Yo era un joven estudiante de arquitectura de 21 años,
descendiente de una adinerada familia dedicada al negocio de la construcción. Mi
abuelo había sido arquitecto y urbanista, famoso por sus tendencias innovadoras,
con las cuales amasó una considerable fortuna. Mi padre era también arquitecto,
heredero de la tradición establecida por mi abuelo, director de una de las
mayores firmas de arquitectura del país.
Yo era el encargado de seguir esa tradición. Sin embargo, a
los 21 años, aunque estudiaba arquitectura, me gustaba más el arte, la pintura y
la escultura, que la carrera universitaria que estudiaba. Claro que hay mucha
relación entre una rama del arte y la otra, al extremo que muchos arquitectos
son también pintores o escultores pero, en mi caso, no me sentía muy atraído por
la arquitectura. En cambio, si deseaba dedicar mi vida a las bellas artes. En
suma, no sentía haber encontrado mi verdadera identidad.
Contribuía también a mi desazón, mi situación sentimental.
Desde una fiesta donde la conocí, sufrí el acoso de Soara Kirch, una joven de 19
años, rubia, alta y de ojos azules, que era hija de Hans Kirch, uno de los
mayores empresarios del país. En lo personal, Soara no me atraía lo suficiente
como para iniciar un noviazgo o alguna relación, por mi propia voluntad. En
realidad, Soara y yo llegamos a ser novios, empujados por nuestros padres. El
padre de ella favorecía el contacto con su hija, la madre estaba encantada y mis
padres, dentro de lo sobreprotectores que eran, no ignoraban las ventajas de
tipo económico y estratégico que significaba una alianza de nuestras familias.
Los esposos Kirch organizaron una gran recepción para
agasajar a unos amigos, diplomáticos, que recientemente habían arribado al país,
para lo cual ofrecieron una espléndida fiesta en su casa, que era grande,
elegante y con un amplio jardín, en medio del cual, destacaba una impresionanate
piscina. Durante la fiesta, Soara me llevó a un rincón apartado y allí, pese a
mi resistencia y a mis remilgos, tuvimos relaciones sexuales esa noche, en forma
clandestina.
Soara era alta, rubia, con ojos azules y piel blanquísima,
perfectamente formada, con amplias caderas, cintura angosta, y busto no muy
grande, pero hermoso. Elegante y persistente, Soara era bella, pero con una
belleza un tanto artificial, la típica "chica plástica" de que tanto se habla,
además de ser también la clásica "chica fresa". Sin un objetivo verdadero en la
vida, más allá de su deseo de conseguir sus caprichos, viajar, sobresalir en
sociedad y divertirse.
Mi padre deseaba una boda mía con Soara. Era la manera
perfecta de unir a nuestras familias y nuestras fortunas. En pocas palabras, un
estupendo negocio. Por ello, yo recibía constantes presiones para proponerle
matrimonio a Soara, presiones que yo hacía hasta lo imposible, por resistirlas.
Para mis padres fue una gran desilusión que llegara el día de su aniversario y
no poder anunciar durante la fiesta, mi compromiso con Soara.
Pese a todo, mis padres celebraron su aniversario de bodas.
Fue una gran fiesta, con lo más granado de la sociedad. Por supuesto, entre los
invitados estaban los Kirch: Soara, su hermano mayor, Alan, sus padres y su
abuela, Silda. Debido a esa constante presión para que decidiera mi boda con
Soara, me sentía deprimido. Los días pasaban, la presión era más grande y mi
depresión, también. Por ello, aquella noche, durante la fiesta, me puse a beber,
pese a que no acostumbraba hacerlo.
Avanzada la celebración, con varias copas entre pecho y
espalda, me sentía un poco mareado y fuera del absoluto control que siempre
trataba de tener. La fiesta se llevaba a cabo en el jardín y, al servir la cena,
todos los invitados estaban repartidos en mesas elegante y convenientemente
dispuestas. Antes de sentarme a la mesa, teniendo ganas de orinar, entré a la
casa y me dirigí al baño del segundo piso. Fui hasta el sanitario, bajé el
cierre de mis pantalones, saqué mi verga y comencé a orinar. No se por qué, en
aquel momento, al terminar, me puse a sacudir mi pene y sentí placer. Eso me
hizo comenzar a frotarme el miembro, que fue creciendo a la vez que
endureciéndose.
En esas estaba, cuando súbitamente se abrió la puerta y entró
Silda, la abuela de Soara, que se quedó de una pieza al verme y contemplar lo
que yo estaba haciendo.
Reaccionó y, sin quitar la mirada de mi pene, comenzó a
disculparse por haber entrado, a lo que podíamos considerar, una de las partes
privadas de la casa. Le dije que no tenía importancia y me apresuré a guardarme
el miembro, pese a la dificultad que me causaba la erección.
