Era una tarde ventosa de invierno cuando el micro arribó por
fin a la terminal de Bariloche; de allí descendieron Greta y Joaquín, que fueron
recibidos por una ráfaga de viento helado que les quitó la respiración unos
segundos y les obligó a subirse hasta las orejas las solapas de sus pesados
abrigos. Se echaron al hombro el poco equipaje que habían traído consigo y
cogieron el primer taxi que encontraron a mano.
Escasa media hora después estaban cómodamente instalados en
una pequeña y confortable cabaña de las afueras de la ciudad ya más ligeros de
ropas y sentados, muy juntos uno al lado del otro mirando distraídamente las
llamas que ascendían del hogar y con la mente distraída con el crepitar de los
leños, mientras se calentaban los pies y se frotaban las manos con frenesí.
Fuera seguía el viento pero se había agregado una nueva inclemencia del clima:
la nieve, cuyos copos blancos, impulsados por la ventisca, golpeaban con fuerza
contra los cristales
Joaquín acercó lentamente su boca a la oreja de Greta, una de
esas orejas pequeñitas y adorables y con su lengua tensa, fría y húmeda, como si
de un pincel se tratara, comenzó a dibujar círculos alrededor del lóbulo; de
reojo la observaba: los hermosos ojos esmeralda de ella estaban ahora cubiertos
por sus párpados finos y por entre sus labios asomaba la punta de la lengua, una
lengua rojísima y que, sabía por experiencia, era capaz de convertir en realidad
cualquier fantasía que un hombre pudiese tener.
El pecho de Greta subía y bajaba con la excitante relajación
que produce un estímulo sutil. Joaquín tomó la mano de ella y se la llevó hacia
abajo, hacia su bragueta y le hizo que le acariciase el miembro por debajo de la
tela del jean. Greta dejaba hacer, le encantaba que la lleven.
Joaquín, por su parte, estaba particularmente embriagado por
aquél perfume que se había puesto esa vez y que le penetraba por la nariz
directamente al cerebro. Era una rara combinación de fragancias que le hacía
dirigir su mirada, sin saber por qué, a su cuello esbelto.
Deslizó su mano hacia abajo, se desabrochó el cierre del
pantalón y sacó su miembro completamente tieso mientras con voz trémula de deseo
le pedía que se lo chupara. Las pupilas verdes de Greta y semejaban despedir
invisibles llamas de deseo, sensación ésta última que era acentuada por lo
inusualmente oscuro de su cabello que le caía demasiado lacio y como pegado a
los costados de la cabeza y que llegaban hasta la mitad de la cintura.
La mano delgada de la morocha, iba de un extremo al otro del
pene de Joaquín. Se inclinó y entrecerrando los ojos abrió la boca y se lo
introdujo. Primero empezó dedicándole las más dulces caricias de las que una
mujer es capaz de prodigar con sus labios a un glande terso y duro, rozándolo
con suma delicadeza. Segundos después entraba y salía rítmicamente por entre
aquellos labios rosados. Poco a poco cada vez fue mayor la porción de falo que
iba introduciendo dentro de su cavidad bucal.
Ambos comenzaron a tener calor muy pronto dado que no se
habían apartado aún del fuego del hogar, así que la ropa se fue tornando algo
molesta. Greta, sin abandonar la tarea a la que estaba aplicada con especial
esmero, se las arregló con la ayuda de su amante para desnudarse. Joaquín se
removía en el sillón con cada nueva recorrida que emprendía la ardiente lengua
de ella; recorría cada centímetro de su verga bajando lentamente hasta los
testículos para luego volver a subir, en el camino la carnosa y caliente lengua
prodigaba las lamidas más eróticas que pudiera imaginarse.
