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La lujuria de Greta
Intercambios- 2008-03-07 08:32:12
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Era una tarde ventosa de invierno cuando el micro arribó por fin a la terminal de Bariloche; de allí descendieron Greta y Joaquín, que fueron recibidos por una ráfaga de viento helado que les quitó la respiración unos segundos y les obligó a subirse hasta las orejas las solapas de sus pesados abrigos. Se echaron al hombro el poco equipaje que habían traído consigo y cogieron el primer taxi que encontraron a mano.

Escasa media hora después estaban cómodamente instalados en una pequeña y confortable cabaña de las afueras de la ciudad ya más ligeros de ropas y sentados, muy juntos uno al lado del otro mirando distraídamente las llamas que ascendían del hogar y con la mente distraída con el crepitar de los leños, mientras se calentaban los pies y se frotaban las manos con frenesí. Fuera seguía el viento pero se había agregado una nueva inclemencia del clima: la nieve, cuyos copos blancos, impulsados por la ventisca, golpeaban con fuerza contra los cristales

Joaquín acercó lentamente su boca a la oreja de Greta, una de esas orejas pequeñitas y adorables y con su lengua tensa, fría y húmeda, como si de un pincel se tratara, comenzó a dibujar círculos alrededor del lóbulo; de reojo la observaba: los hermosos ojos esmeralda de ella estaban ahora cubiertos por sus párpados finos y por entre sus labios asomaba la punta de la lengua, una lengua rojísima y que, sabía por experiencia, era capaz de convertir en realidad cualquier fantasía que un hombre pudiese tener.

El pecho de Greta subía y bajaba con la excitante relajación que produce un estímulo sutil. Joaquín tomó la mano de ella y se la llevó hacia abajo, hacia su bragueta y le hizo que le acariciase el miembro por debajo de la tela del jean. Greta dejaba hacer, le encantaba que la lleven.

Joaquín, por su parte, estaba particularmente embriagado por aquél perfume que se había puesto esa vez y que le penetraba por la nariz directamente al cerebro. Era una rara combinación de fragancias que le hacía dirigir su mirada, sin saber por qué, a su cuello esbelto.

Deslizó su mano hacia abajo, se desabrochó el cierre del pantalón y sacó su miembro completamente tieso mientras con voz trémula de deseo le pedía que se lo chupara. Las pupilas verdes de Greta y semejaban despedir invisibles llamas de deseo, sensación ésta última que era acentuada por lo inusualmente oscuro de su cabello que le caía demasiado lacio y como pegado a los costados de la cabeza y que llegaban hasta la mitad de la cintura.

La mano delgada de la morocha, iba de un extremo al otro del pene de Joaquín. Se inclinó y entrecerrando los ojos abrió la boca y se lo introdujo. Primero empezó dedicándole las más dulces caricias de las que una mujer es capaz de prodigar con sus labios a un glande terso y duro, rozándolo con suma delicadeza. Segundos después entraba y salía rítmicamente por entre aquellos labios rosados. Poco a poco cada vez fue mayor la porción de falo que iba introduciendo dentro de su cavidad bucal.

Ambos comenzaron a tener calor muy pronto dado que no se habían apartado aún del fuego del hogar, así que la ropa se fue tornando algo molesta. Greta, sin abandonar la tarea a la que estaba aplicada con especial esmero, se las arregló con la ayuda de su amante para desnudarse. Joaquín se removía en el sillón con cada nueva recorrida que emprendía la ardiente lengua de ella; recorría cada centímetro de su verga bajando lentamente hasta los testículos para luego volver a subir, en el camino la carnosa y caliente lengua prodigaba las lamidas más eróticas que pudiera imaginarse.

Lentamente y con sus ojos verdes clavados en los ojos oscuros de él se incorporó y se paró de espaldas a Joaquín. Tenía un trasero realmente muy bonito, con unas nalgas estrechas aunque no tan firmes; el hecho de tener una cintura diminuta le daba un mayor realce y belleza a aquél culo que en conjunto era bastante apetecible. Por otro lado, sus encantos aumentaban por el hecho de ser bastante menuda en lo que a contextura física se refiere. En resumidas cuentas, exhalaba erotismo.

Juntó sus manos por encima de su cabeza y empezó en el lugar una especie de baile en el cual hacia cimbrear todo su cuerpo pero en particular su hermoso culo. Ora lo acercaba ora lo alejaba armónicamente de aquél ansioso pene, acercándose tanto algunas veces hasta llegar a rozarlo con sus nalgas suaves.

