Hola, me llamo Rosa, soy alta, guapa, negra escultural y
también puta.
(Podría ser cualquier otra cosa: Hombre, travestido, o perro
abandonado, pues vivo, no sé por cuanto tiempo, en la sucia mente del autor de
este relato).
Debido a los altos honorarios que percibo por mis servicios,
no estoy al alcance de cualquiera. Sólo trabajo con citas previamente
concertadas y recibo mis honorarios antes de hacer el trabajo. Ni que decir
tiene, que tengo mil historias que contar y que en cuestiones sexuales he hecho
de todo y en todas partes: Hoteles de cinco estrellas, de cuatro, fiestas
privadas y no tanto, grandes casas, coches de lujo, más hoteles de cinco
estrellas, al aire libre, en mi propio apartamento……
(Quizá, este depravado esté pensando en contar más relatos
sobre mi otro día).
Esta vez, fue diferente, recibí el encargo de
hacérmelo con un cliente en el interior de un cine, en una dirección y sala
concreta, a una hora temprana de la tarde. Se trataba de un alto ejecutivo que
tenía por costumbre hacer un alto en su agenda, para, una vez por semana
evadirse un rato viendo una película. Parece ser que le encantaba hacer el acto
sexual con desconocidas, en lugares solitarios, por sorpresa y sobre todo con
negras.
(Lo de hacerlo con negras, es según el autor adictivo y
resulta poco placentero acostarse luego con blancas cuando se ha probado lo
anterior)
Y de eso precisamente se trataba, una sorpresa de sus más
íntimos colaboradores. Lo que más me extrañó es que me aseguraron que sólo
habría una persona más, aparte de mi cliente, en la sala para cerciorarse que
cumplía con mi obligación y yo cuando me pagan tan bien, no suelo hacer
demasiadas preguntas.
Empujé con fuerza la puerta que daba entrada a la moderna
sala. A pesar de la oscuridad, pude cerciorarme que se trataba de un lugar
amplio, bien enmoquetado, nuevo y funcional como son ahora los multicines de
cualquier gran superficie. Al momento observé a mi cliente, que curiosamente
estaba sentado donde me habían indicado previamente. Unas filas más abajo, se
encontraba el testigo que tenía que comprobar si realizaba correctamente mi
trabajo.
Suavemente me encaminé escaleras arriba para ir a sentarme
próxima a él, por cierto la película acaba de empezar y aunque no recuerdo el
título trataba de crímenes, pero yo no estaba allí para eso. Le observé
detenidamente, vestía un impecable traje, llevaba la corbata desabrochada, había
dejado descuidadamente la americana en la butaca anexa y se acariciaba el
miembro con cierto pudor al amparo de la oscuridad.
-Te conocen bien- Pensé. –Bueno Rosita, a trabajar- me dije.
Lentamente, comencé a subirme mi cortísima falda, lo que
llamó de inmediato su atención, con su dedo índice, me hizo un gesto para que me
acercara, lanzando su chaqueta al suelo, mis preciosas nalgas obedecieron al
instante, al cabo de un momento me encontraba desnuda, arrodillada frente a él,
succionando su pene, como sólo las negras y yo en concreto sé hacer, hice
prácticamente un colchón en el suelo con toda la ropa pues estábamos en una fila
amplia de pasillo lo que permitía moverme con facilidad. Mientras le chupaba su
pene, pude comprobar como se comía las minúsculas bragas blancas que acaba de
quitarme, luego introduje despacio mi dedo corazón dentro de su culo, un truco
infalible por otra parte.
Después me ordenó que me colocara a cuatro patas y me lo hizo
por detrás, todo normal por otra parte, aunque la verdad es que hacerlo en el
cine no dejaba de tener su gracia, al instante noté como eyagulaba mientras me
insultaba entre susurros, de nuevo práctica habitual, aunque no comprendo muy
bien por qué a los hombres les da tanto morbo insultarme durante el coito.
En ese preciso instante noté, como su pesado cuerpo caía
sobre mi espalda aprisionándome contra el suelo impidiéndome casi respirar,
aterrada pude comprobar como una sustancia roja recorría sin control mi oreja
derecha.
-¡MALDICION ES SANGRE, Y NO ES MÍA! Exclamé.
Súbitamente, todas las luces de la sala se encendieron y
horrorizada pude comprobar como tras la espalda de mi cliente había un cuchillo
de grandes dimensiones hundido hasta el mango ante la mirada perpleja de varios
hombres armados, que decían ser policías y qué sin dejar siquiera que me
vistiera, me colocaban las esposas y me leían mis derechos. Desolada, comprobé
que del hombre de las filas delanteras, del testigo, del verdadero asesino no
quedaba ni rastro y no tenía ni idea de donde encontrarlo….
(Gajes del oficio). ¿No crees?