LA CÁRCEL (1)
Esto es terrible ¡me han detenido! Total... sólo me limité a
proveerme de buena ropa, buenos zapatos, abrigo, bolso y complementos
(gargantilla, pendientes, reloj y pulsera de oro y brillantes) para una fiesta
¡y qué culpa tengo yo si no tengo dinero para pagarlo y lo tomo "prestado" y
claro, como para estas cosas hay que llevar algo en metálico, cogí 1.500 euros
de la caja de la tienda en cuestión. Me pillan ¡y tienen la desfachatez de
denunciarme! Y la justicia ¡ja, ja, ja!, como soy insolvente y no puedo pagar la
multa en cuestión... ¡hala, tres añitos de CÁRCEL! si no fuera para llorar,
sería para mondarse de risa...
Aquí estoy, en una furgoneta policial, atrás y esposada como
si fuera una delincuente y, ¡madre mía!, ¡Qué pinta tan rara tienen las otras
mujeres que me acompañan! Y me hacen gestos obscenos... No me extraña mucho,
¡soy tan diferente a ellas que parezco Blancanieves rodeada de seres
indescriptibles con cuerpos casi todos rechonchos y caras de vicio o de maldad!
Ya hemos llegado, me toman las huellas dactilares, me
fotografían, me desvisten, me hacen un registro exhaustivo ¡por si llevo drogas!
¡Me hurgan hasta en el culo! Me siento tan vejada, tan rematadamente mal... Me
duchan con una especie de desinfectante que huele que apesta, me dan una bata
naranja que me anudo a la cintura y me meten en una celda con 6 mujeres más.
Pongo la muda y las sábanas en la litera que me asignan,
cierran la puerta con llave ¡y me dejan allí!
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Han pasado tres días. Tres días de pesadilla. Dicen que me
van a asignar un trabajo pero, hasta entonces, me paso las horas sin saber qué
hacer. Me he hecho amiga de mis compañeras de celda. En realidad, si las miras
sin prejuicios, vestidas todas iguales, sin maquillajes exagerados y con un aseo
regular, no parecen tan malas chicas. Pero me sigo notando diferente y eso me
preocupa. ¿Soy diferente o me quiero ver diferente? No lo sé... De todas formas,
ellas también me tratan de diferente manera a como se suelen tratar unas a
otras. Más deferente, con mimo y ternura. A una de mis compañeras, Marisol, le
he tomado mucho cariño. Físicamente es un poco rara. Es muy alta y grande,
incluso yo diría que gorda, pero sobre todo es grande. Pelo castaño más corto
que largo, justo por debajo del cuello, nariz poderosa, mentón rudo, ojos
castaños ni grandes ni pequeños pero, eso sí, tremendamente almendrados y tan,
tan, amable, cariñosa, mimosa y detallista conmigo..., que a veces, tengo que
reconocerlo, me siento un poco agobiada. Pero a su lado también me siento
protegida y querida y las pocas veces que no está a mi lado, la busco yo. Me
gusta su compañía, me hace sentir femenina, guapa, inteligente, simpática,
ingenua..., y me chifla sentirme llena de cualidades físicas y morales que no sé
si son ciertas pero ella las ve en mí y yo en sus ojos. De siempre me ha gustado
gustar y a ella le gusto, en el buen sentido de la palabra..., creo.
Ya ha pasado tiempo pero no sé exactamente cuánto. Parece una
vida y, supongo, son sólo meses. He cambiado. Ahora, tal vez no sea tan
diferente de las chicas que venían conmigo en la furgoneta. No me he puesto
rechoncha, conservo un bonito cuerpo, pero mi mirada, mi manera de ser y de
comportarme, han cambiado.
Todo comenzó hace tiempo. No sé exactamente cuánto porque,
como ya he dicho, la medida del tiempo aquí, en la cárcel, es diferente. Una
hora parecen días y así es imposible calcular. Yo había pasado un ¿día? malo y
cuando apagaron las luces de la celda estaba en la litera, tumbada y llorando
bajito. Ni siquiera me había puesto la ropa que tenía para dormir. Seguía con mi
bata naranja. Aunque apagasen la luz, no se hacía la oscuridad por completo y
pude ver cómo Marisol se acercaba a mi y me acariciaba el pelo. Se sentó a mi
lado y yo me corrí para que pudiese tumbarse y se tumbó abrazada a mí y
acariciándome la cabeza y el pelo. Yo me acurruqué contra su poderoso cuerpo y
me sentí más tranquila y relajada. Ella lo notó. Se sentó, de nuevo, en la
litera, cogió mi ropa de dormir y, poco a poco, deshizo el cordón del cinturón
de la bata y desabrochó los botones. Yo me dejaba hacer. Quería sentirme como
una niña pequeña a la cual su mamá pone el pijama y dejaba que ella me fuese
desvistiendo sin oponer ninguna resistencia.
Me desabrochó la bata y, alzándome la cabeza y medio cuerpo,
logró, con suma facilidad, quitarme el sujetador y sacarme la bata por los
brazos. Dejó todo a los pies de la cama y me tendió suavemente apoyando mi
cabeza sobre la almohada. Cogió la braguita por la cinturilla y tiró hacia
abajo. Yo levanté el culo para facilitar la operación. Dejó las bragas en la
cama y me miró. Yo la miré y ví admiración en sus ojos. Cerré los míos y fue
como si diese mi consentimiento. Noté sus manos, tímidas al principio, en mis
tetas. Se afianzaron cuando vió que no había ninguna resistencia, sino todo lo
contrario. Ella estaba sentada a mi lado, yo tenía las rodillas juntas y las
piernas medio alzadas. Cuando noté sus manos en mis tetas, bajé del todo las
piernas y las abrí.