Muy pronto las manos de Joaquín parecieron cobrar vida propia y, sin poder contenerse, se aferraron a la estrecha cintura de la diminuta morocha, atrayéndola hacia sí; los pulgares casi se tocaban por detrás de su talle. Ella no opuso la más mínima resistencia hasta que por fin los labios de su vagina entraron en contacto con la cabeza gruesa del miembro de Joaquín; entonces, y sin ayuda alguna de las manos sino que solamente con la descripción de un único círculo con las caderas logró introducirla por completo dentro de la cavidad vaginal.

Se echó hacia atrás apoyándose en el lampiño pecho de Joaquín, cubriéndole la cara con su pelo aromatizado con algas, y comenzó un sube y baja frenético; aquella vara erecta y húmeda de carne entraba y salía íntegramente de su ser provocándole profundos espasmos de placer y arrancándole prolongados gemidos. Dejaba caer su cabeza a un lado u otro abandonándose al intenso placer que sentía.

Por su parte, Joaquín se ocupaba ahora de los pechos de la hermosa mujer que lo estaba cabalgando, los estiraba suavemente con dos dedos y luego los soltaba solo para volverlos a tomar. Tenía dos pechos preciosos aunque más bien discretos, pequeños, pero de pezones de una tonalidad rosada inusual y la piel que los recubría era las más suave y tersa que nunca haya tenido debajo de sus dedos.

El movimiento era ahora mas lento, mas acompasado y por momentos Greta quedaba sentada sobre su amante sintiéndolo todo dentro suyo y entonces volvía a los movimientos circulares, reminiscencia de los años de practicar danzas árabes, que hacían que él sintiese cada centímetro de su interior húmedo y caliente.

Se incorporó muy despacio y sin dejar de gemir, como si con cada fibra de su ser estuviera sintiendo como su vagina se iba descomprimiendo con la salida de su huésped.

Se volteó de cara a Joaquín, que la contemplaba transido de placer, para subirse a horcajadas de él, pero éste le pidió con voz trémula que se la chupara, que estaba haciendo desde hacia un buen rato grandes esfuerzos por no acabar.

La ardiente morocha se arrodilló, la cogió con la mano derecha e inclinándose metió dentro de su boca la mayor porción de verga de la que fue capaz. La cabeza de cabellos color de ébano se movía rítmicamente hacia arriba y hacia abajo arrancándole gemidos al macho que estaba atendiendo; la lengua roja como la sangre se entretenía en la punta del glande y pugnaba vanamente por introducirse en el pequeño orificio de la punta.

Sin embargo, en uno de estos jugueteos, Joaquín exhaló un profundo quejido y la legua del color de bromuro de Greta quedó en un santiamén teñida de blanco a causa de la gran cantidad de semen que saliera despedida en un fortísimo chorro de esa polla durísima; la mano derecha de ella subía y bajaba mientras que el esperma que seguía saliendo a borbotones era esparcido a lo largo de todo el miembro por la lengua ya blanquecina e insaciable de la hembra. Una última gota que parecía haberse retrasado quedó, brillante como una perla a la los rayos de sol saca destellos, sobre la cabeza del pene; Greta la tomó con su lengua y con ojos maliciosos se la enseñaba a su amante unos segundos y luego la guardaba para sí dentro de su lasciva boca.

Unos momentos después Greta aún seguía sin vestirse mientras tomaban unos whiskies. Sin embargo, en ese instante unas voces se escucharon del otro lado de la puerta de entrada de la cabaña; eran dos voces masculinas. Salió corriendo hacia uno de los cuartos porque había reconocido sin esfuerzo una de las voces: era su NOVIO.

Las bromas y chanzas que se hacían le dieron el tiempo suficiente para que pudiera vestirse de tal que cuando Nicolás y el otro muchacho entraban a la cabaña ella salía al mismo tiempo de la habitación. Se saludaron como lo hacen dos novios que están juntos desde hace bastante tiempo y luego pasó a presentarle al desconocido que había venido con él: era un muy buen amigo con el que había hecho una apuesta que no pensaba perder por ningún motivo, si ella lo ayudaba claro estaba.

