El sábado la pandilla fuimos al Casino. No teníamos mucho
dinero para apostar, pero queríamos cambiar un poco de ambiente, cansados un
poco de las discotecas. Éramos 5 y lo pasamos muy bien, aunque no ganamos
demasiado y había más gente mayor que nosotros, que el mayor no pasaba de 20.
Casi todas las tías eran casadas y las no casadas solían ser viudas. Por suerte
podíamos beber y jugar.
Casi toda la noche estuvimos juntos, pero poco a poco nos
fuimos desperdigando, cada uno en una mesa de juego o en alguna máquina
tragaperras. Dani me había dicho que una señora no me quitaba el ojo de encima,
pero creí que estaba burlándose de mí y no le di importancia.
Y es que yo, pequeñito, moreno, no muy vistoso, delgadito y
bastante callado, no soy que se diga un don Juan, sino todo lo contrario. No
ligo ni a la de tres. Pero lo peor es que cuando me he enrollado con alguna de
clase (un par de veces nada más) no he pasado de besos y roces. Al contrario que
con las chicas de mis amigos, ni nos hemos masturbado mutuamente. Y ya con 18
años vas teniendo ganas de tener más roces.
Cuando me fui a los cuartos de baños y esa señora, en una
zona apartada, me agarró del paquete y me puso un billete de 10000 en el
bolsillo diciéndome que me fuera con ella a su casa a pasarlo bien, no supe cómo
reaccionar. Quise marcharme de allí pitando, pero mis piernas se quedaron
clavadas.
-Te he estado observando y me has puesto cachonda, nene.
¿Cómo te llamas, preciosidad?
-Manuel.
-Manuel, yo me llamo Brígida.
Aunque apenas me atrevía a bajar la vista de su cara
(demasiado maquillada, parecía un payaso, bastante gorda y poco atractiva, como
su pelo rizado oscuro que le llegaba por la espalda; sus labios carnosos además
eran un poco repugnantes), pero más o menos ya sabía cómo era: bajita como yo,
no más de metro cincuenta, bastante gorda, sus brazos rebosaban carne y su
vestido ceñido amenazaba con estallar de un momento a otro, sobre todo en la
zona de la barriga, las piernas cortas enfundadas en unas medias negras, algo
por el estilo... Una joya, vamos. Pero su mano en mi paquete, que no atiende a
descripciones, sino a presiones, había hecho que mi cosa entrase en reacción,
cosa que ella, con una exagerada sonrisa, notó y me besó en la boca babeando la
mía.
No sé cómo, pero acabé subiéndome a su coche y acompañándola
a su casa con un billete en mi bolsillo. Y seguía perdidamente excitado. Sobre
todo porque ella ahora tenía una mano en el volante y la de la palanca de
cambios iba a mi polla, dura como nunca la había visto. Su manejo era increíble,
pues sin casi enterarme me había desabrochado la bragueta y me la había sacado
del calzoncillo. Me decía que tenía muchas ganas de comérmela. De hecho, paró en
un arcén, se quitó el cinto de seguridad, se ladeó y, de rodillas en el asiento,
posó su lengua pesada en mi capullo, que estaba brillante de todos los jugos que
echaba. Desde la punta, fue pasando su lengua por todo mi capullo, sin dejar de
repetirme que le encantaba mi polla (de tamaño y grosor normales). Verla bajando
y subiendo su cabeza y acariciarme los testículos hizo que me corriera. Ella se
tragó todo y luego me besó en la boca. ¡Puaj! Saboreé mi propio semen en la boca
de esa vieja...
Siguió con su camino y me dijo que le hiciera una mamada por
el camino. Me incorporé, no sin asco, y le subí la apretada falda todo lo que
pude. Ella ayudaba dando unos pequeños saltos sobre su asiento. La verdad es que
ver esas enormes bragas negras volvió a excitarme mucho, pese a que eran
enormes. Su olor a excitación me llegaba incluso a través de sus bragas. Metí un
dedo en su tirante y luego el otro y tiré para abajo, pero se resistía. Tenía la
piel muy clara y el tirante le dejaba marca. Poco a poco fui viendo su abundante
pelambrera. Parecía su coño una selva de lo frondosa que estaba. Pelos rizados,
abundantes, negros y duros. Metí la mano por debajo, un poco a ciegas, y noté
que estaba encharcada. Dio un alarido espeluznante. Le había rozado la vagina.
