La fusión inesperada
Mi trabajo en el laboratorio de especialidades farmacéuticas
era agradable y estimulante hasta que otra empresa, más poderosa, anexó a su
campo de acción al nuestro. Era la época funesta del "corralito" y los ahorros
de todo el mundo no sólo se habían depreciado miserablemente sino que además
parecían irrecuperables.
Don Severo, el propietario del laboratorio, nos explicó con
absoluta honestidad que de no tomar la decisión de fusión no podría mantener
nuestra fuente de trabajo. Cabizbajos y bastante nerviosos, nos retiramos esa
tarde a nuestras casas para poder digerir la idea y tratar de adaptarnos a la
nueva situación a partir del lunes próximo.
Como todo sucedía en Argentina en esa época, era de un día
para otro: cinco mil pesos eran cinco mil dólares hace tres días; hoy era la
tercera parte y pagadera en monedas arbitrarias no aceptadas en cualquier
parte...
Desde mi casamiento yo había alquilado un departamento
luminoso y cómodo, antiguo, de planta baja con acceso a una azotea y altillo en
un corredor largo que distribuía entre tres los gastos comunes. Cuando mi mujer
decidió irse hace dos años lo conservé, porque en definitiva esa era mi casa. No
me parecía buena idea volver con mi madre, viuda también en ese preciso momento
en que no solo perdí a mi novia y mujer de toda la vida sino también a mi viejo.
Por otra parte mi hermana menor es todavía soltera, se lleva de maravillas con
mi madre y ambas se adaptaron una a la otra de modo que volver sería algo así
como ser un intruso en la casa paterna.
Unos meses atrás el dueño del inmueble me lo ofreció en venta
y por lógica me entusiasmó, pero con todo esto no sé si podré concretar la
compra de mi casa. Por el momento vivo allí en Villa Urquiza, tranquilo. Claro,
tranquilo es un decir, con toda la incertidumbre en que vivimos. Pero hoy es
viernes, pido una pizza en la esquina y pongo en el video una película antes de
dormir. El lunes, Dios dirá...
El lunes a las ocho el laboratorio era un hervidero de gente
de un lado a otro, y en la cartelera junto al marcador de tarjetas se anunciaba
una reunión para las once con los nuevos socios, así que nada, cada cual a su
tarea y a esperar.
Dora, mi compañera de tantos años, había escuchado decir que
la gente que venía era también bastante piola, como lo era don Severo que de
esto sólo llevaba el nombre. El laboratorio era casi una familia sustituta en la
que una treintena de personas trabajábamos a gusto con una ínfima presión de un
"padre" comprensivo y tan dedicado como nosotros. Pero bueno, tal vez el cambio
no iba a ser demasiado violento.
Desde el momento en que se nos presentó a Ignacio Soto sentí
una profunda antipatía por él. Soto sería el enlace con la nueva firma, una
especie de gerente general trabajando junto a don Severo que quedaría como
director hasta jubilarse. Era un tipo de más o menos mi edad, unos treinta y
cinco o treinta y seis años, alto, delgado, con el pelo lacio como yo de color
castaño claro y también como yo, usaba anteojos. Como lo dije, su aire
intelectual me resultó bastante antipático y medio me amosqué cuando Dora me
comenta: -"¿Te das cuenta? Este Soto hasta parece de tu familia, mira qué
parecidos son". No se lo dije, pero pensé: "Sí, podemos parecernos en lo blanco
del ojo o en el agujero del culo". No podía salirle al paso con una grosería
pese a la confianza que teníamos, de modo que no contesté nada y continué
observando al tipo.
Evidentemente la antipatía era unidireccional: cuando me
presentaron a él, Soto me saludó con la misma corrección con la que saludó a
cada uno de los anteriormente presentados, pero fue notoria –al menos para Dora,
que se las da de psíquica- una cierta efusividad.