Lentamente y con sus ojos verdes clavados en los ojos oscuros
de él se incorporó y se paró de espaldas a Joaquín. Tenía un trasero realmente
muy bonito, con unas nalgas estrechas aunque no tan firmes; el hecho de tener
una cintura diminuta le daba un mayor realce y belleza a aquél culo que en
conjunto era bastante apetecible. Por otro lado, sus encantos aumentaban por el
hecho de ser bastante menuda en lo que a contextura física se refiere. En
resumidas cuentas, exhalaba erotismo.
Juntó sus manos por encima de su cabeza y empezó en el lugar
una especie de baile en el cual hacia cimbrear todo su cuerpo pero en particular
su hermoso culo. Ora lo acercaba ora lo alejaba armónicamente de aquél ansioso
pene, acercándose tanto algunas veces hasta llegar a rozarlo con sus nalgas
suaves.
Muy pronto las manos de Joaquín parecieron cobrar vida propia
y, sin poder contenerse, se aferraron a la estrecha cintura de la diminuta
morocha, atrayéndola hacia sí; los pulgares casi se tocaban por detrás de su
talle. Ella no opuso la más mínima resistencia hasta que por fin los labios de
su vagina entraron en contacto con la cabeza gruesa del miembro de Joaquín;
entonces, y sin ayuda alguna de las manos sino que solamente con la descripción
de un único círculo con las caderas logró introducirla por completo dentro de la
cavidad vaginal.
Se echó hacia atrás apoyándose en el lampiño pecho de
Joaquín, cubriéndole la cara con su pelo aromatizado con algas, y comenzó un
sube y baja frenético; aquella vara erecta y húmeda de carne entraba y salía
íntegramente de su ser provocándole profundos espasmos de placer y arrancándole
prolongados gemidos. Dejaba caer su cabeza a un lado u otro abandonándose al
intenso placer que sentía.
Por su parte, Joaquín se ocupaba ahora de los pechos de la
hermosa mujer que lo estaba cabalgando, los estiraba suavemente con dos dedos y
luego los soltaba solo para volverlos a tomar. Tenía dos pechos preciosos aunque
más bien discretos, pequeños, pero de pezones de una tonalidad rosada inusual y
la piel que los recubría era las más suave y tersa que nunca haya tenido debajo
de sus dedos.
El movimiento era ahora mas lento, mas acompasado y por
momentos Greta quedaba sentada sobre su amante sintiéndolo todo dentro suyo y
entonces volvía a los movimientos circulares, reminiscencia de los años de
practicar danzas árabes, que hacían que él sintiese cada centímetro de su
interior húmedo y caliente.
Se incorporó muy despacio y sin dejar de gemir, como si con
cada fibra de su ser estuviera sintiendo como su vagina se iba descomprimiendo
con la salida de su huésped.
Se volteó de cara a Joaquín, que la contemplaba transido de
placer, para subirse a horcajadas de él, pero éste le pidió con voz trémula que
se la chupara, que estaba haciendo desde hacia un buen rato grandes esfuerzos
por no acabar.
La ardiente morocha se arrodilló, la cogió con la mano
derecha e inclinándose metió dentro de su boca la mayor porción de verga de la
que fue capaz. La cabeza de cabellos color de ébano se movía rítmicamente hacia
arriba y hacia abajo arrancándole gemidos al macho que estaba atendiendo; la
lengua roja como la sangre se entretenía en la punta del glande y pugnaba
vanamente por introducirse en el pequeño orificio de la punta.
Sin embargo, en uno de estos jugueteos, Joaquín exhaló un
profundo quejido y la legua del color de bromuro de Greta quedó en un santiamén
teñida de blanco a causa de la gran cantidad de semen que saliera despedida en
un fortísimo chorro de esa polla durísima; la mano derecha de ella subía y
bajaba mientras que el esperma que seguía saliendo a borbotones era esparcido a
lo largo de todo el miembro por la lengua ya blanquecina e insaciable de la
hembra. Una última gota que parecía haberse retrasado quedó, brillante como una
perla a la los rayos de sol saca destellos, sobre la cabeza del pene; Greta la
tomó con su lengua y con ojos maliciosos se la enseñaba a su amante unos
segundos y luego la guardaba para sí dentro de su lasciva boca.
