-He encontrado la profesión que me ha de llevar a la
santidad. Entregaré mi cuerpo, seré dadora.
Dijo Andrómeda a su madre.
-¿Será que nos hemos vuelto putas?
-No es eso. ¿Recuerdas lo que me dijiste que pasaría con mi
virginidad?
-Recuérdamelo.
-Dijiste que sería triste que cayera en manos de un
cualquiera, pues, quienquiera que me tomase me transmitiría su esencia de amor,
y tal parece que así sucedió. Lo malo es que no sé quien me tomó, pues te he
contado lo ocurrido y tu me dices que las cosas no pasaron muy al estilo de tu
amigo. En fin, siento que debo entregarme a la carne, dar un poco de este regalo
a los demás, incondicionalmente.
-Yo lo arreglo.
Luego de estas decisiones, la casa de Doña Maura se
convirtió, además de casa de brujas, casa de putas, y conforme más follaba
Andrómeda, mejor se ponía su cuerpo, su belleza crecía, su corazón también,
aunque algo faltaba. La casa marcada con el número 666 de la calle Trueno era
una Sodoma del amor.
Aprovecharon todo aquello para implantar en los clientes
ungüentos que les hicieran más conscientes de aquellos errores que los hacían
miserables. Sin embargo, Doña Maura empezó a no ver muy bien la entrega tan
dedicada de Andrómeda. Así, un buen día decidió cerrar el negocio de la carne, y
dejó sólo lo mágico. Habían transcurrido ya varios años, y Andrómeda ya no era
la muchacha que alguna vez había empezado a dar su cuerpo.
-Es hora de que empieces a ver otras cosas.
Dijo a su hija.
A raíz de esto, comenzó a dedicarse a otras cosas, como
rentar casas, por ejemplo, y prohibió a Andrómeda que se metiera con gente
conocida, y más aun, con los inquilinos. Andrómeda, que era respetuosa de Doña
Maura, le hacía caso. Su relación no dejaba de sorprender, Andrómeda, a sus
treinta y tantos, con el encanto de esa edad pero con la huella también, seguía
obedeciando a su madre como si tuviese doce años.
Pasó entonces algo que vino a romper ese esquema. Un hombre
había ido a alquilar la casa a Doña Maura, y en cuanto Andrómeda lo vio, su
sangre se calentó de manera irrefrenable, pues era el cuerpo del sacerdote
Jesús, era él. Desde luego era imposible que se tratara del mismo hombre, pues
el que había hecho el amor con ella hacía mucho tiempo se veía idéntico a aquel
que aparecía ahora, y eso era virtualmente imposible para alguien que no fuese
brujo. Y él no era un brujo.
Investigó con su madre, le dijo de las semejanzas y Doña
Maura no supo qué decir.
-Te aseguro que este es tan ordinario como los otros.
-Es él, Mamá.
-Es una trampa.
-Sigue siendo su cuerpo
-Hagamos una cosa, mijita. Déjale a él hacer. Si te demuestra
que no sólo coincide su cuerpo, sino su espíritu, entonces haz lo que quieras.
¿De acuerdo?. Si es él, el llamado de tu pureza te lo hará saber.
-Sólo te pido una cosa: Que me dejes adoptar el cuerpo que yo
quiera, pues deseo que me conozca con aquella imagen que ese espejismo de su
cuerpo me tomó.
-Hijita, tú ya puedes hacer lo que gustes. Agradezco de todas
maneras que me pidas opinión, el respeto se agradece.
De esta manera, el joven comenzó a tratar a una muchacha
llamada Andrómeda, la cual era tan radiante en su porte, tan encantadoramente
virginal, cálida, dulce y a la vez fortísima, que el joven no podía más que
tratarla con suma delicadeza y temor de perderla, y por ello, se dirigía a su
abierta pretendida con mucha timidez, sin darse por enterado que ella le amaba.
Algo era sin embargo distinto. A este nuevo muchacho le faltaba cierto fuego en
la mirada que el sacerdote Jesús sí tenía.
Para Andrómeda el primer encuentro fue crucial y triste. Él
la miró y quedó atónito con su belleza, lo cual era bueno, pero tal sorpresa era
indicio de que el muchacho no sabía ni por asomo quién era ella, no la
recordaba, para él, ella había empezado a existir con aquel contacto visual. Sin
embargo le asaltaba la duda a Andrómeda, ¿Qué significaba que aquella noche haya
sido precisamente este cuerpo el que hayan elegido para instruirle?, ¿Qué
relación tenía este hombre con la mujer que ella era?.
