LA INDIFERENCIA DE JEAN
Como la indiferencia puede producir una pasión sin límites, y
ser una efectiva motivación para una relación ideal
Mi nombre es Rodrigo, tengo 32 años y soy arquitecto me va
bastante bien en mi profesión. Mi vida privada tine un gran secreto que muy
pocos conocen: soy una travesti de closet. O por lo menos lo fui durante mucho
tiempo. En esos círculos cerrado me conocen por Andrea. Desde pequeño podría
decir que fui distinto a los demás niños de mi edad. Mis gustos no eran para
nada compatibles con ellos y es justamente por esa incomprensión que sufrí mucho
y soy muy cuidadosa con mi secretito. Mi cuerpo es bastante agradable, lo cuido
mucho y evito caer en excesos. Soy prácticamenta lampiño lo cual me favorece
mucho. Mi rostro es algo indeterminado, más femenino que otra cosa. poseo un
buen trasero, bien formado y unas piernas que no tienen nada que envidiar a
cualquier mujer.
Como les decía antes mis gustos eran distintos, mientras mis
amigos se masturbaban viendo mujere del Play Boy yo lo hacía con fotos de
hombres hermosos y musculosos. Las mujeres sólo ma atraían como amigas y para
aprender a comportarme como ellas. A pesar de los sufrimeintos que me acarreaba,
me gustaba mucho ir a las duchas después de la hora de gimnasia, ya que podía
ver disimuladamente a mis compañeros desnudos, algunos con unos cuerpos
maravillosos. de pronto podía ver a alguno con su pija bien parada y echaba a
correr mi imaginación. Se reían de mí, me decía la señorita o la princesita. Más
de alguno me tenía ganas, pero jamás se atrevieron a hacer algo. A lo más un
agarrón o una palmadita en las nalgas.
Así fui creciendo y mis impulsos sexuales se sentían atraídos
cada vez más hacia mi mismo sexo. No sabía cómo enfrentarlo o asumirlo. Ingresé
a la Universidad sin tener ninguna experiencia sexual. Las mujeres, como dije,
no me interesaban, pero habían algunos chicos que me traían de los cabellos,
pero siempre tuve miedo al rechazo, ya que no sabía cómo insinuarme. Así que me
limitaba a masturbarme e introducirme objetos por el culo a fin de imaginar que
era penetrada por algún macho. Me gardué con honores en la Universidad, fui el
mejor de mi promoción, así que casi inmediatamente conseguí un buen empleo, muy
lucrativo y me independicé de mi familia yendo a vivir a la Capital, donde
arriendo un departamento central muy amplio y hermoso. Allé en mi soledad daba
pasos a mis fantasías navegando por Internet, cateando en forma erótica con
algunos y mirando hermosos ejemplares de hombres desnudos con sus pijas
maravillosas.
Un día que andaba por el centro pasó por una tiende de
lencería, los maniquies se veían preciosos con esas ropas que usan las mujeres.
Había un conjunto rojo que me llamó muchola atención por su belleza. Una
tanguita muy breve, que por la parte de atrás sólo era un elástico. Unos
sostenedores preciosos y un liguero haciendo juego. No sé explicar lo que me
sucedió pero entre y haciendo caso omiso de los prejuicios lo compre junto con
un par de medias que le hacían juego. La excusa fue que lo quería para regalar a
mi novia. Una vez que llegué al departamento me quité la ropa más que
rápidamente y primero me coloqué la tanga. Sentir la suavidad de la prenda, como
que acariciaba mi piel, y el elástico metidito dentro de mis nalgas hizo que me
excitara profundamente. En ese momento estaba naciendo Andrea. Me miraba en el
espejo con mi tanga puesta y me encontraba maravillosa, deliciosamente mujer. Y
aunque faltaba mucho para llegar a serlo, me veía bastante bien. Mirándome en el
espejo posaba como las modelos de las revistas y acariciaba mi cuerpo y me
pasaba la mano por mi sexo por sobre la tanga. después me coloqué el sostenedor,
no tenía tetas así que lo acomodé colocándoles unos pañuelos. Ya era el colmo,
me imaginaba con un par de tetas. Depues me puse el liguero y cuando me ponía
las medias y sentis su suavidad en mi piel ya estaba como una verdadera yegua.
Sentir el roce de mis piernas con esas maravillas puestas. Envidiaba a las
mujeres por tener esas sensaciones maravillosas todos los día.
No pude más y me masturbé colocándome una vela en el culo
para tener la sensación de ser penetrada. Ya el dique había sido desbordado. A
partir de ese momento una de mis aficiones era comprar ropa de mujer para
vestirme en la intimidad de mi departamento. Llegué hasta el extremo de tener el
cuádruple de ropa femenina que la de hombre. Ya me había hecho amiga de un
vendedora. Como era muy perspicaz ya no me creía que tanta ropa podía ser para
mi novia, así que una ocasión le confesé mi secreto que prometió guardar
celosamente. No se podía dar el lujo de perderme como cliente. Inclusive me
ofreció su ayuda para enseñarme algunas cosas respecto a belleza y maquillaje,
cosa que acepté con mucho gusto. Acudió varias veces y como era buena alumna
aprendí rápidamente, inclusive fui donde un médico, el cual con un generoso
pago, me dio un tratamiento de hormanas para los pechos y suavizar más mis
rasgos. De esa manera agrecué a mis compras cosméticos y toda clase de cremas de
belleza. Varias pelucas de diversos colores y estilos. Así una noche era una
puta, la otra una colegiala o una secretaria, en fin eso dependía de mi estado
de ánimo e imaginación.