Nicolás era un muchacho rubio de 25 años (solo dos más que Greta) rubio y delgado, era más bien extrovertido y de mirada franca y amable en sus ojos verdes. Su amigo se llamaba Leandro, tenía el pelo castaño un poco largo y sus facciones no eran precisamente de las mas agraciadas aunque tampoco era feo, tenía modales cordiales y una voz gruesa acariciadora que de seguro sabría utilizar muy bien a la hora de seducir a una dama.

Por su parte, Greta les presentó a Joaquín a ambos como si fuera un primo con el que se conocía prácticamente de toda la vida. Nicolás lo saludo observándolo con una mirada cargada de una extraña mezcla de ironía y lujuria.

Y es que si bien Nicolás y Greta eran formalmente novios desde hacía aproximadamente un año, ambos eran muy liberales y aceptaban sin mayores inconvenientes que su pareja realizase exploraciones sexuales con terceras personas. Por su parte, Nicolás había traído a Leandro allí a causa, como se lo adelantara ya a Greta, de una apuesta que los dos habían celebrado: Leandro había desafiado a su amigo a que no era lo suficientemente liberal en sus costumbres como para permitir que él, Leandro, se acostase con su novia oficiando Nicolás como intermediario, siempre y cuando Greta lo quisiese, por supuesto. Por esta razón es que cuando Leandro vio a Joaquín en la cabaña pensó que irremediablemente se le había aguado la fiesta que había planeado.

Ya había caído la noche y el clima en el exterior continuaba muy frío y las fuertes ráfagas que cada tanto azotaban las ventanas hacían temblar los cristales de la cabaña, cristales que por momentos se volvían completamente blancos por la nieve que caía y era empujada con fuerza contra las ellos. Todo esto contrastaba increíblemente con el clima diáfano que reinaba dentro, en la sala de estar. La única música que allí se escuchaba eran las risas de los cuatro que no paraban de contarse anécdotas y ocurrencias mientras se calentaban el cuerpo con un buen cognac.

Greta fue en la primera en que se hicieron notar los efectos del alcohol y tal echo se evidenciaba por estridentes risas y algunas gotas de sudor que ya comenzaban a perlar su frente. Estaban sentados en corro delante del fuego del hogar y ella se encontraba flanqueada a la izquierda por Leandro y a la derecha por Nicolás mientras que Joaquín estaba un poco más alejado. Producto de las frecuentes carcajadas se recostaba a veces en uno u otro hombro. Joaquín estaba particularmente hipnotizado con la blancura de marfil de los dientes de su amante. Los ojos de la sensual morocha resbalaban de uno a otro de los tres hombres que con ella compartían aquella adorable reunión; en aquél momento tenían el brillo especial, chispeante y que tan bien le sentaba, que da el alcohol a los ojos y que en ella producía un fulgor como los destellos que arrancan los rayos luminosos del sol cuando se reflejan sobre la superficie de las aguas cristalinas del Caribe. En una palabra, estaba francamente encantadora.

Joaquín estaba embelesado contemplándola. No pudo contenerse por más tiempo y sus ojos cafés fueron bajando, mientras ellos seguían charlando; recordaba cada centímetro de ese cuerpo sensual que tan bien conocía. Se detuvo, como no podía ser de otra manera, en su entrepierna y notó que el pijama de raso bordó que se había puesto a las apuradas estaba mojado, lo que podía significar solo una cosa: no tenía nada debajo. Leandro, dándose cuenta de lo callado que estaba el supuesto primo de Greta siguió con sus ojos la mirada de él y dio con el mismo húmedo lugar. Este, bastante más desenfadado, y con la anuencia otorgada por adelantado por Nicolás, se le acercó al oído para hacerle un comentario divertido que concluyó en una fuerte carcajada de la morocha; cuestión que Leandro no dejó pasar y al tiempo que se recostaba sobre ella, deslizaba su mano izquierda entre las encantadoras piernas de la mujer. La fina tela estaba realmente bastante húmeda ya.

Greta bajó los ojos con disimulo al sentir el contacto de la mano pero decidió jugar un poco más así que hizo como si tal cosa. Ahora ya los cuatro sudaban más tanto producto de la bebida como del calor del hogar como de la excitación que iba in crescendo. Mientras afuera caía una lluvia copiosa, adentro los tres varones se sacaban las camisas. La única que continuaba con lo puesto (una polera de cuello alto de lana que fue lo primero que encontró para aparecer vestida delante de un novio) era Greta y, la verdad sea dicha, ya no aguantaba más. Nicolás la instaba a que se pusiera algo más cómoda mientras tanto Leandro como Joaquín notaban como la mancha de su entrepierna iba aumentando.