-"Ah, Ernesto, un gusto- dijo Soto estrechándome la mano-
parece que vamos a trabajar en equipo". Y dirigiéndose a don Severo: "¿Ya lo
puso en antecedentes?"
-No, todavía no, era una sorpresa que yo quería dar a Ernesto
pero usted se me adelantó...
-Mil perdones, don Severo- hizo un gesto compungido- pensé
que como habíamos convenido el jueves, usted había hablado el viernes con la
gente seleccionada.
Yo miraba a uno y a otro, con bronca de no saber de qué se
trataba, pero más porque desde el jueves mi nombre estaba en un proyecto que don
Severo compartía y el viernes podía haberme adelantado algo, para al menos no
quedar como un tonto frente al engreído de Soto.
-Bueno, no se quede tieso- sonrió Soto dirigiéndose a mí
dando un ligero toquecito con su izquierda en mi brazo derecho- esto forma parte
de las novedades.
-Bien, yo estoy a la orden cuando ustedes lo dispongan. Con
su permiso- dije secamente- ¿puedo volver a mi sección?
Dado el consentimiento por unanimidad, mientras nos
dirigíamos a nuestra oficina con Dora, un sentimiento de impotencia por las
decisiones ajenas en lo tocante a mi persona se iba apoderando de mí y yo ya
sabía que la presión me produciría conflictos con el recién llegado.
-Es simpático Soto, ¿no te parece?- dijo Dora ni bien cerró
la puerta de nuestra pequeña oficina.
-Es un imbécil- respondí, asombrándome del énfasis en
catalogar a un tipo a quien no llevaba tratando mucho más de diez minutos- me
parece que voy a buscar otro laburo en los avisos de La Nación del domingo.
La semana transcurrió normalmente, el trabajo era el mismo de
siempre, la rutina no había cambiado y las contadas veces en que me había
cruzado con Soto me había saludado con naturalidad pero en ningún momento me
había entrevistado nadie, ni él ni don Severo para el nuevo proyecto. Mi rabia
no había disminuido ni un ápice hacia el viejo, que no fue capaz de darme
explicaciones acerca de lo sucedido en la presentación. Obviamente, no iba a
preguntar nada a Soto. El fin de semana vería qué ofrecimientos había en el
diario y mi curriculum siempre estaba actualizado porque desde que había
comenzado a trabajar siempre lo había hecho en la misma empresa, ascendiendo
dentro de ella tras quince años de entrega ahora perturbados por la llegada de
ese insufrible de Soto.
El sábado a la tarde, mientras lavaba el plato en el que
había almorzado una pata de pollo con fritas comprada de apuro, sonó el teléfono
de mi departamento.
-¿Ernesto Estrada? Soto habla- la voz del detestado nuevo
patrón sonaba con toda su (falsa, seguramente) simpatía- Necesito reunirme con
usted urgentemente, disculpe que lo llame a su casa...
-Está disculpado- respondí tratando de no parecer demasiado
desagradable, aunque dudo que lo haya logrado-¿por qué no me dijo en el
laboratorio que necesitaba reunirse conmigo? Pudimos haber combinado algo, hoy
ya tengo programa.
-Es que no es para hoy, sino para mañana- me tapó la boca
rápido, como para que me fuese imposible declinar su invitación- podemos hacer
un almuerzo de trabajo, a mi cargo, claro.
-Soto, esto me complica un poco mis planes- me sinceré- tengo
algunas cosas que atender de mi vida particular, incluso encontrarme tiempo para
tomar determinaciones.
-Ernesto, le ruego que no tome ninguna que implique su
trabajo- el tipo parecía vidente, se me adelantaba como si estuviese dentro de
mi conciencia- creo que antes de hacerlo debiéramos conocernos. Usted me cae
bien y tengo inmejorables referencias...
-Le agradezco su interés, Soto- repliqué- pero me parece que
soy yo quien debe tomar las riendas de su vida, perdóneme la franqueza.
