Antes de comenzar mi relato os haré un breve resumen de mi
vida para la completa comprensión de la historia que os voy a contar.
Soy un chico de 24 años que por circunstancias ajenas a su
voluntad lo vistieron de niña a los dos años de edad. Los problemas económicos
de mi madre al quedarse viuda la obligaron a tener que aprovechar la ropa de mis
hermanas mayores para vestirme. No puse ropa masculina hasta los cuatro años en
que empecé a ir al colegio y de cara a la sociedad he mantenido mi rol masculino
desde ese momento aunque en casa siguiera conservando mi propio ajuar femenino
que había heredado de mis hermanas y algunas prendas que compraba de vez en
cuando.
La primera vez que salí como Olga (este nombre fue idea de mi
hermana Paula) fue alrededor de los diecisiete años y por casualidad. Para
hacerle un favor a un chico, con una homosexualidad asumida aunque no
exteriorizada, me hice pasar por su novia. La experiencia fue muy productiva y
didáctica. Además de sentirme mujer fuera de casa esa fue la primera vez que
hice el amor con un hombre.
A modo de aclaración debo decir que siento verdadera
debilidad por las chicas. Es más, tengo novia formal, con quien tengo el
comportamiento de un chico normal y que no sabe absolutamente nada sobre mi
"habilidad" para travestirme. Sin embargo, en honor a la verdad, no me puedo
considerar totalmente heterosexual, puesto que, vestido como mujer, he mantenido
esporádicamente relaciones sexuales con chicos. Me definiría como un bisexual
con una fuerte inclinación hacia las mujeres.
En la época en que transcurre este relato tenía yo veinte
años. Desde que Ricardo, el chico gay a quien había hecho el favor, se
trasladara a otra ciudad no había vuelto a vestirme de chica fuera de mi casa.
El día de navidad, estando todos sentados a la mesa, Raquel,
mi hermana mayor, nos anunció que en verano se iba a casar con Alejandro, su
novio de toda la vida. No supimos que decir, la alegría fue inmensa. Nos explico
los detalles de su decisión, donde iba a vivir y cosas así. Mi madre
visiblemente emocionada, se ofreció para ayudarla en lo que fuera, a lo que
Raquel, agradeciéndoselo, le dijo que no se preocupara por que ella y Alejandro
ya tenían casi todo previsto.
En ese momento a mi hermana Paula se le dibujó una malévola
sonrisa en los labios y con una vehemente explosión de entusiasmo exclamó.
-. Vale, entonces, ya que no nos dejas ayudarte te vamos a
organizar una despedida de soltera que recordarás toda tu vida.- y dirigiendo su
mirada hacia mi me dijo. - Y tu me ayudaras ¡Verdad Olga!
Me quedé de piedra al oír mi nombre de chica en casa y que mi
hermana me propusiera participar en una fiesta exclusivamente para mujeres. Mire
a Raquel rojo de vergüenza y ella me devolvió la misma sonrisa perversa que
había visto antes en Paula.
-. Que venga. Lo pasaremos de miedo.
En mi interior sentía un cosquilleo que me recorría por todo
el cuerpo ante el ofrecimiento que se me acaba de hacer pero, no sé por que no
acababa de exteriorizarlo. Empezaron a fluir sentimientos encontrados dentro de
mi cabeza. Por un lado una inmensa ilusión por formar parte de una fiesta
exclusivamente para chicas cuyo desarrollo siempre me intrigó y, por otra parte,
un temor horrible a no estar a la altura de las circunstancias. Hacia ya casi
dos años que no había salido como Olga y aunque, en ciertos aspectos, había
mejorado mi destreza para transformarme; había perdido cierta práctica en cuanto
a la conducta femenina requerida por mi desinterés a volver a travestirme fuera
de casa. Algo de todo esto debió de haber notado mi familia por que mi madre me
cogió la mano y me dijo en tono cariñoso.
-. No te preocupes hombre. Nosotras sabemos que no vas a
tener ningún problema. Tu capacidad y habilidad para transformarte en Olga son
envidiables, incluso para nosotras. Yo misma te ofrecería mi ayuda si no supiera
que tu superarás con mucho todo lo que podríamos a hacer por ti.
Sus palabras me tranquilizaron y, mas animado, prometí hacer
todo lo posible para aprovechar esa oportunidad que mis hermanas me brindaban.
Desde aquel momento, a casi siete meses vista, todo el tiempo
libre del que disponía se lo dedicaba a Olga. Lo primero que me propuse fue
bajar de peso, aunque estaba delgado mi cuerpo, casi desarrollado del todo,
había ancheado y cogido ciertos pliegues en algunas partes. Otra cosa que me
preocupaba y que decidí modular fue mi voz, cuando salía con Ricardo aun
conservaba algo de mi voz infantil, pero con el tiempo se fue haciendo cada vez
mas grave. Esto me llevó casi todo el tiempo del que disponía con algunos
periodos de afonía. Por lo demás todo fue arreglándose con el tiempo. Me dejé
crecer el pelo hasta casi los hombros. Y, poco a poco, fui adquiriendo el
comportamiento femenino requerido, como el andar, sentarse, moverse o incluso
mirar coquetamente como una chica; abandonado en todo ese tiempo de dejadez.