Silda era una mujer de unos 60 años, de corta estatura, algo
entrada en carnes, de pechos muy grandes que se mostraban generosamente a través
de un enorme escote de su elegante vestido.
Murmurando una palabra de excusa, salí del baño y,
rápidamente regresé al jardín, donde todos se disponían a degutar de la cena. En
la mesa principal estaban, como es natural, los homenajeados (mis padres) y
ellos habían invitado a los Kirch para que los acompañaran, como un símbolo de
la "alianza" que mi padre deseaba entablar.
En ese momento, llegó también la abuela de Soara y tomó
asiento en uno de los extremos de la mesa, junto a una silla vacía, al tiempo
que mirándome sugestivamente, me invitaba a sentarme a su lado.
- Venga -dijo invitadora-, siéntese a mi lado.
Accedí, para no hacerme de rogar, pese a que aún me sentía
apenado por el incidente de unos momentos antes. Pero de cualquier manera,
también me sentía dispuesto a disfrutar de la vista de aquellos pechos.
- Quiero tener cerca al novio de mi nieta -insistió, al
tiempo que todos, especialmente mis padres miraban la escena con amplias
sonrisas y gestos de aprobación, ya que aquello era un síntoma de que la abuela
me aprobaba.
Tomé asiento y la abuela no dejaba de verme, mirándome
intensamente mientras me sonría.
Por alguna razón que no pude explicarme, sentí que sus
palabras y sus miradas encerraban un significado que yo no llegaba a comprender,
y una sensación extraña me cosquilleó en el estómago.
Durante toda la cena, la abuela cconversó de cosas sin mayor
importancia y a veces, para enfatizar sus palabras, me tocaba la pierna y a los
postres, comencé a sentir que, poco a poco, sus toques eran más intensos y
prolongados.
- Mi nieta es una muchacha muy afortunada -dijo de pronto.
- Mmmm, ¿por qué lo dice? -pregunté.
- Bueno, es usted un joven muy apuesto y agradable y, si yo
estuviera en el lugar de mi nieta, no lo dejaría escapar -dijo las últimas
palabras con cierto énfasis.
Luego, adoptando un tono confidencial y acercándo sus labios
a mi oído, me dijo en voz baja:
- Además, la tiene muy grande y estoy segura de que disfruta
mucho del sexo, y también sabe como hacer disfrutar a su pareja.
Cuando dijo esto me clavó los ojos, y acarició mi pierna con
su mano, permitiendo que un calor intenso pasara a través de la tela de mi
pantalón. El intenso roce y la encendida mirada fueron como una descarga
eléctrica que se inició en mi pierna, corriendo a lo largo de ella y anidó en mi
ingle, haciendo latir la cabeza de mi verga.
- Además, es usted muy codiciado.
La miré sorprendido.
- Bueno -dijo a manera de explicación-, estoy segura de que
hay alguien que desea follar con usted.
La miré, desconcertado por tal declaración, sin saber cómo
interpretarla. ¿Esta mujer me estaba tirando los perros o se estaba burlando de
mí?.
- Es más -agregó-, está muy cerca suyo quien lo desea
ardientemente.
Apenas terminó de hablar sentí cómo, por debajo de la mesa,
la mano derecha de la mujer se apoyaba en mi entrepierna. Me sobresalté, pero
ella sin inmutarse, mientras sonreía, comenzó a masajear mi paquete con
habilidad. Sus dedos se movían con gran destreza y, en segundos, desabotonaron
mi bragueta y se introdujeron en mi boxer.
El contacto de su piel con mi verga fue como un latigazo, y
sin poder evitarlo gemí muy despacio. Mientras miraba para otro lado e
intercambiaba unas palabras con otras personas, sus dedos iniciaron un toqueteo
tan preciso que en instantes mi tranca se agarrotó por completo, dejándome al
borde de la corrida. Pero justo antes de que esto ocurriese, la abuela retiró su
mano, y mientras yo sudaba terriblemente agitado, volvió a clavarme sus mirada
intensa.
- Voy a ir al baño de arriba -me dijo en un susurro-. Si lo
deseas, sígueme.
Se puso de pie, excusándose ante los otros invitados y entró
a la casa. Yo no sabía qué hacer y me quedé sentado allí, con expresión
estúpida. Pensé en lo que estaba a punto de suceder y, me sentía tan cargado,
que no pude contenerme y, como pude, me acomodé la verga que aún seguía dura, y
después de comprobar que nadie me prestaba atención decidí seguirla al interior
del la casa. Me levanté y caminé por otra ruta, para evitar que alguien entrara
en sospecha.