-Seguro que sí, Ernesto. Discúlpeme usted a mi- su voz sonaba
sincera- Creo que no le caigo nada bien y tendríamos que conocernos antes de que
por mi causa usted truncase una espléndida carrera dentro de la empresa.
-¿Qué sabe usted de mí, Soto?- me impacienté acicateado por
su humildad- No creerá que voy a dejar de lado quince años de mi vida porque un
desconocido tome el control de mi trabajo.
-Claro que no, Ernesto- respondió con la misma calma- es
justamente eso que le pido, que su antipatía por mí, un tipo al que todavía no
conoce le haga cometer una macana. La fusión de la empresa lo tiene muy en
cuenta y va a ver, cuando me conozca un poco, que ni soy su enemigo ni usted un
elemento desaprovechable. Don Severo está casi en su límite jubilatorio, y lo ha
sugerido como sustituto para trabajar en la dirección conmigo.
Casi me caigo de traste, así que era eso...Pero ¿por qué
tenía que enterarme por teléfono, en mi casa un día no laborable y no por boca
de don Severo?
-Me deja sin palabras, Soto- dije apenas con un hilo de voz
que trataba inútilmente de hacer crecer para otorgarle naturalidad- no me lo
esperaba...
-¿Ve? Por eso es que tenemos que almorzar mañana juntos.
Tengo la total seguridad que vamos a formar un buen equipo de trabajo, y debemos
conocernos mejor- su voz aparecía positiva, segura y firme-¿Lo paso a buscar?
-¿Supongo tiene mi dirección?- era una pregunta retórica-
Claro, me está llamando por teléfono...
-Sí, no hay problema- respondió- ¿Le parece bien doce y
media?
-Listo, departamento dos, en el portero eléctrico la chapita
fue robada...- dije más animado.
-Hasta mañana, entonces. Doce y media estoy allí.
Sobre las cinco de ese sábado me dirigí hacia la casa de mi
madre. Sólo estábamos a una distancia de quince cuadras, por lo que fui
caminando, aprovechando para estirar las piernas al tiempo que para procesar los
últimos sucesos. Era una tarde espléndida, con el sol ya bajo sobredorando los
árboles de la avenida. Buscaba y buscaba en mi mente datos para poder explicarme
por qué Soto me caía tan grueso. Y la verdad, no los encontraba. Me había
molestado su suficiencia, y yo también aparecía ante los demás con ese mismo
aire de suficiencia. Su seguridad a pesar de su juventud; casi la misma que
generalmente yo exhibía ante las situaciones nuevas. Tal vez el comentario de
Dora, que nos parecíamos físicamente...Bueno, éramos de la misma generación, tal
vez producto de una educación parecida, la misma forma de vestir, de peinarse.
Seguramente eran bobadas, el tipo no parecía un arribista y por otra parte en
combinación con don Severo quería darme una mano. Don Severo –pensé- un amigo de
mi viejo de toda la vida, viudo, sin hijos, me había demostrado afecto siempre,
desde que comencé a trabajar apenas cumplidos mis dieciocho años. Esa debía ser
la causa, pues. Don Severo lo miraba con el mismo afecto con el que me miraba a
mí. Como a un chico que se conoce desde siempre y que va creciendo a nuestro
lado, del que vamos apoyando cada logro y asegurando cada etapa.
Unos mates con la mami, pues mi hermana había ido a visitar a
una amiga en Temperley, las charlas de siempre ("Qué flaco estás, no estás
alimentándote bien, vives comiendo porquerías, cómo te hace falta una buena
compañera, qué tal la gente nueva en el laboratorio")las respuestas de rigor, el
informativo en la tele, el regreso a casa, caminando.