Mis amigos de la universidad empezaban a echarme de menos. Me
veían raro. Y cuando iban a llamar a casa pocas veces me encontraban. Algunas
veces hasta era Olga quien les abría.
Al terminar el curso empezamos Paula y yo a organizar la
despedida. Pero yo no hice casi nada. Paula estaba tan ilusionada que no me lo
permitió. Entonces tuve más tiempo para mí. Pensé en como quería aparecer en la
fiesta, incluso dibujé varios bocetos. Al final concluí en una Olga
rompedoramente sexy. Me compré un vestido rojo corto, entallado y muy escotado,
unos zapatos también rojos con un tacón altísimo y un bolso a juego. Un conjunto
de lencería negro compuesto por un corpiño entallado, una tanguita diminuta y un
liguero, todo de seda y encaje; y unas medias de seda naturales. En una tienda
de piercing me agujerearon las orejas y me tatuaron una pequeña rosa en el
hombro. En una óptica adquirí unas lentillas cosméticas azules y me proveí,
también, de unas cajas de uñas y pestañas postizas que fueron como la guinda a
un pastel.
Al fin llego el día de la despedida, yo me encontraba
especialmente excitada por el acontecimiento y por que todo saliera perfecto.
Paula ya había programado todo y no había mas que ponerse bonita, como ella me
dijo cuando le ofrecí mi ayuda.
En los días anteriores había ultimado ciertas cosas. Había
abierto el baúl de Olga después de casi dos años. En este baúl guardaba todos
los utensilios y accesorios que utilizaba cuando salía a la calle de chica. Allí
encontré una especie de faja que simulaba una vagina. Este accesorio lo había
comprado en Londres, en una tienda especializada para crossdressers. Consistía
en una faja de látex con una vagina y algo de vello sintético a la que yo le
había añadido unos rellenos de goma espuma en la parte de las nalgas y en la
cadera. Este accesorio, que no recordaba que lo tenía, fue un autentico
descubrimiento, que me hizo cambiar mi proyecto anterior de esconder mi pene
solo con la tanga.
Me levanté temprano para prepararlo todo. Lo primero que hice
fue desnudarme totalmente, sin dejar siquiera los anillos ni el reloj. Me
contemplé en el espejo durante un rato para observar detenidamente cualquier
defecto. Había adelgazado cerca de diez kilos, estaba algo blanco de piel pero
no me importó mucho, el pelo me había sobrepasado los hombros y lucia una melena
cuidada y brillante. Me alegró ver mi cuerpo bien preparado para su
transformación. Seguidamente me metí en el baño y procedí a depilarme todo mi
cuerpo con cera y perfilarme las cejas, esto me llevó casi toda la mañana, más
de lo que creía, seguramente por mi falta de práctica. Me duché detenidamente y,
después, empecé la operación de teñirme el pelo de rubio clarísimo, mi pelo
natural es de un castaño claro por lo que tuve que usar dos botes para conseguir
el color que me proponía. Mientras el tinte se insertaba en el cabello fui a mi
habitación y puse la ropa bien ordenada y repasé todo lo que me hacia falta para
tenerlo a mano cuando lo necesitara. Aclare la cabeza y con una toalla la sequé
tapándola de mis hermanas para que no vieran mi cabello teñido y poder darles
una sorpresa a la noche. Con la misma fui a comer.
Por la tarde dormí un rato la siesta, dicen que el sueño
vuelve tersa la piel. A eso de las cinco de la tarde comencé con la última etapa
de mi "metamorfosis". Moldeé mi cabello que lucía un precioso y sedoso rubio con
un brillo intenso que me caía a lo largo de mi cara aniñada por la depilación.
Poco Olga iba saliendo de su escondite. Con esta satisfacción de verme también
me dispuse a modelar mi cuerpo. Lo primero que hice fue adaptar mi pecho para
conseguir un efecto voluptuoso y sexy. Esta es una operación que requiere mucha
pericia ya que al llevar un escote tan atrevido debía ser lo más realista
posible. Por lo que tuve que juntar mis propias tetillas hacia el centro y
sujetarlas con una cinta adhesiva elástica. Seguidamente introduje los rellenos
de silicona en el sujetador del corpiño lo que le dio volumen y, para terminar,
utilice maquillaje para dar el efecto visual exigido.
Disimular el pene fue mucho más fácil porque la "faja-vagina"
ya estaba preparada para ese caso. Lleva un dispositivo justo por dentro de la
vagina postiza que te permite esconderlo a la perfección, incluso dispone de un
pequeño orificio que te permite orinar sin necesidad de quitarla. Es realmente
muy cómoda y su efecto es tan realista que apenas se nota. Después me puse la
tanguita que se ajustó como un guante.
Las medias se deslizaron por mis piernas y el cosquilleo que
sentí me hizo temblar de placer. Por lo que prolongué su subida todo lo que pude
hasta el punto de quedarme paralizado. Con esa resaca de excitación coloqué el
liguero y abroché las medias a él. No pude reprimir la tentación de contemplarme
en el espejo una vez puestas las medias y cuando me vi me corrió un escalofrío
irresistible por todo mi cuerpo. Vi a una chica rubia esbelta embutida en una
armadura de seda negra que estimulaba cada poro de su piel, con unos pechos
voluptuosos y un culito apetecible y carnoso. Mi satisfacción iba en aumento y
mi confianza en el éxito que buscaba con mi atuendo se intensificaba.
