricardo también en su busca. Él sabe como tratarlo.

Como ordene, señor.

El joven se retiró. Era realmente guapo, y Papi no pudo evitar seguir con la mirada su culete ceñido por el pantaloncito.

El jefe tenía expresión de enfado. Chiquitín sintió su mano más tensa sobre el muslo. Estaba como concentrado; pero de repente pareció recordar que tenía invitados y miró a Papi con la misma sonrisa cordial de antes.

Los niños ..... no hace falta que le cuente como son.

No, naturalmente.

A veces os portáis mal los chiquitines –dijo mirando de nuevo a Chiquitín a los ojos mientras le hacía una caricia en la nariz-. Está muy feo que seáis desobedientes. ¿Por qué no hacéis siempre lo que os dice papá? Mmmm – le hizo una mueca a Chiquitín y le dio unas palmadas en el muslo. Ambos sonrieron.

Lo comprendo perfectamente – intervino Papi-. No es fácil educar a los niños.

Danielito está muy difícil últimamente. Y no me gusta que sea difícil, me gusta que sea dulce y obediente. Así es como deben ser los niñitos. Voy a tener que darle unos azotes por no haber estado conmigo para recibirles.

Oh, por favor, no lo castigue por eso ..... No nos sentimos para nada molestos.

Es usted muy amable; y Chiquitín también es muy amable –dijo dándole un nuevo achuchón al pequeño y atrayéndolo hacia sí. Chiquitín se dejó caer sobre su pecho y el jefe lo agarró para que no se resbalara de su regazo-. Pero no se trata de eso; me ha desobedecido, y además no ha arreglado su habitación. ¿Usted no castiga a Chiquitín cuando no arregla su habitación?

Sí, sí, Don Daniel. Yo también soy estricto con Chiquitín.

Claro que sí, los niños necesitan la autoridad de su papá. Cuando el mayordomo y Ricardo traigan a Danielito voy a castigarlo. Si no les importa, lo haré delante de ustedes; puesto que también a usted y a Chiquitín les ha faltado al respeto al no venir a recibirlos, tienen derecho a presenciar el castigo.

Como usted prefiera, aunque sólo si usted lo ve conveniente.

Me parece muy conveniente. Voy a darle una buena azotaina, a menos que Ricardo le haya calentado ya el culo. Ricardo es el más mayor del personal del servicio de esta casa; conoce a Danielito desde que nació y no tiene reparos en zurrarlo como es debido cuando hace falta. Lo castigaré delante del servicio y de ustedes, para que le sirva de escarmiento. ¿O es usted contrario a los azotes?

No, no, en absoluto. Lo cierto es que a Chiquitín lo zurro con mucha frecuencia.

¿De verdad? Me alegro que estemos tan de acuerdo en ese punto. –Miró a Chiquitín y añadió-: Así que este niñito a veces también se porta mal. La verdad es que tienes un aire pícaro; aunque no creo que seas tan descarado como Danielito. Pero olvidémonos de él por ahora y vamos a centrarnos en este Chiquitín. Levántate para que vea otra vez lo alto que eres.

Chiquitín se levantó y se quedó de pie delante del jefe, que lo miraba de arriba abajo. Don Daniel lo hizo dar media vuelta para admirar su culete, bien marcado por la ajustada tela del pantalón. El jefe empezó a palparle las nalgas con decisión pero al mismo tiempo con delicadeza; Chiquitín cruzó las manos detrás de la cabeza en señal de sumisión, como Papi le había enseñado a hacer en esos casos. Papi miraba la escena con una curiosa mezcla de celos y de excitación; era morboso ver a otro papá acariciarle el culo a Chiquitín.

Precioso culito. ¿Puedo preguntarle si el niño está completamente afeitado?

Sí, Don Daniel. No tiene ni un pelo.

Perfecto. Me gustaría verlo desnudo, si no le importa.

Esto ..... por supuesto. Adelante – a Papi no le hacía gracia que otro hombre desnudara a su Chiquitín, pero no podía negar que el interés de su jefe por el chico era halagador, y además muy excitante. También para el muchacho la idea de que el jefe de Papi lo viera desnudo le daba mucha vergüenza, aunque también le producía deseo.

