La noche y la lluvia (Una historia de amor)
1.
Era tarde y lloviznaba muy suavemente; la tele ofrecía su
habitual sarta de programas estúpidos, y no estaba de humor para soportarlos. Me
vestí con un jean gastado, mis botas preferidas y una parka, y decidí salir a
dar un paseo de medianoche.
Casi sin pensarlo, mis pasos me llevaron hasta el parque
municipal. Decidí sentarme en una banqueta de las más alejadas, en un rincón al
cubierto de la lluvia -y de eventuales miradas- gracias al frondoso ramaje que
simulaba una caverna y, aprovechando la soledad y la quietud, armé un porro y me
dediqué a fumarlo en grato silencio, contemplativamente.
Apenas me dí cuenta de la silenciosa y menuda figura que se
había detenido a pocos metros de mí. Levanté la vista, algo ofuscado, ocultando
la colilla en el hueco de la mano, cuando me percaté de que sólo era un
muchachito de unos doce o trece años. Su largo cabello rubio relucía, húmedo,
bajo las farolas, y me miraba sonriente.
No pude evitar devolverle la sonrisa, así de contagiosa y
simpática era. Así que, con naturalidad, y comprendiendo, obviamente, que me
había visto fumando el porrete, le dije:
-¿Quiéres...?
Su sonrisa se hizo más amplia. Era, realmente, un chico
sumamente guapo. Más que buen mozo, me atrevería a decir que era muy hermoso.
Bello, sería la palabra adecuada: sus rasgos eran finos y delicados; la línea de
su rostro un óvalo perfecto. Tenía inmensos ojos azules, de mirada despierta e
intensa. Llevaba un buzo negro y unos remendados aunque limpios jeans, y
zapatillas rojas.
-Claro... -replicó, y tendió su mano hacia la mía extendida.
Pude notar que tenía manos finas y suaves y llevaba las uñas muy cortas y
pulidas, lo cual es infrecuente en chicos de su edad.
Con evidente placer, aún de pie frente a mí, pero con una
postura muy relajada, inhaló unas cuantas veces. Su manera de hacerlo me
indicaba que el chico no era ningún novato. Sonriente, me devolvió la colilla,
muy menguada. Noté que, como a todo fumador experimentado, los efectos le
llegaban inmediatamente.
-Y... ¿qué háces aquí, a estas horas...? -le pregunté, aunque
conteniendo a último momento una frase que, acertadamente, me pareció absurda:
"a tu edad..." Era obvio que ese chico no era ningún tonto, y consideré ridículo
hablarle con un impostado tono paternal.
-Sólo paseaba... -me dijo- ¿No te gusta caminar de noche,
cuando llueve...? Hay algo extraño y atrayente en la soledad nocturna...
Sus palabras me impresionaron, ciertamente: había ahí
inteligencia y sensibilidad.
-Si, así es... -repuse, mirándolo con renovado interés: su
angelical belleza, su voz suave y educada, el humor y la calidez que brotaban
como chispas de sus hermosos ojos azules. -Oye, no estés parado ahí: siéntate
conmigo y terminemos el porro...- le dije, haciendo lugar en la pequeña banca.
La lluvia habíase detenido; no hacía frío, y todo brillaba con esa suave luz
quieta y casi adormecida que tiene el mundo cuando es tarde en la noche y se
tiene la impresión de que no existe nadie alrededor.
Se sentó a mi lado. Sus movimientos eran gráciles; no
afeminados: delicados, sería la expresión justa. Debo confesar que el muchachito
me intrigaba y, más aún, sinceramente me atraía. Me atraía de una manera muy
particular. Me sentía tentado de conocerlo; quería escucharlo hablar. Hacía
tiempo que nadie -ni hombres, ni mujeres- despertaba nada en mí. Mi vida
afectiva era horrible; mi vida sexual era desmesurada. Pero desde un tiempo a
esta parte había terminado por alejarme de todas mis parejas masculinas y
femeninas y vivía con la convicción de que buscaba algo que no podía hallar:
esto me desesperaba y me angustiaba. Tenía veinticuatro años y me sentía
quemado, vacío. Había experimentado todo y con todo: las drogas, el sexo, el
arte, la violencia, el ascetismo absoluto, el hedonismo permanente. Hombres y
mujeres me habían amado y yo no había podido quererles.