Pasé al maquillaje con una sonrisa picarona por lo que
imaginaba que podía ser la noche. Antes de adaptar las lentillas me refresqué el
cutis con una crema hidratante. Seguidamente disimulé las imperfecciones y el
color de la barba con cobertores y correctores, con esto conseguí una tez
uniforme en todos los puntos. Con el fondo esta uniformidad se hizo más palpable
y con los polvos se volvió aterciopelada. Para los ojos me esmere en conseguir
una mirada entre perversa e ingenua por lo que, después de peinar y fijar
convenientemente las cejas, usé unas sombras claras no muy intensas como el gris
perla y el violeta muy bien difuminados. Una raya negra muy fina por encima de
las pestañas y unas pasadas de rimel a las pestañas que previamente le había
añadido unas postizas en la parte exterior del párpado completaron el efecto.
El rubor de las mejillas le dio a la cara un aire desenfadado
que contrastaba con el primoroso perfilado de los labios, para los que elegí un
color rosa a la que añadí unos toques de brillo. Solo quedaban las uñas. Tardé
un ratito en pegarlas y pintarlas, de un rosa nacarado muy sutil. Eran largas y
hacían mis manos más felinas.
El efecto fue espectacular. Ya no me reconocía. Ahora Olga
casi estaba fuera, con un pie en este mundo. Me sentí embriagada del placer que
sentía al verme ante semejante belleza delante de mí.
Corrí hacia la cama y me puse el vestido en un santiamén. El
vestido me quedaba tan ceñido que marcaba casi toda mi ropa interior. Pero lo
que más sorprendió fue mi exuberante y turgente busto que sobresalía entre el
escote. Su efecto era tan convincente que yo creo que más de una lo envidiaría.
En el tocador, en mi joyero busqué unos pendientes
larguísimos que me había regalado Ricardo cuando se despidió de mí. Me los puse
rememorando sus ojos y su sonrisa; junto con el resto del conjunto formado por
un anillo, unas pulseras y una gargantilla con un crucifijo enorme de azabache y
plata.
Los zapatos me elevaron unos centímetros casi mareantes. Pude
comprobar que los ensayos previos, tan necesarios, habían servido para algo. Le
di unos últimos retoques a mi peinado, metí en el bolso todo lo necesario, me
puse una pequeña torera de terciopelo negra y me encaminé hacia la puerta de mi
habitación. No sin antes echarme un último vistazo a mi transformación. Me quedé
boquiabierta por el resultado. Olga había salido del todo e incluso había
superado todas mis expectativas. Mi satisfacción disipó todo atisbo de duda
respecto a mi temor ante mi nueva salida como chica.
Lo mismo debieron de pensar mi madre y mis hermanas al verme
bajar por las escaleras. Ya me esperaban expectantes en el vestíbulo y sus caras
eran todo un poema cuando me vieron. Se me subió el rubor de la emoción e
instintivamente adopté una pose del más puro y seductor estilo femenino.
-. ¿Qué os parezco niñas? ¿Me encontráis bien?- exclame con
una voz tan melodiosa que a mi misma me maravilló.
-. ¡Caramba chica! Me parece que hoy a tu lado no nos vamos a
comer una rosca. ¿Verdad Raquel?
-. ¡Y que lo digas! ¡Vaya rubia más imponente!
Me besaron y me felicitaron. Cuándo me acerqué a mi madre
percibí que una lágrima le corría por sus mejillas.
-. Estas encantadora. – me dijo mientras me besaba en la
mejilla.
-. Venga vámonos. Que es tarde. - dijo mi inquieta hermana
Paula. Y nos cogió por el brazo sin casi dejarnos despedirnos.
La sensación de notar como la fresca brisa de la noche
acariciaba mis piernas y subía por dentro de la falda, cuando pisamos la calle,
me causó tanta excitación que casi me quedo petrificada. Y sin querer me llevó a
unos años atrás, cuando Ricardo me vino a buscar por primera vez a casa. Mis
hermanas notaron mi turbación y se sonrieron por detrás.
-. ¿Que ocurre Olga? ¿Has vuelto a comprobar las caricias del
exterior en tu interior femenino? – me pregunto Paula con sorna.
-. Cállate tonta – le respondí mientras entrábamos en el
coche, aun con el cuerpo contraído por el deleite vivido.
En el coche pude fijarme mejor en como iban en mis hermanas.
Raquel, que iba conduciendo, era la más mayor de las dos y también la mas seria.
Llevaba un traje de chaqueta y pantalón tipo ejecutivo en azul celeste con unos
zapatos tipo chinela blancos. Su sedoso pelo castaño, que le llegaba por el
cuello, lo había ahuecado y formado una enorme onda en el flequillo que le caía
sobre sus tiernos ojos castaños. Se había maquillado con unos tonos muy tenues
donde sobre salía su carnosa boca de un color coral y se había puesto unas gafas
con una montura negra muy retro.