Joaquín tuvo una brillante ocurrencia que dadas las circunstancias peculiares no dudó en proponer: con el fin de lograr que Greta se aligerase un poco de ropa sería de gran ayuda que los tres se quedasen como Dios los trajo al mundo. Pese a la insensatez de la propuesta, ésta fue acogida con gran entusiasmo y como por encantamiento en menos de cinco segundos habían volado pantalones, zapatos, botas y slips. Las pupilas brillantes de lascivia de la morocha se deslizaban de uno a otro pedazo de carne. Las tres tenían lo suyo pero, sin lugar a dudas, la palma se la llevaba este amigo que Nicolás había traído, Leandro; calculaba que aquella vara debía medir no menos de veintidós centímetros y era de un grosor asimismo considerable.

Este último pareció darse cuenta, echó una rápida ojeada a Nicolás y como a éste le brillaran los ojos de manera increíble a causa de la lujuria, la invitó a que se la acariciase allí mismo, delante de los otros.

Greta lo tomó con su mano izquierda y empezó a sobarlo lentamente subiendo y bajándole la piel del prepucio. La otra mano la utilizó con su novio en los mismos menesteres al tiempo que con una simple mirada invitó a Joaquín a sumarse a la fiesta que estaba en ciernes. Su amante se puso de pie como si se hubiera apretado un botón oculto y un resorte lo hubiera despedido hacia delante, y se acercó a su rostro tanto más excitante ahora puesto que estaba ansiosa por gozar como nunca antes gozara. La morocha adelantó un poco su cabeza al tiempo que entreabría los labios, Joaquín no espero más y sirviéndose de su pene como un a modo de cuña, se introdujo dentro de su boca. Greta permanecía inmóvil dividiendo su atención en la tarea en las que tenía ocupadas las manos; Joaquín era el que entraba y salía a voluntad de aquella tibia cavidad bucal enmarcada por la hermosa cabellera azabache; sus ojos verdes permanecían abiertos pero no miraban a ningún lado en especial.

Los tres miembros ya estaban completamente rígidos. Leandro y Nicolás se pusieron de pie cada uno a uno de los lados de Joaquín ofreciéndole a la diosa del deseo que tenían arrodillada a sus pies (y que aún, increíblemente, permanecía vestida) sus miembros viriles. La entrepierna de la hembra estaba completamente empapada, lo sentía con cada movimiento que hacía, dado que el frío de la tela húmeda la hacía estremecer de placer al más ligero roce con la parte interna de los muslos o con la vulva. Estudió lo que se le ofrecía a la vista y se dejó llevar por el deseo y la curiosidad: se engulló el falo de Leandro tanto cuanto le entró en la boca. La boca y la mano derecha de Greta se deslizaban sobre la verga con una sincronización coreográfica para dar el mayor placer posible con ese doble estímulo; el dueño del soberbio falo que estaba siendo chupado y sobado en ese mismo instante contemplaba la acción con una expresión de placer incomparable mientras con la mano apoyada en la cabeza de ella presionaba hacia sí en la intención de que toda la longitud viril penetrase entre esos carnosos labios sensuales.

Los otros dos machos, su novio y su amante, miraban la acción y a ambos el corazón les latía con una fuerza increíble al ver la mamada que la bella morocha estaba llevando a cabo, mientras sus respectivos miembros estaban tiesos como garrotes. Nicolás fue quién primero tomó parte en la escena. Se puso de cuclillas detrás de ella y poniendo sus manos en la tela bordó del pijama, tiró lentamente hacía abajo. Greta, al percatarse de la intención de Nicolás lo ayudó incorporándose con las piernas juntas y en un ángulo de noventa grados para no apartar la boca de la tarea a la que estaba encomendada. Y es que nunca había saboreado una verga tan sabrosa (y ella ya había tenido la oportunidad de degustar bastantes), se deleitaba manteniendo el glande de Leandro dentro de la boca y allí acariciarlo juguetonamente con la lengua hasta hacerlo estremecer de placer, solo entonces volvía a chuparlo con fruición.