Un día llegó a la compañía donde trabajaba un arquitecto
recién egresado. era alto, muy varonil, del tipo deportista, musculoso,
simpático. Tenía a todas las mujeres calientes detrás de él. Pero ni siquiera se
dignaba a mirarlas. Tendría unos seis años menos que yo. También me sentía, al
igual que las mujeres, babosa por él. Para suerte mía su escritorio quedaba
frente al mío. Asi que lo tenía a la vista casi todo el día. Yo lo miraba
disimuladamente, y cada vez me sentía más atraída por él. Imaginaba lo hermoso
que sería besar su pecho, sentir sus brazos rodeándome y jurándome amor eterno.
Como nuestro trabajo nos obligaba a trabajar en equipo nuestra relación se fue
acentuando de a poco hasta convertirnos en amigos. Jamás me atreví a hacerle la
insinuación más mínima. Tenía temor de botar todo por la borda, mi trabajo, la
vergüenza, en fin todo.
Un día viernes, cuando ya estábamos por salir del trabajo le
pregunté qué haría el fin de semana. Me contestó que no tenía nada planificado.
Además no conocía todavía muy bien la ciudad. Que tenía deseos de ir a un baño
turco, peo no sabpia bien dónde y me preguntó si le ´podía recomendar alguno. Le
di varias posibilidades. Me agradeció y me dijo que por qué no íbamos juntos,
así era más entretenido tener a alguien con quien poder conversar. Antes que
terminara ya estaba aceptando su propuesta. quedé en pasarlo a recoger a eso de
las tres en su casa. Me dio la dirección y nos depedimos hasta el día siguiente.
Cuando llegué a mi casa, Andrea apareció más esplendorosa que
nunca, y me masturbe como tres veces pensando en Jean. Al día siguiente, parecía
que la mañana no pasaba nunca. A eso de las dos y cuarto me subí al carro para
ir a recogerlo. Llegué poco antes de las tres. Bajó con un maletín de manos unos
jeans ajustados a su cuerpo que no podían disimular su paquete, que se notaba
muy generoso. Arriba una remera que dejaba al descubierto sus hombros, y su
pecho fuerte y musculoso. Con una gafas para el sol que le quedaban de
maravilla. era un verdero modelo. Con ese cuerpo no entendía cómo no estaba
rodeado de mujeres. Nos saludamos. Y directo al baño turco. Nos pasaron las
toallas y las sandalias. Nos dirigimos a los camarines que eran individuales. Me
cubrí con la toalla ajustándomela en la cintura. El tratamiento de hormonas
estaba comenzando a dar resultados. Mi piel estaba muy suave y mis pechos
comenzaban a aflorar tímidamente.
Finalmente salió Jean. Los ojos casi se me salieron. Se había
puesto la toalla, pero la más pequeña que le cruzaba justo pero lo dejaba como
con una minifalda. Era un hombre espléndido. Unas piernas largas, musculosas y
bien formadas. Atlético por donde lo miraran. Entramos juntos conversando y
riendo. Nos metimos al cuarto de intensidad mediana para ambientarnos un poco.
Nos sentamos. Veía como el vapor y su sudor en gorma de gotas corrían
caprichosamente por su cuerpo. Cada instante lo deseaba más. Luego de un rato
decidimos pasar al otro nivel. No había nadie, estábamos solos. nos sentamos,
conversamos un poco. Luego se puso de pie y dijo que el calor era demasiado, por
tanto de un tiró se quitó la toalla. No sé cómo no me derretí. estaba
completamente desnudo frente a mí. Su sexo, en posición de reposo medía por lo
menos unos 12 centímetros, así que erecto por lo menos unos 22 ó 23. Estaba
circuncidado así que su glande quedaba a la vista. Yo me obnubilé, me puse muy
nerviosa y ni siquiera disimulé que mi vista estaba fija en su sexo. Riéndose me
preguntó si había algo que me distraía. Y luego dijo no te preocupes son bromas.
Yo no pude evitar ponerme más rojo de lo que estaba por el calor y ahora me
invadía otro tipo de calor, mucho más interno. Estuvimos como una hora y su
hermoso falo frente a mí.
Decidimos irnos, antes nos fuimos a las duchas, se veía
majestuoso refregándose el cuerpo y como la espumas del jabón rodaba por su
cuerpo varonil. Se tomó el miembro y lo enjabonó,igual sus pelotas. Deseaba que
me pidiera que lo hiciera yo, pero por supuesto nada de eso pasó. Salimos y
decidimos y a tomar algo por ahí. Pasamos a un pub que tenía una atmósfera muy
íntima y conversamos largamente. Abrimos nuestros corazones. me comentó que era
gay y nenía saliendo de una relación de dos años. Y que me confiaba todo esto
porque le parecía una persona honesta y que no traicionaría su confianza. Le
dije que no tenía nada que temer. También le confié mi secreto y se mostro
gratamente sorprendido. Vivamente me manifestó su deseo de conocer a Andrea.
Accedí. Sería el debut de Andrea ante los ojos masculinos. Le dije que fuera a
mi casa a eso de las diez de la noche y Andrea, estaba segura, tendría mucho
gusto en conocerlo. Lo fui a dejar a su casa y nos despedimos. Miré la hora. era
las siete, tenía menos de tres horas para que Andrea estuviera lista.
