Mi catequista
En fin, dejé mi relato anterior cuando Nuria salió disparada,
dejándome caliente como un perro en celo.
No es que fuera mi primera experiencia, pero era la primera
vez que lo hacía con una mujer hecha y derecha de treinta y un años que tenía
por aquel entonces, biológicamente casi podía ser mi madre. Yo con dieciséis
añitos, pensé que había hecho algo mal cuando acabamos y por eso se largó.
Bueno, ahí estaba yo en medio del monte, desnudo y con el
rabo a media asta. Como vi que no iba a follar más, me vestí y comencé a meditar
un poco lo que había pasado.
-Bueno, Alejo, -me dije- esto ha estado bien. Pero, vamos a
ver como se puede repetir. Punto uno, Nuria es ninfómana según el padre Miguel.
Punto dos, a Nuria le gusto y no hay nadie que le haga la
puesta a punto.
Punto tres y el más importante, me he tirado ya a mi
catequista, o sea, a Nuria.
Pero, joder, ha salido disparada; debe ser porque la he
cagado en algo. Bueno, quizás se le pase y, luego, podré intentar acercarme a
ella otra vez.
Me fui, pensando en esas cosas sin poder quitarme a Nuria de
la cabeza, a la cama. Compartía el dormitorio con Antonio y Manuel, mis colegas
de la catequesis y con quien iba a jugar al fútbol después de las reuniones de
los sábados.
-¿Dónde andabas, cabrón?- dijo Antonio.
-Nada, a mear por el monte, porque el baño lo tienen cogido
las niñas.
-Oye, has visto las peras que tiene Inés, son soberbias, y
esos pezones puntiagudos, joder.- dijo Manuel.
-Sí, claro…-dije pensando en Nuria.
-Oye, ¿qué te pasa? Normalmente, tú eres el más salido de
todos y hoy parece que estás agilipollado.- dijo Antonio.
-Déjame en paz y vamos a sobar.-dije quitándomelo de encima,
pero apenas dormí en toda la noche.
Bueno, al día siguiente fuimos a uno de esos merenderos en el
monte, con su campo de fútbol de tierra y sus columpios, todo hecho de madera,
claro. Los chicos cargábamos la comida y las chicas iban por otro lado, así que
no vi a Nuria en todo el camino. Cuando llegamos, los chicos organizamos un
partidillo de fútbol y las chicas se fueron por otro lado a preparar la comida y
a sus enredos.
El partido estuvo bien; estábamos sudando como mulos bajo el
sol del medio día, así que pronto fuimos donde las chicas en busca de refrescos
con los que combatir la deshidratación, cuando llegamos las chicas comenzaron a
decir que éramos como animales, que cómo nos presentábamos así, etc. El caso es
que nosotros comenzamos a reírnos y no sé como, pero el caso es que con la coña,
me tropecé y caí contra un filo de la mesa abriéndome una brecha en el hombro y
con alguna astilla de madera clavada. Entonces, el padre Miguel dijo que me iba
a llevar a la casa a desinfectarme la herida porque no se había traído el
botiquín, sin embargo, Nuria le dijo que mejor ella me llevaba porque tenía el
coche allí cerca de modo que podríamos volver antes, ya que el padre Miguel no
tenía carné. Bueno, que sin más rollos, acabé en el coche de Nuria rumbo a la
casa de donde habíamos partido aquella mañana.
-Oye, Alejo, en cuanto a lo que pasó anoche…- comenzó a decir
Nuria y mi corazón comenzó a bombear como si fuera un tambor. "Vale, no la
cagues ahora.", pensé.
-Bueno, Nuria, yo siento lo que te hice, porque tú me gustas
mucho y lo pasé muy bien. No quería hacer que te fueras.
-Verás, no me fui porque tú hicieras algo malo. Yo soy mucho
mayor que tú, además, soy tu catequista. ¡Qué diría el padre Miguel si lo
supiera!
No dije nada y así pasamos todo el tiempo que duró el
trayecto a la casa. El cuarto de baño donde estaba el botiquín era muy estrecho,
así bien juntos Nuria comenzó a quitarme las astillas con unas pinzas. El calor
de aquel día soleado comenzó a notarse y poco a poco comencé a ponerme caliente
con el aroma de la mujer que me acompañaba en aquel pequeño habitáculo. Poco a
poco, comenzó a hacerse patente la potente erección que tensaba la tela de mi
pantalón, afortunadamente, era un chándal y no era tan molesta. Nuria lo debió
notar porque comenzó a ponerse nerviosa y a causarme más dolor con sus curas.
¡Me estaba matando! El sudor perlaba las frentes de ambos cuando, por fin, quitó
la última astilla y me desinfectó la herida con agua oxigenada.
Fue entonces cuando, sin pronunciar palabra, se lanzó a mi
boca, besándome con fuerza. Sus labios apretaban los míos y su lengua buscaba la
mía, mientras su mano se metía en mi ropa interior agarrándome con fuerza del
mástil. Poco a poco, entre caricias y besos, nos fuimos desnudando y, cuando iba
a tirarme encima suyo para montarla, me empujó contra la pared, no dijo nada,
sólo se limitó a mirarme directamente a los ojos y, sin dejar de mirarme, se fue
poniendo de rodillas frente a mí hasta que mi miembro quedó a un centímetro de
su boca. Entonces, me dio un rápido lengüetazo al glande, luego, fue dándole
besitos a mi mástil hasta que finalmente se lo fue tragando hasta la mitad para
luego sacarlo cada vez con más velocidad.
Yo estaba, desde luego en la gloria, no sabía que las mujeres
hicieran esas cosas fuera de las películas porno, era la primera felación que me
hacían. Era desde luego muy distinto a las pajas que te haces, el cálido y
húmedo tacto de su boca, el ritmo era muy distinto lejos del ritmo que impones
cuando te masturbas o cuando follas, era un ritmo que me llevaba de forma
exasperante a un orgasmo que parecía que no llegaba nunca, lento, poco a poco
las caricias orales de mi bella catequista me llevaban a un punto en el que no
aguanté más y eyaculé, agarrándola de la melena, en su boca.
Ella lejos de escupirlo, como esperaba que haría, se lo
tragó. Esto me puso más caliente, aún si cabe. Me dediqué a besar su cuerpo: sus
pechos, grandes y hermosos, sus brazos, sus nalgas, sus piernas,… hasta que en
cinco minutos ya tenía otra erección y es que mi periodo refractario es
realmente corto.
El caso es que la puso apoyada en el lavabo y, por detrás,
como un caballo me dispuse a montar a mi bellísima yegua. Una y otra vez, ella
gemía, yo resoplar de lo caliente que estaba y el lavabo chirriaba de los
golpes. Ella comenzó a gemir más alto, hasta que volví a eyacular. Descansamos
en su cama, abrazados, después de estar así dale que te pego dos horas más.
Entonces, oímos que alguien entraba en la casa, así que salí por patas a mi
cuarto, con la ropa en la mano, y me hice el dormido. Desde allí oí la
conversación de Nuria y el padre Miguel, ésta le decía que yo estaba un poco
cansado así que habíamos comido y estaba descansando en mi cuarto.
Desde entonces, Nuria y yo pasamos juntos todos los fines de
semana durante dos años hasta que hice la confirmación, luego, ella se fue a
Sudamérica y yo a Madrid a estudiar en la Universidad. Fue la primera mujer con
la que disfruté plenamente de todo el sexo que podía desear, a lo mejor algún
día nos volveremos a ver.