Me dirigí rápidamente al baño del segundo piso y ella salía
en ese momento.
- Creí que ya no vendrías -me dijo al tiempo que, sin pedir
permiso, me puso la mano en el órgano, comenzando a acariciarlo por encima del
pantalón, a la vez que me decía lo mucho que yo le gustaba..
Por toda respuesta, la tomé del barzo y la conduje a mi
habitación. Después que entramos, la mujer cerró la puerta por dentro y me dijo:
- No te arrepentirás de la decisión que tomaste.
Entonces se arrodilló, abrió nuevamente mi bragueta, sacó mi
hinchada verga y sepultándola en su boca comenzó a darme una de las mejores
mamadas que recuerdo. Se veía claramente que era una experta. Su lengua
succionaba mi capullo y se deslizaba por todo el tronco, haciéndome gemir de
placer. Cada tanto variaba el ritmo de la felación, intercalando chupadas lentas
con otras a toda velocidad. Como fuere, en pocos segundos, toda la carne de mi
pinga estuvo lubricada con su saliva, dándole un aspecto brillante y
resbaladizo.
Mientras me mamaba, yo le acariciaba tiernamente el cabello y
el rostro. El espectáculo de mi picha entrando y saliendo de su boca, mientras
la apretaban esos labios carnosos, era fascinante, y me di cuenta que iba a
acabar de un momento a otro.
- Si sigues haciendo eso voy a correrme -advertí con la voz
entrecortada por el deseo.
- No! Aún no! -suplicó la mujer, luego de sacar mi pene de
sus fauces. Entonces se puso de pie, y mientras me daba un beso de lengua
impresionante, comenzó a desnudarse dejando al descubierto sus pechos realmente
gloriosos, un vientre con algo de llanta, unas piernas cortas y un culo grande y
redondo.
Jamás me había sentido tan atraído por la vista de unos
pechos desnudos, y pronto los tomé en mis manos y comencé a acariciarlos. Si
bien reconocía que muchas veces me había sentido atraído por algunas mujeres
maduras, nunca se me había metido en la cabeza la idea de que mi verdaera pasión
era la gerontofilia. Ahora, le situación era diferente y debía reconocer que
Silda sí me gustaba. Y fue precisamente la circunstancia de ser la abuela de mi
novia, lo que me hizo vacilar un momento.
Pero ella lo resolvió todo recostándose sobre la cama y,
flexionando las piernas abiertas me ofreció el húmedo orificio que latía entre
sus piernas.
¡Por Dios! ¡Qué ramalazo de deseo me golpeó en aquel momento!
Hubiera querido disfrutar con toda calma de esa vulva, excitando el clítoris
lentamente con mi lengua hasta dejarlo a punto, para que luego mi verga entrase
suavemente por ese caliente canal, por lo cual caí de rodillas ante ella y
empecé a lamerle el clítoris. Pero desafortunadamente ella, más consciente de la
situación, me detuvo haciéndome ver que no había tiempo para eso y recordándome
la situación en que estábamos, de manera que luego de unas breves ensalivadas
acomodé la cabeza de mi pene y con toda la suavidad que la premura me permitía,
empecé a clavarlo, al tiempo que mi respiración se hacía más pesada.
La mujer gemió de gozo al sentir la penetración, y cuando mis
huevos rozaron sus nalgas respiró aliviada. Entonces la tomé de las caderas, y
sujetándola con firmeza inicié un rítmico bombeo metiendo y sacando mi durísima
tranca de esa cueva deliciosa.
Con cada movimiento ambos jadeábamos, y la bella jamona se
retorcía de gusto mientras en su rostro se pintaba una expresión de puro y
genuino placer. Sonreía, y sus ojos me miraban intensamente mientras yo
continuaba taladrando su vagina divina.
- ¡Chúpame los pechos, mi amor! -exigió.
Sin demora comencé a cubrir de besos los enormes senos,
deteniéndome a lamer y chupar con gusto sus grandes pezones.
Ella manejaba muy bien el ritmo de mi penetración y contraía
rítmicamente su vagina, enloqueciéndome y, otra vez, me puso al borde de la
corrida. De pronto, ella se corrió prorrumpiendo en no contenidos gritos de
placer. Yo no iba a poder contenerme.
- ¡Voy a acabar! -anuncié con la polla a punto de explotar.
- ¡Hazlo, mi amor! -gimió-. No te detengas, ¡lléname con tu
leche!.
Fue demasiado. Me descargué dando gritos entrecortados,
mientras mi verga inundaba con crema ardiente las entrañas de la apetitosa
abuela, que llenaba la habitación con sus gemidos placer.
Todavía jadeando, me sonrió otra vez y me dijo:
- ¡Bienvenido a nuestra familia! ¡Apruebo la elección de mi
nieta!
