Érase un rey que tuvo tres hijos. Como los tres hermanos
nacieran trillizos, toda la corte hacía conjeturas acerca de cuál había de ser
el heredero. Sin embargo, nada opinó el rey sobre este tema hasta el día en que
los tres príncipes cumplieron la mayoría de edad. Ese día su padre les hizo ir a
su presencia para hablarles muy seriamente:
- Hijos míos, ha llegado el momento de que toméis una esposa.
Sin embargo, he desconfiado siempre de los matrimonios que se basan en acuerdos
y alianzas, y prefiero confiar en vuestro buen entendimiento. Un hombre
inteligente hará mejor en escoger una buena esposa por sus virtudes y demostrar
así su sensatez. Salid a conocer mundo, buscad una esposa y aquel que haga la
mejor elección será mi sucesor.
De esta manera dio el rey por resuelta la harto problemática
cuestión sucesoria; además ya se sabe lo caprichosos que son los reyes de los
cuentos (y también los de verdad).
Los tres príncipes acataron la voluntad de sus padres y tras
despedirse de ellos y recibir su bendición, dejaron el palacio para buscar una
esposa. Cabalgaron juntos hasta que el camino los llevó a una encrucijada y allí
se desearon suerte antes de separarse.
El primero, después de recorrer una gran distancia, acabó por
perderse en un oscuro y silencioso bosque donde no había alma humana. El lugar
era inquietante y se sintió muy satisfecho de ver asomar el humo de una chimenea
por encima de las copas de los árboles. Siguió el rastro hasta dar con una
cabaña. Llamó a la puerta y una mujer de unos cuarenta años le abrió. Algo en
ella le produjo desconfianza a pesar de sus corteses palabras:
- Pasad, apuesto joven, y disfrutad esta noche del modesto
cobijo que puedo daros.
Entró en la humilde, pero no obstante acogedora, cabaña y vio
a una joven tejiendo sentada en una silla. Alzó un momento la cabeza para
mirarle y el príncipe la saludó sin que ella respondiera.
- Disculpadla: es mi hija y la pobre es muda de nacimiento –
aclaró la mujer.
No podía hablar y sin embargo sus hermosos ojos, grises como
las nubes cuando se avecina la lluvia en el cielo, fueron tan elocuentes como la
más viva de las lenguas. Maravillaron al príncipe no menos que sus cabellos
dorados hasta el cuello y su figura atractiva, que no por estar escondida bajos
pobres harapos cien veces remendados dejaron de atraer la atención del joven. De
hecho, él la miró de reojo y a menudo mientras se calentaron los tres alrededor
de la chimenea y cenaron luego una modesta sopa de cebolla.
El príncipe se retiró para dormir a la habitación que le
habían asignado. Pensaba en la hermosa muchacha y, ¡sorpresa!, encontró su
hermosa cabeza asomando por entre las sabanas y con una sonrisa inocente pero
insinuante. Quedó confuso e iba a retirarse, pensando que se había equivocado de
habitación, cuando entró la madre.
- Creo adivinar que os agrada mi hija. Es una muchacha muda
pero bella y con muchas cualidades, os lo aseguro.
- En verdad que no me atrevería a negaros que nunca había
visto una joven tan hermosa como vuestra hija...
- ¿Y no os gustaría entonces como esposa?
Dicho esto retiró la manta de la cama y descubrió el cuerpo
desnudo de su hija, acabando de dejar al muchacho completamente aturdido, como
si hubiera descubierto un tesoro y en cierto modo esos pechos redondos y de
pezones sonrosados, esa piel nívea que se adivinaba tan suave al tacto y tan
cálida en las fría noches del invierno, ese discreto y gracioso sexo poblado de
hilos de oro... todo esto era más valioso en ese momento para el príncipe que
cualquier tesoro que pudieran guardar los dragones en las entrañas de la tierra.
Deseaba una mujer rica y con títulos como correspondía a él,
un príncipe, pero tan poderosos argumentos le convencieron y no pensó en si era
la mujer que más agradaría a su padre o no: quería estar en esa cama con esa
joven y en ese momento, y pasar así la más fogosa de las noches.
- Sí, sí, vuestra hija será mi esposa.
Dicho esto fue a entrar en el lecho pero la buena señora le
detuvo:
- Mi hija es también una muchacha virtuosa y, desde luego,
doncella. Esperaréis a la noche de bodas.
- ¡Mujer malvada! ¿Cómo creéis que puedo soportar el fuego de
mi entrepierna?
