La mama de Nacho
No es que el Nacho fuera mala gente como el Requejo, que se
pasaba el día pegando a los niños pequeños y levantándoles las faldas a las
niñas. Tampoco es que fuera una nenaza como el "Antoñita", el hijo de la
Pascuala, que no había día que no fuese al parque a jugar a las muñecas con sus
primas, no. El problema del Nacho es que era tonto. Tonto del bote. Y además, un
llorica.
Pero aunque lo fuera, aunque fuera el compañero más llorón y
más tonto del colegio al que todos pegábamos día sí y día también, reconozco que
aquella vez al Andrés y al Borciano se les fue la mano. Y de que manera.
De hecho, cuando me dijeron que la madre del Nacho había
venido al colegio para ver a Don Anselmo, el Padre Director, no me extrañó nada.
Creo que ni siquiera me hubiera extrañado si me hubieran dicho que venía
acompañada de su marido, el cual, dijese lo que dijese el Nacho, todos sabíamos
que se había largado a América con una gachí de Lavapiés.
La madre, como él, no era gran cosa. Era una mujer, sin ser
fea, pequeña, delgaducha, morena y de mirada triste, aunque aún no tendría pocos
más de treinta años. Sin embargo había algo en ella que me atraía poderosamente,
o mejor dicho, ese día observé en ella algo que me hizo sentirme poderosamente
atraído por esa mujer, aunque no supiera muy bien que podía ser.
Como nunca he sido como esos pajilleros que se quedan delante
de la estampita como embobados habiendo, como hay, tantas vírgenes corriendo
fuera de las iglesias, y aunque no tenía nada claro que era lo que me había
atraído de esa mujer, si es que realmente me había atraído algo y no eran solo
imaginaciones mías, me marqué un plan para tratar de salir de la duda. Al menos
lo intentaría.
A todos les extrañó mucho que empezase a andar con el Nacho.
A casi todos les pareció mal, sobretodo a mi madre, que me decía que aquel era
el hijo de una roja y de un masón y que no debía juntarme con él, sino con los
hijos de sargento Romera. Incluso es posible que solo mi padre viera con buenos
ojos aquella amistad en ciernes, pero a mí me bastaba. A mi padre le habían
matado los moros a dos hermanos en el Gurugú, y aunque solo fuera por eso, ya
sabía más de masones y de rojos que el resto de los profesores, compañeros y
madres del mundo. Además, durante la guerra, a mi padre se le acercó un día el
Caudillo en persona y le dijo: "¿Cómo lo ve usted, Yuste?", y dice él que le
dijo: "Pues lo veo ya muy maduro, Excelencia", y el caso es que a los dos meses
se liberó Madrid, y mi madre pudo así conocerle a él, y de paso, librarse de las
hordas rojas que la habían tenido encerrada en un sótano toda la guerra. O al
menos eso me decía él.
También la madre de Nacho, como es natural, estaba encantada
con el nuevo amigo de su hijo; o sea, conmigo. De hecho, siempre que acompañaba
al Nacho a su casa después del colegio, allí estaba ella esperándonos con un par
de enormes tazas de achicoria, que decía, que aún saliéndole por un riñón, le
costaban mucho menos que el dineral que se dejaba en vendas para su hijo antes
de que empezáramos a salir juntos. Así es que fui cogiendo confianza en la casa
entre taza de achicoria y paliza que le ahorraba a su hijo, al cual ya nadie
tocaba porque era mi amigo, y yo era el hijo del "Caudillo", o lo que es lo
mismo, el hijo del Santiago, el que había estado departiendo una vez con el
Generalísimo,.
Pero también de aquellos "chaus chaus" con madre e hijo me
cansé pronto. Aún no tenía claro si ya sabía que me podía haber atraído tanto de
aquella mujer aquel día en que fue a visitar al director o no, pero estaba
completamente seguro de que, fuera lo que fuese, no había sido ni su
conversación siempre lastimosa ni la devoción con la que trataba al Nacho, su
"querubín", como ella lo llamaba… cosa, por otra parte, que desmentía la teoría
de mi madre acerca de su "rojez", ya que era muy poco propio de una roja, que
solo saben quemar conventos y matar curas, llamar a su hijo de tal manera.
Sin embargo, como siempre ocurre en estos casos, la
oportunidad de descubrir cual podía ser aquel encanto oculto, si es que existía,
surgió, como siempre ocurren estas cosas, sin yo proponérmelo siquiera.
