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La inolvidable primera vez con Nieves
Hetero: Primera vez- 2008-04-03 00:05:10
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Hola mi nombre es Edwin, tengo 24 años y vivo en Perú, en una provincia del interior llamada Trujillo, soy profesor de literatura, mido 1.72, soy robusto, tipo Max de la serie de televisión Roswell. Tengo buen cuerpo, mis rasgos físicos son duros. Tengo frente ancha, cabello negro lacio, cejas pobladas y ojos negros, mi mirada se parece un poco a la de Jack Nicholson, tengo la boca relativamente grande, labios gruesos y gesto adusto, nariz recta, siempre me dicen que tengo rostro de villano y que no aparento mi edad que me veo mayor. Partes de mi cuerpo que les agrada mucho a las mujeres son mis glúteos y mis pectorales grandes y bien marcados.

Esta página la he leido hace poco y me parece muy buena, así que he decidido escribir un relato para probar qué tal, y también a modo de ejercicio, porque estoy trabajando en una novela sobre mi primer amor mezclado con otros temas como la muerte y el olvido. Les dedico estas líneas con mucho cariño, espero que las disfruten. Si desean dirigirme alguna observación, crítica destructiva, constructiva, elogio o cualquier comentario, háganlo a esta dirección: POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO. Con gusto les responderé.

Este relato lo he titulado LA INOLVIDABLE PRIMERA VEZ CON NIEVES

En esa época yo tenía diecisiete años y andaba de enamorado con una chica de diecinueve años. Estábamos los dos en la misma clase de la universidad. Ella iba atrasada un año y yo adelantado uno. Yo había sido siempre hasta ese entonces un buen alumno. En general la gente piensa que los primeros alumnos llevan una vida monótona y aburrida, pero yo digo que no es cierto porque ser de los primeros alumnos no tiene que ser aburrido, a mí nunca me ha costado gran esfuerzo ni dedicación exclusiva.

Yo levanto la bandera de los primeros alumnos con espíritu jovial y aventurero, del estudio matizado con actividades más excitantes como el amor y el deporte. Ser buen estudiante, no lo duden, tiene ventajas. Por ejemplo, nunca faltan las chicas que necesitan tu ayuda y generalmente las más bonitas son las más haraganas. Uno solo debe saber aprovechar la situación y cobrarles caro el favor. Yo había conseguido así esta enamorada, que se llamaba Nieves. Me había buscado pocos días antes de fin de semestre para que yo hiciera su examen final de Introducción a las Ciencias Jurídicas. En el primer examen estaba jalada. Ahora necesitaba 15 puntos sobre 20 para pasar. Sabía que yo tenía la nota más alta en ese curso, por lo que me ofreció plata a cambio de la suplantación. Pero yo le sugerí que estudiara, le dije que yo le iba a ayudar sin cargo.

Como yo no cediera a su insistencia, aceptó mi propuesta. Nos reunimos varias veces en la sala de estudio de la facultad y le explicaba los temas del curso en forma sencilla y didáctica, que esa virtud siempre la he tenido. Me di cuenta que a parte de ser bonita era inteligente por la rapidez con que se aprendía las lecciones y las pertinentes observaciones que luego hacía de esos temas. Yo tenía planeado caerle después del examen, que sin duda ibamos a aprobar los dos. Ya había adelantado bastante la conquista, alabando su belleza constantemente con renovadas frases inspiradas e ingeniosas copiadas de los poetas clásicos. El punto débil de las mujeres es el oído. Y digo más, el oído es mejor vehículo para llegarle al alma a una mujer que la vista.