Unos momentos después Greta aún seguía sin vestirse mientras
tomaban unos whiskies. Sin embargo, en ese instante unas voces se escucharon del
otro lado de la puerta de entrada de la cabaña; eran dos voces masculinas. Salió
corriendo hacia uno de los cuartos porque había reconocido sin esfuerzo una de
las voces: era su NOVIO.
Las bromas y chanzas que se hacían le dieron el tiempo
suficiente para que pudiera vestirse de tal que cuando Nicolás y el otro
muchacho entraban a la cabaña ella salía al mismo tiempo de la habitación. Se
saludaron como lo hacen dos novios que están juntos desde hace bastante tiempo y
luego pasó a presentarle al desconocido que había venido con él: era un muy buen
amigo con el que había hecho una apuesta que no pensaba perder por ningún
motivo, si ella lo ayudaba claro estaba.
Nicolás era un muchacho rubio de 25 años (solo dos más que
Greta) rubio y delgado, era más bien extrovertido y de mirada franca y amable en
sus ojos verdes. Su amigo se llamaba Leandro, tenía el pelo castaño un poco
largo y sus facciones no eran precisamente de las mas agraciadas aunque tampoco
era feo, tenía modales cordiales y una voz gruesa acariciadora que de seguro
sabría utilizar muy bien a la hora de seducir a una dama.
Por su parte, Greta les presentó a Joaquín a ambos como si
fuera un primo con el que se conocía prácticamente de toda la vida. Nicolás lo
saludo observándolo con una mirada cargada de una extraña mezcla de ironía y
lujuria.
Y es que si bien Nicolás y Greta eran formalmente novios
desde hacía aproximadamente un año, ambos eran muy liberales y aceptaban sin
mayores inconvenientes que su pareja realizase exploraciones sexuales con
terceras personas. Por su parte, Nicolás había traído a Leandro allí a causa,
como se lo adelantara ya a Greta, de una apuesta que los dos habían celebrado:
Leandro había desafiado a su amigo a que no era lo suficientemente liberal en
sus costumbres como para permitir que él, Leandro, se acostase con su novia
oficiando Nicolás como intermediario, siempre y cuando Greta lo quisiese, por
supuesto. Por esta razón es que cuando Leandro vio a Joaquín en la cabaña pensó
que irremediablemente se le había aguado la fiesta que había planeado.
Ya había caído la noche y el clima en el exterior continuaba
muy frío y las fuertes ráfagas que cada tanto azotaban las ventanas hacían
temblar los cristales de la cabaña, cristales que por momentos se volvían
completamente blancos por la nieve que caía y era empujada con fuerza contra las
ellos. Todo esto contrastaba increíblemente con el clima diáfano que reinaba
dentro, en la sala de estar. La única música que allí se escuchaba eran las
risas de los cuatro que no paraban de contarse anécdotas y ocurrencias mientras
se calentaban el cuerpo con un buen cognac.
Greta fue en la primera en que se hicieron notar los efectos
del alcohol y tal echo se evidenciaba por estridentes risas y algunas gotas de
sudor que ya comenzaban a perlar su frente. Estaban sentados en corro delante
del fuego del hogar y ella se encontraba flanqueada a la izquierda por Leandro y
a la derecha por Nicolás mientras que Joaquín estaba un poco más alejado.
Producto de las frecuentes carcajadas se recostaba a veces en uno u otro hombro.
Joaquín estaba particularmente hipnotizado con la blancura de marfil de los
dientes de su amante. Los ojos de la sensual morocha resbalaban de uno a otro de
los tres hombres que con ella compartían aquella adorable reunión; en aquél
momento tenían el brillo especial, chispeante y que tan bien le sentaba, que da
el alcohol a los ojos y que en ella producía un fulgor como los destellos que
arrancan los rayos luminosos del sol cuando se reflejan sobre la superficie de
las aguas cristalinas del Caribe. En una palabra, estaba francamente
encantadora.