A dos cuadras de mi departamento, un fortuito encuentro con
Mónica, mi ex cuñada. Un abrazo afectuoso, largo. "Mi hermanita es una bala
perdida, plantar este tesoro de potro", "No es para tanto, que sea feliz, yo
estoy bien", otro abrazo "No nos vemos casi nunca, ven a cenar cuando quieras,
mi casa es tu casa y sabes cuánto te queremos Daniel y yo", "Dale, en cualquier
momento", sigo el trayecto, pongo la llave en la puerta exterior, llego a mi
propia puerta, el teléfono sonando y el contestador grabando un mensaje de Soto:
"Ernesto, es Soto de nuevo, ¿qué tal si lo paso a buscar en
digamos una hora y salimos a dar una vuelta por Puerto Madero?"
No sé qué hacer. Por un lado son las nueve, no compré nada
para cenar, no tengo planes inmediatos, quiero hacer borrón y cuenta nueva,
devuelvo la llamada.
-Soto,le habla Ernesto- digo de un solo tirón- acabo de
llegar y estoy de acuerdo, me ducho y cambio de ropa y salimos a reventar la
noche.
-Muy bien, en una hora estoy en su casa- respondió
afablemente.
Mientras el agua caía profusamente, pues a esa hora el
suministro se da con mayor fuerza, pude notar como paulatinamente mi primera
impresión sobre Soto se iba desdibujando. Lo comenzaba a ver de otro modo, como
un tipo con el que podría trabar una amistad que pudiese mitigar la soledad de
mi rutina. Yo soy un hombre joven pero de pocas amistades, mis amigos de la
adolescencia o han emigrado de la capital a otras provincias o se fueron del
país; los amigos que teníamos en común con mi ex desaparecieron de mi vida junto
con ella. De casa al laboratorio, de allí a mi casa, no resulta una vida
demasiado atractiva para un hombre sano de treinta y cinco años. El fracaso de
mi pareja también en cierto modo contribuyó a que me cerrara al mundo en lugar
de hacer como otros hombres una vida de conquistas y amoríos.
Una camisa sport, un vaquero y mocasines, un toque discreto
de Photo, y un cigarrillo para esperar al patrón.
Puntual, no terminaba mi cigarrillo cuando el timbrazo en la
puerta de calle anunciaba a mi visitante. Le abro, y me sorprende: su camisa es
del mismo color de la mía, azul, pero de bastones finitos en blanco; está
también de vaqueros y calza mocasines marrones en vez de negros. Los dos, como
si nos conociéramos de siempre, largamos la misma carcajada.
-Pase, Soto. Bienvenido a mi casa- estreché su mano con
verdadera simpatía- no se fije en el desorden.¿Gusta tomar un aperitivo?
-Gracias, Ernesto- respondió- dejémonos de protocolos.
Prefiero no beber nada porque me gusta acompañar con vino la comida. ¿Tiene
algún restaurante favorito?
-No, qué es eso- sonreí- no soy muy frecuentador de
restaurantes, más bien compro comida hecha y la como aquí en casa. Y mire usted-
agregué- si algo nunca me falta es una botellita de vino.
-Lindo departamento, cómodo- señaló- estos departamentos
antiguos son lo más parecidos a casas que hay, no tienen ese aire de palomar
como el que destaca en el que yo vivo.
-¿Vive cerca?- pregunté sin ningún prurito.
-Más bien sí, en Montevideo y Talcahuano- respondió con
amabilidad- el año pasado firmé el boleto de compra de un departamento amplio en
un sexto piso, con dos dormitorios y dependencias de servicio. Había recibido
una herencia, de modo que pude pagarlo antes de comenzar esta debacle, y era
bastante barato para la comodidad que tiene. Ya va a conocerlo, supongo.
-Faltaba más- dije agradado por la invitación formulada con
naturalidad, nada de cortesía impuesta- mire, le muestro el mío. Pero reitero,
no tome en cuenta el desorden...