Y héte aquí que un muchachito surgido de la lluvia y de la
noche, con una mirada y con dos frases había despertado en mi alma anestesiada
un anhelo extraño, regocijante; una sensación indefinible e indefinida que
parecía una carcajada plena de alegría que estaba esperando el momento para
exteriorizarse; el deseo de la belleza, de la pureza... ¿De amar...? No quería
siquiera pensarlo... Por lo menos, no todavía... ¿Sería ésto el famoso coup de
foudre del que hablaban los empalagosos novelistas franceses...?
El muchachito, sonriente, sentado muy cerca de mí, me miraba
en silencio y los destellos de sus increíbles ojos parecían delatar que sabía
exactamente lo que yo estaba pensando o sintiendo. No cabía duda de ello. Yo
había vivido lo suficiente como para "leer" a una persona tan fácil y
sencillamente como leía a Rejean Ducharme.
Pese a todo, una insólita timidez se apoderó de mí. Quise
tomar -mal y precipitadamente- el control del momento. Y, algo apresurado, le
pregunté:
-Oye, no nos hemos presentado. Me llamo...
Antes de que pudiera decir más, su suave mano se cerró con
insusitada firmeza sobre la mía. Su sonrisa había desaparecido y me miró a los
ojos con suma seriedad. Su rostro estaba muy cerca del mío y pude percibir su
cálido aliento a menta, a manzanas, a juventud.
-No quiero saber tu nombre- me dijo, sorprendiéndome. -¿No lo
ves...? Sólo somos dos extraños en la noche, dos extraños bajo la lluvia...-
agregó.
Mantuvo su rostro casi pegado al mío, cuando lo dijo y, antes
de que yo pudiera replicar, sentí, embargado por una emoción repentina y tan
dulce que casi me hizo llorar, que sus suaves labios se pegaban a los míos en un
beso tan cálido y profundo que hizo latir mi corazón a un ritmo frenético.
"¿Era esto...? ¿Es el? ¿Es el...?", pensé para mis adentros,
mientras, sin poder ni querer evitarlo, rodeé su cuerpo delgado y grácil con mis
brazos y le devolví el beso con enorme pasión, pero con dulzura. Saboreé su boca
tersa y húmeda, su delicioso y delicado sabor a juventud; la penetré con mi
lengua y exploré los deliciosos y húmedos tejidos, y me maravillé cuando, en la
plenitud de nuestro beso, sentí su lengua pequeña, inquieta, pícara y tímida a
la vez, buscando la mía.
Suavemente nos separamos y suspiró, pero mantuvo sus brazos
en torno a mi cuello, mientras yo recorría con mis manos febriles y tiernas su
torso esbelto y delicado por debajo de su buzo, recreándome con la tersura de su
piel. En un movimiento fluído, se sentó a horcajadas sobre mi falda, de frente a
mí, abrazándome siempre. Otra vez me dedicaba su tierna y maravillosa sonrisa.
Recorrí su delicado rostro con mil besos suaves que prodigué sobre la tersura de
sus labios, sus mejillas, su cuello delgado y esculpido.
-¿Por qué ahora...? ¿Por qué llegaste a mí ahora...?-,
musité, entre beso y beso.
Se río. Una carcajada diáfana, cristalina; un sonido
contagioso de puro regocijo y maravillosa alegría.
-Porque sí... Y, ¿por qué no...?-, replicó, mientras devolvía
mis besos con creciente pasión.
-Quiero hacerte el amor ahora... Quiero hacerte el amor
ya...-, le dije, besando y mordiendo suavemente su cuello satinado, los lóbulos
de sus orejitas tan perfectas que parecían dibujadas.
Volvió a besarme, ahora con la boca abierta y plena, un beso
tan profundo y sensual, entrelanzando su lengua con la mía, mientras me ceñía
con sus brazos, que me hizo gemir.
-Llévame a tu casa...-, me pidió, en un susurro.
2.
Lentamente, fui desnudando al hermoso niño, mojando de besos
cada porción de su tersa piel que quedaba expuesta a mi mirada y a mis caricias.
Recorrí mil veces su pecho dejando rastros de besos incandescentes. Me demoré en
sus diminutos pezones rosados que se erectaron bajo mi lengua. El, con los ojos
entornados, suspiraba y gemía en mis brazos, y devolvía todas y cada una de mis
caricias.
Hice crecer su gracioso pene con mi boca y mi lengua, y lo
lamí con suavidad hasta que se retorció y jadeó. Besé el interior de sus muslos
esbeltos y me maravillé con la suavidad de su piel. El diminuto orificio rosado
de su ano fue degustado por mí con amorosa delectación: lo penetré con mi lengua
mientras lo masturbaba suavemente, hasta que, gritando, se corrió en mis brazos.
