Son ya las cinco menos cuarto y tan solo se oye el tosco
tictac del viejo reloj de pared, mientras, ella permanece de pie, paciente, como
en cada ocasión, esperando en el centro de aquella enorme sala de lectura,
apenas iluminada por los escasos rayos de sol que se filtran entre las ranuras
de las pesadas cortinas de terciopelo rojo.
Hace mucho calor, en pleno mes de julio la ciudad hierve y se
agradece la oscuridad que envuelve la estancia. Todo parece estar esperando,
todo quieto y sereno, la antigua casa donde tienen lugar esos encuentros parece
dormir, y tan solo alborotaban millones de motitas de polvo en los lugares donde
los rayos de luz se encuentran con algún mueble.
La espera se hace más bien larga, él siempre lo procuraba
así, esas eran las reglas, las reglas eran muy estrictas y para que el juego
tuviera el efecto deseado ella habría de cumplirlas a la perfección.
Mientras mira hacia abajo, se observa, no puede levantar la
vista, los brazos cruzados detrás de la espalda, las piernas ligeramente
separadas y las puntas de los zapatos de charol negro juntas, para poder separar
los talones al tiempo que mantiene arqueada la espalda y saca las nalgas y pecho
hacia fuera.
La escasa luz le permite observar el efecto de las calzas
sobre la desnuda piel de los muslos apenas separadas unos dedos de la corta
falda escocesa, y cómo el sudor empapa la blusa del uniforme transparentando los
pezones que apuntan firmes al frente.
Se excita al verse así, uniformada, esperando sumisa a su
tutor, y en ocasiones no puede evitar romper las reglas con fugaces miradas a la
robusta mesa de roble donde descansa cruzada la larga y fina vara de conducta
que él usa para la disciplina.
La vara escuece, quema su trazo ligero al pintar delgadas
líneas rojas en la desnuda piel de sus nalgas, pero a ella le atrae, mezcla el
miedo al dolor y la excitación por la obediencia al instructor, es el placer de
ofrecimiento pleno y exhibición de la desnudez más absoluta la que provoca el
deseo de ser castigada con rigor.
El olor a muebles viejos y polvo forman un agradable aroma
que se mezcla con el ligero rastro de sudor de su propio cuerpo que resbala
seductor desde la frente, lentamente, hasta alcanzar con salado recuerdo los
labios de su boca, apenas ligeramente atrapados entre los dientes en un esfuerzo
lascivo de contención emocional. Y en la grieta de sus nalgas, la humedad irrita
ligeramente la rasurada piel a su paso, mientras nota con agrado como descuelga
perezosa de la prominente vulva afeitada y se detiene sobre los labios
entreabiertos de su sexo.
El proceso de preparación es minucioso, en casa, se ducha y
con una maquinilla de afeitar, rasura concienzudamente las axilas, vulva y
contorno del ano, no puede quedar un solo pelo en la piel por debajo de los
hombros. Luego se perfuma con delicadeza y se viste el uniforme sin ropa
interior, eso es lo que más le excita, camina por la calle con un jersey a la
cintura y bajo la corta falda, los labios afeitados notan correr el aire
mientras se frotan con suavidad, en ocasiones parece advertir en los transeúntes
cierta complicidad, se siente muy desnuda al caminar.