La dulce noviecita (01) . Por Bajos Instintos 4.
Bajosinstintos4@hotmail.com
Lo que me incomodó de Hugo, el amigo de mi novio, fue la
forma en que me miró cuando nos presentaron. Claro, él es un muchacho muy mayor,
tiene veintiuno, en vez de quince como mi novio y yo. A mí los muchachos tan
grandes me intimidan un poco, especialmente si me miran así.
Yo sé que soy una chica muy linda, y que los hombres se
sienten atraídos por mí. Lo sé por los roces que me dan en la cola, como a la
distraída, en los viajes en colectivo. Y a veces no tan a la distraída. El otro
día, un señor de unos treinta y cinco años, una persona bastante mayor para mi
gusto, se puso detrás de mí. Yo iba para la casa de mi novio, y el colectivo
estaba lleno porque era la hora pico. Así que no me extrañó que el señor se
apoyara contra mi trasero, porque no tenía más remedio el pobre. Y yo tampoco
tenía más remedio que dejarme apoyar. Así que todo estaba bien.
Pero cuando me incliné para ver por la ventanilla, tuve que
sacar la cola para atrás, y ahí sentí algo. ¡El señor la tenía parada! Yo supe
enseguida lo que era, porque a mi novio también se la sentí parada. Y no sólo a
mi novio, porque a veces bailando, se la sentí a otros chicos.
¡Pero el señor me la había colocado justo en la raya, entre
mis nalguitas!
Y me puse colorada. Creo que un poco por la sorpresa, y otro
poco porque me gustó. No me pareció bien que me gustara, pero que me gustó me
gustó. Así que me quedé bien quietíta, sintiéndosela al señor.
Por mi pollerita escolar, que es tableada, el señor pudo
entrar su erección un poco entre mis glúteos. Y yo me quedé, disfrutando el
calor de esa polla. ¡Si mi novio se enteraba me mataba! ¡Pero qué linda
sensación...!
Al señor también debía de estarle gustando, porque empezó a
darme unos lentos frotones para adelante y atrás. ¡Qué mal está que un señor le
haga una cosa así a una niña a la que ni siquiera conoce...! Pero se ve que mi
colita le estaba gustando. Claro, está bien paradita, tiernita y todas esas
cosas que les gustan tanto a los hombres.
La cuestión es que yo dejé que el señor me la frotara con su
polla. Y la verdad es que me calenté. Y entonces empujé mi culo hacia atrás,
como para rodearle más el nabo, así él podía hacerme mejor las fricciones. Y el
hombre enseguida entendió. Y agarrándome de las caderas con ambas manos, apretó
mi culo contra su tranca y comenzó a darle al mete y saca, si bien él la tenía
dentro del pantalón y yo tenía la pollerita. Pero igual se la sentí muy bien, y
se me empezó a hacer agua la boca. Me pareció un atrevimiento de su parte,
aferrarme las caderas, pero si no lo hubiera hecho no me habría podido tener el
culo fijo para friccionarme la polla, así que lo pude entender. Además que ya no
me encontraba en condiciones de criticarle nada al señor. En realidad me había
comenzado a caer un hilillo de baba, por la comisura de la boca, mientras el
señor se afanaba en sus fricciones. Así que se me pasó la parada de la casa de
mi novio. Pero no la parada del señor, que me estaba volviendo loca.
Se ve que a él también, porque sus manos se engarfiaron en mi
cintura, y los rozones de su durísima y caliente polla se hicieron frenéticos.
De modo que tratando de reprimir mis gemidos, me corrí, sintiendo las
pulsaciones de su nabo entre mis nalgas. ¡El señor también se estaba corriendo!
Mi colita, agradecida.
Como se me había hecho tarde, me escabullí como pude y me
bajé del colectivo, aprovechando que el señor, con su enorme mancha en el
pantalón, todavía no se había repuesto. No sé si hice bien, pero mi novio me
estaba esperando y tenía que retroceder varias calles.
Pero el resto de la noche estuve un poco ausente. Por suerte
mi novio no lo advirtió. Pero cuando al despedirnos me besó, le agarré la picha
con tantas ganas, y se la apreté una y otra vez con tanto entusiasmo, que el
pobre no pudo hacer otra cosa que correrse en los pantalones. Pero yo estaba
pensando en otra polla, corriéndose bajo otros pantalones.
Ya sé que no está bien.
Al día siguiente, no tenía que ver a mi novio, pero igual
tomé el colectivo a la misma hora del día anterior. Creo que con la secreta
intención de ver si encontraba nuevamente al señor del día anterior..
Miré para todos lados, y de pronto siento dos manos calientes
aferrando mis caderas. Era él. "Hola, nenita" me dijo con voz ronca. "Hola,
señor" respondí mientras sentía que mi intimidad se humedecía. "¿Te gustaría que
fuéramos a algún lugar los dos solitos?" y con una de las manos me dio tales
caricias en la cola, que sentí que se me doblaban las rodillas. "Bueno" le dije
con una voz tan finita como mi voluntad de resistencia. Y me dejé guiar por el
señor hacia la puerta de salida del colectivo, casi flotando de la calentura.