Sin darnos mucha tregua, la abuela y yo nos vestimos y
bajamos, por separado, a reunirnos con la concurrencia.
Más o menos una hora después, entre copas y risas, platicaba
con Alan, el hermano de Soara, cuando la madre de ella, Angela, la hija de
Silda, se acercó a nosotros y le dijo a su hijo que su esposo deseaba hablarle.
Alan fue al encuentro de su padre y yo me quedé platicando
con mi futura suegra, que era una mujer rubia, alta, de unos 42 años, muy amiga
de mi madre y llevaba un elegante y exclusivo vestido, que hacía resaltar sus
encantos y cuya característica principal era un generoso escote que dejaba ver
una gran porción de sus senos. Un panorama pra dejarlo a uno embobado.
Sin poder evitarlo, mis ojos se quedaron fijos en sus pechos
y, después de un momento, dándome cuenta de mi torpeza, sentí que se me subían
los colores a la cara.
Me miró fijamente a los ojos con una sonrisa, y yo me quedé
sin saber qué hacer o decir. No pude sostener su mirada y bajé la vista,
deteniéndola unos instantes en sus senos.
- Quiero hablarte en privado -pme dijo mirándome fijamente-.
Creo que es algo que no podemos posponer.
Me quedé sorprendido. No tenía idea de qué querría ella
decirme. Pensé entonces en que ella sospechaba algo y quizás querría reclamarme
lo sucedido con su madre.
Me tomó del brazo y casi temblando, caminé con ella hacia el
interior de la casa.
- Arriba estaremos más en privado -me dijo, y fuimos por las
gradas hasta el segundo piso.
Sin vacilaciones caminó hasta la puerta de mi habitación y
abriéndola entró en ella. Una vez allí, se volvió hacia mí y, para mi sorpresa
¡se había sacado los senos del vestido!
Me quedé paralizado, contemplando aquellos maravillosos
pechos, en tanto una potente erección templaba ya la tela de mis pantalones.
- ¡Acercate! -ordenó ella con voz sensual, en tanto que yo la
miraba como embobado.
Ella sonrió y mostrándome sus senos, preguntó:
- ¿Se te apetecen?
Mi pene cabeceaba de deseo y deseaba libertad. Ella se acercó
más y con su mano me bajó el cierre y liberó al enfurecido príapo, que apareció
orgulloso por la abertura de mi bragueta.
Posé mi vista en sus enormes tetas, grandes, macizas,
coronadas por grandes pezones. Con delicadeza, me acarició el pene. Yo, levanté
mis manos hasta sus pechos y agarré aquellos dos melones, apreciando como los
enormes pezones se ponían más erectos y duros. El deseo me encabritaba el pene
más y más.
- ¡Qué grande! -susurró ella con voz sensual, mientras
acariciaba mi verga.
Nos abrazamos y comenzamos a besarnos. Más que besarnos, a
devorarnos con nuestras bocas. Mis manos recorrieron ávidas el cuerpo de mi
futura suegra. Me apoderé de ambos senos y los acaricié largamente, para luego
comenzar a devorarle con mi boca un pezón y chuparle la gran teta.
Sin detenernos, fuimos cayendo en la cama, en tanto seguíamos
con los juegos de besos y caricias y nos fuimos desnudando con rapidez. Ella
tenía ya solamente puestas las medias y un liguero blanco. Mis manos se
desplazaron hasta la parte baja de su vientre y advertí con mi mano, que estaba
totalmente mojada. Entonces, sin más demora, puse mi verga frente a la entrada
de su vagina, empujé con firmeza y mi pene entró sin ningún problema y poco a
poco me fui abriendo paso en el túnel del amor, mientras ella gemía de placer.
Comencé a moverme hacia fuera y hacia dentro. Ella cerrando
sus piernas alrededor de mis caderas, guiaba mi ritmo. Estábamos en el paraíso y
en cada vaivén de entrada y salida, gemía con furia, hasta que su cara se
estremeció de placer y supe que había llegado a su orgasmo. Sin poder ni querer
contenerme, eyaculé dentro de ella, inundándola con la explosión de mi leche
caliente.
Permanecimos así, abrazados, jadeando, durante un rato.
Finalmente, reaccionamos y comenzamos a vestirnos. Ella terminó con rapidez,
acomodó su peinado y salió de la habitación, al tiempo que me tiraba un beso con
la mano.
Terminé de vestirme y bajé al jardín, justo en el momento en
que mis padres se disponían a partir el pastel. Mi novia, mi suegra y la abuela
se acercaron a mí y me rodearon. Mientras todos aplaudían yo pensé satisfecho,
en que ya no había razón para demorar más mi boda con Soara.
Autor: Amadeo727