Joaquín estaba embelesado contemplándola. No pudo contenerse
por más tiempo y sus ojos cafés fueron bajando, mientras ellos seguían
charlando; recordaba cada centímetro de ese cuerpo sensual que tan bien conocía.
Se detuvo, como no podía ser de otra manera, en su entrepierna y notó que el
pijama de raso bordó que se había puesto a las apuradas estaba mojado, lo que
podía significar solo una cosa: no tenía nada debajo. Leandro, dándose cuenta de
lo callado que estaba el supuesto primo de Greta siguió con sus ojos la mirada
de él y dio con el mismo húmedo lugar. Este, bastante más desenfadado, y con la
anuencia otorgada por adelantado por Nicolás, se le acercó al oído para hacerle
un comentario divertido que concluyó en una fuerte carcajada de la morocha;
cuestión que Leandro no dejó pasar y al tiempo que se recostaba sobre ella,
deslizaba su mano izquierda entre las encantadoras piernas de la mujer. La fina
tela estaba realmente bastante húmeda ya.
Greta bajó los ojos con disimulo al sentir el contacto de la
mano pero decidió jugar un poco más así que hizo como si tal cosa. Ahora ya los
cuatro sudaban más tanto producto de la bebida como del calor del hogar como de
la excitación que iba in crescendo. Mientras afuera caía una lluvia copiosa,
adentro los tres varones se sacaban las camisas. La única que continuaba con lo
puesto (una polera de cuello alto de lana que fue lo primero que encontró para
aparecer vestida delante de un novio) era Greta y, la verdad sea dicha, ya no
aguantaba más. Nicolás la instaba a que se pusiera algo más cómoda mientras
tanto Leandro como Joaquín notaban como la mancha de su entrepierna iba
aumentando.
Joaquín tuvo una brillante ocurrencia que dadas las
circunstancias peculiares no dudó en proponer: con el fin de lograr que Greta se
aligerase un poco de ropa sería de gran ayuda que los tres se quedasen como Dios
los trajo al mundo. Pese a la insensatez de la propuesta, ésta fue acogida con
gran entusiasmo y como por encantamiento en menos de cinco segundos habían
volado pantalones, zapatos, botas y slips. Las pupilas brillantes de lascivia de
la morocha se deslizaban de uno a otro pedazo de carne. Las tres tenían lo suyo
pero, sin lugar a dudas, la palma se la llevaba este amigo que Nicolás había
traído, Leandro; calculaba que aquella vara debía medir no menos de veintidós
centímetros y era de un grosor asimismo considerable.
Este último pareció darse cuenta, echó una rápida ojeada a
Nicolás y como a éste le brillaran los ojos de manera increíble a causa de la
lujuria, la invitó a que se la acariciase allí mismo, delante de los otros.
Greta lo tomó con su mano izquierda y empezó a sobarlo
lentamente subiendo y bajándole la piel del prepucio. La otra mano la utilizó
con su novio en los mismos menesteres al tiempo que con una simple mirada invitó
a Joaquín a sumarse a la fiesta que estaba en ciernes. Su amante se puso de pie
como si se hubiera apretado un botón oculto y un resorte lo hubiera despedido
hacia delante, y se acercó a su rostro tanto más excitante ahora puesto que
estaba ansiosa por gozar como nunca antes gozara. La morocha adelantó un poco su
cabeza al tiempo que entreabría los labios, Joaquín no espero más y sirviéndose
de su pene como un a modo de cuña, se introdujo dentro de su boca. Greta
permanecía inmóvil dividiendo su atención en la tarea en las que tenía ocupadas
las manos; Joaquín era el que entraba y salía a voluntad de aquella tibia
cavidad bucal enmarcada por la hermosa cabellera azabache; sus ojos verdes
permanecían abiertos pero no miraban a ningún lado en especial.
