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La vida de Gloria (3)
Grandes Series- 2008-03-07 09:14:57
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Nuevas sensaciones

Tras aquel primer encuentro con Javier, en el que mi virginidad llegó a su fin de forma satisfactoria, nuestra relación siguió estrechándose a medida que iba pasando el tiempo. Por otro lado, mi familia cada vez lo aceptaba como uno más. Cosa que a él le vino muy bien teniendo en cuenta que la suya estaba a cientos de kilómetros, y a mi me hacía tremendamente feliz.

Salíamos muy a menudo con mi hermano Carlos y con Verónica, aunque esta última cada vez me caía peor, esas veladas, por lo general, eran muy agradables. En una de esas noches, mi querida cuñada se puso insoportable, así que Javier y yo decidimos marcharnos. Dimos una vuelta en el coche y terminamos en un lugar poco concurrido, en el que dimos rienda suelta a la pasión, uniéndonos en un prolongado beso que dio paso a las correspondientes caricias a lo largo de nuestros jóvenes y lujuriosos cuerpos. Mis manos recorrían su espalda mientras que él me sujetaba de forma protectora con un brazo, al tiempo que su otra mano me acariciaba el mentón cálidamente. A medida que aumentaba la temperatura del ambiente que habíamos creado, las caricias se tornaron menos cariñosas, hasta que Javier deslizó sus manos dentro de mi braguita, llevándose una sorpresa

-¿Pero qué es esto?-preguntó contrariado.

-Vaya, lo siento. Debí haberte avisado.

-No te preocupes Gloria, pero sabes que no me gusta hacerlo de esta manera.

Esto me frustró bastante, tras unos momentos en los que él se limpio el pequeño resto de sangre, recordé que durante nuestras relaciones hasta ese momento, él me practicaba el cunilingus con bastante frecuencia, mientras que yo nunca me había lanzado a realizarle una felación. A pesar de esto, él nunca me había puesto mala cara, ni me había pedido que lo hiciera. No solía proponerme cosas de ese estilo, prefería que yo misma fuese soltándome y tampoco quería incitarme a hacer algo que no deseara.

Así que sin más, retome nuestro beso posando mi mano sobre su miembro, para luego irlo acariciando poco a poco. No hizo falta demasiado para que recuperase su tamaño máximo, por mi parte la excitación estaba disparada y comenzaba a estar ansiosa, por lo que desabroché su pantalón y bajé la cremallera lentamente. Cuando lo logré, miré a Javier de manera lujuriosa, él me la devolvió, suponiendo yo que sabía por donde iban mis intenciones.

Bajé su ropa interior y la polla quedó frente a mí, la sujeté con una mano y le masturbe suavemente, nos volvimos a mirar y esta vez nos sonreímos, nos besamos y volví a centrarme en mi objeto del deseo. Había llegado el momento, acerqué la punta a mi boca y le di un suave lametón para irla introduciendo poco a poco. En un primer momento pequé de ansiosa, llegándome la punta hasta la garganta, lo cual me disgustó. Pasado el susto inicial, reemprendí la tarea.

Me centraba en disfrutar del sabor de su glande, mientras me entretenía en chupar y jugar con la lengua, mi mano derecha seguía masturbándole, y la izquierda a ratos acariciaba sus huevos, a ratos acariciaba mi entrepierna. Mientras tanto él permanecía sentado en el asiento del conductor, con los ojos cerrados acariciándome la cabeza o la espalda.

No tardó mucho en avisarme de que iba a correrse, pero yo estaba experimentando unas sensaciones geniales y todo me daba igual en ese instante, así que seguí a lo mío hasta que noté el semen en mi boca, que no dude en tragar. Me resultó amargo, pero teniendo en cuenta la situación, hasta me gustó.

-Uf, Gloria, ha sido genial, gracias-decía Javier sin acabar de creerse lo que acababa de pasar.

-Me ha gustado hacerlo, aunque por momentos fue un poco desagradable.

Poco después volvió a llevarme a casa. Tras ducharme no podía evitar sentir algo sucio en mí, pero el placer que obtuve mereció la pena. Si bien no llegué al orgasmo, lo nuevo de la situación lo hizo especial.

Tras ese día, nuestra relación continuó estrechándose del mismo modo que nuestros encuentros sexuales lo hacían en el tiempo. En gran medida debido a que Carlos se había marchado a vivir con Verónica, así que al tener la casa para mí, aprovechábamos para dar rienda suelta a la pasión y el desenfreno.