-¿Por qué no nos tuteamos? –preguntó interrumpiendo mi pedido
de disculpas- te llevo sólo dos años, y no me jodas, los tipos solos como
nosotros no tenemos la costumbre de perder tiempo haciendo las labores de la
casa. Mira, si no fuera porque tengo una señora que viene a mi casa tres veces
por semana a arreglar, me tragaría el desorden.
Era sin lugar a dudas un tipo tan sencillo y despelotado como
yo. Le mostré la casa que no era tan grande como la suya; se quedó admirado de
los muebles de mi comedor, antiguos, sólidos, comprados en un remate de una casa
de antiguo patriciado; inspeccionó la cocina rápidamente, el baño, el dormitorio
hecho de apuro. Subimos la escalera para que viese el altillo que daba acceso a
la azotea y era por cierto una habitación más, un escritorio donde el ordenador
apagado presidía orondo entre tres paredes completas cubiertas de anaqueles.
Salimos al aire de la noche. Las azoteas tienen un encanto
peculiar: de día son como tiendas de ropa puesta a secar; de noche con los
alambres desnudos, espacios abiertos a la quietud del barrio con vallas verdes
separándonos de los vecinos. A ambos lados como límite entre los departamentos
uno y tres los tejidos de separación están cubiertos de densas matas de jazmín
de estrella que nunca tuve la intención de podar para que mi azotea fuese un
refugio inexpugnable.
-¡Qué hermoso lugar, Ernesto!- me dijo intempestivamente- la
paz que se respira aquí perfumada de jazmín es increíble. ¿Ves? Me gustaría
hacer una cosa así de mi balcón frontal, una especie de techado florido que de
noche huela de este modo.
-Pero es bien fácil- repliqué sorprendido por la emoción de
su comentario- el jazmín nace de estacas, y te puedo hacer unas cuantas plantas
para que las ubiques en dos maceteros laterales. Un herrero puede hacerte un
soporte tipo glorieta abierta y vas guiando las ramas hasta hacerte tu techado
en flor.
-¡Fantástico!- dijo contento- te tomo la palabra. La verdad
es que este lugar tuyo está tan bueno que me da lástima irnos a recorrer el
bullicio de la costa. ¿Y si compráramos algo para comer acá y conversar sin
horarios?
-Por mí no hay drama, dale- le dije- a dos cuadras de aquí
hay una rotissería que hace comida casera y tiene buenos vinos. Voy hasta allí y
traigo algo mientras disfrutas del aire con perfume a jazmín. Luego sacamos una
mesa y dos sillas y comemos aquí, sin apuro.
-Buena idea- aceptó- es lo mejor que podríamos hacer.
Verifiqué el estado de mi billetera y salí, dejándolo solo,
sentado en el pretil del muro que da al corredor, sumido en sus pensamientos y
contento como un chico al que aceptaran una importante propuesta.
Cuando volví, veinte minutos más tarde, había encontrado una
mesa-libro que guardo tras la puerta que conduce a mi azotea y las dos sillas
plegables que la acompañan.
-Traje gnocchi alla bolognesa, ¿vamos bien?- pregunté un poco
dudando ante mi prisa por agasajarle sin preguntarle qué le apetecía comer- y un
buen Merlot que tenían de oferta- añadí, alcanzándole la botella.
-Mmmm...Para mí está bárbaro, la pasta es una de mis comidas
preferidas, y este vino es de lo mejor de Mendoza- respondió apreciativamente
depositando la botella con extremo cuidado sobre la mesa- Después podemos dar
una vuelta para buscar el postre.
-No será necesario- dije con un guiño- también traje helado
de chocolate con nuez.
-¡Ah, pero que me estás malcriando!- rió con ganas- ni que
adivinaras que ese es mi postre desde que tengo uso de razón...
-No me digas, también es mi postre favorito, invierno y
verano- dije con real y absoluta sorpresa, porque era cierto. Todo el mundo
incluida mi ex se reía de mi postre, porque en todo momento y habiendo delicias
de todo tipo, yo siempre ordenaba lo mismo. Desde que tenía conocimiento mi
padre nos llevaba siempre a la heladería Tovagliari a tomar nuestro helado de
chocolate con nuez.