Paula era la revolucionaria de la familia, siempre con su
estilo desenfadado. En esta ocasión lucia una minifalda gris tableada con un top
rosa que le dejaba ver su ombligo con el piercing de un candado y unas botas
casi blancas casi hasta la rodilla. Yo siempre le había envidiado su estilo, su
enorme y cuidada melena, negra como la noche, que esta vez llevaba suelta; sus
expresivos ojos verdes, primorosamente maquillados en tonos violeta; y su cálida
y sensual sonrisa, perfilada para la ocasión en color cereza.
Mientras las miraba sentía como las medias me rozaban sobre
mis tersos muslos cuando movía las piernas. Este roce me impedía casi articular
palabra y centrarme en la conversación de mis hermanas. Era como un cosquilleo
tan intenso que me recorría por todo el cuerpo y que me resultaba casi imposible
de controlar, cuanto más las rozaba más lo provocaba yo inconscientemente.
Llegamos a un aparcamiento subterráneo donde dejamos el
coche. Ya fuera nos estaban esperando las demás chicas. Todas amigas de Raquel.
Eran ocho a cuál más bonita. Nos presentamos. A mí lo hicieron como una prima
que vivía en el pueblo de mi padre. Una de ellas no me quitó el ojo desde que
nos vieron venir. Se llamaba Ana y fue compañera de universidad de mi hermana.
Yo ya había oído hablar de ella por su predilección erótica hacia las mujeres.
Reconozco que me sentí halagada por la mirada tan seductoramente diáfana que me
echó. Y que devolví con algo de tímida coquetería.
En ese instante llegó el microbús alquilado por Paula y que
nos llevaría a los lugares proyectados para la despedida. Cada una ocupó su
asiento. Paula justo detrás del conductor para indicarle el itinerario. Raquel
se sentó con una compañera de trabajo algo repipi llamada Maria y que la abrumó
con sus ideas sobre las actitudes de los chicos con referencia al sexo. Yo me
senté casi por el medio, al lado de la ventana. Y casi al momento se me unió
Ana, que me agasajo con cumplidos sobre mi exótica belleza llena, según ella me
dijo, de una extraña ambigüedad. Con una voluptuosa delicadeza para ser un
hombre pero con una potente agresividad en mis rasgos para ser una mujer. Me
dijo que nunca había visto nada parecido en su vida y que dicho contraste la
fascinaba. Le agradecí el piropo con una sensual sonrisa.
El autobús paró delante de la zona de copas. A esas horas los
bares y pubs estaban a rebosar. Paula explicó esa parada argumentado que antes
de cenar había que llenar el estómago y la cabeza. Sin embargo, Raquel y yo
sabíamos que lo que quería Paula era levantar el ánimo de algunas chicas y de
paso flirtear con algún chico. Entramos en un local atestado de gente. Los
chicos nos dirigían miradas de lascivia cuando pasábamos y algunas veces notaba
como sus manos rozaban mis nalgas y mis piernas ya de por sí sensibles por la
fricción de las medias y la brisa que se colaba por debajo de mi falda. En una
esquina Laura, otra de las chicas que iba cono nosotras, vio a lo lejos a su
novio que estaba con su pandilla de amigos y nos acercamos hasta donde estaban.
Entre ellos estaba un chico que había estudiado conmigo en el instituto llamado
Jorge y que se puso a hablar conmigo, ensalzando mi belleza y preguntándome de
donde era porque nunca me había visto por ahí, a lo que le conteste que estaba
muy equivocado, que me había visto pero que no se acordaba. Quedó un poco
perplejo pero no dijo nada. La conversación se desarrollo durante unos minutos
en los que él intentó llegar un poco más allá con las manos, cosa que yo rechacé
pero que en el fondo me enorgullecía por que no me había reconocido.
Entramos en algún que otro local más y puedo asegurar que
alguna de las chicas ya estaban entonadas cuando volvimos al autobús. Maria
entre ellas.
En el restaurante nos recibió un hombre bien musculoso,
desnudo de la cintura para arriba, con una pajarita en el cuello, que más de una
dejó escapar un suspiro de lujuria al verlo. Nos condujo a una mesa bien
aderezada de atributos fálicos. Hasta el pan tenia forma de pene. La cena
consistió en platos con alimentos que, según dicen, despiertan la libido, como
el marisco, las nécoras concretamente, cuyo sabor me recordó al sexo de alguna
"novieta" mía. O las ostras que era el plato preferido de Casanova. Todo ello
muy bien decorado con un sutil toque erótico. Fue una comida de lo más deliciosa
y que produjo en mí una ligera desinhibición. Ana estuvo toda la cena a mi lado,
hablamos de múltiples temas. Uno en concreto me divirtió bastante. Trataba sobre
los chicos y sobre sus absurdas fantasías sexuales. Me comentó que una vez se le
ocurrió vestir un amigo de chica y llevarlo de copas por ahí. El chico, al
principio reacio, se fue entonando e incluso alguno lo intento ligar. Me confesó
que parecía como un pavo real pavoneándose por los locales. Y todo finalizó con
un buen polvo con ella en los baños de las chicas. Me reí como una descosida con
la anécdota. Mientras ella me comía con los ojos y no perdía ocasión para
cogerme de la mano o del brazo o ponerme la mano sobre los muslos y masajearlos,
lo que provocaba algún que otro escalofrío.