Me fui rápidamente hacia la casa. Me dirigí al closet para
ver mi atuendo. Escogí un pantalón elastico como de lanilla trasparente, para
que se notara la tanga negra que me pondría. Un peto cortito y que se amarraba
solo con tiritas por detrás.Unos zapatos de tacón y la peluca platinada para
darme un cierto aire de puta. Me fui a la bañera, puse unas sales aromáticas y
me quedé una mdia hora allí. Con el baño turco no necesitaba más, mi piel estaba
incriblemente suave. Encendí unos inciensos por toda la casa. escogí unos CD con
música ad hoc y los dejé a la mano. Regulé la luz y sólo dejé encendidas las
indirectas. eso daba una atmósfera suave y muy sensual. Tal vez hoy sería el día
en que finalmente podría sentirme mujer. Me unté crema por todo el cuerpo para
estar muy aromática. Preparé algunos bocadillos, me aseguré que hubiera
suficiente hielo en la nevera y ya estaba todo listo. Una última miradita en el
espejo y aunque es malo que lo diga yo, me veía bastante apetecible. El
maquillaje igualmente estaba perfecto. Me coloqué unos lentes para cambiar el
color de mis ojos, escogí los verdes así me brillaban como una verdadera gata.
Me tranquilicé un poco, para que el maquillaje no se me fuera
a correr. Como a la media hora de todo esto sonó el timbre. Abrí. Allí estaba
él. Se había cambiado de ropa y estaba completo de negro. Se veía sensacional.
–"¿Andrea? – preguntó. –"Sí, adelante, pasa" No me podía quitar la vista de
encima. Cuando pasamos podía sentir su mirada clavada en mi trasero que yo
trataba de mover lo mejor posible. –"Realmente te ves hermosa" – me dijo.
–"Estoy anonadado, no sé qué decirte" Yo le contesté: -"Entonces no digas nada.
Tú también estás guapísimo" Me pidió un poco se agua que se la traje de
inmediato. "Estás tan divina" – me dijo – "que sería un pecado no invitarte a
salir". ¿Te animas? –Yo de verdad me moría de ganas, salir a la calle vestida de
mujer con un hombre encantador. Pero más me moría de ganas que me hicieran mujer
y qué mejor que con este guapo que tenía a mi lado. Se venían a mi mente las
imágenes de cuando lo había visto desnudo.
-"Me gustaría mucho salir contigo" – le contesté – pero...
¿te molestaría dejarlo para otra oportunidad y quedarnos en casa ahora? Y
agregué coquetamente: -"Así no perdemos intimidad" – Me escuchaba a mí misma y
me desconocía, estaba siendo una hembra descarada, luchando desesperadamente
para ser penetrada. Conversamos un poco, puse algo de música y me senté a su
lado. –"Ese vestido que tienes es francamente sensacional" – me dijo. –"Tuienes
una figura exquisita". Y agregó: -"¿Bailamos?" Le di la mano y ubicados en el
centro de la sala comenzamos a bailar. Cuando me rodeó por la cintura casi caigo
en extasis. Yo pasé mis brazos por detrás de su cuello y me pegué sin disimulo a
su cuerpo. –"Me encanta tu aroma" me dijo. –"¿Cómo se llama? –"Poison" – le
dije. –"Mmmm, espero no envenenarme contigo" – bromeó.
-"En el baño turco me percaté cómo me mirabas" – dijo. Me
parece que debo gustarte algo, ojalá que tanto como tú a mí" –Baje la vista un
poco avergonzada. –"Vamos bebita, no te sonrojes. Seguramente ya más de alguna
aventurilla habrás tenido por ahí" . me dijo. Lo miré a los ojos y le dije: -"Te
equivocas totalmente y aunque no me lo creas, aún estoy virgen". El sólo dio un
silbido de admiración y no dijo nada. Seguimos bailando apretadamente, yo me
ceñía lo más que podía a su cuerpo. Podía sentir su sexo palpitante de bajo de
su ropa. El totalmente imperturbable. No evidenciaba ningún intento de avance
por su parte. Eso me exasperaba terriblemente. Comencé a moverme
provocativamente, ya mis intenciones no podían ser más claras. estaba perdiendo
la vergüenza y el pudor. Cosas que cada vez me estaban importando menos. Ansiaba
que este maldito me agarrara bestialmente y me violara, que hiciera pedazos mi
culo, que su semen se esparciera por todo mi cuerpo... pero ahí estaba
totalmente impávido.
Terminó la música quedé abrazada a él por un rato esperando
por un beso y no pasó absolutamente nada dejándome con los ojos cerrados y los
labios entreabiertos como una estúpida. Me tenía hirviendo el maldito. Nos
sentamos y me acurruqué a su lado lo mas que pude, el pasó un brazo por mi
hombro y me dio un besito en la mejilla.. Después me pidió permiso para ir al
baño, hace un poco de calor, me dijo. Le indiqué donde quedaba. Al rato salió y
cuando lo veo casi se me cortan los elásticos de la tanga. Salió en slips, mejor
dicho una zunga, negra de lycra. Era tan rebajada que se podía ver un poco de su
vello. El bulto que hacía su sexo era imponente. Yo estaba comenzando a sudar.
Se paró frente a mí y comenzó a mover las caderas al compás de la música. Su
sexo estaba casi rozando mi rostro, podía hasta sentir su aroma de hombre.
Intenté rozarlo con los labios y se apartó. Quise acariciarlos, sentir ese bulto
en las manos y no se dejó.