Así me gusta, Chiquitín. No, no, déjame a mi –el jefe le hizo dar otra vez media vuelta, le desabrochó el botón del pantalón, con gran alivio para Chiquitín, y le bajó la cremallera. A continuación tiró del pantaloncito hacia abajo; como ya se había imaginado al tocarlo, el muchacho no llevaba calzoncillos. Su miembro, totalmente afeitado como el de un niño pequeño, pero en cambio de tamaño y grosor apreciables, quedó liberado y a la vista. El jefe lo miró con aprobación y luego giró a Chiquitín para apreciar su culito, apetitosamente redondo y sonrosado.

Muy bien, Chiquitín. Ahora colócate sobre mis rodillas.

El jefe lo hizo inclinarse y tumbarse boca abajo sobre sus rodillas en una postura que Chiquitín conocía muy bien. A continuación, Don Daniel le subió la camisa para poder acariciar el bonito culo desnudo que tenía sobre su regazo. Las manos del jefe palparon con detalle todos los rincones de las nalgas de Chiquitín ante el estupor de éste. Estupor y excitación, puesto que la idea de que ese hombre tan seductor lo dominara y manoseara de tal forma le estaba empezando a producir una gran erección. Cuando el jefe le separó las nalgas para contemplar su ano, la vergüenza que sentía ante la situación solamente conseguía incrementar el crecimiento de su pene.

Perfecto, está completamente afeitado. Es delicioso.

Papi sonrió satisfecho; afeitar a Chiquitín había llevado mucho tiempo y también mucho trabajo, incluyendo varias zurras para que se estuviera quieto. La zona más delicada, la del periné y alrededor del ano, había sido especialmente difícil: convencer a Chiquitín para dejarse afeitar esa parte había requerido la paliza más fuerte y agotadora, proporcionada con una gran raqueta de madera que Papi guardaba para los comportamientos especialmente rebeldes. Era agradable que su jefe apreciara el resultado.

El tono rojo pálido de las nalgas de Chiquitín podría haber sido atribuido al rato que estuvo sentado sobre las rodillas del jefe, pero un experto en castigos corporales como Don Daniel no dudó en identificar las señales medio borradas de una azotaina.

Este culito se ha llevado unos azotes hoy ¿verdad? –dijo mientras seguía acariciándolo.

Efectivamente, Don Daniel. Chiquitín estuvo un poco desobediente esta tarde.

¿Es eso cierto, Chiquitín?

Sssssí, señor. Fui desobediente y Papi me dio una zurra.

Eso no estuvo bien, Chiquitín. Nada bien – le dio unas palmaditas suaves- Separa las piernas, por favor.

Chiquitín dudó. ¿El jefe le iba a dar una segunda azotaina?

¿A qué esperas? – La mano del jefe descargó un azote sobre la nalga izquierda. Chiquitín no pudo evitar un quejido; separó las piernas inmediatamente.

Así me gusta. Veo que eres un niño de los que necesitan mano dura, Chiquitín. Y cuando un niño necesita mano dura, yo se la doy.

El jefe introdujo su mano entre las piernas abiertas del pequeño buscando sus genitales. Al agarrarlos, notó la enorme erección de Chiquitín, que se había disparado ante la posibilidad de recibir unos azotes.

Pero el niño no era el único con una fuerte erección; el espectáculo de las nalgas de Chiquitín ofrecidas sobre las rodillas de su jefe, abiertas y separadas mostrando los genitales de una forma tan sensual, había disparado también el miembro de Papi, que presionaba con fuerza contra los pantalones del traje. Si el jefe empezaba a azotar a Chiquitín, Papi se veía capaz de eyacular.

No obstante, tanto Chiquitín como Papi se quedaron con la duda de si el jefe tenía o no intención de castigar al pequeño. En ese momento se oyó ruido de pasos y voces, y el mayordomo, Ángel, apareció en el salón en el que se encontraban, inmediatamente seguido de Ricardo, el mayor de los sirvientes, que traía de la oreja a un guapo joven que no podía ser otro que Danielito.

Los tres recién llegados se detuvieron mirando a Don Daniel a la espera de sus órdenes. Claro que también miraban el hermoso culito que Don Daniel tenía colocado sobre sus rodillas. En sus miradas había curiosidad y deleite ante el bonito espectáculo, aunque ni rastro de asombro; al parecer en aquella casa era muy habitual que los jovencitos que venían de visita acabaran desnudos y en posición de sumisión ante el amo y señor del lugar. Intrigado al mismo tiempo que muy avergonzado, Chiquitín no se atrevía apenas a girar la cabeza para ver a los recién llegados. El jefe dirigió la vista hacia su hijo durante unos segundos, mientras seguía acariciando las nalgas de Chiquitín. Finalmente, despidió al pequeño con una palmada final:

Has sido muy simpático, Chiquitín. Ahora sé bueno y vete con tu papá, que yo tengo que arreglar otro asunto.

