La venta de Lazy
Este es el principio de la historia de esa niña que se
convirtió en perro.
Debido a la gran cantidad de pedidos por conocer la historia
de Lazy, la perrita que fue presentada en el relato "Ladra, Lazy, Ladra", aquí
va una mirada rápida al primer día de la niña en cautiverio.
Recordemos que vivía con su madre y cinco hermanos, bajo un
puente en el río que cruza la ciudad. Por lo menos así ocurrió hasta que un día
apareció en el lugar Pepe, un hombre de unos treinta y tantos años, quien
conversaba con las familias que habitaban el lugar.
Era un tipo bien vestido, sin duda un visitante, porque según
lo que pensó Lazy no se podría tratar de alguien pobre como ellos. Hay que decir
que Lazy en ese entonces tenía otro nombre. Se llamaba Amelia, tal como la había
bautizado su mamá y que tenía 12 añitos. Era una niña muy linda, con rasgos
exóticos, morenita, pelo muy largo y nada de pechitos todavía. Era coqueta y muy
juguetona. De esa forma transcurría su vida sin darse cuenta del sufrimiento y
la desesperanza en que estaba inmersa.
Así, pues, una mañana apareció Pepe y de pronto se quedó
observándola, muy quieto a poca distancia. Ella también lo miró y se asustó un
poco. Claro, las miradas del extraño eran muy inusuales para ella. Le observaba
directamente hacia su entrepierna, su boca y el pecho, donde un par de años más
tarde aparecerían un par de bellas tetas.
Aún algo asustada, Amelia sólo se tranquilizó cuando el
extraño se puso a conversar con su mamá. Estuvieron largo rato en eso, sin que
la niña pudiera entender de qué platicaban. Hasta que de pronto entraron a la
pequeña "casucha" que hacía las veces de hogar para la niña y sus pequeños
hermanitos. La madre hizo salir a los que estaban dentro y todos comenzaron a
jugar afuera. Todos menos Amelia, quien no pudo ocultar su curiosidad por la
visita del hombre.
Pasaron algunos minutos y la niña empezó a escuchar ruidos
extraños desde el interior. "Aaaaaaah… ahhhhhhh… ahhhhhhh", se escuchaban
gemidos. "Toma, puta, toma, ahhhhh… toma… ahhhhhh… ladra como una perra", decía
el hombre con una voz temblorosa pero firme.
Llena de curiosidad, Lazy decidió asomarse por un hoyo que
había en una de las paredes de cartón. Y allí vio algo que jamás había visto
antes. Su madre –una mujer de 28 años, baja, con anchas caderas y tetas
prominentes- estaba en cuatro patas, con los calzones a la altura de los
tobillos y una polera enroscada en el cuello. Sus ojos lloraban y sus tetas se
tambaleaban hacia atrás y adelante. El culo de la mujer recibía en su interior
las embestidas del hombre, cuya verga, de 20 centímetros y gran grosor,
desaparecía por completo en la entrada trasera de la pobretona.
Amelia estaba sobresaltada. Pero por el hecho de ver a su
mamá en esa posición, ya que había sido testigo de cosas similares, cuando un
chico de 18 años que también vivía bajo ese puente, violaba escolares. La niña
había visto unas diez violaciones en las que el sádico joven desnudaba de la
cintura para abajo a sus víctimas y las sodomizaba hasta hacer sangrar sus anos.
Si era necesario, por medio de ramas que les introducía con violencia.
Y allí seguía su madre. "Ahhhhhh… dame más… por favor… soy tu
puta, maraca… soy una perra tuyaaaaaaaaa", le decía al hombre, mientras este la
empotraba cada vez más fuerte. Pasados unos minutos, el visitante sacó su pene,
el que impresionó por su tamaño a la niña y comenzó a desparramar esperma por la
cara de su madre. Amalia no lo podía creer. Había visto el pene del niño
violador, pero éste era sin duda más del doble de grande. Parecía una estaca.
Habiendo terminado eso, el hombre sacó unos billetes de su
bolsillo y los tiró sobre la mujer, quien exhausta le dijo: "Amelia está afuera,
jugando con sus hermanitos… llévatela, pero cuídala". "Jajajaja, ya verás que la
voy a cuidar mucho", rió burlescamente y tras escupir la cara de la mujer, salió
de la choza.
Ahí estaba Amelia, asustada, mirándolo. Él se le acercó, la
saludó con un beso en la mejilla y la tomó de la mano. "Vendrás conmigo,
angelito", fueron sus únicas palabras. Luego la condujo hasta una camioneta y se
la llevó para siempre de ese lugar. El hombre era Pepe y la niña, una
desafortunada mujer que, vendida por su madre, dejaría de vivir como una pobre
infame, para convertirse en un animal carente de dignidad y servil frente a cada
uno de los aberrantes deseos de su amo.
Con 12 años, Amelia había perdido su libertad para siempre,
pero aún no lo sabía. En la camioneta, comenzaron a viajar por las calles hasta
lugares hermosos de la ciudad. Eran sitios que la niña jamás hubiese soñado.