Una tarde, al volver del colegio, en lugar de dos tazas de
achicoria, nos esperaban sobre el mantel de la mesa de la cocina dos pesetas que
la madre había dejado ahí para que con ellas fuéramos al cine, a las barracas o
a donde quisiéramos.
Ni que decir tiene que en cuanto dejamos todos nuestros
bártulos sobre la mesa y visitamos el retrete, agarramos el dinero y nos
largamos a la calle como almas que lleva el diablo, mientras ella nos despedía
divertida. Pero tan deprisa salimos que a se nos olvidó que ya era noviembre y
que, aunque a esa hora aún no hiciese mucho frío, a la salida del cine, sin
nuestras chaquetas, íbamos a tardar dos minutos en cogernos una buena gripe, así
que en cuanto dejé al Nacho en la cola del cine con el dinero para que comprase
las entradas, me dirigí de nuevo a todo correr hacia su casa para recoger mi
abrigo y el del Nacho.
Cuando llegué a la puerta de la casa, la madre, que ya se
había dado cuenta de nuestro olvido y la había dejado entreabierta, me saludó
desde el suelo, donde se encontraba fregando entre trapos viejos y mugrientos
baldes de agua tibia. Y fue entonces, precisamente en ese momento y de una
manera tan tonta, cuando sentí por primera vez el deseo animal de poseer a una
mujer.
Mientras estaba ahí, agachada, enseñando sin proponérselo un
bastante hermoso trasero que de diario escondía entre pudorosas faldas y
chaquetones, yo me di cuenta de que aún era algo más que una mujer algo bonita.
Solo entonces me di cuenta de que aquella mujeruca tristona conservaba aún mucho
de la hembra de rompe y rasga que quizás podía haber sido años atrás, cuando
todavía no había tenido que sufrir los palos que da la vida.
El resto sucedió sin saber muy bien como. Solo sé que de
pronto me abalancé sobre ella como un gato que se lanza sobre un ovillo de lana,
apretando mi pecho contra su espalda encorvada y pasándole las manos por delante
hasta tener entre mis dedos aquellos blandos y carnosos pechos.
No fue un acto premeditado, no fue algo hermoso, fue algo
animal, fue algo instintivo y casi más doloroso que otra cosa. Para mí, porque
choqué mi barbilla contra su cabeza; para ella, además de por el susto, porque
hubo de soportar sobre su espalda el peso proyectado de mi cuerpo.
Animal también fue su reacción. De golpe, con una fuerza que
yo jamás hubiera imaginado en una mujer como ella, se levantó de un brinco,
lanzándome por el impulso hacia la otra punta de la habitación, donde solo el
canto de una mesa pudo frenar mi vuelo hacia la pared contra la que me golpeé
casi de bruces.
Después solo vino el silencio. Un silencio tan solo cortado
por los jadeos de ambos, que respirábamos como dos animales furiosos encerrados
en una misma jaula. Pero aquellos instantes de respiraciones entrecortadas no
fueron, ¡ay!, todo lo eternos que a mí me hubiese gustado en ese momento, y casi
enseguida comencé a sentir como un enorme calor invadía todo mi cuerpo. Un calor
seco y casi picante provocado, en parte, por el escozor del golpe contra el
borde de la mesa y la pared, pero sobretodo, por la inmensa vergüenza que
comencé a sentir casi antes que el daño físico. Vergüenza por la situación,
vergüenza por haber sido rechazado, vergüenza por no saber hacia donde mirar
para esquivar aquellos ojos entre sorprendidos e iracundos que me iluminaban
desde la jadeante mujer del otro lado de la sala. Vergüenza, en fin, hasta por
estar vivo.
Pero nunca se puede saber como reaccionará una persona hasta
que ya es demasiado tarde, y en aquella ocasión mi propia reacción me sorprendió
incluso a mí mismo. De hecho hubo unos instantes en los que llegué a creer que
no era yo el que gritaba por mi boca. Que no era yo aquel que le gritaba que iba
a matar a su hijo, aquel que le gritaba que la iba a denunciar a las
autoridades, aquel que le gritaba que le iba a hacer la vida imposible. Pero si
era yo. Y grité. Y seguí gritándole.