Después se sentó y conversaba como si no pasara absolutamente
nada. Como media hora después dijo que todavía tenía calor y se quitó la zunga
dejando su falo a la vista. Yo sólo lo había visto en estado de reposo, pero así
erecto, era otra cosa totalmente distinta. Una verdadera belleza. Las venas se
notaban por sobre la piel, bullentes de esa sangre joven y caliente. Me dijo que
deseaba bailar. Acepté. Era una maravilla sentir su miembro duro rozar contra mi
ropa que era muy delgadita. Acariciaba su espalda y aoyaba mi rostro en su
pecho. Mis manos bajaron y cogieron sus nalgas duras y firmes. Allí me dejaba
hacer. El sudor me corría por el rostro de pura calentura. Disimuladamente quise
coger su miembro con mis manos, apenas lo alcancé a rozar. Me dijo que era tarde
y debía irse. Se colocó el pantalón sin la zunga, cuando le dije la tomó y me la
lanzó a la cara guiñando un ojo. –"Déjala de recuerdo" – me dijo. Yo la tomé
como si fuera el tesoro más preciado y me lo llevé al rostro para al menos
sentir su aroma. Eso me dejaba más loca. Hubiera hecho cualquier cosa, cualquier
cosa, lo que me pidiera por haber hecho el amor con él. Terminó de vestirse. Me
dio un beso en la mejilla y se marchó. Apenas cerré la puerta fui a mi
dormitorio, me tiré en la cama y lloré, grité y patalié como una energúmena.
Tanto arreglarme, ponerme hermosa, para nada. Cualquier hombre no habría durado
ni dos minutos y ya me tendría empalada. pero obviamente él no era cualquier
hombre. Y así me tenía enferma de caliente.
El día lunes lo vi, estupendo como siempre, me saludó
amablemente y a las cosas del trabajo. Martes, miercoles exactamente lo mismo.
Este desgraciado me tenía caliente como un fierro candente. El jueves no aguanté
más y le dije: - "Andrea quiere verte. LLámala" asintió con la cabeza sin decir
nada. Pasó el viernes, por orgullo no le hablé. El sábado en la tarde me
transvestí. Me pusr un shortt de mezclilla muy ajustadito, y que dejan ver gran
parte de lo glúteos, con una camiseta de lycra muy ajustada y unas tenis. Estaba
tranquila viendo televisión cuando tocan el timbre. Pregunté quién era. –"Soy
Jean" – contestó. Abrí inmediatamente. estaba en tenida deportiva, una remera
que dejaba ver su musculatura, el pecho todo sudado, me hubiera gustado secarlo
con mi lengua. Y unos short. –"¿Me prestas tu baño para darme un duchazo?" Le
dije que sí. Pasó directo, no cerró la puerta a propósito. Y se desnudó. A los
cinco minutos salió con toda su esplendidez masculina secándose con la toalla.
Yo o miraba extasiada, su torso tan hermoso, su sexo espléndido. ¿Por qué se
comportaba así? ¿Acaso no sabía cuánto deseaba ser su mujer? ¿Es que no había
sido lo suficientemente provocativa?
Una vez que se hubo secado me preguntó si podía hacer una
pequeña siesta porque estaba muy cansado. Le ofrecí mi cama. Se tumbó cuan largo
era, completamente desnudo, boca abajo. Se veía más hermoso que nunca. Sus
nalgas firmes y bien formadas. Sus manos grandes, las imaginaba acariciándome, y
yo besándolo entero como una verdadera loca. Mientras él dormía plácidamente,
debo confesar que me quedé admirándolo todo ese rato. No me perdía el más mínimo
de sus movimientos. En una oportunidad se dio vuelta quedando boca arriba. Su
vientre musculoso que terminaba en un frondoso vellos pubiano, coronado
finalmente por ese miembro, muy bien formado, descansando sobre sus téstículos
que se me antojaban repletos de semen que deseaba tanto poder saborear. Esas
piernas viriles, con delicado vello que las cubría. ¡Cómo deseaba a este hombre!
Estaba en esas cavilaciones, cuando fue saliendo de su sueño.
Rápidamente me retiré para que no me sorprendiera mirándolo. Se levanto, fue al
baño para mojarse la cara. Luego se acercó a mi, un poco más de lo que se
estima. Sabía perfectamente todo lo que me provocaba. Se colocó la zunga, se
vistió y me dio las gracias por la hospitalidad. Apenas se fue no pude más, tomé
el slips que me había dejado me lo refregué ´por el rostro, aún quedaban algunos
vestigios de su aroma a hombre y me masturbé , con los ojos llenos de lágrimas
pensando en él.
Ya no podía concentrarme prácticamente en nada. Jean había
ido ocupando todos mis pensamientos. Apenas podía dormir en las noches, apenas
podía trabajar, no tenía apetito y languidecía paulatinamente. Mi único deseo
era pertenecerle, sentirme suya. Un día estaba reproduciendo unos documentos en
la fotocopiadora y sin darme cuenta apareció Jean. Levemente me rozó con su
sexo, así a la descuidada. Bastó eso para dejarme excitada durante todo el día.
Jamás pensé que un hombre podría tenerme de esta manera. Mi deseo por
tranasvertirme aumentó hasta el punto que apenas llegaba al partamento me
quitaba la ropa y me vestía por si se le ocurría a Jean venir a visitarme.
El sábado por la tarde me llamó diciéndome que tenía muchos
deseos de verme. Le dije de inmediato que sí. Me arreglé lo mejor posible, mi
ropa más sensual y erótica. pensaba que ahora, finalmente se podría cumplir mi
sueño. Las horas pasaron y nunca llegó. Esa noche me lo lloré toda, tirada en la
cama vestida. Mi vida no podía estar en situación más calamitosa. Estaba
perdiendo el interés hasta en vivir. Durante la semana no fue capaz de darme
explicación alguna. Como si no hubiese pasado absolutamente nada. El viernes
antes de salir del trabajo me dijo: -"Dile a Andrea que la pasaré a buscar el
sábado a las 9. Quiero que se ponga más hermosa que nunca" y se fue. El corazón
me dio un vuelco. Volvería a creerle porque lo deseaba como a nada en el mundo.