Con los postres llegaron los regalos. Unos presentes subidos
de tono que Raquel agradeció no sin cierto sonrojo. Nos sirvieron de postre
fresas con nata y, esto fue la guinda de la noche, un enorme pastel decorado con
la foto de un chico desnudo en una posición bastante provocativa y del que
sobresalía un descomunal pene hecho con bizcocho y crema. Ana, al verlo, no pudo
reprimir el impulso de coger mi muslo y apretarlo con ganas, lo que me hizo
estremecer hasta el paroxismo. Ana vio mi cara crispada y retiró la mano
instintivamente con un semblante de disculpa. Una caricia mía sobre su pierna la
tranquilizó. El pastel estaba exquisito, tenía diferentes sabores, difíciles de
describir pero que levantaban unas sensaciones muy sugerentes.
Casi terminando los postres la música comenzó a sonar. Y en
el escenario apareció una "Drag queen" altísima, con unas enormes plataformas y
vestida como una cantante francesa de posguerra pero muy creativa. Su canción
era envolvente como una caricia. Se acercó a Raquel y se sentó en su regazo
mientras la arrullaba con su cálida melodía. En ese momento volví a sentir la
mano de Ana intentando escurrirse bajo mi falda. Esta vez, cuando advirtió mi
turbación, no la retiró y yo tampoco hice nada por rechazarla, muy al contrario,
se la mantuve y le facilité la penetración alzando levemente el vestido. Raquel
mientras se había animado con la Drag y se había levantado para ir a bailar, a
la que siguieron Paula y las demás chicas, empezando por Maria, excitadas por el
alcohol y la vigilancia de los camareros semidesnudos; de los cuales uno no
paraba de clavarme miradas insinuantes que yo aceptaba con galantería, mientras
la osada mano de Ana subía por mi entrepierna. Me resultaba un poquito difícil
tomarme el cupito de licor de avellana que me habían servido después del
embriagador y libidinoso postre. Me embargaba la felicidad por como se iba
desarrollando la noche, Olga estaba en la gloria y yo notaba la tranquilidad de
su éxito. Hasta ese instante nadie había notado nada. Mi feminidad interior
había superado a la exterior y había disipado todo temor. La excitación de mis
reflexiones y las caricias hicieron mella en mi cuerpo de hombre y notaba como
mi "clítoris" se endurecía produciéndome cierta incomodidad. Me disculpé con Ana
y me dirigí hacia al baño. Ana insistió en acompañarme alegando un retoque en su
aspecto.
En el baño corrí hacia un reservado. Subí el vestido. Baje la
tanga y la faja. Me senté en la taza con la mano en el pene y comencé a
masajearlo incontroladamente. Con las prisas no había echado el pestillo y de
repente la puerta se abrió. Detrás estaba Ana, que al ver mi pene erecto quedó
impresionada por la sorpresa.
-. ¡Tienes pene! ¡Eres un chico! – exclamó mirándome con los
ojos desorbitados.
El calor de la vergüenza inundó mi cara. Ella entró en el
reservado. Cerró la puerta, esta con pestillo, y, sin pensárselo dos veces,
comenzó a chuparme el pene con fruición. Una ráfaga de placer recorrió todo mi
ser y no pude evitar que se escaparan unos gemidos entrecortados y apasionados.
Así su leonada melena rubia con rabia incontenible, presionando su cabeza contra
mi entrepierna, no dejándola abandonar su situación, tragando mi sabroso
"clítoris" hasta el fondo de su garganta. Me clavaba sus largas y cuidadas uñas
color vino en mis muslos y comía como una posesa insaciable. Estaba a punto de
reventar. Entonces ella logró desembarazarse de mis manos y se incorporó con la
vista perdida. Subió su ceñida falda, bajo las bragas y se puso encima de mí,
metiendo toda mi verga hasta el fondo.
-. ¡Fóllame! ¡Fóllame hasta las entrañas mi amor! ¡Más
adentro! ¡Sigue, mi vida!- me repetía entre jadeos.
Yo le abrí la blusa rompiéndole el sostén, le chupé sus
enormes y duros pezones mientras mis manos agarraban su tenso culo, clavándole
las uñas con la crispación.
-. Sigue mi putita. Méteme tu linda pollita hasta arriba y
córrete dentro –sus movimientos de caderas se aceleraron. Me abrazaba con una
fuerza tan descomunal como alocada y me besaba por toda la cara.
Yo estaba al borde del paroxismo. Mi boca deambulaba por su
cuerpo. Ora en sus labios ora en su cuello y sus pechos. Ella no paraba de
cabalgar sobre mis muslos, cada vez más tensos. Me cogía la cabeza con las
manos, presionando los pendientes contra mi cuello, y hundiéndola en sus pechos
turgentes. Estaba como endemoniada. Su cuerpo cimbraba y se crispaban. Su pelvis
succionaba mi polla como si me la quisiera arrancar de cuajo.
Sentimos la puerta del baño abrirse y Ana me tapó la boca
para que no hiciera ruido. Oímos la voz de María y Paula.
-. No sé dónde se habrán metido esas dos. – comentaban
mientras se retocaban en delante del espejo.
