15. EMPEZAR DE NUEVO.
Otra vez lunes después de un fin de semana del que no quiero
recordar absolutamente nada. Barcelona ha sido en cierta manera mi tabla de
salvación. Volver a la frenética actividad de la semana es justamente lo que
necesitaba.
Sé que si por un momento me detengo a pensar en lo que
sucedió en Salou, empezaré a buscar justificaciones, excusas, razones que
liberen mi maltratada conciencia. Pero también sé que por más que las busque, no
las encontraré. Sólo hay una explicación que defina mi comportamiento, una
explicación para la que aún no estoy preparado. Por ello es mejor no pensar. No
recordar. Y afortunadamente el principal detonante de lo que sucedió la noche
del sábado, no volverá a cruzarse en mi vida, o al menos eso espero.
Después de pasarme la mañana entre las clases y la
biblioteca, para buscar jurisprudencia, he comido en el bar de la facultad.
Mientras comía, me ha llamado mi padre:
- Juan, ¿haces algo esta tarde?
- Hombre, tengo una optativa pero termino pronto ¿por qué lo
preguntas?
- Verás, hoy me entregan las llaves del piso que he comprado,
y me preguntaba si te apetecía echarle un vistazo. –Dijo mi padre con un
entusiasmo difícil de disimular.
- Bueno, pues por mí perfecto. Dejaremos el gimnasio para
mañana. ¿Dónde quedamos?
- Quedamos en el bufete, ¿recuerdas dónde está?
- Claro Ricardo. ¿En Passeig de Gràcia con Gran Via, no?
- Exacto, pero no me llames Ricardo, que soy tu padre. –Me ha
contestado él.
- Está bien, nos vemos sobre las siete, Ricardo. –He
bromeado.
La tarde ha pasado volando, y antes de las seis y media ya
estaba en el bufete esperando a mi padre. Un despacho algo cargado para mi
gusto, demasiado clásico, aunque amplio para dar cabida a los socios, a los
pasantes, al personal administrativo... en definitiva un gran bufete, de los más
prestigiosos de la ciudad. Mi padre no ha tardado demasiado y al salir venía con
un compañero suyo.
- Roberto, te presento a mi hijo Juan.
- Encantado Juan. –Me ha dicho el compañero de mi padre
tendiéndome la mano.
- Encantado. –He contestado yo secamente. Lo cierto es que en
la mirada de Roberto he apreciado un brillo extraño, quizás me estoy
obsesionando, pero me ha parecido ver cierto deseo en esa mirada.
- Ya ves, tengo un hijo fantástico que ha seguido mis pasos.
–Ha dicho mi padre muy orgulloso.
- Fantástico y muy guapo. Espero que pronto estés trabajando
con nosotros Juan. Ha sido un placer, si me disculpáis. –Y dándome de nuevo la
mano se ha marchado.
- ¿Me ha llamado guapo? –Le he preguntado perplejo a mi
padre.
- Sí, eso ha dicho, discúlpale si te ha molestado es que
Roberto es gay, pero es un tío estupendo.
- ¿Gay? –Me he repetido a mí mismo sin salir del asombro al
ver a mi padre hablando con tanta normalidad del tema.
- Sí hijo gay, que también hay abogados gay. Si es que tengo
unos hijos más antiguos. Pero tranquilo, nunca le doy la espalda... jejeje. –Ha
bromeado mi padre.
Después de coger mi coche le he seguido, más que nada porque
no ha querido contarme en que zona está su nueva casa. Durante el trayecto le he
ido dando vueltas a la actitud tan positiva que parece tener mi padre respecto a
la homosexualidad, aunque supongo que es porque no le afecta directamente. Si
fuese alguien de su entorno estoy seguro de que no se lo tomaría tan bien.
Al llegar al destino hemos aparcado los coches.
- Vaya... Diagonal Mar, buena zona. –He dicho yo sorprendido.
- Pues espera a ver el piso. Es genial, es un décimo en una
de las torres del complejo Illa del Llac. Tiene sólo tres habitaciones, pero es
precioso.
- Pensaba que estaban todos vendidos.
- Cierto, pero a veces va bien tener contactos. –Ha dicho mi
padre pícaramente.