Los tres miembros ya estaban completamente rígidos. Leandro y
Nicolás se pusieron de pie cada uno a uno de los lados de Joaquín ofreciéndole a
la diosa del deseo que tenían arrodillada a sus pies (y que aún, increíblemente,
permanecía vestida) sus miembros viriles. La entrepierna de la hembra estaba
completamente empapada, lo sentía con cada movimiento que hacía, dado que el
frío de la tela húmeda la hacía estremecer de placer al más ligero roce con la
parte interna de los muslos o con la vulva. Estudió lo que se le ofrecía a la
vista y se dejó llevar por el deseo y la curiosidad: se engulló el falo de
Leandro tanto cuanto le entró en la boca. La boca y la mano derecha de Greta se
deslizaban sobre la verga con una sincronización coreográfica para dar el mayor
placer posible con ese doble estímulo; el dueño del soberbio falo que estaba
siendo chupado y sobado en ese mismo instante contemplaba la acción con una
expresión de placer incomparable mientras con la mano apoyada en la cabeza de
ella presionaba hacia sí en la intención de que toda la longitud viril penetrase
entre esos carnosos labios sensuales.
Los otros dos machos, su novio y su amante, miraban la acción
y a ambos el corazón les latía con una fuerza increíble al ver la mamada que la
bella morocha estaba llevando a cabo, mientras sus respectivos miembros estaban
tiesos como garrotes. Nicolás fue quién primero tomó parte en la escena. Se puso
de cuclillas detrás de ella y poniendo sus manos en la tela bordó del pijama,
tiró lentamente hacía abajo. Greta, al percatarse de la intención de Nicolás lo
ayudó incorporándose con las piernas juntas y en un ángulo de noventa grados
para no apartar la boca de la tarea a la que estaba encomendada. Y es que nunca
había saboreado una verga tan sabrosa (y ella ya había tenido la oportunidad de
degustar bastantes), se deleitaba manteniendo el glande de Leandro dentro de la
boca y allí acariciarlo juguetonamente con la lengua hasta hacerlo estremecer de
placer, solo entonces volvía a chuparlo con fruición.
Joaquín por su parte y lejos de permanecer inactivo, le
deslizó una mano debajo de la polera multicolor que llevaba y, como bien intuyó,
no llevaba nada debajo; sus dedos buscaron ávidamente uno de sus pezones y
empezó a pellizcarlo primero y tirarlo para abajo después hasta que lo sintió
completamente duro; deslizó la otra mano debajo de la prenda y realizó idéntica
operación con el otro pezón. Sin abandonar la posición de agachado, recogió la
polera y se colocó debajo de ella y apretando con sus manos ambas tetas comenzó
a lamerlas y chupar aquellos timbres rígidos y dulces yendo y viniendo de uno al
otro con la avidez de un sediento que luego de días de calor abrasador se topa
inesperadamente con un paradisiaco oasis de aguas transparentes.
Nicolás, entre tanto, gozaba utilizando la colorada cabeza de
su pene a modo de cuchara sobre los labios de la vagina empapada de deseo de su
novia; subía y bajaba por toda la longitud de la abertura rosácea y mojada
deteniéndose especialmente en el botoncito de placer que era su clítoris.
Disfrutaba viendo como con cada nueva pasaba todo su cuerpo vibraba de placer y
pedía a gritos que la penetrase. Sin embargo, él retardaba tal deseo puesto que
lo que más le excitaba de ella era el hecho de verla llegar al momento en donde
todo su cuerpo no soporta un segundo más sin una polla dentro de su ser. Su
vagina, en aquél instante, había comenzado a dejar caer al suelo de madera
algunas gotitas de deseo que amenazaban con quemar el parqué.