Yo tengo los rasgos faciales duros, y contextura robusta (mi mamá decía, riéndose de mí, que me parezco a Lou Ferrigno del increíble Haulk) y siempre he tenido jale con las chicas, pero no conquisté a Nieves por mi apariencia sino con el verbo. El tipo de chica que era Nieves es la típica señorita conciente de su belleza que, porque ha recibido demasiados halagos, se vuelve muy exigente y ve en la mayoría de los hombres, aunque le sean atractivos, prospectos inacabados de pareja porque a cada uno le encuentran siempre una cosa que le falta o le sobra para ser dignos de ellas. Así me veía Nieves, pues aunque yo le gustaba (como después me dijo) no terminaba de convencerse de que estaba a su altura. Ella era muy bella, una de las más codiciadas por los hombres en la facultad. Y a mí me desfavorecía mi edad y mi fama de chancón, eso me restaba bonos ante ella. Pero en lo físico ella no se podía quejar, porque era (aún soy) musculoso y tenía el cuerpo bien proporcionado y atractivo. Sin embargo me llamaba "chibolo". Se reía de mis piropos y halagos, pero como eran diferentes a los que comunmente le decían y yo se los decía con tanta frecuencia y delicadeza, al final hicieron efecto en su sensibilidad y me gané su cariño y aceptó ser mi enamorada incluso antes del examen.

Por las fechas en que tiene lugar mi relato, Nieves había viajado por vacaciones de medio año a reunirse con su mamá, que vivía en Piura. Este viaje venía apenas después de poco más de una semana que llevábamos de enamorados. Me había dado con fuerza el camote por ella y su viaje no había hecho más que aumentar ese cariño. Porque como es sabido, el deseo de las personas crece y se intensifica doblemente cuando recae sobre una cosa prohibida o cuya posesión enfrenta dificultades como la distancia, la familia, etc. Me envió una carta cariñosa y una postal desde Piura anunciándome el día y hora de su llegada. Fui a esperarla al terminal del autobús. A las dos horas de retraso, la Administración del transporte informó que el bus había sufrido un accidente en el camino.

Dos personas fallecidas y varios heridos. Esperé todavía un rato más. Como no había nuevas noticias y corría la voz de que los heridos iban a ser transportados a la ciudad en cualquier vehículo disponible según la urgencia de las heridas, me fui a casa a escuchar por la radio nuevos informes desde el hospital o la carretera y también para estar al teléfono por si ella llamaba.

Sonó el teléfono a las dos de la mañana, era ella. Con una voz apagada y cansada, me dijo que estaba bien, que había salido completamente ilesa del accidente, que había sido el susto de su vida, que había pensado que iba a morir. Llamaba desde su casa, sus padres estabana aliviados y cansados. Quedamos en vernos al día siguiente.

Vino a mi casa a las diez de la mañana. No había nadie en casa, excepto mi abuela de setenticinco años que apenas se levantaba de su vieja silla para ir al baño. La hice pasar a la sala y me contó cómo había salido de Piura con la ilusión de verme al llegar. Me mostró una artesanía piurana que representaba un ave: "lo compré para ti, es tuyo". Le agradecí con un beso en la boca. Me retribuyó el beso con avidez nueva en ella. Me narró el momento del accidente.

El líquido de freno del bus se había vaceado y el chofer con las justas había logrado controlar el vehículo para evitar que cayera a un barranco, pero en la maniobra se había ido contra unas rocas al borde de la carretera a tal velocidad que todos habían salido volando de sus asientos. En esos momentos ella había visto su vida ante sus ojos: las cosas bonitas que le habían pasado, recuerdos de niñez y también cosas feas, todo en un par de segundos. Había pensado en el tiempo que había desperdiciado en actividades vacías e inútiles y le había pedido a Dios, en quien no creía, que le permitiera sobrevivir para vivir en adelante intensamente.

Fue un momento intenso. Creo que ambos sentimos a la vez ternura y excitación. "Te juro que siento una inmensa alegría de estar viva". "yo estaba angustiado", le dije mirándole a los ojos. Nos besamos con creciente pasión. Ella dijo: "hazme el amor".

Me besó lujuriosamente montándose sobre mí que estaba sentado en el sofá. Luego se paró frente a mí y sin quitarme la vista se quitó la blusa y el sostén. Sus hermosos senos quedaron frente a mí en una invitación a acariciarlos. Eso fue lo que hice. Era la primera vez que ella me dejaba tocarlos directamente, sin el estorbo de la ropa. Le lamí los pesones delicadamente mientras ella respiraba trabajosamente con los ojos cerrados.

Me bajé el pantalón, me senté en el sofá y cogí su mano y la guié hacia mi miembro erecto y duro: "Mira cómo me pones", le dije. Ella lo acarició y le dio unos jalones con la mano: "¿porque no me dijiste que eras aventajado?", dijo sonriendo. Luego se agachó y se la metió en la boca.