Al ver el piso por dentro, he terminado de decidirme, creo
que pasaré alguna temporada allí. Así podré ahorrarme los 30 kilómetros que
separan mi casa de la facultad. Aunque no es muy grande, la vista es fantástica
y es muy luminoso. Tiene una panorámica del mar impresionante, y está orientado
al sur, hacia Tarragona. Además ya está totalmente amueblado con un estilo
elegante y funcional, siguiendo el consejo de una amiga y decoradora de mi
padre, Glòria, que parece tener una extraña, y cara, fijación por los muebles de
Roche Bobois.
- Bueno, ¿qué me dices hijo?
- Pues que me encanta, ya puedes ir preparándome una cama...
jeje. -Le he dicho yo.
- Eso está hecho. Pero hay algo más de lo que me gustaría
hablar contigo. –Y al decir esto mi padre se ha puesto serio de repente.
- Tu dirás.
- Verás, para no complicar más las cosas con Rosa, he
decidido pasar esta noche en un hotel. Mañana mismo los de la mudanza pasarán
por casa a recoger mi ropa y el resto de mis cosas, para que me pueda instalar
aquí inmediatamente.
- Lo entiendo. No creo que os ayude seguir viviendo bajo el
mismo techo. En lo que no estoy tan de acuerdo es en que te hayas gastado tanto
dinero en este piso.
- De eso también quería hablarte. Tengo pensado abrir mi
propia firma junto a un grupo de abogados, Roberto entre ellos. Estoy harto de
trabajar en el despacho en el que estoy. He desperdiciado mi vida trabajando
como un negro mientras los demás se llenaban los bolsillos. Además, con 56 años
no es tarde para volver a empezar...
En la cara de mi padre he visto cierta tristeza, quizás el
pensamiento de haber desperdiciado tantos años en un matrimonio que no le hacía
feliz, en un trabajo con el que no se sentía realizado, le pesen profundamente.
Pero a sus 56 años, con el pelo ligeramente cano, con un cuerpo bien conservado,
con buena percha y una innegable elegancia, a mi padre le queda aún mucho por
hacer.
- Claro que no es tarde, y seguro que el proyecto de abrir tu
propio bufete irá sobre ruedas, tienes todo mi apoyo. –Le he dicho totalmente
convencido de su éxito.
- Gracias hijo. Lo cierto es que los planes ya están en
marcha. Tenemos varios clientes que nos han asegurado jugosas cuentas, tenemos
el edificio y tenemos los socios... ahora sólo queda rematar algunos los
detalles. Quiero dejarte un buen legado.
- Me alegra verte así de ilusionado. Ojalá Rosa también
levante poco a poco la cabeza. Pero aún no me has contestado exactamente a que
se debe un piso de más de medio millón euros.
- Le deseo lo mejor a tu madre. Y por lo que a tu pregunta
respecta, este piso es el punto de partida de una nueva vida.
- Una vida mejor espero.
- Lo será. Pero antes me quedan algunos asuntos por resolver.
Quiero pedirte un último favor.
- Dime. -La verdad es que mi padre ha estado muy extraño esta
tarde.
- Necesito que le digas a tu hermano que necesito hablar con
él.
- ¿Y porque no se lo dices tú?
- Es una historia muy larga que por respeto hacia tu hermano
no voy a contarte, lo hará él si lo cree oportuno. Sólo te pido que le digas que
necesito verle.
- Está bien, lo haré por esta vez, pero no me lo pidas más.
No me gusta hacer de mensajero, especialmente si no conozco el contenido del
mensaje.
Después de la visita al piso de mi padre, he vuelto a casa.
Al llegar le he explicado a mi madre la decisión que ha tomado Ricardo, aunque
parece que la noticia no le han producido ni frío ni calor.
Poco después ha llegado una amiga suya, Carmen, una mujer de
armas tomar, de unos 40 y pocos años, muy atractiva y capaz de alcanzar todos
los objetivos que se fije en esta vida. Carmen es agente de la propiedad
inmobiliaria y ahora mismo uno de los apoyos fundamentales de mi madre. Rosa se
anima cuando está junto a ella.
Un día para recordar, mi padre intenta rehacer su vida y me
sorprende con una desconocida enemistad con mi hermano. Tendré que buscar tiempo
para hablar con Carlos, y lo que es todavía peor, tendré que encontrar tiempo
para poner orden en mi relación con Ana. Mi novia me debe una explicación sobre
su comportamiento con Iván. Seguramente yo le debo explicaciones más
importantes, aunque espero que nunca me las pida. Creo que mi capacidad para
improvisar excusas e inventar mentiras no va a durar eternamente.
Continuará...