Al principio ella trató de abalanzarse sobre mí para
callarme, pero yo la esquivé y seguí insultándola desde otro rincón, hasta que,
de pronto, se vino abajo. Se derrumbó frente a mí como si fuera un viejo
caserón, cayendo de rodillas ante mis sorprendidos ojos. Y así, de rodillas de
nuevo, hecha un ovillo sobre sí misma comenzó a llorar desesperadamente,
pidiéndome entre desgarradores suspiros que dejará ya de gritar.
Sin embargo yo no dejé de chillarle. Al contrario, cuando la
vi en esa posición, casi suplicante, comencé a sentir como la vergüenza me
abandonaba, aunque seguía sintiendo un intenso calor. Comencé a sentirme
superior a ella y sus suplicas no sirvieron más que para hacerme sentir cada vez
más fuerte, hasta el punto de que la vergüenza se volvió ira hacia aquella
empequeñecida figura, y me volví loco.
Sin saber muy bien el cómo o el por qué, saqué de un tirón mi
cinturón y comencé a golpearla con él con furia. Le golpeé, al principio por
algun extraño instinto, luego, por unos instantes, con miedo, consciente de lo
que hacía, pero casi enseguida por simple placer, sin saber hacia donde dirigía
mis golpes ni importarme gran cosa. La golpeé hasta que me dolió el brazo, y aún
después continué golpeandola.
Al principio alzó las manos para tratar de esquivar aquellos
golpes, después me agarró estupidamente los bajos del pantalón, y por último,
quedó quieta, casi inerte, como quien espera a que deje de llover, confiando en
que solo es cuestión de tiempo. Incluso casi dejo de llorar y sus lamentos
pasaron a ser sordos quejidos que se amortiguaban en los golpes de mi cinto
sobre su cuerpo
No recuerdo cuanto tiempo estuve danzando macabramente sobre
su derrotada anatomía mientras hacía silbar mi cinturón por los aires antes de
golpearlo otra vez contra su espalda, solo sé que cuando al final dejé de
golpearla estaba cansado, muy cansado, pero no quería parar ahí. Con furia lancé
mi puño contra su cabellera, la agarré con fuerza de sus pelos, y alcé su cara
hacía mí, hacía mis ojos.
Tal vez porque prefería ese intenso dolor al de los golpes
del cinto, tal vez porque ya no sentía ningún dolor, su cara se me presentó
placida y hermosa. Sus lagrimas parecían perlas sobre la cara de una virgen, y
sus ojos acuosos, dos brillantes luceros. Y así, cogida de los pelos, empujé
aquella cara contra el bulto que se dibujaba en mis pantalones como una vez,
escondido, le había visto hacer a mi padre con mi madre después de una pelea.
Froté su cara contra mis partes, y el rocé me produjo una
excitación tan salvaje que estuve a punto de correrme en ese momento. Caliente,
no ya de vergüenza, solté por un instante su cabeza, que fue a golpear el suelo
como si solo hubiera estado fija a mi mano, y me bajé los pantalones hasta los
tobillos.
Desde el suelo ella los vio caer como si fueran una
guillotina, como si lo que le iba a ocurrir a continuación fuera algo
irremediable, escrito hacía años en el libro de su vida. De hecho, ni cuando de
nuevo la volví a tirar del pelo hacia mí, ni cuando le obligué a abrir la boca,
ni siquiera cuando le metí media verga de golpe dentro ella opuso la más mínima
resistencia, limitándose a dejarse hacer.
No hizo mucho más, ni tampoco me importó mucho. Fui yo el que
se movió dentro de ella, el que le metió y le sacó el pene como si estuviera
fornicando solo con aquella boca. Tan solo al final, después de varios envites,
más de los que me hubiera podido imaginar y que a ella se le debieron hacer
eternos, cambió ligeramente la expresión de sus ojos ante la sorpresa y tal vez
el asco de sentir, quizás por primera vez en su vida, como mi caliente esperma
invadía su boca y bajaba por su garganta.
El placer que sentí en aquellos momentos es vergonzosamente
difícil de explicar, aunque, recuperando la consciencia por momentos de lo que
acababa de hacer, no tuve mucho tiempo para recrearme en él. Me subí los
pantalones y salí corriendo de aquella casa, de aquella mujer.
A nacho le volví a ver, claro, en el colegio, y aunque alguna
vez me preguntó porque dejamos de ser amigos, yo jamás le volví a dirigir la
palabra. Ni a él, ni a su madre.