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La venta de Lazy
Sadomaso- 2008-03-07 08:32:13
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La venta de Lazy

Este es el principio de la historia de esa niña que se convirtió en perro.

Debido a la gran cantidad de pedidos por conocer la historia de Lazy, la perrita que fue presentada en el relato "Ladra, Lazy, Ladra", aquí va una mirada rápida al primer día de la niña en cautiverio.

Recordemos que vivía con su madre y cinco hermanos, bajo un puente en el río que cruza la ciudad. Por lo menos así ocurrió hasta que un día apareció en el lugar Pepe, un hombre de unos treinta y tantos años, quien conversaba con las familias que habitaban el lugar.

Era un tipo bien vestido, sin duda un visitante, porque según lo que pensó Lazy no se podría tratar de alguien pobre como ellos. Hay que decir que Lazy en ese entonces tenía otro nombre. Se llamaba Amelia, tal como la había bautizado su mamá y que tenía 12 añitos. Era una niña muy linda, con rasgos exóticos, morenita, pelo muy largo y nada de pechitos todavía. Era coqueta y muy juguetona. De esa forma transcurría su vida sin darse cuenta del sufrimiento y la desesperanza en que estaba inmersa.

Así, pues, una mañana apareció Pepe y de pronto se quedó observándola, muy quieto a poca distancia. Ella también lo miró y se asustó un poco. Claro, las miradas del extraño eran muy inusuales para ella. Le observaba directamente hacia su entrepierna, su boca y el pecho, donde un par de años más tarde aparecerían un par de bellas tetas.

Aún algo asustada, Amelia sólo se tranquilizó cuando el extraño se puso a conversar con su mamá. Estuvieron largo rato en eso, sin que la niña pudiera entender de qué platicaban. Hasta que de pronto entraron a la pequeña "casucha" que hacía las veces de hogar para la niña y sus pequeños hermanitos. La madre hizo salir a los que estaban dentro y todos comenzaron a jugar afuera. Todos menos Amelia, quien no pudo ocultar su curiosidad por la visita del hombre.

Pasaron algunos minutos y la niña empezó a escuchar ruidos extraños desde el interior. "Aaaaaaah… ahhhhhhh… ahhhhhhh", se escuchaban gemidos. "Toma, puta, toma, ahhhhh… toma… ahhhhhh… ladra como una perra", decía el hombre con una voz temblorosa pero firme.

Llena de curiosidad, Lazy decidió asomarse por un hoyo que había en una de las paredes de cartón. Y allí vio algo que jamás había visto antes. Su madre –una mujer de 28 años, baja, con anchas caderas y tetas prominentes- estaba en cuatro patas, con los calzones a la altura de los tobillos y una polera enroscada en el cuello. Sus ojos lloraban y sus tetas se tambaleaban hacia atrás y adelante. El culo de la mujer recibía en su interior las embestidas del hombre, cuya verga, de 20 centímetros y gran grosor, desaparecía por completo en la entrada trasera de la pobretona.

Amelia estaba sobresaltada. Pero por el hecho de ver a su mamá en esa posición, ya que había sido testigo de cosas similares, cuando un chico de 18 años que también vivía bajo ese puente, violaba escolares. La niña había visto unas diez violaciones en las que el sádico joven desnudaba de la cintura para abajo a sus víctimas y las sodomizaba hasta hacer sangrar sus anos. Si era necesario, por medio de ramas que les introducía con violencia.

Y allí seguía su madre. "Ahhhhhh… dame más… por favor… soy tu puta, maraca… soy una perra tuyaaaaaaaaa", le decía al hombre, mientras este la empotraba cada vez más fuerte. Pasados unos minutos, el visitante sacó su pene, el que impresionó por su tamaño a la niña y comenzó a desparramar esperma por la cara de su madre. Amalia no lo podía creer. Había visto el pene del niño violador, pero éste era sin duda más del doble de grande. Parecía una estaca.

Habiendo terminado eso, el hombre sacó unos billetes de su bolsillo y los tiró sobre la mujer, quien exhausta le dijo: "Amelia está afuera, jugando con sus hermanitos… llévatela, pero cuídala". "Jajajaja, ya verás que la voy a cuidar mucho", rió burlescamente y tras escupir la cara de la mujer, salió de la choza.

Ahí estaba Amelia, asustada, mirándolo. Él se le acercó, la saludó con un beso en la mejilla y la tomó de la mano. "Vendrás conmigo, angelito", fueron sus únicas palabras. Luego la condujo hasta una camioneta y se la llevó para siempre de ese lugar. El hombre era Pepe y la niña, una desafortunada mujer que, vendida por su madre, dejaría de vivir como una pobre infame, para convertirse en un animal carente de dignidad y servil frente a cada uno de los aberrantes deseos de su amo.

Con 12 años, Amelia había perdido su libertad para siempre, pero aún no lo sabía. En la camioneta, comenzaron a viajar por las calles hasta lugares hermosos de la ciudad. Eran sitios que la niña jamás hubiese soñado. Calles limpias, casas grandes y hermosas, personas aseadas.