Toda la tarde del sábado la dediqué a acicalarme para estar
hermosa, habré cambiado ´por lo menos unas cinco veces la ropa que iba a usar.
Finalmente me decidí por algo casual. Una blusa negra de lycra, sin mangas y
unos jeans elasticados a la cadera. Un cinturón grueso metálico de adorno.
Debajo una tanga minúscula de color rojo. Me miré al espejo, no estaba mal.
Repasé un poco el maquillaje y arreglé algunos detallitos. Ahora sólo cabía
esperar.
A las nueve en punto llegó Jean. Me miró de arriba abajo y me
dijo que estaba estupenda. Que sería un honor salir con una dama tan hermosa. El
estaba de maravillas. Un pantalón sport, muy delgado, que dejaban entrelucir la
zunga que llevaba y una camisa de seda negra, lo cual le daba un toque muy
sensual. Y traía ¡un ramo de flores hemosísimo! -"Aquí traigo unas flores, para
otra flor muy especial" – me dijo. Y me las dio. Apenas atiné a dar las graias
cai balbuceando. Era muy hermoso sentirse mujer de esa manera. Cuidadosamente
las coloqué en un florero. Ël se acercó a mí me tomó de ambas manos y me atrajo
hacia él. Luego casi sin dejarme respirar me dio un beso que me supo a gloria.
Yo tiritaba completa. Sentirme entre sus brazos, el calor de su cuerpo y esa
superioridad que sabía tenía sobre mí era algo que había imaginado muchísimas
veces, pero debo reconocer que me había quedado corta. –"Vamos"- me dijo. "Esta
será nuestra noche" . Estaba tan emocionada que ni siquiera pregunté a dónde
iríamos. Era además mi primera salida vestida de mujer. Al dirigirnos al auto me
sentía plena, caminando de la mano con Jean, dejándome llevar por él. Al parecer
todos mis sufrimientos y penurias se verían compensados esta noche.
Una vez en el auto partimos hacia las afueras de la ciudad.
Ya tenía algunas sospecha, pero no quería ilusionarme demasiado. Al rato
confirmé mis sospechas, estabámos entrando al motel más caro y lujoso de la
ciudad. Al llegar, pidió la cabaña con jacuzzi. Yo no daba más de felicidad.
Estacionó el auto y el encargado cerró el estacionamiento
dejándonos a cubierto. La cabaña ya esta abierta, pasamos. Era incríble. Su
decoració y las luces, mezclado todo esto con la música, me parecía estar en el
paraíso. Jean cerró la puerta, tomó el citófono y pidio una botella de champagne
y caviar. Me miró, me ceró un ojo y me dijo: -"Quiero que esta noche no la
olvides nunca". Me acerqué a él para que me abrazara , era bastante más alto que
yo, así que me empiné en mis pies para alcanzar sus labios y besarlo. Sus labios
duros y varoniiles me embriagaban. Jean desapareció por un momento. En el
intertanto llegó el pedido. Al volver Jean destapó la botella, y sirvió. Al
darme mi copa, alzó la suya y me dijo: -"Por ti, Andrea, entraste aquí siendo
una mujer y saldrás hecha una hembra"
Una vez que brindamos, Jean me dijo: -"En el baño hay una
sorpresita para ti, quiero que te la coloques. Yo te espero." –Intrigada me fui
al baño. Había unos paquetes envueltos en papel muy delicados. Abrí el primero y
contenía una tanga muy femenina, su triangulito era de un material casi
trasparente con un corazoncito bordado al medio del mismo. En la parte posterior
sólo los elásticos que lo sostenían. Además una pequeña batita del mismo
material, muy cortita que no alcanzaba a llegarme a la cintura. Abrí el segundo
paquete, más pequeño, Contenía un liguero, muy breve y pequeñito. Yo estaba
fascinada. Sus tirantes muy coquetos, era negro con guardas rojas. Todo de un
excelente gusto. El último paquete tenía un par de mediar, caladas, negras, tipo
red. Definitivamente mi querido Jean pensó en todo. Esta noche borraría todas
las penurias que me hizo pasar.
Gozando cada momento, y muy lentamente comencé a ponerme esas
prendas maravillosas. La tanguita se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel
y sus suaves tirantes entre mis glúteos me conmovía por completo. Luego seguí
con el liguero. Estaba completamente extasiada. Si existía una mujer feliz en el
mundo, sin duda que era yo. Luego la batita, me encantaba su roce, como
acariciaba mi piel y mis naciente tetitas me dejaba insinuante para los ojos de
mi hombre. Después las medias, era para mí lo más erótico como las iba subiendo
desde mis pies, hasta llegar a mis muslos. Todo lo hacía muy lentamente, para
que Jean se desesperara, para aumentar su deseo, para enardecerlo, y que, cuando
me viera, poco menos que saltara sobre mí. Jean ya estaba perdiendo la
paciencia. Me llamaba a cada rato. Lo hice esperar un poco más. Apagué la luz y
salí. El no podía verme. Estaba recostado sobre la cama. Encendió las luces más
suaves y su exclamación de asombro no se dejó esperar. ¡Estás bellísima!!! –
exclamó. Pero yo también me llevé lo mío. El estaba sólo con una zunga, pero
brevísima, que a duras penas cubría malamente su sexo. Su matorral de vellos
quedaba casi todo al descubierto. No podía disimular su enorme bulto. Me acerqué
a la cama y me tendí sobre él, quien rápidamente me abrazó y bebí el jugo de su
boca. Sentí la suavidad de su lengua que me recorría por completo. Estaba loco
de pasión. La dureza de su sexo me asombró al sentir el roce sobre mi abdomen.