La hembra, finalmente, no aguantó ya más tal agonía y
desembarazando su boca volteó hacia atrás y gimió un trémulo y agitado:
"ponémela ya, mi amor, por favor". No acabó de pronunciar las últimas palabras
cuando Nicolás, al verla al borde de la desesperación, apoyó su glande en la
puerta ardiente de su sexo y de una sola embestida se introdujo por completo
dentro de ella. Greta lanzó un agudísimo alarido de placer cuando sintió los
huevos de Nicolás golpeando furiosamente contra su clítoris, mientras sus uñas
se clavaban con fuerza en las caderas de Leandro. Este y Joaquín (que ya se
había puesto nuevamente de pie) la observaban gozar de esa manera mientras se
masturbaban lentamente, los ojos fijos en la hermosa cara de la morocha
transformada ahora por el disfrute del placer sexual.
Joaquín la tomó por los cabellos con firmeza pero no
rudamente y aprovechando un gemido que salía por entre sus labios que ya se
empezaban a entreabrir, se coló dentro de la boca caliente y lasciva de su
amante de una manera tan abrupta que a punto estuvo de ahogarla. Greta, por
segunda vez en el día se la mamaba, pero esta vez ella no hacía ningún esfuerzo
sino que el miembro de Joaquín entraba y salía de su boca a causa en parte de
las arremetidas de Nicolás y en parte de los embates de aquél que la obligaba a
tragarse una buena porción con gran riesgo de terminar sofocada. Leandro
observaba toda la acción con gran atención y placer tomando un pequeño respiro
puesto que la muy puta, con la chupada prolongada que le había prodigado a punto
estuvo de correrse.
Nicolás se retiro de detrás de su novia y con una mirada
inconfundible invitó a su amigo a que ocupase el lugar que él acababa de dejar
disponible. Leandro se acercó con paso lento y el mmiembro enhiesto y una vez en
posición apuntó su verga y la primera arremetida la hizo estremecer entera de
dolor a la jadeante morocha a causa de lo largo y grueso que era su instrumento;
sin embargo, no tuvo oportunidad de gritar dado que tenía en ese momento la boca
llena. Las arremetidas de aquél maravilloso falo eran realmente salvajes, Greta
pensó por unos segundos que en una u otra iba a desfallecer puesto que le
penetraba hasta lo más hondo de su ser. A pesar de todo, gozaba como loca,
estaba fuera de sí. El amigo de su novio no lo estaba menos puesto que sentía
como la cabeza extremadamente dura de su pene se deslizaba por las paredes
tersas e hirvientes de su vagina y con los dedos clavados en su cintura la
atraía hacia sí haciéndola explotar de placer y dolor simultáneamente. La
morocha ahora ocupaba sus labios en exhalar prolongados jadeos mientras sus
manos se aferraban a las nalgas de Joaquín. Este, mientras tanto, disfrutaba
pasando su verga completamente tiesa por el rostro terso de su amante. Nicolás
solo miraba. La estancia toda olía intensamente a sexo, a lujuria desenfrenada,
a placer sin límites. Los cuatro cuerpos sudaban profusamente, embriagando y
embotando los sentidos.
Las piernas así como la cintura se le habían empezado a
cansar de modo que se irguió, jadeando y gimiendo aún. Nicolás la miró
significativamente y se acostó sobre la alfombra color crema que estaba cerca de
la lumbre del hogar; tenía sus piernas abiertas y su novia se ubicó de rodillas
entre ellas y sin mas, inclinándose, comenzó a sobarle con una mano el miembro
mientras que la punta de la lengua jugueteaba sobre el único ojo de aquella
cabeza coloradota y regordeta.