Chiquitín se puso en pie y se subió sus minúsculos pantalones hasta la mitad del muslo, lo suficiente para poder recorrer los pocos pasos que lo separaban de Papi sin tener que andar en estilo pingüino. Papi lo recibió en sus brazos, le subió el pantaloncito aunque sin abrocharle el botón, y lo sentó sobre sus rodillas. Chiquitín notó la punta del miembro de Papi, todavía hinchado, haciéndole cosquillas en la nalga.

Mientras, el jefe se acercó a Danielito, que seguía estando cogido de la oreja por Ricardo. Sin embargo, el muchacho no parecía avergonzado y aguantaba la mirada de su progenitor con una cierta expresión de desafío. Don Daniel se dirigió a Ricardo y Ángel:

Muchas gracias por traerlo. ¿Le ha dado su merecido, Ricardo?

No señor, no quise quitarle el placer de hacerlo usted mismo.

Bien hecho. ¿Dónde estabas, jovencito?

Por ahí – respondió Danielito de forma insolente.

La mano del jefe propinó un veloz sopapo a la mejilla derecha del muchacho; Ricardo dejó de agarrar la oreja izquierda del pequeño y se retiró sutilmente para que su padre, que mantenía en todo el momento la serenidad, pudiera reprenderle y corregirle a sus anchas.

¿Esa te parece una respuesta educada?

El muchacho miró a su padre con aire dubitativo.

Sí.

Evidentemente, no era la respuesta que Don Daniel quería oír. Esta vez no fueron uno, sino dos, uno en cada lado, los cachetes que Danielito recibió por su insolencia.

Creo que no te he oído bien, Danielito. ¿Dónde estabas?

El muchacho se acarició las mejillas, levemente coloradas; pareció pensárselo mejor.

En el jardín, papá.

En el jardín; que bonito. ¿Y qué hacías en el jardín cuando yo te había pedido que estuvieras aquí para recibir a nuestros invitados?

Danielito no contestó nada. Su papá seguía con aire muy serio, pero también muy tranquilo.

Has sido un niño muy desobediente; has sido maleducado no solo conmigo, sino también con Chiquitín y su papá, y con Ricardo, Ángel, y Toño, que tuvieron que perder su tiempo en ir a buscarte. Ahora vas a ver lo que es bueno. Ángel, por favor; trae a Toño para que presencie también el castigo de este pequeño sinvergüenza.

Sí, señor – el mayordomo salió en búsqueda del criado más joven de la casa.

El jefe devoraba a Danielito con la mirada; pero el muchacho también era fuerte y no agachaba la cabeza. Ricardo se mantenía profesionalmente retirado a unos pasos de ambos. La escena duró algo más de un minuto, hasta que Ángel apareció seguido de Toño y ocuparon, igual que Ricardo, su lugar como espectadores, los tres de pie y con las manos a la espalda.

Viendo que ya estaban todos, el jefe pareció decidir que ya era hora de empezar:

Bájate los pantalones, Daniel -no utilizar el diminutivo indicaba que la cosa era seria.

La respuesta del muchacho sorprendió a Chiquitín; mientras este último ante la inminencia de una azotaina hubiera empezado inmediatamente a protestar y gimotear, quejas y sollozos que sólo le hubieran puesto las cosas peores, Danielito se bajó los pantalones sin titubear, con aire decidido y casi desafiante. Los pantaloncitos eran casi igual de cortos y de ajustados que los que llevaba Chiquitín, y debajo de ellos el niño, de nuevo igual que Chiquitín, tampoco llevaba calzoncillos; Papi se había apuntado un tanto: había acertado plenamente con los gustos de su jefe en cuanto a la ropa de los chicos.

El magnífico trasero de Danielito quedó a la vista, igual que sus genitales, completamente afeitados.

Quítatelos completamente.