La amistad iba muy frágil, temerosa. El hombre provocaba
encuentros accidentales y era notorio que su día entero giraba en torno a esos
momentos accidentales en que ella y él se cruzaran. El joven, que se llamaba
Bernardo, iba por su calle, por su casa, con la prisa y el nerviosismo de un
Caín al cual le acaban de informar de la existencia de un antídoto al errar
eterno, y que dicho antídoto se alojaba en el corazón de aquella chica. Sin
embargo, aquel hombre hizo caso de chismes que le revelaban de una u otra manera
que Andrómeda no era lo pura que él creía, y eso, en traición a sí mismo más que
como traición a ella, dejó de hablarle.
En teoría, Andrómeda no sentía nada por aquel hombre, y él
era el que conquistaba, y a su manera lo hacía bien, era tierno, propio,
considerado, tal vez con demasiado temor de perderla que lo volvía poco
arriesgado, por ello, ese repentino desaire llenó a Andrómeda de aflicción. Es
sorprendente como la belleza puede, lejos de atraer muchos hombres, repelerlos,
pues les asusta saberse frente a un ser hermoso, creen que no lo merecen, les da
miedo lo bello. Habría que atender aquello y no dejarlo a la suerte. ¿Quién
daría el primer paso?. Decidió ir ella a hablarle, cosa que nunca había
ocurrido.
Tocó Andrómeda a la puerta y al abrirse pidió el paso con una
agresividad muy sutil.
Se pasó hasta la recámara que conocía perfectamente por ser
el lugar donde se acostaba con los cientos de hombres que no le significaban
nada, y dijo:
-Hoy se cumplen 26 años en que mi madre y mi padre me
concibieron aquí, sobre la cama que está en tu recámara. Espero no te enfades,
pero siento necesidad de verla, quiero recordar cuando empecé a crecer en este
cuerpo, cuando no era esto que ves, sino dos semillas aisladas que deseaban
reunirse con supremo amor.
Andrómeda se abrió de brazos, mostrándose. Bernardo no se dio
cuenta, estaba narcotizado, ella dijo 26 años, y evidentemente mentía, sin
embargo él fue incapaz de ver que lucía como una chica de secundaria y no de 26.
Un poco a destiempo, el muchacho comenzó a ser gentil.
-Puedes pasar. Puedes recostarte en esa cama si gustas, con
confianza.
Andrómeda se adentró y se percató que él le ocultaba algo, y
ese detalle no le gustó nadita. Caminó hasta la recamara y vio la cama. Se
sonrió e hizo comentarios de que era una coincidencia que la cama estuviese
tendida con el mismo edredón que la noche de su concepción. El hombre preguntó
que cómo estaba tan segura de la noche en que sus padres copularon para crearla
y le mostró que en una esquina de la colcha se encontraba bordada una fecha. Él
falso Jesús y este tal Bernardo eran sin duda diferentes.
Ella le miró con una mirada conmovedora y le preguntó sin
caretas -¿Por qué quieres dejarme? Ibas muy bien, me gustaba tu estilo. ¿Qué
escuchaste?.
Un poco partido a la mitad él le contestó: -Escuché que eras
bruja, que además eras puta.
Andrómeda pasaba de aquellos chismes, así que soberanamente
miró al pobre súbdito y en medio de una mueca que pasaba por sonrisa le espetó:
-¿Y qué si así fuera? Todas las mujeres somos por naturaleza lo que Tú llamas
putas y lo que tu llamas brujas.
-No me entiendes.
-Claro que te entiendo, pero no hago caso de lo que me dice
tu boca, que parece bastante confundida. Hago caso de lo que me dice esa mirada
de cordero que tienes en este momento, esos ojos me dicen cuánto te importo,
cuanto te duele que no sea lo que Tú has querido creer.
Andrómeda se desplegó sobre la cama cuan bella era, y con sus
ojos bien abiertos parecía preguntar qué tenía que decir el falso Jesús al
respecto. Éste habló.
-Lo que quiero decir es que me siento un estúpido por jugar
al noviete, vaya, me he comportado como un pretendiente tímido, ¡Y a mi edad!
Hombre, ni siquiera a noviete llego, he sido un perrillo faldero cuando la
manera de conseguir lo que deseo pude obtenerlo de otra manera, puede obtenerlo
cualquiera.