Esta vez la retaguardia fue tomada por Joaquín, que se
introdujo violentamente en su vagina y embestía, se diría, que con inusual furia
que le hacía gritar de dolor y placer a un tiempo. Leandro, mientras tanto,
disfrutaba frotándole el clítoris con la yema del dedo mayor. Sin embargo fue un
poco mas lejos, y despacio, mientras Joaquín se sacudía dentro de ella, metió el
dedo, un dedo grueso y áspero, todo lo que pudo. Era encantador, ambos actuaban
coordinados y un dedo más, pensándolo bien no era tanto. Ese amigo que había
traído su novio era realmente fantástico: mientras gemía quedamente puesto que
no apartaba la lengua de la verga de Nicolás sintió que otro dedo más le era
introducido en el mismo lugar; y luego un tercer dedo que se movía rítmicamente
con el cipote de Joaquín. El dolor ahora sí comenzaba a ser más intenso. Joaquín
creyó percibirlo y se retiró, seguido por los dedos del acompañante, que parecía
con ganas de meter allí la mano entera.
Greta gateó unos pasos hacia delante y una vez tuvo su rostro
a la altura del de Nicolás y sus ojos verdes miraron los de él, se llevó una
mano hacia atrás y con habilidad consumada introdujo el pene de su novio dentro
de la vagina, ya a estas alturas bastante lubricada por cierto, y entonces
empezó su clásica cabalgata furiosa en la cual el pedazo de carne erecta entraba
y salía en toda su longitud. Leandro se volvió a colocar detrás de ella y apoyó
suavemente la gruesa cabeza de su tronco viril en la estrecha puerta del ano de
la increíble hembra que estaban gozando. Greta, por su parte, al darse cuenta de
las osadas intenciones que tenía el portador de semejante estandarte, se alarmó
y trató de zafarse. Sin embargo no pudo; puesto que Leandro la había cogido con
tal fuerza por la cintura que, prácticamente la había inmovilizado, y estaba en
ese mismo instante intentando vencer la resistencia que presentaba aquél
orificio pequeño.
Un grito agudo de dolor salió de entre los labios de la
hembra al tiempo que sus ojos esmeralda se abrían en demasía cuando el poderoso
glande se abrió paso hasta dentro de la cavidad anal. Una vez echo esto, comenzó
el clásico movimiento de vaivén y cada vez se introducía más y más en sus
entrañas. Leandro sentía que algo iba cediendo a medida que horadaba las
profundidades de este hermoso culo y esto lo acabó de enloquecer. Olvidó todo el
cuidado que había puesto para que no le doliese la penetración y de un solo
embate la empaló, literalmente, obligándola a lanzar un alarido de profundo
dolor. Sentía que dentro de ella algo se había desgarrado. Joaquín gozaba
enormemente contemplando la expresión de sufrimiento de su amante en ese
momento, con los ojos desencajados, y en terrible contraste la insensibilidad
del hombre que gozaba taladrándole el culo de esa manera y con semejante tarugo.
Estaba ido de gozo al sentir vibrar bajo sus manos aquél cuerpo menudo que con
cada metida se vibraba de dolor.
Ante esta visión, la del rostro de Greta cuando profería el
grito de dolor y pedía a voces que se la sacase, no pudo contenerse más y ahogó
aquellos gritos con su pene introduciéndolo casi por entero dentro de la boca;
ella cerró con fuerza los ojos haciéndose un poco hacía atrás porque esto le
produjo una pequeña arcada al chocar el glande contra la garganta. Joaquín tomó
por los costados la cabeza de la morocha y de esta manera todas sus entradas
estaban ocupadas, llenas.
Leandro desde hacía ya unos instantes estaba haciendo
esfuerzos titánicos para no acabar; gozaba como nunca antes observándola gemir
de dolor y placer mientras sus veintidós centímetros penetraban hasta lo más
hondo en ella; cada vez que sus huevos chocaban contra su concha le arrancaba un
nuevo gemido que lo enloquecía aún más. Joaquín sacó su pene de entre los labios
de la hembra y, haciéndolo hacia arriba, le ofreció sus testículos para que los
lamiese. La lengua caliente de Greta, entre jadeos y con ayuda de los embates
del novio y del excepcional amigo que había traído con él, resbalaba por la
adorable bolsita de piel que contenía aquél preciado tesoro; tuvo oportunidad de
hacerlo apenas dos o tres veces porque entonces un espeso y caliente chorro de
semen le cayó sobre la frente y se deslizaba por entre medio de los ojos cuando
una segunda descarga vino a caer en el mismo lugar. El líquido blanco y
brillante muy pronto llegó al labio superior, muy rojo y carnoso, en donde su
lengua lo atrapó con la rapidez de una serpiente que atrapa a un ratón que
desprevenido pasa cerca. Mientras, Joaquín trataba de estregarle hasta la última
gota del líquido seminal para que ella lo bebiera, la muy perra.