Hasta que llegaron a una de esas casas, algo alejada de las demás, con un amplio jardín, el que sólo se podía observar una vez ingresado a la propiedad. Allí bajaron del vehículo y Pepe tomó del cabello a la niña. Se lo tiró fuertemente, hasta hacerla llorar. "Mira, perra, haremos esto fácil. Eres mi mascota, entendiste?, te compré, te haré lo que se me antoje y tu te portarás bien, entendido?".

Amelia no dijo nada, estaba congelada de miedo. No entendía lo que pasaba y no quería que le hicieran daño. Pero ya era tarde. Al ver la nula colaboración de la menor, Pepe determinó que la terapia de shock era el método más efectivo, por cuanto la doma de su mascota comenzaría de inmediato y de la forma más terrible. Para que aprendiese pronto a respetar a su amo.

El hombre condujo a la niña hasta el jardín trasero, siempre llevada por los cabellos, lo que le producía gran dolor y la desnudó a la fuerza, procurando golpearla de vez en cuando en su estómago y sus nalgas. Amelia lloraba y pedía que no le hiciera nada malo. Pero sus llantos cada vez entusiasmaban más al comprador, quien se excitaba al ver lo interesante que sería la doma de su perra nueva.

"Acabo de destrozar el recto de la perra más vieja y estaba hediondísimo…ahora vamos a estrenar el de esta hermosura de cachorra. Espero que no huela tan mal como el de tu puta mamá", le dijo Pepe a la niña. Luego la tomó del trasero y separando sus carrillos la olió. No estaba tan fuerte como su madre, quien por su falta de higiene permanentemente olía a caca en la entrada de su ano.

De unos tirones, Amelia, ya totalmente entregada a su suerte, quedó en cuatro patas, tal como había visto a su madre minutos antes. Temblaba, pero se veía deliciosa. Su cuerpo moreno se mostraba tentador en esa mezcla de miedo y angustia que la hacía moverse de tal forma que su colita terminaba mostrándose con coquetos movimientos involuntarios hacia Pepe.

Tras una espera que se hizo eterna para la niña, Pepe posó su pene grandote y baboso a la entrada del hoyito más pequeño que había visto en su vida. Así, tras pocos segundos, un agujerito virgen y pequeñito tenía dentro el vergazo de su amo, provocando el dolor más grande que en su corta vida había experimentado la niña.

"Aaaaaaaaaaaaaagggggggggggg!!!!!!!!!!... me duele!!!!!!!, me duele!!!!!!!!!!!!!, pare señor, pareeeeeeee!!!!!!!!", gritaba Amelia, con unos alaridos destemplados y exaltadísimos. Pero nadie la escucharía, pues la casa de Pepe estaba alejada de las otras y el jardín era muy amplio.

Los movimientos por intentar zafarse, de parte de la pequeña, no hacían más que excitar a Pepe, quien se sentía violando a la menor y se enorgullecía de estarle destrozando el ano.

Adentro, afuera, adentro, afuera, el dolor era indescriptible para Amelia. Sentía que se quemaba por dentro. Y no sólo ella, sino sus esfínteres reaccionaron airados. En una de las salidas del pene de Pepe desde el interior de la chica, una gran plasta de mierda salió del dilatado hoyo de Amelia. Claro, porque sin la costumbre, sus intestinos se vieron estimulados y eso sumado al miedo provocó la defecación involuntaria.

Aún con el pene erecto y viendo lo ocurrido, Pepe descargó sendas nalgadas a su inocente víctima amoratándolas en extremo. "Eso no se le hace a un amo, me has oído, mierda?". Y comenzó a pegarle con un palo. Fuertemente, le dio veinte golpes en el ano y tres en la cabeza, que la tendieron aturdida en el suelo. Sólo ahí se detuvo.

La niña estaba tirada, con su estómago sobre su propia mierda y llena de moretones y dolor. Mientras, su amo se pajeaba frenéticamente diciéndole que se moviera y que si no lo hacía la golpearía más. Amelia, entonces debió hacer contorsiones en el suelo, con movimientos que a su amo le parecieran eróticos, hasta que éste acabó.

El semen saliendo a chorros fue a dar sobre el cuerpo de Amelia. Y tras eso, una patada le dio en pleno hocico sacándole tres dientes de su mandíbula superior. Envuelta en llantos, sangre que se escurría de su boca, mierda a la entrada de su ano y esparcida por su guata, además de moretones en todas partes, la niña quedó tirada, mientras su amo entró a la casa.

Era la iniciación de Lazy, una perra cuyo destino le tenía preparado lo más bajo del ser humano. Aún faltaba mucho por vivir. Aún había más humillaciones, más vejaciones, más amoralidades. Con 12 años, Amelia se empezaba a convertir en Lazy, la perra más obediente. Y la más humillada.

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