Joaquín por su parte y lejos de permanecer inactivo, le deslizó una mano debajo de la polera multicolor que llevaba y, como bien intuyó, no llevaba nada debajo; sus dedos buscaron ávidamente uno de sus pezones y empezó a pellizcarlo primero y tirarlo para abajo después hasta que lo sintió completamente duro; deslizó la otra mano debajo de la prenda y realizó idéntica operación con el otro pezón. Sin abandonar la posición de agachado, recogió la polera y se colocó debajo de ella y apretando con sus manos ambas tetas comenzó a lamerlas y chupar aquellos timbres rígidos y dulces yendo y viniendo de uno al otro con la avidez de un sediento que luego de días de calor abrasador se topa inesperadamente con un paradisiaco oasis de aguas transparentes.

Nicolás, entre tanto, gozaba utilizando la colorada cabeza de su pene a modo de cuchara sobre los labios de la vagina empapada de deseo de su novia; subía y bajaba por toda la longitud de la abertura rosácea y mojada deteniéndose especialmente en el botoncito de placer que era su clítoris. Disfrutaba viendo como con cada nueva pasaba todo su cuerpo vibraba de placer y pedía a gritos que la penetrase. Sin embargo, él retardaba tal deseo puesto que lo que más le excitaba de ella era el hecho de verla llegar al momento en donde todo su cuerpo no soporta un segundo más sin una polla dentro de su ser. Su vagina, en aquél instante, había comenzado a dejar caer al suelo de madera algunas gotitas de deseo que amenazaban con quemar el parqué.

La hembra, finalmente, no aguantó ya más tal agonía y desembarazando su boca volteó hacia atrás y gimió un trémulo y agitado: "ponémela ya, mi amor, por favor". No acabó de pronunciar las últimas palabras cuando Nicolás, al verla al borde de la desesperación, apoyó su glande en la puerta ardiente de su sexo y de una sola embestida se introdujo por completo dentro de ella. Greta lanzó un agudísimo alarido de placer cuando sintió los huevos de Nicolás golpeando furiosamente contra su clítoris, mientras sus uñas se clavaban con fuerza en las caderas de Leandro. Este y Joaquín (que ya se había puesto nuevamente de pie) la observaban gozar de esa manera mientras se masturbaban lentamente, los ojos fijos en la hermosa cara de la morocha transformada ahora por el disfrute del placer sexual.

Joaquín la tomó por los cabellos con firmeza pero no rudamente y aprovechando un gemido que salía por entre sus labios que ya se empezaban a entreabrir, se coló dentro de la boca caliente y lasciva de su amante de una manera tan abrupta que a punto estuvo de ahogarla. Greta, por segunda vez en el día se la mamaba, pero esta vez ella no hacía ningún esfuerzo sino que el miembro de Joaquín entraba y salía de su boca a causa en parte de las arremetidas de Nicolás y en parte de los embates de aquél que la obligaba a tragarse una buena porción con gran riesgo de terminar sofocada. Leandro observaba toda la acción con gran atención y placer tomando un pequeño respiro puesto que la muy puta, con la chupada prolongada que le había prodigado a punto estuvo de correrse.

Nicolás se retiro de detrás de su novia y con una mirada inconfundible invitó a su amigo a que ocupase el lugar que él acababa de dejar disponible. Leandro se acercó con paso lento y el mmiembro enhiesto y una vez en posición apuntó su verga y la primera arremetida la hizo estremecer entera de dolor a la jadeante morocha a causa de lo largo y grueso que era su instrumento; sin embargo, no tuvo oportunidad de gritar dado que tenía en ese momento la boca llena. Las arremetidas de aquél maravilloso falo eran realmente salvajes, Greta pensó por unos segundos que en una u otra iba a desfallecer puesto que le penetraba hasta lo más hondo de su ser. A pesar de todo, gozaba como loca, estaba fuera de sí. El amigo de su novio no lo estaba menos puesto que sentía como la cabeza extremadamente dura de su pene se deslizaba por las paredes tersas e hirvientes de su vagina y con los dedos clavados en su cintura la atraía hacia sí haciéndola explotar de placer y dolor simultáneamente. La morocha ahora ocupaba sus labios en exhalar prolongados jadeos mientras sus manos se aferraban a las nalgas de Joaquín. Este, mientras tanto, disfrutaba pasando su verga completamente tiesa por el rostro terso de su amante. Nicolás solo miraba. La estancia toda olía intensamente a sexo, a lujuria desenfrenada, a placer sin límites. Los cuatro cuerpos sudaban profusamente, embriagando y embotando los sentidos.