Andrómeda se sintió profundamente decepcionada de aquel
hombre, pues había depositado en él muchas esperanzas. La concordancia física
con su amante la volvía incondicional de él, pero aun una bruja que sabe el
futuro podría tener sus límites. Andrómeda pensaba que andar de noviete de una
causa perdida no cambiaba en nada la dicha de vivir el enamoramiento, ¿Quién
elegiría no caer fulminado de amor por miedo de no pagar el precio de una
posible desventura? Ella apreciaba aquello que él llamaba ser un noviete
aburrido, así que tuvo que reclamar.
-Esa estupidez que dices me ha hecho muy feliz, y te
equivocas respecto de que tu puedas obtenerme pagando dinero, y que cualquiera
pueda obtenerme. Me enfurece lo que dices, que lo único que deseas es follarme.
-No quise decir...
-Pero lo dijiste.
-No me entiendes.
-Al contrario, quiero que seas Tú quien te entienda. Prueba
si es mi cuerpo lo único que deseas. Tal vez si soy una bruja. Tal vez si soy
una puta. Tal vez yo si te quiero de verdad. Hacer magia no siempre te hace una
bruja. Cobrar por follar no siempre te vuelve puta. Abrirte las piernas no
siempre significa que te amen.
Andrómeda se tendió en la cama como aquello que no era, es
decir, un simple bulto de carne inerte, se dejó poseer y el hombre eyaculó
rápidamente. Ella se quedó sobre la cama y comenzó a llorar con un dolor muy
profundo. Terminó por pararse de esa cama y señaló:
-Mi madre sí es una bruja, en veces me ha pedido que haga
gozar a hombres, y lo he hecho porque he querido, soy mucho más que este cuerpo
que ves, aun si fuera todo lo malo que quieras, siempre tendría la posibilidad
de cambiar, pues soy mucho más de lo que ves, y otra cosa, tu mismo puedes
cambiar y empezar a adorar aquello de que reniegas. Si no estás dispuesto a
entender que soy más de lo que imaginas, olvídame para siempre.
Y así, la relación empezó a progresar muy lento. Doña Maura,
angustiada de ver a su hija tan perdidamente enamorada, decidió probar al novio,
someterlo a la tortura de presenciar los registros que el pasado había dejado en
aquella casa que vivía, en donde decenas de hombres habían enriquecido el
aspecto sexual de su hija. Doña Maura temía en el fondo de su corazón que aquel
hombre de apariencia seria no fuese más que una mantis suicida que al cortar la
cabeza de su amante se arrancara en astillas el propio corazón, por ello
reforzaba su idea de la necesidad de tentarlo, de probar su fortaleza, su
elasticidad. Una vez que tomó esa resolución, se paró frente a Bernardo y le
dijo.
-Me caes muy bien Bernardo, aunque sé que eres muy
susceptible a todo lo que ves y escuchas, y sabes, aunque mi Andrómeda te adora
sigo teniendo mis reservas respecto de ti. No porque no puedas hacer feliz a mi
niña, sino porque dudo que tu mente no te haga jugarretas. Hay quienes no
soportan los rumores y en su mente fabrican realidades peores que las realidades
mismas. ¿Serás tu uno de ellos?, he de pedirte un favor, veo que no tardas en
proponerle matrimonio a mi Andrómeda, por ello te pido que no hables de boda con
ella hasta dentro de un mes. Si transcurrido un mes sigues teniendo las mismas
intenciones respecto de ella, no sólo no me opondré a su boda, sino que los
apoyaré incondicionalmente.
-¿Qué habrá de pasar en ese mes?.
-Nada, mi niño, no pasará nada. Pero dejemos que los
chismosos terminen de contarte cosas, un mes es un plazo muy bueno para que
actúen, ¿No crees?
Bernardo soportó estoicamente un mes de pesadilla en el que
vio las más graves aberraciones pasar por entre las piernas de su futura esposa,
pues tanto la amaba, y así, transcurrido el plazo indicado, se confirmó la boda
del profesionista y la bruja.
La boda fue cómica, pues Bernardo era católico y en la misa
de bodas coincidieron por una vez en la vida las brujas y las beatas, y las
primeras encontraban todo muy hilarante, acaso se reprimían un poco de lanzar
trompetillas por respeto a Andrómeda. La vida de casados inició al instante, y
se amaban, pero algo faltaba.
Andrómeda terminó por preguntarle a su madre lo que podría
pasar, y las palabras de Doña Maura fueron las siguientes:
-Tu marido es un alma joven, Tú a su lado eres un lobo
hambriento, le falta experiencia.