Con calma, el muchacho se inclinó para quitarse los zapatos, bajarse los pantalones hasta los tobillos, y sacárselos a continuación. Totalmente desnudo de cintura para abajo, puso las manos en la nuca en señal de sumisión. Una señal, eso sí, incoherente con la expresión arrogante que seguía luciendo en su cara. Chiquitín admiró la entereza con la que ese niño, seguramente de su misma edad aunque más corpulento, sabía llevar la situación: se iba a llevar una dolorosa paliza, estaba desnudo frente a su padre, tres criados y dos desconocidos, y mostraba sin reparo su culete macizo y su miembro viril con total naturalidad, y casi con una pizca de orgullo.

Don Daniel lo tomó de la oreja y lo acercó a la mesa. El muchacho se quedó de pie frente al mueble con aire indiferente.

Inclínate – dijo su padre mientras se remangaba el brazo derecho.

Sin lamentarse ni pedir ningún tipo de clemencia, Danielito tumbó la mitad superior de su cuerpo sobre la mesa. Don Daniel echó un poco más hacia arriba la falda de la camisa del muchacho para que el culo acabara de quedar totalmente expuesto, justo en frente de donde se encontraban Papi y Chiquitín, visiblemente fascinados por la escena que contemplaban. A pesar de su aire indiferente, los bultos en los pantalones de los tres criados revelaban que también ellos seguían los acontecimientos con enorme interés.

Separa las piernas.

Al hacerlo, los genitales de Danielito quedaron claramente visibles entre sus nalgas, mejorando todavía más la vista a todos los presentes.

Don Daniel apoyó la mano izquierda firme sobre la espalda de su hijo, y sin más preámbulos echó la derecha hacia atrás y golpeó con fuerza la nalga izquierda del pequeño.

Sobre la nalga se dibujaron con claridad los dedos de papá; sabiamente, éste dejó pasar unos segundos antes de echar de nuevo la mano hacia atrás e impulsarla con fuerza, esta vez sobre la nalga derecha. Ahora Danielito llevaba la firma de su padre en ambos lados.

Don Daniel acarició un poco el trasero del muchacho antes de golpearlo otra vez. Le gustaba espaciar los azotes e intercalar caricias entre ellos para no entumecer las nalgas y que la piel sintiera todo el dolor de cada golpe. La alternancia de los azotes sobre ambas nalgas duró más de quince minutos; el color del culete de Danielito evolucionó sucesivamente de un rosa pálido a un rosa fuerte, y de ahí a un rojo intenso. Chiquitín veía con fascinación cómo aquel niñito se llevaba una gran paliza sin apenas gemir, y con qué fuerza sus nalgas se convertían en el centro de interés de toda la habitación; todos los ojos estaban clavados en el culo muy rojo de Danielito, y el único sonido que se oía en la habitación era el chasquido de los azotes, seguido a veces de un gemido viril muy distinto de los llantos de niñito de Chiquitín. El pequeño admiraba a Danielito, que con su actitud arrogante convertía la humillación de la zurra en un triunfo y casi en una dominación. También el jefe zurraba con un gran estilo, sin inmutarse ni resultar crispado; era muy excitante, aunque le faltaba la calidez de las regañinas que Papi siempre daba mientras azotaba. En cierto momento, Chiquitín notó que Papi buscaba un kleenex y a continuación metía la mano discretamente bajo la cremallera de su pantalón; los espasmos que, sentado sobre las rodillas de Papi, no pudo evitar notar a continuación, no le dejaron ninguna duda sobre lo que estaba pasando. Chiquitín hubiera querido acariciarse también, pero Papi se lo tenía muy prohibido; era algo feo en un niño y se llevaría una buena zurra si lo hacía.

Cuando el cansancio de Don Daniel empezaba a hacerse patente, el jefe se quedó acariciando el trasero muy rojo de su niño durante un buen rato, y se dirigió a Ángel:

Ángel, por favor, tráeme la paleta.

¿La grande de madera, señor?

Sí, la grande.

El mayordomo se dirigió a un mueble de bastante extensión que había en la pared al lado de la mesa y lo abrió; aparecieron un montón de cepillos de madera, correas, varas y demás instrumentos para azotar culetes desobedientes. Todo aquel almacén evidenciaba que el jefe daba mucha importancia a los castigos y se complacía en las formas más refinadas de mortificar el trasero de los más jóvenes. Ángel escogió, entre una gama de paletas de formas curvas, la más grande de las de madera. Chiquitín dio un respingo; era prácticamente idéntica a la que Papi utilizaba cuando era muy desobediente, la que había probado unos días antes cuando le afeitaron.