Jean no dejaba espacio de mi rostro sin besar. Después se entretuvo con mi
cuello, haciendo mis delicias con su lengua, mientras yo bajaba mi manos y
acariciaba su miembro por sobre la zunga. Así podía dimensionar su tamaño, lo
acariciaba a lo largo, golosa, disfrutándolo. ¡Tanto lo había deseado, y ahora
era mío, terriblemente mío, y más rato dolorosamente mío! Era tanta la
deseperación que parecíamos dos caníbales tratando de comerse mutuamente. El
deseo reprimido por tanto tiempo estaba incontenible, no hubiese existido fuerza
en el mundo que nos pudiera detener. Con mis labios recorría su pecho completo,
besándolo, mordiéndolo, arañándolo, haciendo todo lo que había imaginado alguna
vez. Jean con su fuerza me volteó y me dejó debajo de él. Me sentía tan feliz
así. Protegida, amada, deseada. Comenzó a juguetear su boca entre mis pequeñas
tetitas, me hacía proferir alaridos de gatita., mientras mis manos recorrían su
espalda y acariciaban sus glúteos.
Maldigo el no tener las palabras justas para describir todo
lo que sucedía en mi interior. Las cosas que pasaban por mi mente. Era mujer,
terriblemente mujer. Quería que me poseyera con toda su alma. Sentir a mi hombre
dentro de mí, hacerlo feliz, darle todo el placer que fuera capaz. Y así se lo
hacía saber. Que le pertenecía por completo, que podía hacer lo que le viniera
en gana porque para eso le pertenecía.
Una vez que se sació de besarme y acariciarme, me volteó boca
abajo, me quitó la batita dejando mi espalda al desnudo. Jugaba conmigo. Con la
yema de su dedo recorría desde mi cuello hasta el final de mi cintura, lo que
que me daba como un golpe de electricidad. O me daba besitos en partes distintas
de mi espalda, así que no podía saber dónde sería el próximo, pero al sentir sus
labios en mi piel era como si flotara, estuviera entre nubes. Sin querer fui
comprendiendo el plan de Jean. Todo lo que me hizo pasar era parte del juego. Me
deseaba desde el primer momento, como me confesaría después. Pero no me deseaba
de cualquier manera. Quería crearme aún más la necesidad de él. tenerme como una
perra caliente para que después le brindara absolutamente todo y así el placer
fuera mayor. Se tendió sobre mí cubrioéndome con su cuerpo, sentía su sexo
vibrante rozar mi trasero. Yo lo movía para excitarlo aún más, y los resultados
rápidamente saltaban a la vista o mejor dicho al tacto. Después de un rato me
quitó las medias, dejándome solo en tanga. Me ubicó atravesada, boca arriba, en
la cama con la cabeza en el aire. Mientras tanto el se quitó la zunga. No quiero
que crean que soy una puta, pero al verlo la boca se me hizo agua. El se aceró,
se agachó y comenzó a pasar su miembro por mi rostro. Por la frente, las
mejillas, los labios, yo en vano trataba de cogerlo con los labios, pero no me
dejaba y me castigaba de una manera exquisita, tomando su falo me lo azotaba en
la cara. Era no tanto dolor, pero si una sensación que me llenaba completa, y yo
insistía nuevamente para que el castigo continuara. A veces me dejaba pasar la
lengua por su glande, pero para ello debía hacer grandes esfuerzos, ya que no me
la hacía fácil, ahí aprovechaba para saborear su líquido lubricante que me sabía
a la mejor ambrosía. Jean se incorporó, separó las pierna dejándome el rostro en
sus entrepiernas. La visión era fabulosa, podía observar desde abajo parte de su
trasero, sus testículos y su falo. Allí causé estragos con mi lengua. La pasaba
por sus bolas, y de ves en cuando algún vello se me quedaba en la boca. Sentía
que Jean estaba bajando la guardia así que yo continuaba con más ímpetu. Cuando
mi lengua rozó su ano, Jean se estremeció por el placer, me di cuenta que le
gustaba mucho, porque comenzó a buscar acomodo para facilitarme la tarea. Así,
de un simple roce lo penetré con mi lengua. Mi rostro estaba todo mojado por mi
propia saliva. Es increíble cuando el deseo se apodera de una persona, es capaz
de hacer las cosas más incríbles y gozarlas en plenitud. Así estaba yo,
cualquier aberración que me hubiera pedido Jean , y eso hasta el día de hoy, la
haría gustosa.
Una vez que jean me liberó de la posición en que me tenía,
aproveché para incorporarme, tomé de la mano a Jean y lo llevé a un sillón
reclinable, lo hice tomar asiento, lo recliné un poco y yo de pie frente a él
comencé a contonearme como una verdadera bataclana. Luego me quité la tanga, lo
único que me quedaba, y se la arrojé a la cara. El riendo la tomó le dio un beso
y se comnezó a sobar su miembto con ella, mientras yo le bailaba.