Comenzó a mamármela lentamente. Rodeaba mi miembro con sus labios (suaves, tibios y húmedos) y movía la cabeza hacia adelante y hacia atrás, mientras con la lengua le daba como brochazos al glande. Mi miembro desaparecía entre sus labios y luego aparecía ,empapado en su saliva, decapitado, pues ella mantenía el glande dentro de su boca. Me lamió la piel de las bolas, se metió un testículo en la boca y lo chupó suavecito, haciéndome escapar un jadeo involuntario: "Ahh". Mientras me la chupaba, con sus manos me acariciaba los muslos y los pectorales. Yo hundí mis dedos en su cabello y comencé a marcarle el ritmo de la mamada. La estaba cogiendo por la boca.

Me puse de pie sin quitar mi pene de su boca. Quise metérsela toda y con las dos manos tomé su cabeza y la apreté contra mi virilidad. Su rostro delataba el esfuerzo que hacía para acoger en toda su longitud mi miembro. Una corriente de excitación me atravesó la espina dorsal desde la nuca hasta el culo y comencé a embestir su boca con movimientos cortos y veloces como de conejo. Ella cerró los ojos y apretó los labios.

Qué gusto. Si seguía así un minuto más, me habría venido en su boca. "no te aceleres tanto, amor", dijo ella sacándose mi miembro de la boca. Me volvió a chupar los huevos, uno después de otro para luego erguirse y buscar mis labios. La besé y sentí en su boca el sabor de mi pene. Fue un beso prolongado y hambriento.

Nuestras lenguas se enredaban ansiosamente, como si quisiéramos lamernos hasta el alma. Le acaricié la entrepierna sin parar el beso, al contacto de mis dedos se estremeció todo su cuerpo y cerró los ojos complacida, sus labios vaginales chorreaban como un coco partido sobre mis dedos. Ella en respuesta me sujetó del miembro con rudeza y me masturbó con movimientos fuertes, lentos y prolongados. "me excitas tanto", susurró sin poder contenerse más: "métemela", y acompañando la acción a sus palabras me dio la espalda y se agachó lentamente, levantando su culo frente a mis ojos. Separó las piernas un poco y se puso de puntillas. Al pensar que iba a poseer ese hermoso culo me recorrió el cuerpo un escalofrío delicioso cuyo epicentro era mi verga. SAbía que ella anhelaba que yo la penetrara y para aumentar su deseo me tomé mi tiempo. "métemela yaaa" dijo impaciente.

Doblé un poco las rodillas para que mi miembro quedara frente a su vagina, lo cogí con una mano y lo guié a la entrada de su sexo, pero sin metérsela toda, solo la punta. Sus fluidos empaparon la cabeza de mi pene. Ella soltó un suspiro y fue empujando sus caderas hacia atrás suavemente hasta que me hundí por completo dentro de su cuerpo: "Ahhh", gimió. Sus húmedas paredes interiores abrazaban mi pene fuertemente mientras ella iba de adelante para atrás y viceversa. Yo veía mi verga sumergirse y emerger en medio de sus nalgas hermosas. Me sentía dichoso.

Nunca me había tirado un lomo así. No pude contener más mi excitación y la tomé de las caderas y la atraje contra mí hundiéndole mi pene hasta el fondo, y así segui frenéticamente. Golpeaba con mi cuerpo sus nalgas, las cuales a cada embestida saltaban como olas: clap, clap, clap. Ella aumentó el volumen de sus gemidos. Se dio cuenta que si seguía así me iba a venir demasiado pronto y haciendo un esfuerzo para contener los aullidos de placer, dijo : "Dámela más despacio". Yo bajé el ritmo poco a poco hasta llegar a una cadencia de una embestida cada dos segundos. Su respiración también se fue desacelerando. "¿Así?", le dije. "Sí, así, no pares. Húndemela hasta el fondo".