Casi en el mismo instante sintió las manos de Nicolás que se
crispaban sobre sus nalgas y luego su vagina completamente inundada por un
hirviente chorro de esperma tan abundante que le pareció que en caso de que
siguiese bombeando por allí la leche saldría por los costados del miembro. Le
encantaba sentir como la leche masculina recorría sus entrañas quemándola de
placer. Leandro continuaba perforándole la retaguardia y ella sentía, luego del
dolor atroz que había experimentado, un placer doble: el proporcionado cuando
era penetrada porque se sentía completamente llena y cuando se retiraba por el
alivio momentáneo que la descompresión le provocaba.
Finalmente extrajo en forma violenta su miembro del ano de
Greta y observó con exultante gozo que había quedado muy dilatado, se había
formado un a modo de cráter entre las dos nalgas. Se incorporó bufando
ruidosamente como si de un toro en celo se tratase mientras se masturbaba con
una mano. Greta comprendió que estaba por alcanzar el climax así que se
arrodilló delante de él y al tiempo que habría la boca todo lo que podía para
recibir gustosa sus jugos, alargaba su mano para acariciar ese precioso mástil
de carne para asistirlo en la tarea de desagote.
Sin embargo, Leandro le apoyó una mano en la frente y le echó
hacia atrás la cabeza abruptamente mientras apuntaba, con el apresuramiento del
caso, su verga hacia esos hermosos labios que aún permanecían abiertos. Unas
gotas de semen se derramaron antes de llegar y la morocha ardiente se apresuró a
estirar al máximo su lengua para evitar que se desperdiciase lo más mínimo. En
ese preciso instante Leandro disparó un fortísimo chorro de esperma que fue a
dar en su mayor parte contra el paladar para caer luego en la lengua roja y
caliente; el líquido parecía hervir y era muy espeso y dulzón. Igualmente fuerte
fue la segunda ráfaga de leche que esta vez se esparció íntegramente sobre la
lengua. El portador de aquél extraordinario garrote lo introdujo dentro de la
boca de Greta y mientras ella lo miraba directamente a los ojos con los suyos
sin perder la más ínfima expresión del éxtasis, el macho descargaba el resto de
la leche que aún le quedaba. La morocha, por su parte, tragaba tanto como podía
pero no tuvo más remedio que con la ayuda de la lengua desagotar parte del
precioso líquido por las comisuras: era demasiado para tragar.
Una vez vacíos los testículos de los tres hombres,
permanecieron desnudos bastante rato más y de tanto en tanto ella se divertía
llevándose uno u otro miembro a la boca en la espera de que alguno le regalase
un poco mas de amor a su sexo insaciable.
EPILOGO: el resto de las pequeña vacaciones las pasaron
fantásticamente los cuatro, en un perfecto ambiente de amistad y amor. Greta
recordó durante mucho tiempo después con particular encanto cuando subió al
micro que los traería de regreso a Buenos Aires; lo recordaba especialmente
porque hacía muchísimo frío y por lo tanto iban muy cargados de ropa pero a
pesar de eso, estaba muy excitada porque sentía que la puertita estrecha de su
ano le latía ligeramente y sentía un suave calorcillo que se acentuaba con el
roce de las nalgas. No veía el momento de regresar y repetir esta maravillosa
experiencia.
Espero que este relato los haya calentado y, si les parece,
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