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La huésped
Confesiones- 2008-03-07 09:14:57
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La Huésped

Por Incestuosa

elkaschwartzman@yahoo.es

POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

 

Por nada del mundo aceptaría que se quedase en mi departamento. ¡Aunque mi hermana me lo pidiera de rodillas! Yo vivía sola; trabajaba, y todos los días regresaba ya de noche. ¿Cómo la cuidaría? La idea, además, no me agradaba en lo absoluto. Era bastante rara, y por si fuera poco, yo siempre había sido una fóbica hacia esa clase de cosas. No. Definitivamente no lo aceptaría.

Por ello, al día siguiente que mi hermana fue a rogarme nuevamente el favor, yo me negué rotundamente. Pero ella, recordándome al punto la última balona que me había hecho, logró convencerme; aunque a regañadientes. En aquel entonces yo me había quedado sin empleo, y ella me había sacado del apuro acogiéndome en su casa por algunos meses. Y eso se agradecía.

Ya sin mi oposición, me la llevó esa misma noche. El viaje de mi hermana demoraría una semana, de manera que tendría que soportar aquello por varios días. Yo le dije que no la sacara, sino que la dejara dentro del receptáculo donde la había traído. Pero ella, un poco molesta por mi talante, me dijo que lo mejor para ella era dejarla libre. Al fin y al cabo, era inofensiva.

¡Qué costumbritas tan raras las de mi hermanita!

Por nada del mundo hubiese yo aceptado que la dejara en la sala, de modo que le insté a soltarla en la habitación de huéspedes, que quedaba junto a la mía. Cuando mi hermana salió del cuarto, yo cerré la puerta y me alejé de allí haciendo muecas. Definitivamente mi fobia era más que patente.

Esa primera noche casi no pude dormir. Me despertaba a cada rato con pesadillas y sobresaltos. Sentía como si algo o alguien estuviese dentro de mi dormitorio, espiándome muy de cerca. Me levanté varias veces a encender la lamparilla para cerciorarme. Pero no veía nada extraño. Debí quedarme dormida muy cerca del amanecer; y como era de esperarse, esa mañana llegué tarde al trabajo. ¡Maldita sea!

Odié más que nunca la mascota de mi hermana; y también a mi hermana.

Cuando retorné a casa, lo primero que hice fue cerciorarme de que se hallara dentro del cuarto de huéspedes. Abrí la puerta con sigilo, encendí la luz, y me asomé. No la vi por ningún lado. Entré y me puse a buscarla. No estaba. Era extraño. Sólo me quedaba un lugar por revisar.

Me agaché para buscar debajo de la cama. No había nada. Removí un poco la base del lecho, pero ni rastros de ella. A pesar de mi animadversión, comencé a preocuparme. ¿Qué le diría a mi hermana? ¿Que su mascota se me había extraviado? ¡Qué locura! Jamás me lo creería. Todo lo contrario. Ella pensaría lo peor. Diría que yo, obnubilada por mi rechazo, me había encargado de desaparecerla. ¡Por san Gorgonio!

De repente, mi odio desapareció para transformarse en desasosiego, y mi inquietud se volvió desesperación. Me di a buscar como loca por toda la casa. Pero no estaba ni en la sala, ni en la cocina, ni en el baño, ni en ningún lado. Sólo me quedaba un lugar por buscar: mi propio dormitorio.

¿Mi dormitorio? ¡Oh, por san Gorgonio, no! ¡No allí! Fui hasta mi cuarto casi corriendo. Y desde que abrí la puerta, la vi. Al principio, el shock me traumatizó. Era increíble. Allí estaba… tendida indolentemente sobre mi cama.

Mi primera reacción fue andar, tomarla entre mis manos, y arrojarla en seguida hacia la calle. Pero me contuvo el recuerdo de lo que acababa de suceder. Y la imagen de mi hermana también. La veía de pronto en mi mente, mirándome en forma acusadora. La miraba molesta y contrariada, echándome en cara mi despreciable conducta. ¡Por todos los santos! ¡Tenía que saber dominarme!

¿Pero, y ahora? ¿Cómo le haría para sacarla de allí? Necesitaba dormir; me sentía desvelada; estaba muy cansada. Así que no podía dejarla en mi cama. ¡Sería un sacrilegio intentar dormir con esa cosa a mi lado! Haciendo de tripas corazón, me acerqué y la cogí con mis manos. No sin terror ni dificultad, la devolví hasta el cuarto de huéspedes. Después de dejarla sobre el piso, cerré la puerta por fuera. ¡Ahora sí, nada me impediría el descanso!

