Tenía 15 años, lo recuerdo bien porque era la primera navidad
que no pasaba en casa de mis padres. Mi tía Pepa me llevó a pasar las fiestas de
fin de año junto a ella y su familia al sur de Chile, donde el verano otorgaba
un tiempo muy agradable a aquellos parajes lacustres. Mis papás me dejaron ir
con la condición de que llevara mis libros y no descuide mis quehaceres
escolares durante las repentinas vacaciones que me iba a tomar.
Deteniéndome un poco en mi tía Pepa, me fascinaba la idea de
pasar con ella ese tiempo, sobre todo porque siempre nos llevamos muy bien,
sobre todo con sus hijos, Marcelo y Camila, de 13 y 18 años respectivamente. A
mi tía le debía tal condición sólo por cariño, ya que no existió nunca un nexo
familiar de por medio. Eran casi hermanas con mi mamá porque se criaron juntas
hasta el día de hoy se visitan, pero sólo eso.
Bueno, yendo más al meollo de esta aventura, debo confesar
que –creo que al igual que cualquier mujer- cualquier chica bonita me inspiraba
buena onda y ganas de conocerla, pero nada más. Respeto y hasta admiración. El
caso es que hasta el momento sólo había tenido una relación con un niño, pero
que quería olvidar pronto porque me enteré que era bastante picaflor, y yo fui
sólo un pasatiempo.
Una vez que arribamos a la casa de mi tía, salió a recibirnos
Marcelo, su hijo, que ya estaba casi tan alto como yo, y se alegró un montón de
que yo pasara un tiempo con ellos. Luego vino el tío Arístides, el esposo de
Pepa, que me hizo sentir súper cómoda con su recibimiento.
-¿Y dónde está Camila?- pregunté, pues era la única que me
faltaba saludar de la familia.
-Debe estar arriba en su pieza- me dijo el tío. –Desde hace
tiempo anda bastante extraña y
se lo pasa encerrada-.
-No se preocupen, yo me encargaré de levantarle el ánimo
mientras esté aquí- respondí.
Y así fue como me enviaron a su habitación para acomodarme,
pues ella poseía una litera destinada a las visitas.
Después de tocar la puerta varias veces sentí que de pronto
se abrió y apareció ella, distintísima en comparación con la última vez que la
había visto. Me pareció una doncella encerrada en el último torreón de un
castillo, majestuosa, bella y altiva, despampanante con su cabellera oscura
sobre la polerita celeste que se le ajustaba al pecho, con aquellos ojos grises
invitándome a pasar, pero con un aire tristísimo en el tono de sus gestos.
Nos saludamos y conversamos vagamente de lo que habíamos
hecho con nuestras vidas hasta el momento, pero curiosamente cargamos la
conversación a la diferencia en nuestro aspecto físico y al desarrollo de
nuestros cuerpos. Ahí me di cuenta que no sólo yo me había llevado un tremendo
estupor ante la figura voluptuosa que tenía enfrente.
Pasaron los días y nos fuimos haciendo re amigas, todo lo que
podrían hacerse dos muchachas que comparten todo el día juntas. Hasta ese
momento a mí me encantaba estar con ella, haciendo lo que fuera, pero tratando
de pasar la mayor parte del día en compañía suya.
Las fiestas de fin de año transcurrieron increíblemente, la
navidad y después el año nuevo lo pasamos en casa de mis tíos, pero luego de los
abrazos fui con Camila a la disco del pueblo. Ella saludaba a todo el mundo,
situación que no me sorprendió tanto por tratarse de una localidad pequeña, pero
de repente la sentí turbada al encontrarse frente a una pareja besándose.
-Antonia, vámonos- me dijo con una mirada abandonada.
-Pero si acabamos de llegar- respondí.
Sin siquiera escucharme me tomó de una mano y me sacó de la
multitud. Una vez en la calle y rumbo a la casa, soltó el llanto. Entonces me
contó lo sucedido: se trataba de su ex novio, y la niña que besaba era una
amiga. Yo me sentí pésimo, la tomé del cabello y le conté mi historia, que
conocía más o menos, pero sentí que me escuchó con verdadera angustia. Nuestros
relatos eran parecidos, así que de pronto nos dimos cuenta que estábamos en la
misma, así que nos dijimos cosas lindas la una de la otra, por ejemplo que
podríamos tener al hombre que quisiésemos, y que en definitiva ellos no se
merecían nuestro llanto.
Caminando abrazadas llegamos a la costanera del gran lago,
deteniéndonos en la orilla arenosa bajo los árboles para sentarnos a contemplar
el delicioso paisaje.
-Eres preciosa- me dijo de pronto.
- Tú igual- le contesté acariciándole el pelo.
- No, tú más que yo- me volvió a decir esta vez sonriendo
- Pero tú eres más atractiva- le dije, sin reír y con
sinceridad.