-Le doy la experiencia que tengo.
-Pues por lo visto no te basta.
-¿Cómo ayudarle?
-Hay una forma, pero para ello tendrás que ceder un poco de
él. Las brujas de esta calle no han podido ignorar que este hombre te tiene
posesa, y han sentido algo de envidia. Lo cierto es que hay un ritual que puede
venir a resolver el problema de todas.
-¿Cuál es ese rito?
-Le darás de beber un brebaje a tu esposo, y él caerá en
trance. Cuando sus ojos se pongan en blanco, Tú podrás salir de tu alcoba para
ser sustituida por cualquiera de estas brujas amigas tuyas, y serán ellas
quienes se acuesten con tu hombre.
-¿Qué ganaré yo con eso, madre?
-Cada una de ellas transmitirá a tu hombre todo su saber, y
así tu serás la receptora de todo ese arsenal de placeres. Ojalá luego de eso
puedas captar el verdadero sentido de todo esto que haces. Una sola condición
hay, que no preguntes cuando terminará tu acto de ceder, apegate a la idea de
que, cuando eso pase, te lo haremos saber.
Andrómeda aceptó. Durante un tiempo, una por una las brujas
se atravesaban al pobre de Bernardo, a quien ya le había crecido más el pene de
tanto ejercitarlo.
Transcurrido un plazo adecuado, las brujas dieron por
concluída su misión, y entre bromas querían darle a Andrómeda la noticia de que
le devolvían a su marido, que durante todo el mes pensó haber hecho el amor a su
mujer, siendo que gracias a un brebaje era que él llegaba a esa convicción
cuando en realidad follaba a cualquiera de las brujillas de aquella embrujada y
célebre calle Trueno; las brujas platicaban así:
Doña Luz: "Creo que es tiempo de que le hagas el ungüento
verde, ese le hará la verga con la textura rasposa de una lengua de gato"
América: "No creo que sea lo más conveniente, eso a ti te
conviene porque ya no tienes tanta sensibilidad"
Doña Luz: "Desearías tener mi sensibilidad"
América: "Yo siento cosquillas, además ya te cumplimos tu
capricho de hacer que su semen sepa dulce".
Isis: "Siento que deberíamos dejar a partir de mañana al
muchacho a solas con Andrómeda durante una semana, ella se merece estar a solas
con su marido, además, es una buena chica en compartírnoslo"
Doña Esperanza: "Eso dices porque te toca hoy con él.
Propongo dejarlos solos desde hoy".
Doña Maura: ¿Tu que piensas Andrómeda?.
Andrómeda apareció, y era una mujer de unos treinta y ocho o
treinta y nueve años ya. Bebió de un frasquito que llevaba en la mano y su
cuerpo comenzó a rejuvenecer al instante, quedando fragante, encantadora.
Les dijo, "Bernardo es muy bueno, todas han disfrutado de él,
ha devuelto la alegría a esta calle. Pero tendrán que olvidarse de él por un
tiempo, pues yo deseo darle un hijo."
Todas se quedaron viéndose unas a otras, y concluyeron.
"Prometemos dejarlo para ti sola luego de que nazca el bebé. Si aceptas te
daremos tres dones."
"Acepto"
"Pues pide"
Andrómeda dijo con su acento encantador, "primero, quiero que
me enseñen todos sus trucos para el placer, segundo, quiero quedarme en esta
edad que tengo ahora, y la última petición es para mi madre, hazme virgen otra
vez."
Doña Maura la vio con mucha ternura, la abrazó junto a su
pecho como si abrazara a una niña pequeña y le dijo "No solo eso hija mía, te
haré virgen otra vez y haré que tu marido olvide a partir de hoy, y para
siempre, todo aquello de lo cual se enteró pero no debió haberse enterado nunca.
Es decir, te regalo la pureza"
*
La pureza habita entonces en el alma inocente, el mundo es en
esencia puro y sólo quien tiene un espíritu perverso puede darse a la tarea de
mancharlo. Aquella tarde, luego del pacto que regresaría a Andrómeda su marido
por un tiempo, para luego hacerlo definitivamente, recibió el primero de los
dones, para lo cual tuvo que frotar aceites encantados en el sexo de las viejas,
y al instante nació en ella una habilidad amatoria milenaria.