Al poco tiempo de cumplir diecinueve años, ya llevaba dos con Javier, me propuso practicar sexo anal. Lo estuve meditando un tiempo, hasta que un día me decidí, le llamé y quedamos para el día siguiente.

Javier llegó a las cinco de la tarde, como le había dicho, subimos a mi cuarto y me deshice de la ropa que llevaba puesta, él hizo lo propio y nos pusimos manos a la obra. Me tumbé en la cama y le dejé hacer a su gusto, yo simplemente me limitaba a devolverle los besos y acariciarle. No sé cual sería la razón, pero en esos momentos me sentía apática.

Javier se separó de mí y sacó un bote que traía en su mochila, era lubricante. Me dijo que me colocase de cuatro patas, así lo hice. Se echó un poco de aquella sustancia en su mano y me embadurnó el orificio. Poco después me introdujo un dedo suavemente, era una sensación extraña y no muy placentera, pero no me producía dolor, entre otras cosas porque el dedo resbalaba perfectamente gracias al lubricante. Luego metió otro dedo y lo mismo, aunque esta vez si que me molestó un poquito. La cosa empezó a complicarse con el tercero, me molestaba y tuvo que ponerme algo más de lubricante.

En el momento en que me acostumbré a tener tres dedos en el ano, dejé de sentir dolor para empezar a notar un pequeño cosquilleo, al que no se si puedo llamarlo placer, no era intenso, pero al menos tampoco era desagradable.

Llegados a este punto, decidimos que ya iba siendo hora de intentarlo, pero con el tratamiento al que me había sometido, su pene estaba a media erección, debido a que había estado más pendiente de que yo no sufriera que del placer sexual en sí. Sin dudarlo un momento, me di la vuelta y la metí en la boca. Me bastaron un par de movimientos para volver a ponerla en el estado que más me gusta. Mientras tanto, Javier me masturbaba para tener ambos una excitación similar.

Cuando pensamos que estábamos a punto, se colocó tras de mí, untándome un poco más de lubricante en el ano, con lo que quedó en sus manos, lubricó el pene y empezó a introducirla. Sólo consiguió apretar parte del glande, me dolía un poco, pero cuando trataba de ir a más, el dolor aumentaba a la par.

Lo intentamos poco a poco, hasta que pasados unos veinte minutos desde el primer intento, sus caderas chocaron con mis nalgas. Tras unos momentos de dolor, nos mantuvimos quietos, él me iba acariciando y besando la espalda y el cuello, mientras yo iba tratando de relajarme como podía, causa a la que él estaba contribuyendo más que bien.

Una vez acostumbrada a tener mi parte trasera invadida, comenzó a moverse lentamente, yo apenas sentía dolor, los vaivenes fueron siendo más veloces, mi mano se perdía en mi entrepierna, la otra se aferraba al cabecero de la cama al tiempo que Javier agarra mis senos mientras perdía el control de sus envestidas produciéndome un orgasmo, poco tiempo después acompañado por el suyo.

Al terminar nos dimos cuenta de que habíamos perdido la noción del tiempo, ya eran más de las siete de la tarde, mis padres podrían llegar en cualquier momento, por lo que rápidamente se vistió y se fue, no sin antes despedirse de mí cariñosamente.

Yo me metí en el baño para relajarme en la bañera, una vez hube ordenado la cama y ventilado el cuarto.

Al día siguiente notaba alguna molestia, pero nada del otro mundo. Estaba muy contenta, ya que había encontrado otra vía para el placer que me hacía experimentar nuevas sensaciones.

Cuando llegaron mis padres ya lo tenía todo en orden y había terminado mi relajante baño.

-Hola Gloria-decía mi padre visiblemente cansado-¿No has salido hoy?

-Hola papi, pues no, preferí quedarme en casa tranquilita, ¿y mamá?

-Vendrá un poco más tarde, ¿Por qué?

-No nada, quería decirle una cosa, pero puede esperar-al final no me atreví a contarle a mi confidente nada de lo que había hecho, ya que empezaba a tomar conciencia de mis actos, y me veía lo suficientemente madura como para no tener que contarle a mi madre ese tipo de cosas nunca más. Por otro lado me daba vergüenza contarle algo que quizás ella no aprobase o comprendiese, así que decidí ocultarle estas cosas y quedarme con mis nuevas sensaciones sólo para mí.

Continuará.

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