Fui rápido hasta el sanitario y me lavé varias veces las manos. Después, me metí en la cocina y me preparé algo de comer. Luego de ver un rato televisión, por fin me retiré a dormir. No sé decir bien a bien si fue por el insomnio de la víspera o por otra causa, pero aquella noche dormí a pierna suelta. Fue por ello que al día siguiente, antes de irme al trabajo, quise cerciorarme si la mascota continuaba en su sitio.

Fui hasta la habitación contigua y abrí la puerta. Pero no la vi por ningún lado. No deseando perder más tiempo y sin salir de mi asombro, me largué a la oficina. No debía llegar tarde otra vez. Durante todo el día me estuve preguntando cómo le hacía aquella cosa para salir del dormitorio cerrado. Pero no encontré ninguna respuesta.

Cuando volví por la noche, lo primero que hice fue ponerme a buscar por toda la casa. Pero de nueva cuenta comprobé que a ella le gustaba mi cuarto. La cosa estaba tendida sobre mis sábanas, en actitud displicente, como suelen hacer esos bichos, sin prestarme la más mínima atención. ¡Omaigod! ¡Aquello era el colmo!

La rabia se apoderó de mí, y rápidamente la cogí y la llevé otra vez al cuarto de junto. Confieso que casi la tiro al suelo con todo y todo. Pero luego de cerrar la puerta, me quedé parada como una estatua. Pensé que de nada me serviría encerrarla. ¡Ella misma se encargaba de salirse! Y lo peor es que yo ni siquiera sabía por dónde se escurría. ¡Cuánto desee en aquel momento que mi hermana estuviese ya de regreso!

Decidida a no dejarme amargar la vida por esa cosa, intenté olvidarme de ella dedicándome de lleno a mis quehaceres. Cené, lavé los platos, y luego me di una buena ducha. Fresca como una lechuga, me puse a ver mi programa favorito. Pero cuando se llegó el momento de dormir, fue inevitable no recordar de nuevo aquel bicho. Pero ¡Qué caray! Yo estaba en mi casa.

Me armé de valor y me levanté resueltamente del sillón. ¡Era hora de poner las cosas en su sitio! Abrí la puerta y entré. Y allí la ví, como todas las noches. Estaba quietecita sobre mi cama, echada como una holgazana, como si el mundo no existiese para ella. Y por lo visto, la cosa disfrutaba grandemente de mi propio espacio. Porque yo sabía que la cama del cuarto de huéspedes era igual a la mía. Pero a ella le agradaba mi lecho. ¡Por san Gorgonio!

Quise reflexionar un poco sobre esa cuestión.

Entonces, no era que prefiriese mi cama, sino que se trataba de otra cosa. ¿Pero…qué otra cosa? ¿Acaso era el calor humano de mi habitación? Si. Podía ser. El calor. Mi calor. ¡Eureka! Eso sonaba bastante probable. ¿Por qué no? ¿No era esa cosa un ser de sangre fría? Si; lo era. Y por lógica, tenía que buscar los lugares tibios. ¡El bicho necesitaba calentarse!

No se trataba de una cuestión de voluntad mía, sino de una necesidad primordial de ella. Es decir, que entre más me negara a aceptarlo, peor me iría. Por naturaleza, el bicho buscaría siempre estar en mi cuarto. Allí dentro había calor. Sí. Mi calor. ¡Por san Gorgonio!

Deduje entonces que si ella quería quedarse en mi cuarto, entonces yo sería la que me iría a la habitación de huéspedes. ¡Y así lo hice!

Arreglé el otro dormitorio y me metí a dormir allí. Ya no estaba tan molesta, sino que ahora iba comprendiendo la actitud de aquel bicho. Me tendí sobre el lecho y pronto me quedé dormida.

Fue de madrugada cuando sentí aquello que me rozaba. Pero estaba tan cansada que todo lo atribuí a un sueño. Hice por despertarme, mas no pude hacerlo. Ignoro por qué, pero me pareció haber caído en una especie de trance hipnótico o algo parecido. Porque mi voluntad me decía que me despertara, pero alguna otra cosa, en lo más profundo de mi subconsciente, me lo impedía.

Cuando amaneció, el timbre del reloj me despertó. Me desperecé sobre la cama y me fui incorporando en lentos ronroneos. Por alguna razón desconocida, me sentía plena aquella mañana. Me levanté y me metí en la ducha. Esa vez, como pocas en los últimos días, estuve cantando bajo el agua. ¡Qué cosas!

Salí de la bañera y comencé a arreglarme. Antes de irme al trabajo, distinguí a la cosa. Estaba justo bajo la cama. ¡Se había metido al cuarto de huéspedes donde dormí! Esta vez, en lugar de molestarme, comencé a reír con ganas. Pensé que estaba ante un caso único de obstinación. Un raro caso de tenacidad y perseverancia. ¡Por san Gorgonio! Comenzaba a ver con cierto agrado a aquella cosa.