- ¿En verdad sentís tal calentura? En ese caso quizás pueda
hacer algo por vos...
No añadió más sino que le cogió de la mano y lo llevó a su
habitación. El príncipe sentía una erección que había que desahogar como fuere y
cuando estuvo a solas con la mujer y en su habitación... Ella dejó caer su
vestido y quedó totalmente desnuda. No obstante, él apenas prestó atención a su
cuerpo porque la desnudez que deseaba era la de la hija. Empujó rudamente a la
madre hasta tenerla a cuatro patas sobre el lecho y metió su pene entre sus
piernas para arremeter contra su coño y desfogarse mientras pensaba en tan
hermosa y virginal criatura como aquella muchacha... La madre gemía salvajemente
de placer y él cerraba los ojos pensando que era la hija la que estaba bajo su
cuerpo. Ella gimió rudamente al final, cuando él derramó su semen en ella; y sin
embargo el príncipe no estaba satisfecho sino que tuvo que seguir aún un poco
más...
Despertó el príncipe a la mañana siguiente y aún le esperaba
una sorpresa mayor que todas las anteriores, porque se halló durmiendo sobre las
hojas del bosque. A un árbol estaba atado su caballo y enseguida se montó a él
para pasar los días buscando la cabaña sin encontrarla. Finalmente se cansó y
siguió con la búsqueda de una esposa.
Algo más tardó el segundo en encontrar el bosque misterioso
pero se perdió en él y también halló la cabaña. La madre le recibió y su hija
estaba allí para maravillarle con sus ojos y demás atractivos.
Al retirarse a dormir a su habitación encontró la misma
sorpresa que su hermano y no se sorprendió menos: ningún hombre hubiera quedado
indiferente a los encantos de la muchacha. Y de nuevo intervino la madre para
preguntarle.
- Desde luego que me haría muy dichoso tener la mano de
vuestra hija pero ahora... dejadme yacer con ella.
- Aguardaréis a la noche de bodas.
- ¿Cómo esperáis que pueda soportar este deseo hasta
entonces?
Y no dijo más, porque la opresión sobre sus calzones era tan
grande que sencillamente los aflojó y dejó su pene al descubierto y a la vista
de la muchacha. Ella lo miró con una sonrisa extraña a medida que se levantaba
hasta quedar totalmente derecho y apuntando a su cara. No sentía el príncipe
ningún pudor sino que le agradaba mucho que lo viera y de hecho no necesitó
estimularse para que la erección llegara al máximo grado. Deseó tanto que
aquellos labios rosados e inocentes besaran su pene y lo tragasen...
La madre adivinaba sus turbios pensamientos y se arrodilló
frente a él. No protestó cuando ella lo metió en su boca y lo movió al ritmo de
su cabeza mientras cogía sus testículos con una mano. Era tan insoportable y
deliciosa la excitación que se corrió dichoso y en su boca y espero luego a que
la madre acabara de dejar su pene seco con su hábil lengua.
Después el príncipe se durmió en su habitación y le ocurrió
de igual forma que a su hermano, pues al día siguiente dormía en el bosque y no
en la cabaña, que no encontró por mucho que la buscase.
Evidentemente el tercer príncipe se perdió también en el
mismo bosque, halló la misma cabaña y le recibió la misma mujer. Y sobre todo
estaba allí la misma joven, que le encantó como a sus hermanos.
No dejó de encontrar la misma encantadora sorpresa que ellos
a la hora de ir a su habitación. Eran sus curvas tan graciosas y apetecibles...
y él era joven y en absoluto hecho de piedra.
- Mirad a mi hija, ¿no es ciertamente bellísima? ¿No la
deseáis por esposa?
- Ciertamente que sí pero antes me gustaría saber qué piensa
ella.
El príncipe se inclinó para acercarse a la adorable cabeza de
ojos grises y cabellos rubios para preguntarle:
- ¿Os casaríais conmigo?
- Sí, acepto encantada.
Claro está que él esperaba un gesto y no la voz de una
muchacha muda. Retrocedió asustado y casi tropezó. Antes de que él dijera nada
ella volvió a hablarle:
- Tranquilizaos porque no soy realmente muda sino que sobre
mí pesaba una maldición. Yo era princesa y esa mujer no es mi madre sino mi tía,
que vivía con nosotros en palacio. Ella siempre ha sido muy habilidosa con las
artes mágicas pero me envidiaba por mi belleza y por eso siempre me decía que
todos los hombres eran igualmente despreciables. Como yo me negase a darle la
razón y esa envidia no hiciera sino crecer con el tiempo, lanzó un conjuro sobre
mí, de tal forma que no recuperaría la voz... hasta que un hombre me pidiese mi
opinión. Durante doscientos años muchos han pasado la noche en esta cabaña y han
aceptado tomarme como esposa y han deseado pasar la noche conmigo sin que
ninguno se interesara por lo que yo pudiera pensar.
