La Huésped
Por Incestuosa
elkaschwartzman@yahoo.es
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
Por nada del mundo aceptaría que se quedase en mi
departamento. ¡Aunque mi hermana me lo pidiera de rodillas! Yo vivía sola;
trabajaba, y todos los días regresaba ya de noche. ¿Cómo la cuidaría? La idea,
además, no me agradaba en lo absoluto. Era bastante rara, y por si fuera poco,
yo siempre había sido una fóbica hacia esa clase de cosas. No. Definitivamente
no lo aceptaría.
Por ello, al día siguiente que mi hermana fue a rogarme
nuevamente el favor, yo me negué rotundamente. Pero ella, recordándome al punto
la última balona que me había hecho, logró convencerme; aunque a regañadientes.
En aquel entonces yo me había quedado sin empleo, y ella me había sacado del
apuro acogiéndome en su casa por algunos meses. Y eso se agradecía.
Ya sin mi oposición, me la llevó esa misma noche. El viaje de
mi hermana demoraría una semana, de manera que tendría que soportar aquello por
varios días. Yo le dije que no la sacara, sino que la dejara dentro del
receptáculo donde la había traído. Pero ella, un poco molesta por mi talante, me
dijo que lo mejor para ella era dejarla libre. Al fin y al cabo, era inofensiva.
¡Qué costumbritas tan raras las de mi hermanita!
Por nada del mundo hubiese yo aceptado que la dejara en la
sala, de modo que le insté a soltarla en la habitación de huéspedes, que quedaba
junto a la mía. Cuando mi hermana salió del cuarto, yo cerré la puerta y me
alejé de allí haciendo muecas. Definitivamente mi fobia era más que patente.
Esa primera noche casi no pude dormir. Me despertaba a cada
rato con pesadillas y sobresaltos. Sentía como si algo o alguien estuviese
dentro de mi dormitorio, espiándome muy de cerca. Me levanté varias veces a
encender la lamparilla para cerciorarme. Pero no veía nada extraño. Debí
quedarme dormida muy cerca del amanecer; y como era de esperarse, esa mañana
llegué tarde al trabajo. ¡Maldita sea!
Odié más que nunca la mascota de mi hermana; y también a mi
hermana.
Cuando retorné a casa, lo primero que hice fue cerciorarme de
que se hallara dentro del cuarto de huéspedes. Abrí la puerta con sigilo,
encendí la luz, y me asomé. No la vi por ningún lado. Entré y me puse a
buscarla. No estaba. Era extraño. Sólo me quedaba un lugar por revisar.
Me agaché para buscar debajo de la cama. No había nada.
Removí un poco la base del lecho, pero ni rastros de ella. A pesar de mi
animadversión, comencé a preocuparme. ¿Qué le diría a mi hermana? ¿Que su
mascota se me había extraviado? ¡Qué locura! Jamás me lo creería. Todo lo
contrario. Ella pensaría lo peor. Diría que yo, obnubilada por mi rechazo, me
había encargado de desaparecerla. ¡Por san Gorgonio!
De repente, mi odio desapareció para transformarse en
desasosiego, y mi inquietud se volvió desesperación. Me di a buscar como loca
por toda la casa. Pero no estaba ni en la sala, ni en la cocina, ni en el baño,
ni en ningún lado. Sólo me quedaba un lugar por buscar: mi propio dormitorio.
¿Mi dormitorio? ¡Oh, por san Gorgonio, no! ¡No allí! Fui
hasta mi cuarto casi corriendo. Y desde que abrí la puerta, la vi. Al principio,
el shock me traumatizó. Era increíble. Allí estaba… tendida indolentemente sobre
mi cama.
Mi primera reacción fue andar, tomarla entre mis manos, y
arrojarla en seguida hacia la calle. Pero me contuvo el recuerdo de lo que
acababa de suceder. Y la imagen de mi hermana también. La veía de pronto en mi
mente, mirándome en forma acusadora. La miraba molesta y contrariada, echándome
en cara mi despreciable conducta. ¡Por todos los santos! ¡Tenía que saber
dominarme!