La noche con su calma, la conversación amena, el calor del
vino, la precisa textura de los gnocchi en su punto y sabor justos, el aire
tibio perfumado de jazmines sin ruidos de tránsito y el helado delicioso y
crocante nos encontraron como dos antiguos amigos a las tres de la madrugada.
Soto estaba tan a gusto en mi compañía que sin pedir permiso ni dar
explicaciones en un momento dado que yo no supe cuándo se quitó los mocasines,
quedando descalzo. Su actitud no me pareció para nada extraña, yo me sentía
también muy cómodo en su presencia.
Charlamos del trabajo, de la vida, de cada uno. De lo que
queríamos lograr, de lo que dejamos atrás, de nuestros compañeros del
laboratorio. Me enteró de su conocimiento de don Severo desde pequeño, del
cariño que sentía por el viejo, y de la posibilidad que tuvo de echarle una mano
cuando la multinacional para la que trabajaba decidió adquirir pequeños
laboratorios de competencia para afianzarse en el mercado.Le conté acerca de mi
vida, mi noviazgoy posterior mi matrimonio, la despedida de mi mujer, mi
soledad. Cuánto extrañaba a mi padre, cuánto me sentía de responsable por mi
madre, en fin: pasamos la barrera de dos simples conocidos para ser en ese
momento dos amigos que se confían cosas.
-¿Y novia?- preguntó de modo impersonal invitando a la
confidencia.
-No, creo que estoy en un franco proceso de replanteo de mi
vida. Y sinceramente, desde que mi mujer se fue no he vuelto a sentir la
necesidad de volver a entablar una relación formal- contesté sintiéndome un
tanto expuesto por mi franqueza.
-A mí me sucede otro tanto- confesó- luego de una relación
desafortunada con una chica que terminó muy mal decidí abocarme al trabajo y a
relaciones efímeras, meros desahogos.
-Yo ni eso- comenté sorprendiéndome de mi propia e inusual
confesión- desde que estoy solo parece que hay partes de mí que están dormidas,
o definitivamente muertas...
Me miró directamente a los ojos.
-No te creo- aseguró con total seriedad, tomándome en serio-
no vas a decirme que en todo este tiempo te mantuviste casto y puro.
-Casto sí, puro no- repuse bajando la voz- pero no hablemos
más de esto, prefiero que lo olvides.
-No, Ernesto- explicó- no me río de la situación y comprendo
que no quieras hablar de este tema, sobre todo con un desconocido.
-Seguro- asentí- pero bueno, no te veo tanto como un
desconocido, de otro modo nunca te hubiese dicho lo que me trae tan mal, y no
estaríamos cenando aquí en mi bunker.
-¿Te complica?- preguntó también en un tono bajo de voz,
estimulante- si te complica es porque tienes que tratarlo a nivel profesional.
Es que tienes todo al alcance de la mano para sentirte bien, y si no te sientes
bien creo que hay que buscar soluciones.
-No, no me complica. Para nada- mentí- si lo confesé es
porque de alguna manera te siento cerca y aunque no nos conozcamos mucho me
diste la oportunidad de abrirme.
Se levantó y se acercó a mí, arrodillándose a mi frente.
Sin decir más nada, apoyó la cabeza en mis rodillas mirando
hacia la noche. Sin tener exacta conciencia del porqué una de mis manos se
acercó a su cabeza en una caricia inusitada. No la retiró. Mis dedos le rozaron
el pelo, trayéndolo desde la frente hacia atrás, yo me sentía bien haciéndolo y
él continuaba en silencio, su cabeza apoyada como si lo hubiese hecho siempre,
como si se tratara de dos amantes. Ninguno de los dos dijo nada, dejando que el
instante se prolongara. Fue quien primero se incorporó, y así, de rodillas, tomó
con sus dos manos mi cabeza y me besó en los labios.