Calles limpias, casas grandes y hermosas, personas aseadas.
Hasta que llegaron a una de esas casas, algo alejada de las
demás, con un amplio jardín, el que sólo se podía observar una vez ingresado a
la propiedad. Allí bajaron del vehículo y Pepe tomó del cabello a la niña. Se lo
tiró fuertemente, hasta hacerla llorar. "Mira, perra, haremos esto fácil. Eres
mi mascota, entendiste?, te compré, te haré lo que se me antoje y tu te portarás
bien, entendido?".
Amelia no dijo nada, estaba congelada de miedo. No entendía
lo que pasaba y no quería que le hicieran daño. Pero ya era tarde. Al ver la
nula colaboración de la menor, Pepe determinó que la terapia de shock era el
método más efectivo, por cuanto la doma de su mascota comenzaría de inmediato y
de la forma más terrible. Para que aprendiese pronto a respetar a su amo.
El hombre condujo a la niña hasta el jardín trasero, siempre
llevada por los cabellos, lo que le producía gran dolor y la desnudó a la
fuerza, procurando golpearla de vez en cuando en su estómago y sus nalgas.
Amelia lloraba y pedía que no le hiciera nada malo. Pero sus llantos cada vez
entusiasmaban más al comprador, quien se excitaba al ver lo interesante que
sería la doma de su perra nueva.
"Acabo de destrozar el recto de la perra más vieja y estaba
hediondísimo…ahora vamos a estrenar el de esta hermosura de cachorra. Espero que
no huela tan mal como el de tu puta mamá", le dijo Pepe a la niña. Luego la tomó
del trasero y separando sus carrillos la olió. No estaba tan fuerte como su
madre, quien por su falta de higiene permanentemente olía a caca en la entrada
de su ano.
De unos tirones, Amelia, ya totalmente entregada a su suerte,
quedó en cuatro patas, tal como había visto a su madre minutos antes. Temblaba,
pero se veía deliciosa. Su cuerpo moreno se mostraba tentador en esa mezcla de
miedo y angustia que la hacía moverse de tal forma que su colita terminaba
mostrándose con coquetos movimientos involuntarios hacia Pepe.
Tras una espera que se hizo eterna para la niña, Pepe posó su
pene grandote y baboso a la entrada del hoyito más pequeño que había visto en su
vida. Así, tras pocos segundos, un agujerito virgen y pequeñito tenía dentro el
vergazo de su amo, provocando el dolor más grande que en su corta vida había
experimentado la niña.
"Aaaaaaaaaaaaaagggggggggggg!!!!!!!!!!... me duele!!!!!!!, me
duele!!!!!!!!!!!!!, pare señor, pareeeeeeee!!!!!!!!", gritaba Amelia, con unos
alaridos destemplados y exaltadísimos. Pero nadie la escucharía, pues la casa de
Pepe estaba alejada de las otras y el jardín era muy amplio.
Los movimientos por intentar zafarse, de parte de la pequeña,
no hacían más que excitar a Pepe, quien se sentía violando a la menor y se
enorgullecía de estarle destrozando el ano.
Adentro, afuera, adentro, afuera, el dolor era indescriptible
para Amelia. Sentía que se quemaba por dentro. Y no sólo ella, sino sus
esfínteres reaccionaron airados. En una de las salidas del pene de Pepe desde el
interior de la chica, una gran plasta de mierda salió del dilatado hoyo de
Amelia. Claro, porque sin la costumbre, sus intestinos se vieron estimulados y
eso sumado al miedo provocó la defecación involuntaria.
Aún con el pene erecto y viendo lo ocurrido, Pepe descargó
sendas nalgadas a su inocente víctima amoratándolas en extremo. "Eso no se le
hace a un amo, me has oído, mierda?". Y comenzó a pegarle con un palo.
Fuertemente, le dio veinte golpes en el ano y tres en la cabeza, que la
tendieron aturdida en el suelo. Sólo ahí se detuvo.
La niña estaba tirada, con su estómago sobre su propia mierda
y llena de moretones y dolor. Mientras, su amo se pajeaba frenéticamente
diciéndole que se moviera y que si no lo hacía la golpearía más. Amelia,
entonces debió hacer contorsiones en el suelo, con movimientos que a su amo le
parecieran eróticos, hasta que éste acabó.
El semen saliendo a chorros fue a dar sobre el cuerpo de
Amelia. Y tras eso, una patada le dio en pleno hocico sacándole tres dientes de
su mandíbula superior. Envuelta en llantos, sangre que se escurría de su boca,
mierda a la entrada de su ano y esparcida por su guata, además de moretones en
todas partes, la niña quedó tirada, mientras su amo entró a la casa.
Era la iniciación de Lazy, una perra cuyo destino le tenía
preparado lo más bajo del ser humano. Aún faltaba mucho por vivir. Aún había más
humillaciones, más vejaciones, más amoralidades. Con 12 años, Amelia se empezaba
a convertir en Lazy, la perra más obediente. Y la más humillada.