Maria se metió en el reservado de al lado y oímos como,
mientras meaba le comentaba a mi hermana la posibilidad de que quizás nos
hubiéramos ido con algún camarero. Y confesándole que a ella no le importaría
nada perderse con su prima Olga alguna vez. Una gran carcajada de Paula la
mosqueó. Paula le dijo, con una voz misteriosa, que no desesperara por que en
esta vida, a veces, los sueños se cumplen. Yo disfrutaba con la conversación y
Ana me observaba sonriendo mientras me acariciaba el cuello dulcemente.
Cuando se marcharon aun seguíamos unidas. Tres imprevistas
sacudidas pelvianas me hicieron inundar de semen todo su coño. Quedando
profundamente exhausta por el esfuerzo.
-. Me parece que nos echan de menos. Es mejor que volvamos a
la fiesta antes de que se preocupen. - Me dijo mientras se levantaba y se
vestía.
-. Es verdad -le conteste aun sin casi fuerzas para poder
salir de allí.
Tenia todos los miembros entumecidos. A duras penas pude
ponerme la ropa. Cuando salí del reservado Ana ya se estaba arreglando su
maquillaje. Me puse a su lado y yo también me puse a la obra. Mientras nos
maquillábamos me felicitó por mi perfecta caracterización como chica. Confesó
que, desde que me viera, estaba deseando hacer el amor conmigo por que, como yo
ya sabía, a ella le tiraban las mujeres. Y cuando se encontró con semejante
sorpresa, lejos de amedentrarse no pudo reprimir la ocasión de hacerlo con, como
ella mismo dijo, la chica con rabo más hermosa y sugerente que había visto
jamás. Se me subió un sonrojo de vanidad al oír sus palabras.
En el comedor las chicas ya estaban impacientes por nosotras.
Sobretodo Paula que me interrogó con la mirada. No dije nada pero algo debió de
notar en mi rictus por que me respondió con un gesto de regañina cariñosa.
Raquel seguía bailando sin enterarse de nada. Y, por primera vez, pude observar
a la mojigata de Maria con otros ojos. Ella me miraba con cara de lascivia pero
acrecentada por un tambaleo etílico bastante considerable.
Al rato salimos del restaurante y nos dirigimos hacia el
siguiente local. En el autobús aun me duraba el temblor de la experiencia
vivida. Aun hoy, cuando lo estoy escribiendo la recuerdo con mucho cariño. Entre
otras cosas porque fue la única vez que hice el amor con una mujer vestido como
Olga. Ana a mi lado me sonreía y yo podía ver también su satisfacción en sus
ojos que brillaban como estrellas. Estaba especialmente radiante.
Paramos al lado de una enorme sala de fiestas. Cuando
entramos nos embargó un sobrecogimiento al ver la cantidad de tíos que se movían
por el local, todos semidesnudos, y por los gritos histéricos de las mujeres al
verlos. En el escenario había un espectáculo de "sexy-boys", streptease
masculino con chicos con pollas como estacas. El griterío era ensordecedor y los
billetes volaban de sus manos a las tangas de alguno de los chicos. No había
nunca en un espectáculo así y confieso que me excitó bastante. Uno de los
strippers subió a Raquel al escenario y se pusieron a bailar de forma bastante
picante. Raquel jadeaba de placer y el chico la sentaba encima de la entrepierna
y se movía dando pequeños golpecitos sobre sus nalgas. Ana se había recompuesto
de la excitación y no paraba de hacerme carantoñas por detrás, lo que yo
permitía encantada mientras miraba como las demás chicas se entregaban a la
diversión del despelote. Solo Paula, que no dejaba de fijarse en mi con cara de
envidia, y María que se debatía entre su moralidad y la diversión y que se sentó
en la barra a tomarse una copa al tiempo que desnudaba a los camareros con los
ojos, parecían un poco fuera del grupo. Raquel desapareció durante un rato con
el stripper y; al cabo de un rato apareció toda colorada y algo despeinada, con
una mueca de lascivia en su boca. Todas lanzamos un grito de triunfo al verla.
Estuvimos en la sala casi dos horas. Después el autocar nos
dejó en una discoteca y se despidió de nosotras deseándonos un final acorde a la
noche.
En la discoteca todas nos dispersamos. Unas fueron a bailar,
como Paula y Raquel. María cayó rendida en un sillón y casi se queda traspuesta
si no fuera por las demás chicas que la animaron. Laura encontró de nuevo a su
novio y se lanzó a él como si quisiera desahogarse de lo reprimido durante la
noche. Ana y yo íbamos hacia la barra a refrescarnos con unos destornilladores
(vodka con naranja), pero cuando llegue a la barra ya había desaparecido. A mi
lado había un tío todo encorbatado, con ganas de querer desfogarse, que me
mandaba besitos intentaba tocarme el culo. Mi mirada y el improperio que le eché
con una voz marcadamente masculina le hizo poner pies en polvorosa y desapareció
en un santiamén. Al poco rato sentí como una mano me tocaba en el hombro y oí
una voz conocida que me dejo petrificada.
-. Hola. Me llamo Andrés. Tú eres la prima de Diego ¿no?
Me di la vuelta lentamente. Allí estaba mi intimo amigo
Andrés, con una sonrisa de oreja a oreja. El terror a que me reconociera se
disparó y no pude evitar que me temblaran las piernas. Solo acerté a decir.