El segundo de sus dones lo recibió también al instante,
quedando joven en definitiva, y adicionalmente su madre le preparó un ungüento
que la volvía virgen, y se lo dio en un botecito. Contra pronóstico, ella no lo
usó de inmediato, sino que lo guardó. El tercero tenía qué esperar hasta el
momento en que ella hiciera el amor con su marido.
Como faltaban muchas horas para volver a ver a su marido,
decidió escapar un rato a un lugar que le parecía enternecedor, a la Iglesia de
La Magdalena.
Se vistió toda de negro y se pintó las uñas del mismo color,
sus labios los cubrió con un labial azulado, sus ojos con delineador penetrante,
y en la muñeca se dibujó una especie de brazalete. El día se convirtió en la
espera de la noche.
Llegó a la iglesia y ella no se preocupó por que el viejo que
la había echado tiempo atrás la reconociera, pues seguro ya no estaría a cargo
de este templo. Se adentró en la capilla, le hubiera gustado que estuviese
vacía, pero por el contrario, estaba ahí un hombre alto, delgado, vestido
también de negro, y en su ropa había manchas de pintura de óleo. Ella esperó un
momento para fuera ver si el individuo se salía de ahí, pero éste estaba
extasiado con la imagen de La Magdalena, y Andrómeda, que no se sentía muy a
gusto en el resto del templo, decidió entrar.
El hombre volteó, no era precisamente guapo, pero sí tenía un
porte oscuro y diáfano a la vez, es decir, pareciera que en su mente estuvieran
en ebullición todos los vicios del mundo, pero a la vez éstos no pudieran
dañarlo, como si hubiese estado dormido soñando con actos lascivos, con
asesinato, con muerte, pero hubiere despertado y su día estuviese lleno de amor.
Los ojos de aquel hombre inquietaron a Andrómeda, pues revelaban varias
historias a la vez, y era difícil de desenmarañar.
Estando ahí, Andrómeda sintió un impulso de revelar lo que
hacía mucho tiempo había aprendido del sacerdote Jesús, o lo que sea que haya
sido aquello que la amó tiempo atrás, y le pareció que este hombre era el
indicado para saber que esa imagen no era simplemente de María, sino del Hijo
del Hombre. Además era una manera de exorcizar aquella noche para disponerse a
vivir una virginidad nueva. Se acercó al individuo y le dijo al hombro.
-¿Sabe? Esta santa es muy seguida por las prostitutas, y no
es que no haya ninguna imagen parecida, sino que esta es especial.
El hombre volteó a verla con interés verdadero. Iba a decir
algo, pero se lo calló. Mordió levemente su labio inferior y volvió a ver la
imagen.
-¿Sabe? Esta imagen transmite una calidez particular... y no
es que no haya ninguna imagen parecida, sino que esta es especial.
El hombre volteó, y alzando la mano de dedos largos señaló el
contorno de la pintura y dijo con voz serena: -Se equivoca, no hay ninguna
imagen parecida.
-Pero ¿Por qué dice eso?
-¿Por qué lo dices tú?
-Si observa bien, los brazos no son...
-Ya, ya- Espetó el hombre –Los brazos son los de Jesús, eso
lo puedo advertir, pero qué más, ¿Puedes decirme qué más?
-Pues no.
-Los ojos, esos ojos también son los ojos de Cristo, la mano
que lo pintó lo sabía, aunque nadie le permitió ponerle esos ojos a Cristo,
tuvieron que quedar en María de Magdala.
Andrómeda se quedó absorta con el conocimiento de aquel
sujeto. Así que para no estar en desventaja, quiso sorprenderlo con el detalle
de la mano, así que se apuró a decir:
-Y en la mano dice Ara...
-Arakarina-Helena-Magdalena
Andrómeda prefirió no seguir. El hombre lo sabía todo de
aquel cuadro por obvias razones. Andrómeda no perdió detalle de que en la frente
de aquel hombre había pequeñas cicatrices, como si hubiese portado una corona de
espinas, y su sonrisa, aunque con un diente roto, le pareció amable. Así que
prefirió hacer preguntas más interesantes.
-¿Por qué esos ojos, los de Cristo?
-Dímelo Tú. Eres un ángel.
-Yo no soy ángel, soy bruja.