Las piernas así como la cintura se le habían empezado a cansar de modo que se irguió, jadeando y gimiendo aún. Nicolás la miró significativamente y se acostó sobre la alfombra color crema que estaba cerca de la lumbre del hogar; tenía sus piernas abiertas y su novia se ubicó de rodillas entre ellas y sin mas, inclinándose, comenzó a sobarle con una mano el miembro mientras que la punta de la lengua jugueteaba sobre el único ojo de aquella cabeza coloradota y regordeta.

Esta vez la retaguardia fue tomada por Joaquín, que se introdujo violentamente en su vagina y embestía, se diría, que con inusual furia que le hacía gritar de dolor y placer a un tiempo. Leandro, mientras tanto, disfrutaba frotándole el clítoris con la yema del dedo mayor. Sin embargo fue un poco mas lejos, y despacio, mientras Joaquín se sacudía dentro de ella, metió el dedo, un dedo grueso y áspero, todo lo que pudo. Era encantador, ambos actuaban coordinados y un dedo más, pensándolo bien no era tanto. Ese amigo que había traído su novio era realmente fantástico: mientras gemía quedamente puesto que no apartaba la lengua de la verga de Nicolás sintió que otro dedo más le era introducido en el mismo lugar; y luego un tercer dedo que se movía rítmicamente con el cipote de Joaquín. El dolor ahora sí comenzaba a ser más intenso. Joaquín creyó percibirlo y se retiró, seguido por los dedos del acompañante, que parecía con ganas de meter allí la mano entera.

Greta gateó unos pasos hacia delante y una vez tuvo su rostro a la altura del de Nicolás y sus ojos verdes miraron los de él, se llevó una mano hacia atrás y con habilidad consumada introdujo el pene de su novio dentro de la vagina, ya a estas alturas bastante lubricada por cierto, y entonces empezó su clásica cabalgata furiosa en la cual el pedazo de carne erecta entraba y salía en toda su longitud. Leandro se volvió a colocar detrás de ella y apoyó suavemente la gruesa cabeza de su tronco viril en la estrecha puerta del ano de la increíble hembra que estaban gozando. Greta, por su parte, al darse cuenta de las osadas intenciones que tenía el portador de semejante estandarte, se alarmó y trató de zafarse. Sin embargo no pudo; puesto que Leandro la había cogido con tal fuerza por la cintura que, prácticamente la había inmovilizado, y estaba en ese mismo instante intentando vencer la resistencia que presentaba aquél orificio pequeño.

Un grito agudo de dolor salió de entre los labios de la hembra al tiempo que sus ojos esmeralda se abrían en demasía cuando el poderoso glande se abrió paso hasta dentro de la cavidad anal. Una vez echo esto, comenzó el clásico movimiento de vaivén y cada vez se introducía más y más en sus entrañas. Leandro sentía que algo iba cediendo a medida que horadaba las profundidades de este hermoso culo y esto lo acabó de enloquecer. Olvidó todo el cuidado que había puesto para que no le doliese la penetración y de un solo embate la empaló, literalmente, obligándola a lanzar un alarido de profundo dolor. Sentía que dentro de ella algo se había desgarrado. Joaquín gozaba enormemente contemplando la expresión de sufrimiento de su amante en ese momento, con los ojos desencajados, y en terrible contraste la insensibilidad del hombre que gozaba taladrándole el culo de esa manera y con semejante tarugo. Estaba ido de gozo al sentir vibrar bajo sus manos aquél cuerpo menudo que con cada metida se vibraba de dolor.

Ante esta visión, la del rostro de Greta cuando profería el grito de dolor y pedía a voces que se la sacase, no pudo contenerse más y ahogó aquellos gritos con su pene introduciéndolo casi por entero dentro de la boca; ella cerró con fuerza los ojos haciéndose un poco hacía atrás porque esto le produjo una pequeña arcada al chocar el glande contra la garganta. Joaquín tomó por los costados la cabeza de la morocha y de esta manera todas sus entradas estaban ocupadas, llenas.