Fue como quien abre el caudal de una presa (y nunca mejor
dicho que en la cárcel) cuando sus manos comenzaron a moverse sobre mi pecho. Me
acariciaban y me pellizcaban los pezones sin llegar a hacerme daño. Luego fue su
boca la que comenzó a succionarme como si estuviese mamando ¡qué placer! Hacía
mucho que no estaba con un hombre y casi lo había olvidado y cerrando los ojos
podía imaginar que era un tío y disfrutar porque, al fín y al cabo, ¿que
importaba? Mi cuerpo estaba comenzando a sentir una gran excitación y un placer
que yo no quería que acabase y no hacía mal a nadie... Me gustaría decir que
todo esto lo pensé en ese momento, pero mentiría. En ese momento solo quería
sentir placer y todo me daba igual, lo pensé mucho más tarde. Era, para mí, una
buena justificación.
Su boca y sus manos fueron bajando a lo largo de mi cuerpo y
su lengua iba lamiendo como si de un perrito mimoso se tratase. Estaba de
rodillas en el suelo. Se entretuvo mucho en el cuello, los hombros y la tripita
y luego..., pasó a los muslos, pantorrillas y pies. Llegó un momento en el que
yo casi grito. ¡Me dolía el coño de las ganas que tenía! Me incorporé un poco,
cogí su cabeza y la puse entre mis piernas. Su lengua comenzó a lamer mi vello
púbico, sus dedos abrieron mis labios menores, y mordió, con ternura, mi
clítoris. Luego comenzó con su lengua a dar rápidas vueltas a su alrededor, para
lamerlo después con fuerza y rapidez.
Hasta ese momento, todo había ido despacio y tranquilo, casi
como si fuera lo natural, lo cual no impedía para nada que yo me sintiese ahora
tremendamente excitada y que la humedad de mi chocho lo reflejase. A medida que
su lengua iba adquiriendo rapidez, mis jugos aumentaban y yo me sentía más y más
excitada. Llegó un momento en el que abrí los ojos. Ya me daba igual ver que era
una mujer la que me estaba proporcionando ese placer. Ya me daba igual que mi
mente comprobase que una mujer era capaz de hacer que tuviese multitud de
sensaciones placenteras. Me daba igual todo. Llegó un momento en el que mi mente
dejó de controlar la situación, para ser el cuerpo y su placer quienes mandasen.
Llegó un momento en el cual sentí el deseo de participar, de que fuese una cosa
mutua, de poder provocar también yo ese placer. El deseo de besarla, de que me
besase, de notar su lengua también en mi paladar y entre mis dientes.
Agarré, de nuevo, su cabeza y puse su boca sobre la mía.
Tenía un sabor un poquito salado, sabía a mis jugos, sabía a mí y ¡joder, qué
bien sabía! La besé con apasionamiento. Ella no tardó ni media décima de segundo
en responder al beso. Nuestras lenguas chocaron, jugaban con el paladar y los
dientes, succionábamos nuestras salivas. Mientras la besaba, me incorporé para
intentar quitarle la camisa de dormir. Pero yo soy mucho más torpe y al final
fue ella quien lo hizo, separando únicamente su boca de mi boca para pasar el
cuello de la camisa por su cabeza. Tiró la camisa al suelo y volvimos a
juguetear con nuestras bocas. Sus manos fueron a mis tetas, las mías a las
suyas. Nos pellizcamos, nos acariciamos, nuestros pezones se pusieron duros y
rugosos, tremendamente impertinentes y lascivos. Su mano derecha continuó sobre
mi teta izquierda, su mano izquierda se puso a jugar en mi chocho con el
botoncito que, a estas alturas, ya estaba hiper-tenso como un muy pequeñito
pene. Yo, no sé bien por qué, no bajé a su chocho pero sí intuía su clítoris
también inflamado. Entonces, ella apartó, bruscamente, su boca de la mía. Bajó
su otra mano para abrirme completamente los labios menores de manera que me dejó
totalmente expuesta. Ansiosa por colaborar, moví mi culo hacia abajo y me dejé
caer otra vez tumbada completamente sobre la cama. Ella me alzó las piernas y
dobló mis rodillas, separándomelas de tal modo que parecía una postura de
ballet. Volvió a abrir mi coño con sus manos, volvió a manipular mi clítoris con
su lengua, mi vello público se empapó de gotas, su boca y comisuras se llenaron
de líquido y de repente, no un dedo o dos, metió la mano entera, de golpe, en mi
vagina. Entonces me corrí, me corrí eyaculando y por su mano caía el líquido
como si de orina se tratase. Y ella comenzó a beberlo y yo, cuando ví lo que
hacía, sentí otro orgasmo y volví a correrme eyaculando. ¡Dios! ¡Fue demencial!
Aquello se repitió noche sí y noche también. Éramos Marisol y
yo como si de una pareja de novios se tratara. Llegó un momento en el cual las
otras compañeras de celda se sintieron marginadas. Enseguida me dí cuenta y yo,
que en el fondo soy una sentimental, una noche dejé que participasen todas. Lo
que ya se ha convertido en una cochina y fenomenal rutina.
En otro capítulo contaré la primera vez con todas...