Lo hice todo a ciegas (mitad porque era de noche y mitad
porque no me atrevía a abrir los ojos), pero aquel inmundo olor me guiaba hasta
su gruta. Separé sus enormes labios superiores y lamí la zona, guiado también
por sus gritos y el nivel de flujo que derramaba. Me dijo que le masturbara
también el clítoris y, con sus indicaciones, lo hice. Pronto descubrí que estaba
delante de una mujer multiorgásmica, porque la tía derramó todo lo posible y
más. Y esto sin dejar de pegar gritos y de insultarme y de dar volantazos por
todo el camino. Llegamos a su casa de milagro.
Se bajó su falda y yo me metí mi de nuevo endurecido pene.
Estábamos delante de un chalé de cuidado. Subimos para arriba y, una vez en su
cuarto, se me tiró al cuello y de nuevo su lengua empezó a retorcerse por mi
campanilla. Ese ansia por mí me halagaba, excitaba y también me ahogaba, por qué
no decirlo. Brígida lo hacía todo por los dos: me desnudaba (la camiseta, los
pantalones, las zapatillas, los calzones, todo ello sin dejar de apretarme el
culo, los huevos, la verga y sin dejar de besuquearme y morderme) y se desnudaba
ella, sólo necesitando mi ayuda para desabrocharse la cremallera por detrás. Y
además no dejaba de decir que quería que la tomase, que la hiciese suya, que
hacía mucho tiempo que no se la tiraba un hombre de verdad (¿?).
Brígida se alegraba mucho de ver que su streptease producía
un efecto de crecimiento en mi verga y su autoconfianza se fortalecía. Tendré
algún punto de masoquista, porque sus michelines se esparcían por su cuerpo de
una forma aterradora, sobre todo cuando se desprendió de la faja de su barriga.
Era pálida y sus carnes blandas. Pero la visión de sus pechos rebosantes en ese
sujetador talla elefante y sus pezones que eran más grandes que mi boca, me
empujaban a chuparla aunque ella redoblase sus chillidos.
Luego se quitó las medias (supongo que quería hacer una pose
sexy, pero se resbaló con la alfombra y no resultó). En el suelo, se quitó las
bragas y me enseñó por completo su coño. Se tumbó en la cama y se abrió de
piernas. Veía una mancha colorada y carne y pelos, pero me tiré sobre ella y
empecé a culear como un conejo. Mientras que yo gemía tan sólo, ella seguía con
su sinfonía de ruidos espantosos. Cuando derramé dentro de ella mi semen, la
loca de la Brígida aulló como una loba y me apretó el culo como una posesa. Fue
entonces cuando di mi único grito.
Me levanté haciéndome a un lado. Estaba empapado de sudor. No
sabía si era mío o era de Brígida, que parecía una fregona sin escurrir. Yo
estaba agotado, pero al parecer ella tenía mucha más ganas de marcha. Intentaba
hacerme reanimar a mi gusano con chupetazos y succiones y me ponía su culazo en
mi cara. Me dijo que le chupara el culo, que quería que la penetrase por ahí.
Con todo mi asco y mi excitación por darla por culo, exploré
su agujero negro y mi gusano se puso como una estaca. Se puso de rodillas y de
un golpe la penetré hasta el fondo. Ya el grito fue incalificable. Rebasó los
límites permitidos de decibelios. Mis sensaciones eran increíbles, al sentir ese
calor y presión (otra cosa no la diré por no ser escatológico). Temí haberla
hecho daño, pero cuando me dijo que la partiera el culo, empecé a azotarla en
esas nalgas caídas y puse un ritmo muy duro. Por primera vez se me escaparon los
insultos, que a ella le excitaron mucho y se metió el puño en su vagina. Su
orgasmo fue impensable. El mío me dejó extenuado y sus nuevos intentos por
reanimarme, baño de burbujas incluido, fue inútil. Pese a esto, me decía que
estaba encantada y no dejaba de llamarme semental.
Me pidió su número de teléfono (y, menudo idiota, se lo di) y
me dejó el suyo. Me dijo que la llamase yo en menos de una semana, que tenía que
ser caballeroso. Yo pensaba que ni de coña lo haría, pero mi polla pensaba por
mí y esas escandalosas tetas me llamaban y todos los sábados Brígida y yo
practicábamos nuevas posturas (incluso dejé que se me pusiera encima y que me
dejara como un sándwich). Me da hasta vergüenza confesar cuánto tiempo duró esto
y que durante mucho tiempo fue mi mejor opción de sexo. Pero más vergüenza me da
confesar que acabé casándome con ella dos años después, y no precisamente por la
dote de Brígida, sino por lo mucho que disfrutaba en la cama. Y también me da
vergüenza decir que no la pongo los cuernos con ninguna otra joven tía buena
porque el ritmo de Brígida es de cómo mínimo dos polvos al día y me tiene
destrozado. Además ha adelgazado veinte kilos en todo este tiempo y cada día
está más buena y más joven y yo cada día la quiero más.