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La pequeña Laila
Amor filial- 2008-03-07 09:15:00
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La pequeña Laila

Desde siempre Octavio sentía predilección por el fútbol, era su única afición y a la que se dedicaba siempre que no estaba trabajando. Ya fuera escuchándolo por la radio, viéndolo por la tele o asistiendo a los partidos los domingos.

Octavio tenia mujer y dos hijas, la mayor de 16 años se llamaba Zara, una chavalita morena con el pelo rizado que había salido igual de despendolada que su madre, ya que a las dos les gustaba mucho salir de juerga; Zara tenía unos labios carnosos y sensuales y una mirada de gata que quitaba el hipo y ponía otras cosas mirando al cielo. Zara se llevaba mal con su hermana pequeña Laila, de 13 años, ya que su padre dio por perdida a Zara y solo transmitía algo de afecto a su pequeña Laila, más inocente y retraída. Laila era una belleza rubia con un tipo y unas curvas que ha sus 13 años ya competían con las de su hermana (incluso tenía más pecho que Zara), aunque no tenía la cara de viciosa en potencia de su hermana mayor, era una belleza más inocente que destacaba por sus enormes ojos azules.

Octavio era un tipo demasiado sencillo y eso provocaba muchas discusiones con su mujer y su hija mayor, lo que le hacía retraerse más todavía es sus chistes tontos y en el fútbol. Eso le daba mucha pena a Laila que veía a su padre no como el cabeza de familia, sino como un personajillo típico de bares al que su familia le vapuleaba y le perdía el respeto enseguida.

Así fue como Laila empezó a interesarse por el fútbol, para estar más unida con su padre y que este no las pasara siempre canutas cada vez que llegaba a casa y poder agarrarse a un apoyo representado en su hija pequeña de 13 años. El padre encontró así una distracción que compartir con un miembro de la familia y no tardó en llevar a su pequeña a los partidos de fútbol de los domingos.

Un sábado, Octavio y su pequeña Laila fueron a ver en coche al equipo de sus amores. En la entrada del estadio Octavio vio un puesto de camisetas.

"¿Qué talla usas Laila?" Le preguntó el padre a su pequeña echándose la mano a la cartera.

"¿Me vas a comprar una camiseta?" Dijo la niña ilusionada sonriendo al padre.

"Claro, para ir al fútbol hace falta bufanda o camiseta, y mi pequeña se merece una camiseta para ir guapa a los partidos."

La niña eligió la camiseta y se quedó mirándola, y en esto le dijo su padre:

"¿Qué se dice?"

"Gracias papi." Le dijo dándole un beso en la mejilla y abrazando a su padre por el cuello.

Este abrazo le hizo sentir a Octavio las suaves y calentitas tetas de su hijita, sin punto de comparación con los pechos arrugados de su mujer, que pasaba de los 45 y perdió el tipo a los 30. Pero Octavio solo lo vio como una sensación agradable a la que no darle mucha importancia, o al menos eso creía él antes del partido.

Pasaron los 90 minutos del partido y salieron del estadio para coger el coche y dirigirse de nuevo a casa. Octavio se había cargado dos litros de tinto de verano durante el partido y se encontraba mareado, pero debía coger el coche para llegar a casa cuanto antes, sino su mujer le echaría otra bronca; así que a duras penas arranco el coche y salió de los aparcamientos del estadio ante la mirada preocupada de su pequeña Laila.

Llevaban 15 minutos de marcha y a Octavio se le subía más el tinto a la cabeza y no ponía mucha atención en la carretera, a pesar de que su hija le hablaba de fútbol para que no se adormilara al volante; así que después de pasar el desvío para su pueblo Laila le pidió que descansara un poco en el apartadero hasta que se le pasara el mareo, a lo que su padre no puso muchas contradicciones.

"Duerme un rato hasta que se te pase el mareo o mama se va a cabrear cuando te vea pasar por la puerta de casa en este estado."

"¡¡ Ay mi niña como se preocupa por su padre!!" Dijo Octavio mientras aparcaba en un sitio tranquilo del apartadero. "Pero duérmete tu también un rato que debes estar muy cansada, llevas todo el día levantada, mira te pongo el sillón hacia atrás y ya veras que bien duermes."

Octavio se acercó al asiento de su hija para echarle el asiento hacia atrás y sintió una vez más el cálido tacto de los pechos de su hija potenciados por la suavidad de la camiseta de fútbol, a lo que su hija pegó un pequeño respingo hacia atrás, pero sin recriminarle nada a su padre.

"Vale papá, ahora échate un ratito."