Yo evitaba mirar mi pene entrando y saliendo de su cuerpo porque la excitación me hubiera hecho eyacular. Cerré los ojos y me detuve. Entonces fue ella quien comenzó a moverse. Al rato dijo "¿te gusta?". "Sí". "Ahora me toca a mí", dijo y con un movimiento rápido interrumpió la penetración, se sentó en el sofá y abrió las piernas. "hazme la sopa", dijo: Yo me ubiqué de rodillas en el suelo frente a ella e incliné mi cabeza hasta tocar con mi lengua sus labios vaginales. "Ahh, sí, así". Su sexo chorreaba debajo de mi boca y mojaba con sus fluidos mis labios y mis mejillas. Paseaba mi lengua por sus labios externos suavemente para luego hundirsela y batirla como el ala de un picaflor, con lo cual ella gemía limpiamente, sin contenerse nada, y soltando suspiros de placer profundos como mugidos.

Me tomó la cabeza y la apretó contra su entrepierna al tiempo que arqueaba la espalda y adelantaba las caderas en un movimiento involuntario producto del placer que gozaba. Para no perder el contacto de su vagina, la sujeté de las caderas desde abajo, manteniendo mi lengua dentro de su cuerpo y lamiendo frenéticamente. Ella cerraba los ojos en una expresión de placer tan intenso que ya parecía locura, respiraba, entre jadeos, con la boca bien abierta. Así estuvimos aproximadamente dos minutos: ella retorciéndose como una lombriz expuesta al sol y pugnando por hundirme más su vagina en la boca y yo sujetándola para seguir con mi lengua dentro de ella lamiéndole el conejito furiosamente y sin tregua.

Hasta que sus gemidos se convirtieron en gritos: "Ahhhhhhh, métemela más hondo. Mierda...!!!!!". En medio de convulsiones desaforadas y descontrolados movimientos de caderas, se corrió en una explosión de fluidos que brotaron a chorros sobre mi rostro, empapando mi pecho, mis brazos, el sofá y formando un charco caliente sobre el suelo. Yo seguí estimulando con dos dedos su vagina y su clítoris hasta que soltó el último chorro de una corrida como pocas he presenciado. Me miró con un resto de deseo y con una mezcla de ternura y gratitud, sudaba. Parecía una yegua de pura sangre que después de una carrera vuelve a la calma y al descanso. Nos besamos en la boca suavemente.

Cogí su cabeza y la guié hacia mi pene: "chúpalo". Ella obedeció. Pero era claro que sus arrestos sexuales habían menguado tras su primer orgasmo. Para encenderla de nuevo le hablé: "preciosa, cométela toda, amor". "Me tienes loco, eres tan bella, una diosa hecha mujer". La excité un poco porque me empujó con delicadeza haciéndome acostar en el sofá. Mi miembro quedó apuntando al cielo como una rígida asta palpitante y brillante (por la saliva). Lo cogió con una mano y se montó sobre él. Fue doblando lentamente las rodillas mientras su vagina lo devoraba milímetro a milímetro. "ooohhhh... ¡qué duro estás!", dijo extasiada. Mi miembro quedó todo dentro de ella, sus nalgas descansaron sobre mis muslos. Entonces comenzó a retirarse con la misma lentitud. "Te voy a hacer gozar como nunca", dijo. "quiero ver". Le dije acariciándole la cintura, los senos, la espalda.

Comenzó a moverse de arriba a abajo lentamente. Mi pene resbalaba entrando y saliendo de su vagina caliente y húmeda. Ella empujó sus caderas con fuerza contra mi entrepierna haciendome llegar a lo más profundo de su vientre. "Se siente tan bien cuando me penetras". Aceleró el ritmo de sus movimientos de caderas. Sin parar de moverse se inclinó para besarme, nuestras lenguas se enredaron ansiosamente.

Me tragaba su saliva con avidez. No pude contenerme más y la empujé a un lado y poniéndome de pie le acerque mi pene a la cara. Ella me lo chupó ansiosamente hasta que exploté entre gritos de placer: "Ahhhh!!!!", brotó mi semen en varios chorros sobre su cara y sobre sus senos.

Nos recostamos en el sofá juntos. Yo la abrazaba y ella apoyaba la cabeza en mi pecho. Al rato nos vestimos y salimos de mi casa. Esa fue la primera vez que hicimos el amor. Luego lo volvimos a hacer varias veces. Pero la que más recuerdo es esa primera vez. Tal vez porque ella estuvo apasionada debido a su experiencia tan cercana a la muerte o quizá precisamente por ser la primera vez.

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