Tuve que salir casi corriendo rumbo al trabajo. Y por segunda vez en la semana, estuve pensando mucho en la extraña mascota. Mucho.

Esa noche, cuando retorné a casa, lo primero que hice fue buscarla. Me había portado como una necia, y lo sabía. Necesitaba hacer las paces con ella. En ocasiones, los animales suelen darnos algunas lecciones. Y ésta cosa lo había hecho conmigo. Ni yo, ni nadie que conociera antes, fue nunca tan persistente. Lo admito. ¡Y eso se admira, qué caray!

La encontré como siempre, crasa y supina, sobre las frazadas de la cama de huéspedes. Se veía que le gustaba subirse allí. Sin duda hallaba calor entre la textura de los edredones. Calor humano. Mi calor. Sentándome en el borde de la cama, me le acerqué y avancé mis manos hacia ella. Comencé a frotarle la piel despacio, con tiento, haciendo intentos por reprimir mi repelencia. Pero extrañamente ya no sentí ningún tipo de rechazo.

¡Algo estaba sucediendo conmigo!

Luego de acariciarla por un rato, finalmente entendí que el bicho no me haría daño si la dejaba quedarse en mi cama. Mi hermana tenía razón. ¡Era un ser completamente inofensivo! Mi propia hermana me había dicho que dormía con ella en su misma cama.

Luego de hacer mis cosas de rutina, por fin me retiré al dormitorio. No deseando quedarme otra noche en el cuarto de huéspedes, la llevé conmigo a mi habitación. La deposité sobre la cama y me hice un lugar junto a ella. ¡Esta vez intentaríamos dormir juntas!

Me puse mi batín y cogí un libro del buró. Leí por casi una hora, olvidándome temporalmente de ella. Pero más tarde comencé a cabecear. Apagué la lámpara, dejé el libro y me abandoné al descanso, arrellanándome en mi postura favorita.

No pasaron ni veinte minutos cuando la sentí. Por alguna razón, recordé instintivamente los sueños de la noche anterior. ¡Eran tan parecidos! Quería despertar, pero no podía. Abría desmesuradamente los ojos creyendo que con eso alcanzaría la vigilia, pero no era así. Intentaba despabilarme, pero algo me volvía a adormecer de un modo extraño, sublime, agradable.

Era algo raro; una sensación inédita. Era como si me estuviesen encantando; como si me estuvieran hipnotizando. Era como si alguien me estuviese durmiendo entre suaves arrullos, entre dulces susurros; pero dentro de otro sueño profundo. Aún así, podía captar perfectamente las frecuencias de mis sentidos. Pero a mí me gustaba. Experimentaba una placidez tan extraña, nunca antes concebida.

La sentía deslizarse lenta, excesivamente lenta, de un modo casi enloquecedor. Avanzaba recorriendo con suavidad el cálido interior de mis piernas. Se acomodaba y se engullía entre ellas, cual espía, como intentando esconderse de alguien o de algo. «A esos bichos les gusta el calor. Si. Y lo buscan». Claramente sentía su extraño contacto. Era… ¿Cómo explicarlo? Si. Era algo rugoso y no rugoso. Algo que molestaba y no molestaba. Algo que rechazaba y que anhelaba. ¡Por san Gorgonio!

Lo estaba disfrutando, y mucho. ¡Qué duda cabe! Tanto, que necesitaba abrir más mis piernas. Lo sabía. Tenía que hacerle camino; había que darle paso. Maquinalmente me abrí toda. Estaba que no podía más. Quería sentirla; necesitaba saber lo que me haría. ¿Un abandono pleno? Algo así.

Entre sueños, pero sin estar dormida, me abrí como tijera. Por fin me quedé expuesta, liberando el camino. Aquello avanzó. Serpenteó entre mis muslos y se fue acercando a mi zona prohibida. «¡Peligro…peligro…objeto no tan desconocido…acercándose!» Omaigod. Como si para ella los minutos fuesen siglos, así avanzó la cosa, muy lenta; con esa lentitud letal que me conmovía y me quemaba por dentro.

Hubo un instante en que, habiendo sentido llegar alguna de sus partes a mi centro receptor, intuí que algo comenzaba a hurgar en mi hendidura semi abierta. ¡Por san Gorgonio! Pero…¿Qué me quería hacer?

Aún en mi semi inconsciencia me sentía completamente enardecida. Era tremendo. La cosa husmeó primero en mi entradita. Oteaba y se detenía... volvía a otear, y se volvía a detener. ¡Era casi el paraíso! Yo temblaba de deseo, pero la cosa no se animaba. ¿Qué era lo que estaba deseando? No lo sabía. O más bien, sí. Sí lo sabía. Lo sabía perfectamente. Es más; lo anhelaba. Lo anhelaba angustiosamente. Pero me lo negaba a mí misma. ¿Por qué seremos así? ¿Por qué negaremos nuestras ansias más ocultas? ¿A qué le tememos?