¿Pero, y ahora? ¿Cómo le haría para sacarla de allí?
Necesitaba dormir; me sentía desvelada; estaba muy cansada. Así que no podía
dejarla en mi cama. ¡Sería un sacrilegio intentar dormir con esa cosa a mi lado!
Haciendo de tripas corazón, me acerqué y la cogí con mis manos. No sin terror ni
dificultad, la devolví hasta el cuarto de huéspedes. Después de dejarla sobre el
piso, cerré la puerta por fuera. ¡Ahora sí, nada me impediría el descanso!
Fui rápido hasta el sanitario y me lavé varias veces las
manos. Después, me metí en la cocina y me preparé algo de comer. Luego de ver un
rato televisión, por fin me retiré a dormir. No sé decir bien a bien si fue por
el insomnio de la víspera o por otra causa, pero aquella noche dormí a pierna
suelta. Fue por ello que al día siguiente, antes de irme al trabajo, quise
cerciorarme si la mascota continuaba en su sitio.
Fui hasta la habitación contigua y abrí la puerta. Pero no la
vi por ningún lado. No deseando perder más tiempo y sin salir de mi asombro, me
largué a la oficina. No debía llegar tarde otra vez. Durante todo el día me
estuve preguntando cómo le hacía aquella cosa para salir del dormitorio cerrado.
Pero no encontré ninguna respuesta.
Cuando volví por la noche, lo primero que hice fue ponerme a
buscar por toda la casa. Pero de nueva cuenta comprobé que a ella le gustaba mi
cuarto. La cosa estaba tendida sobre mis sábanas, en actitud displicente, como
suelen hacer esos bichos, sin prestarme la más mínima atención. ¡Omaigod!
¡Aquello era el colmo!
La rabia se apoderó de mí, y rápidamente la cogí y la llevé
otra vez al cuarto de junto. Confieso que casi la tiro al suelo con todo y todo.
Pero luego de cerrar la puerta, me quedé parada como una estatua. Pensé que de
nada me serviría encerrarla. ¡Ella misma se encargaba de salirse! Y lo peor es
que yo ni siquiera sabía por dónde se escurría. ¡Cuánto desee en aquel momento
que mi hermana estuviese ya de regreso!
Decidida a no dejarme amargar la vida por esa cosa, intenté
olvidarme de ella dedicándome de lleno a mis quehaceres. Cené, lavé los platos,
y luego me di una buena ducha. Fresca como una lechuga, me puse a ver mi
programa favorito. Pero cuando se llegó el momento de dormir, fue inevitable no
recordar de nuevo aquel bicho. Pero ¡Qué caray! Yo estaba en mi casa.
Me armé de valor y me levanté resueltamente del sillón. ¡Era
hora de poner las cosas en su sitio! Abrí la puerta y entré. Y allí la ví, como
todas las noches. Estaba quietecita sobre mi cama, echada como una holgazana,
como si el mundo no existiese para ella. Y por lo visto, la cosa disfrutaba
grandemente de mi propio espacio. Porque yo sabía que la cama del cuarto de
huéspedes era igual a la mía. Pero a ella le agradaba mi lecho. ¡Por san
Gorgonio!
Quise reflexionar un poco sobre esa cuestión.
Entonces, no era que prefiriese mi cama, sino que se trataba
de otra cosa. ¿Pero…qué otra cosa? ¿Acaso era el calor humano de mi habitación?
Si. Podía ser. El calor. Mi calor. ¡Eureka! Eso sonaba bastante probable. ¿Por
qué no? ¿No era esa cosa un ser de sangre fría? Si; lo era. Y por lógica, tenía
que buscar los lugares tibios. ¡El bicho necesitaba calentarse!