Ángel ofreció el instrumento de castigo a su jefe, que le respondió con un escueto gracias. A continuación, Don Daniel aplicó la pala de madera al trasero de su hijo de la misma forma flemática y concienzuda con la que le había azotado con la mano unos minutos antes; pero a Danielito le era cada vez más difícil mostrar la misma entereza: aunque su reacción seguía muy lejos de los chillidos y lloros que hubiera proferido Chiquitín ante un castigo similar, no podía evitar temblar ante cada azote y emitir gemidos cada vez más altos.

Los azotes con la dolorosa pala siguieron durante cinco intensos minutos en los que el culito del muchacho pasó del rojo brillante al escarlata oscuro. Finalmente, Don Daniel acabó la paliza con un golpe especialmente fuerte que hizo pegar un salto al joven.

Levántate.

Danielito se puso en pie con esfuerzo y se llevó las manos a las nalgas, que probablemente estuvieran tan calientes como insensibles. A pesar de los inevitables mohines de dolor, no dejaba de mantener una cierta altanería.

Ahora ponte en esa esquina cara a la pared. Te quedarás ahí, sin pantalones, un rato muy largo hasta que aprendas a comportarte. Y no se te ocurra girar la cabeza –luego, mirando a los sirvientes, su jefe dijo: - muchas gracias. Pueden retirarse.

Bajándose de nuevo la manga, el jefe recuperó su anterior puesto frente a Papi y se disculpó por la larga interrupción. Dijo estar agotado después de propinar una paliza tan larga, pero lo cierto es que no se le notaba.

Dar una buena zurra es lo mejor para estar en forma – dijo con una sonrisa.

Papi levantó a Chiquitín de sus rodillas y, con un azotito, lo mandó ir a jugar a otro sitio mientras los mayores discutían. Pero tanto Papi como el pequeño no dejaron de mirar de reojo durante todo el rato al culito ardiente que estaba en la pared; las imágenes de la azotaina y de ese hermoso trasero expuesto con los genitales asomando no se les iban de la cabeza.

Al cabo de aproximadamente una hora, el jefe permitió a Danielito separarse de la pared y ponerse los pantalones para despedir a los invitados. Papi y Chiquitín besaron al pequeño, y luego se despidieron a su vez de Don Daniel, que, mientras acariciaba largamente el culito de Chiquitín, les hizo prometer que volverían pronto. El jefe debió pulsar entre tanto algún botón, porque justo en el momento adecuado apareció el mayordomo.

¿Por qué no ha venido Toño? – preguntó el jefe.

Se olvidó de planchar su traje para mañana, señor. Ricardo ha tenido que castigarlo.

Ah, estupendo, Ricardo siempre está en todo. Acompaña tú entonces a los señores hasta la puerta.

Sí, señor.

Papi y Chiquitín acompañaron al mayordomo. Al atravesar los pasillos, oyeron ruido de golpes y quejidos, el muy familiar sonido de los azotes sobre un trasero desnudo y los lamentos del muchacho que los recibe. La zurra sonaba más claramente a medida que avanzaban; fue en el recibidor donde se encontraron con Ricardo sentado en una de las sillas dando una contundente azotaina a Toño. Los quejidos del joven eran comprensibles, ya que su pequeño y redondo culete estaba ya bastante colorado, y la mano de Ricardo seguía cayendo pesada sobre él. Tenía los pantaloncitos por las rodillas y tampoco llevaba calzoncillos; no les debían estar permitidos en esa casa a los más jóvenes. Al ver entrar a los invitados en esa improvisada sala de los azotes, Ricardo detuvo su mano en alto sin atreverse a descargarla sobre el culito del joven sirviente.

Continúe, por favor. No nos molesta – le incitó Papi.

Gracias, señor.

Los azotes y sus correspondientes quejidos se reanudaron. Papi y Chiquitín contemplaron el castigo durante un rato mientras esperaban que Ángel les trajera sus abrigos.

De vuelta a casa, pararon en la pastelería y Papi, tal como prometió, le compró un dulce a Chiquitín por haberse portado bien en casa del jefe. Papi seguía teniendo en mente todo lo que había visto esa tarde. Miró a su niño, que comía su pastel tranquilamente, y le acarició el pelo. Pensó si Chiquitín se llevaría una zurra antes de acostarse esa noche. Sonrió. Casi seguro que sí.

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