-. Sí. Me llamo Olga. Encantada Andrés. – le di dos besos
casi sin sostenerme.
Me dijo que había visto Paula y le había preguntado por
Diego, mi yo masculino. En esto crucé con Paula un a mirada de reproche que ella
frenó con indiferencia. Ella le dijo que me había quedado en casa. Le explicó
que estábamos en la despedida de Raquel. Le señaló hacia donde estaba yo
diciéndome que era su prima. Paula se ofreció a presentarme ante la mirada de
Andrés al verme de lejos. Pero él le dijo que prefería hacerlo solo y que ahí
estaba. Yo lo escuchaba tratando de atisbar algo que pudiera darse cuenta de
quien era realmente yo. Pero él seguía tratándome como a una chica. Sin ningún
indicio de sospecha. Procuré esmerarme en poner todo encanto femenino en juego
para disipar toda duda. Sin embargo, no pude evitar que me notara cierto
parecido con Diego. Me dijo que si no fuera por mis ojos azules, mi pelo tan
rubio y, aquí puso una picara sonrisa, mi escultural figura; seria clavada a mi
primo. Desde ese instante respiré algo más tranquila.
Charlamos durante un buen rato. Me invitó al destornillador y
nos fuimos a sentar a una esquina de la discoteca. Su conversación prácticamente
versaba sobre las aventuras de él y su pandilla. Anécdotas que ya sabia por
formar parte de la mayoría. Me habló de cómo era Diego y de cómo algunas veces
no lo comprendía por como se comportaba con las chicas, y ellas con él. De la
tremenda intuición que tenia para saber como llevarlas. Incluso tenia temporadas
de no salir de marcha con ellos. Yo lo escuchaba y sabía que esas temporadas
fueron cuando estaba con Ricardo y estos últimos meses en que me preparaba para
volver a ser Olga; y que constantemente me reprochaba. Mientras hablaba no
dejaba de fijarse en mi escote y en mis piernas. Yo procuraba adoptar posturas
incitantes que le facilitara dicha visión. Inconscientemente estaba tratando de
seducir a mi mejor amigo y el morbo de poder conseguirlo me excitaba cada vez
más. En la pista sonaban ritmos calientes. Vi la oportunidad de aumentar el
juego seductor y le propuse a Andrés ir a bailar. Yo sabía que bailar no era lo
suyo y esperaba una disculpa. Lo cogí por la mano antes de que dijera nada y lo
arrastré hasta el medio de la pista. Allí exhibí mis más insinuantes pasos y
movimientos. Andrés trataba de estar a mi altura, se acercaba a mí, me cogía por
la cintura y se pegaba a mi cuerpo rozando su paquete contra mi vientre. Se le
notaba caliente. Mis contoneos le hacían suspirar de deseo y sus ojos se
agrandaban como platos. Yo subía y bajaba cimbreando por su cuerpo mientras mis
manos rozaban su pecho. En el colmo de la provocación le palpé el cuello con mis
labios humedecidos y noté como un temblor electrizante recorría todo su ser. Mis
hermanas nos observaban y me hacían gestos de reproche pero yo ya no podía
echarme atrás. De repente me entraron unas ganas incontenibles de follarme a mi
mejor amigo. Sin pensarlo más enlacé mis brazos por detrás de su cuello y lo
besé apasionadamente, metiéndole la lengua hasta el fondo de su boca. Mi impulso
no le amedentró. Todo lo contrario. Me apretó contra él y el beso se prolongó
por unos largos instantes. Cuando nos separamos el efecto aun perduraba en
nuestros sentidos. Yo tardé un rato en situarme y lo primero que vi fueron el
semblante reprobatorio de Paula y el rematadamente sensual de Ana a su lado. Me
acerqué a ellas un momento para anunciarles mi decisión de enrollarme con
Andrés. A Paula no le pareció muy bien pero su gesto inquieto delataba todo lo
contrario. Ana sonrió con gesto de envidia, me besó en la mejilla al tiempo que
me expresaba al oído su confianza. Me despedí de ellas hasta el próximo día. Y
me fui con Andrés cogidos de la mano.
Montamos en el coche y antes de arrancar nos volvimos a
fundir en otro largo beso. Mientras conducía le pregunté a donde iríamos. Como
supuse me dijo que siempre llevaba en la guantera las llaves de un apartamento
amueblado que tenían sus padres y que permanecía vacío porque no lo daban
alquilado a nadie. Este apartamento ya lo conocía porque ya lo había llevado a
chicas en algún fin de semana. Mientras me hablaba yo le acariciaba los muslos y
la entrepierna embutidos en un apretado pantalón vaquero. Al parar en un
semáforo aproveché para besarlo de nuevo y de paso le abrí la bragueta.
Introduje mi mano y empecé a masajear su pene por encima de sus calzones de
seda. Notaba como el aparato se empalmaba y endurecía. Andrés hacia esfuerzos
sobrehumanos para mantener la concentración en la carretera. El pene erecto se
abrió paso entre la apertura del calzón que, con mi ayuda, salió para fuera del
todo. Estaba duro como una roca. Me agaché hacia él y comencé a lamérselo
lentamente. Andrés soltó un gemido de satisfacción y con la mano me incitó a
meterlo en mi boca hasta el final. Estuve chupándolo hasta casi llegar a las
inmediaciones del apartamento. Su intento de contenerse le provocaban espasmos,
hasta que no aguantó más y se corrió en mi boca. Yo lamí su semen caliente y con
él aun en la boca lo bese mientras apagaba el coche. El sabor del semen se
fundió en nuestros labios.