Lentamente me acerqué a él y me subí al sillón, de cara
frente a el, separé mis piernas y yo de rodillas con él entre medio. Mi sexo
aunque no tan magnífico como el de mi amado estaba erecto y muy húmedo. Me
incliné hacia delante, apoyándome con las manos en el respaldo del sillón, mi
sexo quedaba justo frente a su boca. Sin decir nada entreabrió los labios, para
que lo penetrara como si fuera una chocha, así que comencé a hacer presión en
forma suave pero firme y sus labios se iban separando abriendo camino para que
mi miembro entrara. La sensación era exquisita, la parte que ya etaba adentro
era deliciosamente cariciada por mi lengua, que más la presión de sus labios ya
me tenían casi a punto. Lo introducía y sacaba lentamente, gozando a pleno el
momento, Jean me tenía tomada fuertemente de las nalgas y así me imponía el
ritmo, al mismo tiempo que sus dedos buscaban asiosamente mi ano. Era
maravilloso sentirse atacada por dos frentes, como si una corriente eléctrica
partiera de mi centro y de allí a todo mi cuerpo, hasta la última célula. A
veces, con el movimiento su miembro rozaba la suavidad de mis muslos por sus
partes internas y sentía que me los humedecía con el líquido preseminal que
emanaba abundantemente, señal inequívoca del estado de su excitación.
Todo parecía un sueño del cual no quería despertar jamás.
Allí estaba desnuda junto a Jean, montada sobre el con sus dedos dentro de mi
ano y mi pija metida en su boca. Es maravilloso estar con el hombre que se ama,
sin límites, hacer lo que se nos dé la gana y lo que mande el deseo. Sentirse el
objeto y a la vez el dueño del ser amado. No escatimar esfuerzos para brindar el
máximo de placer. Olvidarnos de quien es el macho y la hembra, a lo mejor somos
las dos cosas a la vez, pero lo importante es la consecución del placer, ese
desdoblarse que nos hace sentir mil una cosas distintas. Sólo dos cuerpos
desnudos con un mismo objetivo: ser felices. Eso y mucho más éramos con Jean en
ese momento. El placer se me estaba volviendo tan intenso que llegaba a doler,
llegaba a ese momento en que sólo queremos lanzarnos al vacío, no existe nada
más que ese deseo imperioso que un millón de estrellas colmen tu mente, en que
todo se ilumina, en que vemos la luz intensa del placer ese que no se iguala ni
compara con nada, que sólo te lo puede brindar el otro. Finalmente me lancé al
abismo un grito desgarrador salió de lo más profuno de mi ser. Mi esfínter y mi
pija eran una sola cosa paralizdos por el placer, las contracciones de mi ano
presionaban el dedo de Jean mientras en su boca recibía la andanada de mi semen.
Nos quedamos quietos por unos instantes, el relajo propio de la situación hacía
presa de nosotros. Mi miembro había vuelto a su estado de reposo, así que lo
saqué de la boca de Jean, salió totalmente mojado con algunos restos de semen
que cayeron en el rostro de mi hombre. El a su vez quitó el dedo de mi ano y
quedé como con una sensación de vacío, ya me había acostumbrado a tenerlo dentro
de mí.
Pero faltaba algo que no podía soslayar. Tocaba hacer mi
parte. Pasé mi brazo por detrás, me levante un poco y tome su miembro. De más
está decir que me inquieté un poco. Al sentir su tamaño en mi mano no pude
evitar una cara entre asombro, felicidad y temor. Seguramente me iba a desgarrar
completamente, pero eso no me importaba en lo más mínimo. Sería su mujer aunque
fuera lo último que hiciera en el mundo. Ya estaba muy lubricado así que no
estimé necesario usar alguna crema, con el masaje que Jean me había dado mi ano
ya tenía cierta dilatación, por tando decidí sentarme en la picana y que el
diablo me pillara confesada con ese enorme mastodonte que pronto me dispondría a
tragar. La posición en que estábamos era muy conveniente para mí, ya que tenía a
Jean practicamente controlado en sus movimientos, entonces yo podía ir
decidiendo la fuerza y profundidad de la penetración. Eso me daba alguna
tranquilidad. Como si fuera un fakir a punto de tragar el sable, me incorporé lo
más que pude, no me quedaba otra ya que su miembro como les dije antes era
considerable, cerré los ojos para concentrarme, y con una mano apoyada en el
sillón y con la otra el miembro de Jean, comencé a acomodarlo para el gran
momento.
Su glande rozó mi orificio, seguí bajando, haciendo esfuerzos
para que esa enorme cabeza pudiera penetrar. Sabía que lo difícil era eso,
después lo otro sería como coser y cantar. Mentalizaba la situación y me parecía
muy difícil que algo tan grande pudiese entrar en un orificio tan estrecho sin
hacer daño. Una puntada dolorosa en medio de mi orificio me hizo dar un grito de
dolor. El sudor comenzaba a perlar mi frente. Retrocedí, el dolor no disminuía.
Me concentré nuevamente el mismo dolor de antes pero más intenso. Me mordí los
labios casi hasta hacerlos sangrar. Me negaba a gritar, me negaba a reconocer mi
impotencia, sería como un fuerte golpe a mi ego de hembra. Tenía que lograrlo.
Seguí bajando para hacer presión con el peso de mi propio cuerpo, tenía la
sensación que me estaba desgarrando por completa, pero no cedía en mi intento,
mayor era el dolor, mayor la presión que hacía. Llegué a odiar a Jean por lo que
me estaba haciendo sufrir. Apreté los dientes con todas mis fuerzas y di un
envión fuerte y corto hacia abajo. El dolor que había sentido fue nada comparado
con el de ahora. Las lágrimas me afloraron en los ojos, pero tuve mi premio, el
glande de mi amado había penetrado. Quedé quieta por un momento para que el
dolor disminuyera. Cuando sentí que podía seguir, fui descendiendo de a poco. El
dolor iba cambiando, se iba transformando en placer. Estaba feliz con esa tranca
metida en mi culo. Mucho mejor que cualquier vibrador de los que había usado
alguna vez. Mi felicidad culminó cuando hice fondo, mi traser había llegado
hasta sus bolas. Podía sentirme satisfecha. Tratata de estimularlo presionando
mis músculos, pero era tan ancho, que practicamente no era mucho lo que podía
hacer al respecto. Pero había otros recursos que me permitieran llevar a mi
amado Jean al cielo. Una vez que pude introducirlo completo me quedé quieta para
que mi esfínter se fuera acostumbrando a quien sería su asiduo visitante.