Y dejé que él condujera nuestros pasos. Y se ve que el hombre
tenía experiencia, porque pronto nos estábamos metiendo en un hotel para
parejas. Me sentí como si fuera una putita, pero la situación me superaba. La
mano de él en mi brazo se sentía varonil, fuerte y caliente. Y la actitud suya
era decidida y dominante. Sabía como irme llevando.
Y pronto me tuvo dentro de la habitación del hotel. Ahí pude
verle bien la cara, tan guapo y viril. Suavemente me tiró en la cama de
espaldas, sin decir palabra, y me levantó la pollerita tableada, dejando
expuestos mis muslitos, y mi intimidad apenas cubierta por la braguita
transparente por la humedad. Y acto seguido comenzó a besarme el interior de los
muslos, cerca de mi cuevita. Los gemidos comenzaron a salirme al mismo ritmo que
mis flujos lubricantes.
Pronto su caliente boca llegó hasta mi cuevita, y su lengua
comenzó a lamerme a través de las braguitas. Yo me dejaba hacer, como en un
delirio en medio de mi nube de calentura.
Ni me di cuenta cuando me sacó la braguita, pero pronto sentí
sus largos lengüetazos recorriendo mi rajita. Yo abrí los muslos como una loca,
para dejar que él se diera un banquete con mis jugos. En algún momento me acordé
de mi novio, pero esa lengua perversa me lo sacó de la cabeza completamente.
El apasionamiento de esa boca dentro de mi intimidad, tenía
algo de deliberado, como quien sabiéndome a su disposición, quisiera gozar de su
control, retardando mi orgasmo y teniéndome cada vez más despatarrada bajo su
abuso.
Cuando me corrí, lo hice con unos gemidos que eran casi
alaridos, y me quedé rendida en la cama.
Por entre las rendijas de mis ojos entrecerrados, pude ver
como el señor se desvestía, dejando su feroz polla flameando en el aire. Algo en
mí gimió, sabiendo que estaba entregada.
No quise decirle que era virgen, por temor a que no quisiera
seguir adelante. Pude ver esa hermosa erección bamboleándose frente a mí
mientras él me iba sacando todas las ropitas, hasta dejarme completamente
desnuda y a su merced.
Como él vio que se la miraba, me la acercó al rostro y me la
paseó por la cara, hasta que mis labios se abrieron jugosos, y me introdujo la
cabeza entre los labios. El sabor era todavía más rico que el olor a macho que
me había hecho enloquecer de deseo por chupar esa polla. Era la primer polla que
mamaba. Y aunque todavía no sabía el nombre de ese macho, sentía que podía estar
chupándosela hasta el fin de mis días.
Pero de pronto me la sacó, y se colocó entre mis piernas. Con
sus manos me agarró por debajo de los muslos, levantándome la conchita para
enfrentar su polla. Mi calentura era tan grande que ni llegué a sentir temor.
Con los muslos bien abiertos sentí como su tranca se abría paso entre las
sedosas paredes de mi vagina, y luego de un breve momento de dolor, sentí todo
el tronco abriéndome hasta el fondo. El hombre me tenía completamente empalada.
Y la sola sensación de tener algo tan gordo, duro y caliente, llenándome la
vagina, como si fuera un tubo recién inaugurado para su servicio, me puso loca y
mi corrí, mientras mi vagina se estremecía espasmódicamente como agasajando a su
irrespetuoso visitante.
Pero él recién comenzaba a cogerme. Y cuando comenzó con los
vaivenes de su larga polla, entrándomela y sacándomela en todo su largor, una y
otra vez, sentí que me ponía bizca y que lo único que podía y quería hacer era
ofrecerle mi conchita para que me la perforara y me la recorriera con el mete y
saca de su voraz visitante.
Sentía las bolas del hombre golpeándome el culo, y mi
conchita más abierta de lo que jamás habría podido suponer. Y me dejé seguir
sacudiendo, hasta que con un profundo enterrón final, el señor descargó todos
sus chorros en mis entrañas. Me sentí profundamente agradecida. Y lo mantuve
dentro mío, aferrando sus nalgas con mis piernas enroscadas alrededor, para que
no me la sacara.
"Quedate tranquila que no tengo Sida, y por lo que veo esta
es tu primera vez, así que vos tampoco..." me susurró con su gruesa voz, y su
cuerpo cubriendo el mío. Un sentimiento de ternura me hizo gemir agradecida.
"Y espero que tengas algún noviecito que pueda hacerse cargo,
por si te he dejado embarazada..." "Sí, papito, tengo novio..." Y mi conchita le
apretó tiernamente la picha semierecta, que reaccionó enseguida volviendo a su
más plena expresión. Y entonces, mientras nos besábamos apasionadamente, me dio
otra cogida inaugural, que me hizo adorarlo.
"¿Cómo te llamás, cosita?" dijo mientras me anotaba su
teléfono en un papel "Laura, cosote". "Otro día me vas a dar el culito,
¿verdad?" y me entregó el papel. Se llamaba Carlos, y era casado.
Pero, para novios, ya tenía uno. Eso sí, iba a tener que
conservarlo, por cualquier eventualidad.
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