No se trataba de una cuestión de voluntad mía, sino de una
necesidad primordial de ella. Es decir, que entre más me negara a aceptarlo,
peor me iría. Por naturaleza, el bicho buscaría siempre estar en mi cuarto. Allí
dentro había calor. Sí. Mi calor. ¡Por san Gorgonio!
Deduje entonces que si ella quería quedarse en mi cuarto,
entonces yo sería la que me iría a la habitación de huéspedes. ¡Y así lo hice!
Arreglé el otro dormitorio y me metí a dormir allí. Ya no
estaba tan molesta, sino que ahora iba comprendiendo la actitud de aquel bicho.
Me tendí sobre el lecho y pronto me quedé dormida.
Fue de madrugada cuando sentí aquello que me rozaba. Pero
estaba tan cansada que todo lo atribuí a un sueño. Hice por despertarme, mas no
pude hacerlo. Ignoro por qué, pero me pareció haber caído en una especie de
trance hipnótico o algo parecido. Porque mi voluntad me decía que me despertara,
pero alguna otra cosa, en lo más profundo de mi subconsciente, me lo impedía.
Cuando amaneció, el timbre del reloj me despertó. Me
desperecé sobre la cama y me fui incorporando en lentos ronroneos. Por alguna
razón desconocida, me sentía plena aquella mañana. Me levanté y me metí en la
ducha. Esa vez, como pocas en los últimos días, estuve cantando bajo el agua.
¡Qué cosas!
Salí de la bañera y comencé a arreglarme. Antes de irme al
trabajo, distinguí a la cosa. Estaba justo bajo la cama. ¡Se había metido al
cuarto de huéspedes donde dormí! Esta vez, en lugar de molestarme, comencé a
reír con ganas. Pensé que estaba ante un caso único de obstinación. Un raro caso
de tenacidad y perseverancia. ¡Por san Gorgonio! Comenzaba a ver con cierto
agrado a aquella cosa.
Tuve que salir casi corriendo rumbo al trabajo. Y por segunda
vez en la semana, estuve pensando mucho en la extraña mascota. Mucho.
Esa noche, cuando retorné a casa, lo primero que hice fue
buscarla. Me había portado como una necia, y lo sabía. Necesitaba hacer las
paces con ella. En ocasiones, los animales suelen darnos algunas lecciones. Y
ésta cosa lo había hecho conmigo. Ni yo, ni nadie que conociera antes, fue nunca
tan persistente. Lo admito. ¡Y eso se admira, qué caray!
La encontré como siempre, crasa y supina, sobre las frazadas
de la cama de huéspedes. Se veía que le gustaba subirse allí. Sin duda hallaba
calor entre la textura de los edredones. Calor humano. Mi calor. Sentándome en
el borde de la cama, me le acerqué y avancé mis manos hacia ella. Comencé a
frotarle la piel despacio, con tiento, haciendo intentos por reprimir mi
repelencia. Pero extrañamente ya no sentí ningún tipo de rechazo.
¡Algo estaba sucediendo conmigo!
Luego de acariciarla por un rato, finalmente entendí que el
bicho no me haría daño si la dejaba quedarse en mi cama. Mi hermana tenía razón.
¡Era un ser completamente inofensivo! Mi propia hermana me había dicho que
dormía con ella en su misma cama.
Luego de hacer mis cosas de rutina, por fin me retiré al
dormitorio. No deseando quedarme otra noche en el cuarto de huéspedes, la llevé
conmigo a mi habitación. La deposité sobre la cama y me hice un lugar junto a
ella. ¡Esta vez intentaríamos dormir juntas!
Me puse mi batín y cogí un libro del buró. Leí por casi una
hora, olvidándome temporalmente de ella. Pero más tarde comencé a cabecear.
Apagué la lámpara, dejé el libro y me abandoné al descanso, arrellanándome en mi
postura favorita.