Comence unos movimientos leves, moviendo mis cadera hacia
atrás y hacia delante, el rostro complaciente de Jean me iluminaba de alegría
porque se notaba que lo estaba pasando exquisito. Después lo sacaba un poquito y
lo volvía a meter, al rato hasta la mitad y adentro, después casi completo y
volvía a meterlo entero. Parecía que la punta de su miembro iba a salir por
cualquier parte de mi cuerpo, me atravesaba por completo. Esas arremetidas las
combinaba con movimientos circulares que a juzgar por su cara lo volvía loco.
Entretanto Jean me daba de nalgadas y eso hacía que me volviera más yegua aún,
sacándome verdaderos relinchos. Jean era durísimo. No podía hacerlo acabar, yo
notaba que se resistía, que su deseo era tenerme penetrada el mayor tiempo
posible. Así, empalada me tuvo una hora, que no diré se me hizo larga, todo lo
contrario. Habría pasado toda mi vida así. De pronto noté que Jean, con los ojos
cerrados, casi no respiraba, y que sus músculos comenzaban a contraerse, señal
clara que ya estaba lanzándose al abismo. Entonces me levante hasta dejar
aprenas su glande en mi interior, y me lo introduje de una sola vez. Todo se me
dio vuelta, porque alcancé un orgasmo superior al anterior, y la exhalación casi
animal de Jean me ecía que estaba alcanzando su orgasmo. Sentí, como si me
hicieran un lavado, el chorro y la tibieza de su semen. En ese momento desee ser
una mujer de verdad para que me preñara, me llenara el vientre con un hijo suyo.
Quedé sentada sobre Jean, todo mi cuerpo estaba sudado, cruce
mis brazos y cerré mi ojos. Había sido todo tan hermoso. Aún podía sentir su
semen dentro de mí, imaginaba esos millones de libélulas danzando dentro de mi
cuerpo, partículas microscópicas de mi Jean, que el había depositado dentro de
mí. Cuando retiró su miembro fue como si un pedazo de mi se hubiese desgarrado,
la alegría de los momentos pasados dieron lugar al vacío que ahora dejaba en mi
cuerpo, como si algo me faltase. Salí de encima de Jean, él también se levantó y
tomandome de los hombros me llevó a la cama, hizo que me tendiera boca abajo, me
levantó la cola para ver el estado en que había quedado mi agujerito. Me dijo
que se notaba bastante irritado, pero que con una crema y un buen descanso ya
estaría como nueva para el próximo fin de semana. Luego hizo algo que me llenó
de ternura y que me hizo ver que cuando existe amor y deseo no hay nada que no
podamos hacer. Acercó su rostro a mi ano y comenzó a limpiar el semen con mi
sangre con su lengua. Eso me llegó hasta el alma. ¡Tanto le gustaba! Me excite
con la lengua de Jean, y mientras el se aplicaba en mi culito yo me masturbaba,
hasta tener un nuevo orgasmo. Nos recostamos un rato para descansar, tendidos,
desnudos, exhaustos, pero muy felices.Así habremos estado una hora, luego Jean
se levantó y se fue hacia el jacuzzi, que estaba en medio de la sala, comenzó a
llenarlo con agua y abundante espuma. Cuando estuvo listo se introdujo en el, y
me llamó. Acudí prestamente. El agua estaba muy agradable y con su contacto
sentía que mi culito se aliviaba.
Jean estaba sentado, abrió las piernas y yo me cobijé
recostada sobre él. Allé me acariciaba tiernamente y me contaba todo lo que
había sentido por mí desde el primer día en que me vio. Que yo también le
quitaba el sueño, que todo lo que me había hecho sólo era parte del juego, para
desearnos más. Y debo reconocer que tenía toda la razón en ello. Me tenía
abrazada con sus brazos sobre mi pecho, yo coquetamente toqueteaba su miembro
con mi mano como si fuera un muñequito. También le hice saber todo lo que había
sucedido conmigo, y que realmente era el hombre de mis sueños. Esa nosche
retozamos casi sin dormir. No me penetró más para no hacerme daño. Pero nos
masturbamos de varias maneras. Y nos juramos amor eterno.
Estuvimos así viendonos por más de un año. La calidad de mi
trabajo iba en franco detrimento porque mi aspiración era ser mujer la mayor
parte del día y en eso tenía Jean bastante culpa. Mi mayor alegría fue una noche
en que Jean me pidió que fuera su mujer, que el me cuidaría y me protegería. Su
trabajo estaba en franco ascenso y se evidenciaba infinitamente mejor que yo.
Acepté sin siquiera dudarlo. Soy mujer las 24 horas del día, vivo sólo para
estar bella y complacer a mi amor. Esa es ahora mi única preocupación, que a mi
hombre no le falte nada y por sobre todo tenerlo siempre al día con su buena
dosis de sexo.
Cuentenme por favor su opinión acerca de este relato y de los
otros que he enviado. Gracias por dedicarme tiempo. Prometo contestar todos los
mail.