Leandro desde hacía ya unos instantes estaba haciendo esfuerzos titánicos para no acabar; gozaba como nunca antes observándola gemir de dolor y placer mientras sus veintidós centímetros penetraban hasta lo más hondo en ella; cada vez que sus huevos chocaban contra su concha le arrancaba un nuevo gemido que lo enloquecía aún más. Joaquín sacó su pene de entre los labios de la hembra y, haciéndolo hacia arriba, le ofreció sus testículos para que los lamiese. La lengua caliente de Greta, entre jadeos y con ayuda de los embates del novio y del excepcional amigo que había traído con él, resbalaba por la adorable bolsita de piel que contenía aquél preciado tesoro; tuvo oportunidad de hacerlo apenas dos o tres veces porque entonces un espeso y caliente chorro de semen le cayó sobre la frente y se deslizaba por entre medio de los ojos cuando una segunda descarga vino a caer en el mismo lugar. El líquido blanco y brillante muy pronto llegó al labio superior, muy rojo y carnoso, en donde su lengua lo atrapó con la rapidez de una serpiente que atrapa a un ratón que desprevenido pasa cerca. Mientras, Joaquín trataba de estregarle hasta la última gota del líquido seminal para que ella lo bebiera, la muy perra.

Casi en el mismo instante sintió las manos de Nicolás que se crispaban sobre sus nalgas y luego su vagina completamente inundada por un hirviente chorro de esperma tan abundante que le pareció que en caso de que siguiese bombeando por allí la leche saldría por los costados del miembro. Le encantaba sentir como la leche masculina recorría sus entrañas quemándola de placer. Leandro continuaba perforándole la retaguardia y ella sentía, luego del dolor atroz que había experimentado, un placer doble: el proporcionado cuando era penetrada porque se sentía completamente llena y cuando se retiraba por el alivio momentáneo que la descompresión le provocaba.

Finalmente extrajo en forma violenta su miembro del ano de Greta y observó con exultante gozo que había quedado muy dilatado, se había formado un a modo de cráter entre las dos nalgas. Se incorporó bufando ruidosamente como si de un toro en celo se tratase mientras se masturbaba con una mano. Greta comprendió que estaba por alcanzar el climax así que se arrodilló delante de él y al tiempo que habría la boca todo lo que podía para recibir gustosa sus jugos, alargaba su mano para acariciar ese precioso mástil de carne para asistirlo en la tarea de desagote.

Sin embargo, Leandro le apoyó una mano en la frente y le echó hacia atrás la cabeza abruptamente mientras apuntaba, con el apresuramiento del caso, su verga hacia esos hermosos labios que aún permanecían abiertos. Unas gotas de semen se derramaron antes de llegar y la morocha ardiente se apresuró a estirar al máximo su lengua para evitar que se desperdiciase lo más mínimo. En ese preciso instante Leandro disparó un fortísimo chorro de esperma que fue a dar en su mayor parte contra el paladar para caer luego en la lengua roja y caliente; el líquido parecía hervir y era muy espeso y dulzón. Igualmente fuerte fue la segunda ráfaga de leche que esta vez se esparció íntegramente sobre la lengua. El portador de aquél extraordinario garrote lo introdujo dentro de la boca de Greta y mientras ella lo miraba directamente a los ojos con los suyos sin perder la más ínfima expresión del éxtasis, el macho descargaba el resto de la leche que aún le quedaba. La morocha, por su parte, tragaba tanto como podía pero no tuvo más remedio que con la ayuda de la lengua desagotar parte del precioso líquido por las comisuras: era demasiado para tragar.

Una vez vacíos los testículos de los tres hombres, permanecieron desnudos bastante rato más y de tanto en tanto ella se divertía llevándose uno u otro miembro a la boca en la espera de que alguno le regalase un poco mas de amor a su sexo insaciable.

EPILOGO: el resto de las pequeña vacaciones las pasaron fantásticamente los cuatro, en un perfecto ambiente de amistad y amor. Greta recordó durante mucho tiempo después con particular encanto cuando subió al micro que los traería de regreso a Buenos Aires; lo recordaba especialmente porque hacía muchísimo frío y por lo tanto iban muy cargados de ropa pero a pesar de eso, estaba muy excitada porque sentía que la puertita estrecha de su ano le latía ligeramente y sentía un suave calorcillo que se acentuaba con el roce de las nalgas. No veía el momento de regresar y repetir esta maravillosa experiencia.

Espero que este relato los haya calentado y, si les parece, pueden enviar algún comentario a: POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

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