El hombre rió de buena gana y tocándose el cabello, que no
mostraba canas pese a que no era un muchacho, aclaró con elegancia, puede que un
poco sobreactuado. –Yo he visto un ángel a los ojos, mujer, he sentido en mi
cuerpo la dicha de su cercanía, y créeme que lo que vi en sus ojos es lo que veo
ahora en tus ojos. Me dices que eres bruja y me da risa, ¿Sabes por qué?, El mal
es el principio del bien, la creación misma primero fue la nada, lo oscuro, y
sólo en ese terreno fértil que es la noche pudo sobrevenir el brillo primario.
En mi vida he creído ser un intimista, magro provocador, agente de la
excitación, y aunque tarde he descubierto un toque sutil que todo lo llena, y
soy aun más dichoso que antes. Veo tus ojos y me resultan familiares, son los
ojos que tenía antes de despertar, antes de saber quién era y qué era. Envidio a
aquel que habrá de mostrarte tu belleza.
Andrómeda se quedó asombrada. El hombre se paró de la banca
en que estaba, llevó su mano a la boca, depositó un beso en sus dedos y con
ellos tocó los pies de La Magdalena. A Andrómeda le dijo simplemente adiós.
Salió con paso seguro, audaz.
Andrómeda se quedó pensando en lo que el extraño había dicho.
Se puso de pié, no quería esperar un segundo más, quería estar a lado de
Bernardo. Llegó a su casa y estaba ahí, consternado. Andrómeda se ofreció para
prepararle un té, pero él no quería nada. Él le dijo que lo sabía todo, que
sabía que era una bruja, que era criminal lo que ella estaba haciendo con él, y
que pese a todos los horrores la seguía amando absolutamente. Él le pidió a
Andrómeda que no le diera la pócima para olvidar, pues él deseaba saber.
Andrómeda sugirió no hablar más, lo fue desnudando lentamente
hasta tenerlo al natural. Bajó su boca y comenzó a besar aquel miembro enhiesto,
luego, tomó de un cajón el ungüento de la virginidad, y en vez de ponérselo ella
misma, preguntó con la mirada a Bernardo si él desearía empezar a aprenderlo
todo a lado de ella, éste consintió y entonces, frotando el ungüento en sus
dedos y en sus palmas, Andrómeda comenzó a frotar de punta a tronco el falo,
esparciendo el tibio gel, distribuyéndolo a lo largo de aquella verga, y la
sensación de verter sin cesar de punta a tronco hacían vivir a Bernardo la
experiencia de hundirse en un sexo interminable.
Andrómeda no sabía lo que iba a pasar, el experimento y la
receta mágicas no contemplaban ese cambio de planes en el que la mujer cedía su
pócima. El falo de Bernardo estaba erecto, duro y brillante como efecto del
ungüento, y sobre ese cincel incandescente, Andrómeda colocó su flor y
lentamente se sentó encima de él, devorándolo, abriéndose y abriéndolo a él en
el corazón, empezó a montarlo y Bernardo sentía que era la primera vez, no la
primera vez que follaba, sino la primera vez que estaba vivo, la primera vez que
respiraba, el cuerpo de Andrómeda fue como ver por primera vez el mundo, olerlo,
tocarlo, sentirlo. Se fundieron en un círculo de fuego.
Sobre el tocador estaba un sobre cerrado que dentro tenía una
nota de Doña Maura, y en ella explicaba cómo el objeto de todo era amor, cómo
Andrómeda nació con alas de murciélago porque sólo éstas pueden después
convertirse en alas de ángel, que aquella noche había parido una semilla de
ángel, que las alas saldrían si había amor. Pero nada de aquella nota lo sabrían
hasta después del rito, aunque puede que para entonces la nota no fuese
necesaria.
Andrómeda seguía montando a Bernardo, y en uno de esos
sentones las alas pelonas se izaron, al siguiente se extendieron a la mitad, al
siguiente se extendieron por completo y al siguiente un gemido anunciaba el
nacimiento de un ángel como tal, y la dicha se cristalizó en sus ojos a manera
de lágrimas, y abrazó a su Bernardo aprisionándolo en ese respirar nuevo que
tenía. Le miró a los ojos y él estaba a la altura de ella, era inocente, pero su
inocencia era una inocencia profunda, pues ser inocente no es ignorarlo todo,
sino saberlo y que la verdad no te inflija temor. Somos fuertes, somos seres, lo
sabemos, pero las fuerzas ocultas, dentro de las cuales se encuentra el amor,
nunca son conocimiento, son don de sí, y por ello es mejor sentir que saber, el
saber puede medirse, el amar carece de medida, carece incluso de la necesidad de
medir. Amén. Amen.
04 Mayo 2001