Para subir al piso tuve que tirar de él. También le costó
algún tiempo abrir la puerta. En lo que era el dormitorio había una cama enorme,
un tocador a sus pies con espejo encima. Mientras Andrés fue al baño yo me
preparé para que no notara nada durante el acto. Me quité el vestido quedándome
con el resto. Arreglé un poco el pelo y me senté en una silla adoptando una
postura lo mas insinuante posible. Cuando él entró y me vio en ropa interior se
lanzó hacia mí como un poseso y empezó a besarme en los pechos. Yo me zafe de
sus brazos y con una mirada de lujuria le dije.
-. ¿Te gusta jugar con los sentidos?
Me miró sorprendido mientras se desnudaba.
-. Me encantaría atarte a la cama y vendarte los ojos. - Le
dije al tiempo que me tumbaba sobre la cama -. Acariciarte y besarte sin que tu
me vieras, excitando cada poro de tu cuerpo. Dejarte entrar en mi cuando menos
lo pensaras. ¿Qué te parece?
Se acercó a mí y se sentó a mi lado mientras acariciaba mis
piernas. Su tacto firme pasando por mis medias me estremeció las entrañas.
Se recostó encima de mí clavando su paquete sobre mi "vulva",
jugando con sus menos en mi pelo y besándome en el cuello. Yo me revolvía de
placer. Bajo hacia mis muslos y empezó a quitarme las medias como en un ritual.
A medida que me deshacía de ellas me regaba con un leve roce de sus labios.
Cuando terminó con las medias me sentó sobre la cama y me agarró desde la
espalda mis pechos por encima del sostén. No pareció darse cuenta del engaño
porque siguió manoseándolos como si tal cosa. De repente exclamó.
-. ¡De acuerdo! Haré lo que tu quiera cariño.
Me costo salir del arrobo en que me encontraba. Él se separó
un poco y juntando las muñecas me invitó a que lo atara.
Lo hice con las medias. Lo ate a los barrotes de la cabecera
y le vendé los ojos con un precioso pañuelo de seda que encontré en un cajón del
tocador.
Comencé a besarlo por todo el cuerpo rozando mis labios en
cada poro. Mordisqueé sus orejas y lamí su cuello con parsimonia. Las tetillas
se le erizaron cuando pase mi lengua por ellas. Encima de él sentía su polla en
mi "clítoris" impaciente por salir. Andrés estaba fuera de sí y su inmovilidad
aumentaba su éxtasis. No paraba de moverse y de jadear. En ese momento me
deshice de la tanga y palpe su glande con el vello de mi "vulva". Andrés estaba
al borde del orgasmo. Abrí el orificio de la faja destinada para el ano en
introduje su verga en mi culo hasta emitir un jadeo desgarrado. Él me exhortaba
a seguir y me decía palabras soeces. Cabalgué sobre él con su pene incrustado en
mi ano hasta que un efluvio incontrolado de semen me inundó toda.
Él estaba deshecho del esfuerzo. No levantaba ni un miembro.
Yo no pude evitar tener una leve eyaculación que sobre pasó la vagina de látex
por el conducto preparado para la micción. Lo que humedeció toda la zona.
Entonces me puse encima de su cara y él comenzó a lamerla como si de un coño
real se tratara. En ese rato yo había metido su verga en mi boca y lo seguía
chupando con ganas.
Al cabo de un rato lo desaté y le quite la venda. Fui hacia
mi bolso y saqué un consolador con correa para atar a la cintura. Se lo enseñe y
le pregunte maliciosamente.
-. ¿Te gustaría que te lo metiera por el culo? Machote.
Su respuesta no se hizo esperar.
-. Siiiii. Me encantaría - y dicho esto se puso a cuatro
patas encima de la cama y me ofreció su culo virgen.
Hice como si ataba el falso miembro. Bajé la faja y me
acerqué a él con mi polla empalmada. Se la metí de golpe. Un grito de dolor
inundó toda la habitación. Empecé a moverme en pequeñas sacudidas que fui
acelerando poco a poco y eyaculé todo mi semen dentro de Andrés con una fuerza
incontenible.
Andrés quedó casi inconsciente del dolor y del éxtasis. Lo
arropé en la cama y lo dejé descansar. Mientras tanto yo me dirigí al baño y meé
profusamente. Me vestí y me arreglé un poco. Me despedí de Andrés con un beso en
los labios y me marché.
En la calle ya había amanecido. El servicio de limpieza
regaba las calles y su frescor acariciaba mis piernas y mi cara. Caminé hacia mi
casa lentamente. Pensativa. Emocionada. Feliz.
Me tumbe en mi cama. Y me quedé dormida tal como había
llegado.
FIN
Espero que hubierais disfrutado con mi relato. Me gustaría
dedicarlo al equipo de .COM, y en especial a Alex por su amabilidad y
comprensión.