Pasaron unos 45 minutos y Octavio se despertó de su asiento y abrió los ojos, encontrándose con la maravillosa vista de su hijita cuyas curvas piernas torneadas se marcaban con la luz de la luna llena.

Se quedó mirando embobado unos 5 minutos la hermosa estampa que se le brindaba; tenia los labios entreabiertos y suspiraba en sueños de una manera muy sensual.

"Ooh", suspiraba Laila.

A Octavio se le empezó a acelerar el corazón y empezó a sentir un temblor de nerviosismo ante lo que se disponía a hacer. Lentamente acerco su mano al cuerpo de su hijita y suavemente empezó a acariciar las hermosas piernas que la minifalda negra de su hija le dejaba admirar. Octavio tenía las manos frías y la niña se movió un poco, pero sin despertarse, estaba profundamente dormida.

Octavio decidió entonces calentarse la mano con lo único caliente a mano que tenía en ese momento, su propia polla, que no tardó en ponerse de morcillona a totalmente rígida ante la excitación del momento. De nuevo volvió otra vez a la carga, esta vez posando las dos manos en un sitio más atrevido, los dos redondos pechos de su hija. Al principio solo puso las manos para sentir su tacto, pero poco a poco empezó a mover las manos en círculos y a masajear gratamente las tetas de su pequeña Laila, que tenía vuelta su hermosa cabecita rubia hacia donde estaba su padre.

"Mmm." A Laila se le escapó un leve gemido y arqueó inconscientemente un poco la espalda hacia delante provocando que su padre cogiera con más fuerza sus pechos, cosa que excitó al ebrio padre sobremanera.

El padre ya estaba totalmente caliente y decidió pasar la línea de la precaución y sobar en condiciones a la lolita que tenía delante suya. Con sumo cuidado levantó la camiseta de Laila y pudo ver como la hija se había quitado la camisa normal (seguramente en el descanso mientras iba al servicio), dejándole ver unos hermosos duros y redondos pechos con unos jugosos pezones rosados.

A Octavio le falto poco para avalanzarse sobre su pequeña, pero no se atrevió y poco a poco fue metiendo sus manos hasta llegar a los pechitos de su hijita; aplicándoles de nuevo un masaje que hizo que se le pusieran rápidamente los pezones duros entre los ávidos dedos de su padre.

-"Ummmm" suspiraba la niña en sus sueños mientras su padre se ponía puerco con su cuerpo.

Octavio fue bajando su mano derecha por la cintura de su niña mientras que la otra mano seguía sobando el pecho derecho de la ninfa. El tacto de la suave cadera enloquecía más aún al viejo y fue metiendo lentamente la mano por dentro de la faldita, justo por donde empezaban sus torneadas y sedosas piernas, pero a esto que vio de lejos acercarse la luz de un coche, devolviéndolo al mundo de la razón.

Rápidamente y con sigilo se incorporó en su asiento y se dispuso a arrancar el coche, que con el ruido del encendido despertó a la niña de sus dulces sueños.

"¿Papá?" Dijo asustada la niña.

"Tranquila, ya estoy mejor y nos vamos a casa, sigue durmiendo que ya te avisaré cuando vayamos entrando por la calle" dijo el padre algo acalorado, intentando no dar pistas sobre lo ocurrido.

Cuando llegaron a su calle Octavio despertó a su hija y la llevó medio dormida hasta la casa llevándola de un brazo por la cintura hasta su habitación, con el ánimo de acabar lo que empezó en el apartadero, pero vio como su mujer les esperaba en el salón.

"¡¡ A buenas horas!! ¿Cuánto ha durado el partido?" dijo enfadada pero en voz baja para no despertar a la pequeña.

"El partido terminó hará tres horas, pero hemos tenido atasco para llegar aquí y la niña se quedó dormida en el coche".

"Bueno, pues déjamela que la voy a acostar, y de paso le voy a quitar esa camiseta" dijo la madre cogiendo a la niña en brazos "Mira que gastarte el dinero en tonterías"

"Bueno, pero déjame que tenga un detalle de vez en cuando con la niña, que más dinero te tengo que dar para la feria para irte con tus amigas"

Dicho esto Octavio, bastante abatido por las circunstancias se fue a su cama en la que se tiró del tirón, intentando dejar atrás aquella excitante pero frustrada noche. De mientras su mujer apartaba las sábanas de la cama de la niña y la acostó a oscuras para no despertarla, quitándole la camiseta de fútbol, sin darse cuenta de que no llevaba nada debajo.

Todos se durmieron profundamente hasta que a las 4 de la mañana llegó un sobrino que venía bastante borracho de salir de copas, pero eso lo contaré en la próxima historia.

Tranquilos, la cosa no acaba aquí os lo puedo asegurar.

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