La ahora princesa le sonrió feliz porque el maleficio quedaba
roto y estaba no menos enamorada del príncipe que él de ella.
- ¿No queréis pasar la noche conmigo? – le preguntó.
Huelga decir que él se sentía muy dichoso pero se negó a
consumar su unión antes de la noche de bodas. Ella le respondió:
- En verdad que sois gentil pero... ¿no creéis que he
esperado demasiado?
El príncipe tuvo que darle la razón porque doscientos años de
virginidad eran muchos años. Se dejó de historias y se desnudó.
La princesa le acogió con los brazos abiertos y él encontró
mucho calor en esos brazos y en su boca, y también en su sexo caliente y húmedo.
La piel era suave y los pezones erectos temblaban a su contacto porque a la
princesa le agradaban mucho las caricias que él le hacía con sus dedos, que la
tocaban ávidos pero delicadamente. Gimió suavemente cuando esos dedos se
humedecieron en su entrepierna y ella abrió las piernas para ofrecerle el abrigo
de sus muslos. El príncipe la montó entonces y no dejó de besarla desde los
pechos a la boca mientras ella gemía perdiendo la virginidad que ansiaba
entregar desde hacía tanto... Y cuando él llegó muy dentro de ella y la princesa
jadeaba ansiando el final, entonces se corrió abundantemente y acabó de gozar la
noche que tanto habían deseado sus hermanos y que habían perdido por su falta de
delicadeza.
A la mañana siguiente el príncipe se encontró en el mismo
lecho en que se había acostado y con la misma princesa completamente desnuda y
aun más bella a la luz del día.
La tía, que se había retirado a su cuarto, quiso
reconciliarse con la feliz pareja. Sus lágrimas apiadaron a la princesa y ella
le perdonó:
- Pensad que gracias a vuestra magia he encontrado a un
hombre admirable.
Se sentía sinceramente arrepentida y les regaló un frasco de
vidrio rojo que contenía un potente afrodisíaco, que ojalá no hubieran de
utilizar en muchos años. También habló con su sobrina a solas para regalarle
otro frasco de color azul... se trataba de un inhibidor sexual por si su futuro
marido tenía que ausentarse de palacio por largo tiempo, para que no se sintiera
tentado en esas ocasiones.
Luego de despedirse, príncipe y princesa volvieron a palacio
y allí se encontraron que los dos hermanos habían regresado antes. No obstante,
el rey había ordenado esperar hasta que volviera el tercero. Había amistad y
cariño entre los tres hermanos pero cuando ellos reconocieron a la muchacha que
tanto habían deseado del brazo de su hermano, surgió la envidia y se burlaron de
él.
Hay que decir que ambos habían encontrado también a sus
futuras esposas. La del primer hermano era la heredera de un rico ducado, si
bien poseía un carácter ácido y envidioso y no se podía decir que fuera muy
inteligente. El segundo hermano había traído a una mujer de caderas anchas y
pechos opulentos, de modales vulgares y tampoco muy lista. Le había agradado
mucho después de pasar con ella la noche en una taberna pero de esto no había
hablado...
Como los dos se burlaran de la novia de su hermano por su
pobreza y su presunto título de princesa intervino su padre:
- Realmente habéis olvidado el objetivo de vuestra misión,
pues yo os dije que mi sucesor sería aquel que me trajera a la mujer más
admirable. No me interesan los títulos ni herencias de vuestras prometidas... ni
tampoco su experiencia en la cama. Esto sólo os revela como a hombres
interesados únicamente en el placer y en las riquezas. En cambio vuestro hermano
ha encontrado a una mujer admirable.
Sintieron vergüenza los dos y pidieron perdón por sus
palabras. Quedó muy claro quién había de ser el sucesor y lo aceptaron.
La feliz pareja se casó con grandes festejos y se amaron
durante el resto de sus vidas (como en la vida real, ¿no?). El príncipe no sólo
la amaba sino que también escuchó siempre atento sus consejos. Y de esta forma
su reinado fue admirable y el pueblo llegó a apreciarla casi tanto como él.
Y por supuesto fueron felices y comieron perdices.