-¿Antonia? – me dijo, interrumpiendo de pronto mi mano en su
pelo y sin dejar de mirarme directamente a los ojos. Yo sentía un silencio
abismal, mientras que su mirada me turbaba y a la vez no quería que ese momento
no se acabe nunca.
-Dime-
-¿Te puedo besar?- me preguntó. Quedé desconcertada. Cuándo
me iba a imaginar yo semejante propuesta, y más encima de ella, un ser precioso,
divino, único en su estilo, pero eso, en su género y apetecible para los
hombres, no para mí. Pasó un siglo en que sin dejar de mirarla sentí que ella se
pudo haber arrepentido, pero seguía con su aureola de tristeza. -Es preciosa-
pensé.
-Estás loca- le respondí. –Jamás me han interesado las
mujeres-.
Ella se puso fucsia. Es que no esperaba la respuesta,
incómoda y todo, creyó que yo le iba a decir que sí.
-Pero así no más, como amigas- me dijo, agarrando mi mano y
tocándose con ella su cabello nuevamente.
-Pero ¿para qué?- le dije, un poco jugando con el tedio que
ella sentía, no hallaba dónde meterse a esa hora. A mí no me importaba darle un
beso. Lo había hecho con mis hermanos, de repente con mi mamá, con mis tíos y
tías, pero así, un toponcito de amistad. Lo que ocurría era que ella iba hacia
otro lado y yo me di cuenta. Incluso me daba un cosquilleo aquella situación,
las 2 solas sentadas frente al lago, de noche acariciándonos el pelo, y sobre
todo ella jugada conmigo.
-Soy mala- le dije de pronto, aferrándome a su cuello y
soltándole un besote para revivir muertos. Ella me miró consternada un momento,
luego ambas comenzamos a reír, sin parar. Ella me tomó de la cintura y me dio
otro beso, más profundo y esta vez no de broma. Yo me puse helada. Sentí su boca
cubriendo mis labios en oleadas de vapor, de caliente dulzura y cariño, y su
lengua tocó a penas la mía, y de nuevo , y otra vez. Y de pronto me invadió una
arrechura espantosa, me sentí mujer entera, deseable y deseosa. La tomé del
cuello y la besé con efusión, con cariño, mirándola a los ojos y besándola.
Besos de amiga, besos de amante. Besos con lengua y saliva, besos de topón y
repitiendo. No sabía lo que hacía, pero estaba convencida de mis actos.
De repente ella posó su mano en mi seno, que se puso duro con
el sólo contacto. Yo hice lo mismo. Bajé mi otra mano, sin dejar de hacer mía su
boca con mi lengua, y llegué hasta la cremallera de su bluejean, y comencé a
bajarla.
-¿A dónde vas?- me dijo.
Hubo un pequeño alto en todas nuestras acciones, pensé en
pararme e irme.
-No te gustó molestarme...- me volvió decir, pero
desabrochándose ella esta vez su cierre y poniéndome mi mano en su mente de
calzón. Yo volví a besarla y me dejé llevar.
-Tonta- le dije riéndonos.
Ella me sacó el sostén, me besó desde el cuello hasta la
punta de mis tetitas dichosas. Yo la amaba en ese momento. Nos sacamos toda la
ropa y sin pasar en intermedios nos colocamos en la posición sesenta y nueve.
Fue exquisito. Sentir aquel perfume fortísimo a hembra, a selva negra, me mojaba
y me hacía chupetear con ansias de fiera aquella vulva joven y suave, y rítmica,
porque yo sentía una agitación acompasada mientras ella hacía su trabajo en mis
partes pudendas. Sorbeteaba todo lo que me estaba ocurriendo, esa calentura
mayúscula que sólo una mujer puede originar, yo la estaba satisfaciendo a punta
de langüetazos y tiritones de tronco, besos de amiga, de mujer.
Nos reincorporamos y nos besamos. Sentimos la diferencia de
sabor en la boca y me puse verde de caliente. Nos frotamos con los muslos, las
piernas, los pies, con nuestras almejas humedecidas de tanto vicio, tendímonos
en la arena y besándonos nos masturbamos la una a la otra hasta que cada cual
por su cuenta de pronto se sacudió, una, tres veces, encerrando la mano de la
otra prisionera en el escondrijo sagrado, y suspirando a penas, sin la vergüenza
de la amistad, sino que con el amor de la mujer, la valentía de querernos como
no lo habíamos hecho.
Nos fuimos tarde, lo conversamos todo y prometimos guardarnos
el secreto cómplice. Ambas quedamos enloquecidas con lo sucedido. Nos dimos el
beso más hermoso que recuerdo al despedirnos en la litera de su habitación. El
resto del verano fue increíble para ambas en aquella ciudadcita del sur de
Chile.
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