Me tendí en mi cama, mientras el se recostaba en mi pecho,
aún jadeante. Lentamente, comenzó a besar mi pecho, y fue bajando hasta llegar a
mi vientre, donde lo esperaba la rigidez palpitante de mi miembro viril, ya
empapado por las constantes secreciones.
Gemí cuando su boca rodeó el glande enrojecido y su lengua,
expertamente, comenzó a cosquillear la entrada de la uretra. Con encantadora e
inocente lascivia lamió y succionó mi pene; con fruición, con deseo...
De improviso se sentó sobre mí. Penetrar hasta el fondo a ese
niño hermoso y angelical era algo así como un crimen nefando. La dulce presión
que sus tejidos interiores ejercieron sobre mi ser me hizo delirar de placer. Se
inclinó hacia mí y nos unimos en un beso interminable, salpicado de gemidos y
jadeos.
Sentí que explotaba... El mundo perdió nitidez y sus
contornos se hicieron borrosos. Rodeé al hermoso muchachito con mi brazos y lo
apreté contra mí.
"Te amo, te amo, te amo...", le susurré al oído, una y mil
veces.
"Yo también te amo...", escuché que me decía, jadeante, con
su rostro angelical sepultado en mi cuello.
3.
De "El Correo de la Tarde" (Martes 20 de abril de 2004)
"Aún se encuentra conmocionada la ciudad tras la detención de
un menor de trece años -cuya identidad no fue revelada por las autoridades por
ante las disposiciones legales vigentes- imputado de al menos cinco homicidios.
En todos los casos, el menor habría aceptado los requerimientos sexuales de
adultos desconocidos, generalmente en plazas o paseos públicos a altas horas de
la noche y, tras haber mantenido relaciones carnales (habitualmente en los
domicilios de las víctimas), los ultimaba de un sólo disparo, con un arma que
ocultaría hábilmente entre sus ropas. Por el momento, se descarta que el robo
haya sido el móvil de los homicidios.
"El último de ellos, acontecido en la madrugada del domingo
último, tuvo como víctima a Daniel Fuentes, soltero, de 24 años, quien fue
encontrado muerto ayer lunes por un familiar, alarmado por su ausencia
injustificada de los lugares que solía frecuentar. El occiso presentaba un
disparo de arma de fuego en el hemitorso izquierdo, a la altura exacta del
corazón. Los exámenes forenses establecieron que el occiso había fallecido entre
la medianoche y la madrugada del domingo.
"Las investigaciones policiales se encaminaron rápidamente a
la única pista existente, basada en los dichos de un testigo -vecino de la
víctima- que había visto ingresar al occiso a su vivienda acompañado de una
persona de sexo masculino, aparentemente menor de edad, en la madrugada del
domingo pasado. Este testigo aseguró a la policía haber escuchado un disparo y,
como su dormitorio da a la calle, pudo ver que de la vivienda de la víctima
salía una persona, que respondía a las características físicas del menor que
presuntamente había ingresado unas horas antes a la finca en cuestión, junto a
su propietario, el fallecido Fuentes.
"La pesquisa policial, munida de una descripción del presunto
agresor, pudo establecer su identidad y, aunque esta no fue revelada,
aparentemente se trataría del primogénito de una influyente familia local..."
De "El Correo de la Tarde" (Miércoles 21 de abril de 2004)
"... asimismo, se habría establecido su irresponsabilidad
penal, fruto de la compleja psicopatología que le aquejaría desde los diez años,
cuando fue gravemente abusado por un allegado a su familia, hecho que se mantuvo
en absoluta reserva dentro del círculo familiar..."
De "El Correo de la Tarde" (Jueves 22 de abril de 2004)
"... tomar venganza de quienes habían abusado de él cuando
era un niño indefenso: ¿victimario o víctima? Es la pregunta que aún hoy..."
De "El Correo de la Tarde" (Viernes 23 de abril de 2004)
"... luego de la inhumación de los restos de Daniel Fuentes,
su última víctima. Se estima que el menor permanecerá recluído en esa
institución hasta la mayoría de edad, cuando será juzgado por cinco homicidios
calificados, aunque se estima que no cumplirá sentencia en prisión, sino que
continuará recluído en una casa de salud por tiempo indetermindado".
De "El Correo de la Tarde" (Sábado 24 de abril de 2004)
"Mientras los ecos del trágico caso aún estremecen a la
sociedad toda, la familia del menor imputado de cinco homicidios..."