No pasaron ni veinte minutos cuando la sentí. Por alguna
razón, recordé instintivamente los sueños de la noche anterior. ¡Eran tan
parecidos! Quería despertar, pero no podía. Abría desmesuradamente los ojos
creyendo que con eso alcanzaría la vigilia, pero no era así. Intentaba
despabilarme, pero algo me volvía a adormecer de un modo extraño, sublime,
agradable.
Era algo raro; una sensación inédita. Era como si me
estuviesen encantando; como si me estuvieran hipnotizando. Era como si alguien
me estuviese durmiendo entre suaves arrullos, entre dulces susurros; pero dentro
de otro sueño profundo. Aún así, podía captar perfectamente las frecuencias de
mis sentidos. Pero a mí me gustaba. Experimentaba una placidez tan extraña,
nunca antes concebida.
La sentía deslizarse lenta, excesivamente lenta, de un modo
casi enloquecedor. Avanzaba recorriendo con suavidad el cálido interior de mis
piernas. Se acomodaba y se engullía entre ellas, cual espía, como intentando
esconderse de alguien o de algo. «A esos bichos les gusta el calor. Si. Y lo
buscan». Claramente sentía su extraño contacto. Era… ¿Cómo explicarlo? Si. Era
algo rugoso y no rugoso. Algo que molestaba y no molestaba. Algo que rechazaba y
que anhelaba. ¡Por san Gorgonio!
Lo estaba disfrutando, y mucho. ¡Qué duda cabe! Tanto, que
necesitaba abrir más mis piernas. Lo sabía. Tenía que hacerle camino; había que
darle paso. Maquinalmente me abrí toda. Estaba que no podía más. Quería
sentirla; necesitaba saber lo que me haría. ¿Un abandono pleno? Algo así.
Entre sueños, pero sin estar dormida, me abrí como tijera.
Por fin me quedé expuesta, liberando el camino. Aquello avanzó. Serpenteó entre
mis muslos y se fue acercando a mi zona prohibida. «¡Peligro…peligro…objeto no
tan desconocido…acercándose!» Omaigod. Como si para ella los minutos fuesen
siglos, así avanzó la cosa, muy lenta; con esa lentitud letal que me conmovía y
me quemaba por dentro.
Hubo un instante en que, habiendo sentido llegar alguna de
sus partes a mi centro receptor, intuí que algo comenzaba a hurgar en mi
hendidura semi abierta. ¡Por san Gorgonio! Pero…¿Qué me quería hacer?
Aún en mi semi inconsciencia me sentía completamente
enardecida. Era tremendo. La cosa husmeó primero en mi entradita. Oteaba y se
detenía... volvía a otear, y se volvía a detener. ¡Era casi el paraíso! Yo
temblaba de deseo, pero la cosa no se animaba. ¿Qué era lo que estaba deseando?
No lo sabía. O más bien, sí. Sí lo sabía. Lo sabía perfectamente. Es más; lo
anhelaba. Lo anhelaba angustiosamente. Pero me lo negaba a mí misma. ¿Por qué
seremos así? ¿Por qué negaremos nuestras ansias más ocultas? ¿A qué le tememos?
¡Ay no, por todos los santos! Pero es que…lo que yo anhelaba
era… imposible. Y a más de imposible, era también peligroso, riesgoso,
resbaladizo. ¿Qué dije? ¿Resbaladizo? Si. Eso dije. Dije resbaladizo. Por ello
era aún más peligroso. ¿Qué tal si luego no se me quería salir? «A esos bichos
les gusta el calor. Si. Y lo buscaban». Mi calor. Le gustaba mi calor.
Quise despertarme pero no pude. ¿O no quise? La cosa seguía
moviéndose, atornillándose, liándose entre mis piernas abiertas. Pero su cabeza
estaba pegada a mi raja. La sentía. ¿Qué sentía? Sentía su bífida lengua. Si,
sentía su lengua. Su delgadísima lengua. Su maravillosa y ahusada lengua. Me
lengüeteaba. Me daba de lengüetazos.