No era un beso furtivo, no era un beso apasionado, no era un
beso que ninguno de los dos hubiese buscado: era simplemente un beso como
diciendo "estoy aquí, la vida es bella y continúa".
Me puse de pie, soltándome de sus manos sin ninguna sensación
de pérdida o de ganancia. Era sí una sensación extraña y absolutamente nueva
para mí, pero no podría decir jamás que me disgustara. Hizo lo mismo, y al mismo
nivel que yo volvió a tomar mi cara entre sus manos, pero esta vez, su lengua se
proyectó hacia adentro de mi boca como buscando saborearme el alma. Y respondí
con total seguridad, aceptando con mi boca y con mis labios esa lengua que se
introducía y me hurgaba como la cosa más natural del mundo.
Nos besamos en la noche, embriagados por el aire y la
palabra. Nos abrazamos fuerte, nos tentábamos. Mi sueño estaba terminando- era
evidente y manifiesto- con una erección descontrolada que encontraba eco en el
paquete que se le enfrentaba. Le invité a bajar hasta la casa, sonrió, no dijo
nada. Pero descendió conmigo sin protestas y una vez en mi cuarto tan hecho de
apuro, se tendió a mi lado dispuesto a estrenar mi cama.
Nos íbamos quitando las ropas descubriéndonos muy fijas las
miradas, tomaba mi olor y yo mismo lo entregaba. Lamía su carne y ella misma se
me daba, alborozada. Asimos nuestros sexos de común acuerdo, nada se escapaba.
Éramos tan solo una experiencia que sin buscarse se encontraba. Pasamos el resto
de ese sábado conociéndonos, pulgada por pulgada, retozando sin culpa, sin
preguntarnos nada.
El domingo nos llegó como unas pascuas, satisfechos, sin
proyectos ni cuestionamientos.Ya habría tiempo para dirimir esas cuestiones
secundarias; por el momento, sólo nos sentíamos vibrar en una misma longitud de
onda sin cruzar una palabra.
Cerca de las once, ya despiertos y abrazados todavía después
de esa fantástica jornada, ni Soto ni yo estábamos listos para analizar lo
sucedido. Simplemente había sucedido así y no daba para hacerse la cabeza ya que
no teníamos la serenidad que hace falta para poder interpretar lo que se da de
madrugada.
Tomamos una ducha cada uno a su turno; sobraban las palabras,
bastaban las miradas directas, francas, sin asomo de arrepentimiento o
sentimientos de culpa. Fue a la azotea a buscar sus mocasines, tal vez a dar su
última mirada esta vez a la luz del día. Y de repente escuché su grito:
-¡Ernesto!
Subí como una tromba y estaba allí pálido en el altillo con
un portarretratos en sus manos. Una foto de mi padre enmarcada que tengo en mi
escritorio al lado de la ordenadora.
-¿Este es tu padre?- me preguntó hecho un mar de lágrimas
mostrándome la sonrisa de mi viejo, derrochando vida desde la foto un tanto
anticuada.
-Claro, es mi padre- respondí sin entender su azoramiento.
Sin decir una sola palabra, sacó de su bolsillo trasero su
fina billetera repujada y abriéndola, me enseñó una foto carnet en su interior
que era una réplica exacta de la que su otra mano abandonaba.
Entonces comprendí de un único ramalazo de conciencia todo lo
que me angustiaba: su parecido conmigo, su amistad con don Severo, sus
aficiones, sus gustos.
Sin articular una palabra, sólo atiné a abrazarlo con todas
mis fuerzas.
Y cuando sentí que presa del llanto se entregaba al abrazo,
me largué a llorar con él, tal vez más fuerte, por las vueltas trágicas de la
vida, por las traiciones de los otros y por mi sexualidad recuperada.