¡Ay no, por todos los santos! Pero es que…lo que yo anhelaba era… imposible. Y a más de imposible, era también peligroso, riesgoso, resbaladizo. ¿Qué dije? ¿Resbaladizo? Si. Eso dije. Dije resbaladizo. Por ello era aún más peligroso. ¿Qué tal si luego no se me quería salir? «A esos bichos les gusta el calor. Si. Y lo buscaban». Mi calor. Le gustaba mi calor.

Quise despertarme pero no pude. ¿O no quise? La cosa seguía moviéndose, atornillándose, liándose entre mis piernas abiertas. Pero su cabeza estaba pegada a mi raja. La sentía. ¿Qué sentía? Sentía su bífida lengua. Si, sentía su lengua. Su delgadísima lengua. Su maravillosa y ahusada lengua. Me lengüeteaba. Me daba de lengüetazos.

Por reflejo, me abrí más. Sabía que sería necesario. Y ya no hubo necesidad de esperar más. En aquel instante la sentí hundirse. Sí. La cosa buscó anhelante mi gruta y se esforzó en hundirse en el socavón de mi vulva. ¡Cuándo placer! ¿Lo han sentido alguna vez?

La adiamantada cabeza fue ingresando en movimientos sobrios pero seguros. Ya no habría mañana. Era ahora o nunca. Me abrí totalmente, relajando mi grupa. Las sensaciones no eran de este mundo. La cosa no encontró obstáculos para deslizarse en mi canal, moviéndose y agitándose por sí misma, hasta que su cabeza me entró por completo.

Luego, comenzó una especie de giro ondulatorio, sin soltar su enrosque sobre la piel de mis piernas. Era tremendo. No pude evitar gritar de placer y de pasión. El primer espasmo me sacudió sobre la cama, pero aún así no pude despertarme. Estaba como hechizada. ¿Me habría hipnotizado la cosa antes de quedarme dormida? No lo sabía.

El bicho, como si supiera bien lo que hacía, empezó a menearse en mi interior. Su gruesa cabeza me seguía invadiendo, pero sin ir más allá de donde debía. Pero el resto de su cuerpo se coleteaba como si fuese el látigo de un domador; entre chasquidos suaves, y me alcanzaba a golpetear mi dermis sin causarme dolor, sino todo lo contrario.

Entre sacudida y sacudida, volví a venirme una y otra vez, entre voluptuosos bramidos de lujuria, apretando la cabeza de aquella cosa con los ardientes pliegues de mi cuca.

Tal vez por razones de oxigenación, o no sé muy bien por qué, la cosa comenzó a retirarse de mi hendidura. La sentí avanzar en reversa, mientras su cuerpo oscilaba para generar la fuerza motriz que debía sacarla de mi interior.

No tardó mucho en salir de su cuevita caliente. De mi cuevita ardiente. «A esos bichos les gusta el calor. Y lo buscan»

A la mañana siguiente, me desperté mucho más contenta que el día anterior. Mis cánticos mañaneros me sorprendieron de repente bajo la ducha, y yo tenía la ligera sospecha de que algo inesperado me había sucedido aquella noche. Pero entre más lo pensaba, más me convencía de que debían ser sólo sueños. Si. Extraños y eróticos sueños. ¡Por san Gorgonio!

Por la noche, mi hermana regresó de su viaje. Cuando me preguntó por su mascota, le dije que debía hallarse tendida sobre mi cama, como una bella durmiente.

-¿Se portó bien? –me preguntó con interés-

-Si. Muy bien. –dije sonriendo-

-¡Vaya contigo! –me dijo incrédula- ¡Creí que me la regresarías muerta!

-No, como crees. Si ni siquiera la tuve que cuidar. La verdad, ella es muy tranquila.

-¡Y también muy entendida! –me dijo- Sabe cuando está en casa ajena, y entonces, se cuida de buscar los lugares calientitos.

Yo sonreí.

Cuando se la llevó, me sentí como vacía. Entonces comprendí que me gustaría dormir siempre con una cosa como aquella. Necesitaba de alguien que velase mi sueño. Quería que me siguieran hipnotizando; que me siguieran encantando; que me siguieran hechizando….que me siguieran….

¡Por san Gorgonio! ¿Por qué negaremos nuestras ansias más ocultas…?

¿A qué le tememos…?

Pero yo sabía que sólo una mascota como la de mi hermanita podría darme tales satisfacciones.

Si. Definitivamente. «A esos bichos les gusta el calor. Y a veces lo encuentran»

FIN.

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