Por reflejo, me abrí más. Sabía que sería necesario. Y ya no
hubo necesidad de esperar más. En aquel instante la sentí hundirse. Sí. La cosa
buscó anhelante mi gruta y se esforzó en hundirse en el socavón de mi vulva.
¡Cuándo placer! ¿Lo han sentido alguna vez?
La adiamantada cabeza fue ingresando en movimientos sobrios
pero seguros. Ya no habría mañana. Era ahora o nunca. Me abrí totalmente,
relajando mi grupa. Las sensaciones no eran de este mundo. La cosa no encontró
obstáculos para deslizarse en mi canal, moviéndose y agitándose por sí misma,
hasta que su cabeza me entró por completo.
Luego, comenzó una especie de giro ondulatorio, sin soltar su
enrosque sobre la piel de mis piernas. Era tremendo. No pude evitar gritar de
placer y de pasión. El primer espasmo me sacudió sobre la cama, pero aún así no
pude despertarme. Estaba como hechizada. ¿Me habría hipnotizado la cosa antes de
quedarme dormida? No lo sabía.
El bicho, como si supiera bien lo que hacía, empezó a
menearse en mi interior. Su gruesa cabeza me seguía invadiendo, pero sin ir más
allá de donde debía. Pero el resto de su cuerpo se coleteaba como si fuese el
látigo de un domador; entre chasquidos suaves, y me alcanzaba a golpetear mi
dermis sin causarme dolor, sino todo lo contrario.
Entre sacudida y sacudida, volví a venirme una y otra vez,
entre voluptuosos bramidos de lujuria, apretando la cabeza de aquella cosa con
los ardientes pliegues de mi cuca.
Tal vez por razones de oxigenación, o no sé muy bien por qué,
la cosa comenzó a retirarse de mi hendidura. La sentí avanzar en reversa,
mientras su cuerpo oscilaba para generar la fuerza motriz que debía sacarla de
mi interior.
No tardó mucho en salir de su cuevita caliente. De mi cuevita
ardiente. «A esos bichos les gusta el calor. Y lo buscan»
A la mañana siguiente, me desperté mucho más contenta que el
día anterior. Mis cánticos mañaneros me sorprendieron de repente bajo la ducha,
y yo tenía la ligera sospecha de que algo inesperado me había sucedido aquella
noche. Pero entre más lo pensaba, más me convencía de que debían ser sólo
sueños. Si. Extraños y eróticos sueños. ¡Por san Gorgonio!
Por la noche, mi hermana regresó de su viaje. Cuando me
preguntó por su mascota, le dije que debía hallarse tendida sobre mi cama, como
una bella durmiente.
-¿Se portó bien? –me preguntó con interés-
-Si. Muy bien. –dije sonriendo-
-¡Vaya contigo! –me dijo incrédula- ¡Creí que me la
regresarías muerta!
-No, como crees. Si ni siquiera la tuve que cuidar. La
verdad, ella es muy tranquila.
-¡Y también muy entendida! –me dijo- Sabe cuando está en casa
ajena, y entonces, se cuida de buscar los lugares calientitos.
Yo sonreí.
Cuando se la llevó, me sentí como vacía. Entonces comprendí
que me gustaría dormir siempre con una cosa como aquella. Necesitaba de alguien
que velase mi sueño. Quería que me siguieran hipnotizando; que me siguieran
encantando; que me siguieran hechizando….que me siguieran….
¡Por san Gorgonio! ¿Por qué negaremos nuestras ansias más
ocultas…?
¿A qué le tememos…?
Pero yo sabía que sólo una mascota como la de mi hermanita
podría darme tales satisfacciones.
Si. Definitivamente. «A esos bichos les gusta el calor. Y a
veces lo encuentran»
FIN.