La Reina del Placer II ( Las Timidades del Padrino)
Creo que yo había esperado encontrar un hombre medio anciano
aguardándome en la estación de autobuses de Roanote. Era la primera vez, desde
que guardaba memoria, que iba a ver a mi padrino Randolfo. No se trataba de que
mis padrinos tuviesen en menos ala pobre familia Baldees del valle de
Shenandoah, de la cual era el un pariente lejano por parte de mi madre. El hecho
de que se hicieran cargo del costo de mi educación universitaria dejaba bien en
claro ese punto. Pero mi buen padrino tenia su empresa de modas en una gran
ciudad y los negocios absorbían todo su tiempo. No podía haber sido mas amable
cuando contesto la carta de mama y me invito a pasar esos días en su casa antes
del comienzo de las clases.
Casi me desmaye de la sorpresa cuando vi quien me llamaba por
mi nombre en la terminal del ómnibus. Un hombre apuesto y elegante avanzaba
directamente hacia mi con una hermosa rubia del brazo. Ella tenia que ser mi
madrina Victoria. Randolfo vestía un traje de fina tela listada y blandía un
elegante bastón como si el fuera el dueño de la terminal; su sombrerote hongo
contribuía no poco a destacar su figura entre multitud. Me hacia sentir
ciertamente importante el ser recibida por gente tan refinada.
Los dos me abrazaron y me dijeron cuanto habían deseado
siempre ir a visitarnos en Shenandoah y como se asombraban de verme tan crecida
y bonita. Victoria se disculpo por tener que abandonarme allí mismo para correr
al aeropuerto. Al parecer, su anciana madre no estaba bien de salud y ella le
había prometido visitarla ese fin de semana en Dirham. Dijo que estaba segura de
que Randolfo y yo teníamos tanto de que hablar que no llegaríamos a extrañarla.
Insistió en que yo debía sentirme cansada del viaje y que seria lo mejor que
Randolfo me llevase directamente a casa, pero cedió finalmente ante mis ruegos
de acompañarla.
Durante todo el trayecto al aeropuerto no hice mas que
lamentarme de que ella no pudiera quedarse para enseñarme a vestir con su mismo
etilo. ¡Victoria lucia tan atractiva con su vestido de seda amarilla y aquella
capa! Visón autentico, seguramente ... cosa de la que yo solo había oído hablar
hasta entonces.
Ella me quiño un ojo mientras se volvía para encaminarse al
avión que estaba ya recogiendo los pasajeros.
-Ustedes dos pórtense bien durante mi ausencia, ¿me oyen? –
dijo frescamente, y se alejo en seguida con un vibrante contoneo de caderas.
-Bueno, Regina, parece que nos hemos quedados solos- dijo
Randolfo, tan pronto como el avión comenzó a corretear hacia la pista de
despegue.
Resultaba curioso. Yo nunca había estado antes en un
aeropuerto y hervía de excitación contemplando la aeronave a punto de levantar
vuelo, pero al mismo tiempo me daba vuelta de que los ojos de Randolfo no se
apartaban de mí busto en vez de dirigirse al avión en que se marchaba su esposa.
-Te ves exquisita- comento, mientras el avión desaparecía de
la vista.
Era extraño que usara esa palabra "exquisita", y también me
pareció extraño el modo en que la pronuncio.
-¿Con esta ropas?-me queje.-¿Cómo puede una muchacha verse
bien con una vestimenta así?
No fue mi intención aprovecharme. En mi excitación del
momento, había olvidado que mi padrino Randolfo trabajaba en el negocio de las
prendas femeninas.
-Bueno, Regina, eso es justamente lo que yo estaba pensando,
y me alegro de que lo mencionaras. Espero que me permitas regalarte un vestuario
completo con motivo de tu ingreso al colegio superior.
Inmeditamente comprendí que el estaría pensando que había
sido mi propósito sacar ventaja. Pero fue muy benévolo. Extendió el brazo a
través del asiento del automóvil y me dio unas palmaditas en la pierna, diciendo
que no deseaba oír mas excusas. Por un segundo su mano se deslizo por mi muslo
hacia la rodilla y ello me turbo un tanto. Hubiera deseado conocer un poco mejor
a los hombres; hasta entonces no había conocido a otro que Andres, y este me
había enseñado en una sola dirección.
Descendimos del coche ante una lujosa tienda de modas.
_No me favorecería ser visto con una hermosa trigueña cuando
todo el mundo sabe que mi esposa es rubia-bromeo mientras extraía un llavero del
bolsillo.
Luego me paso un brazo por la cintura par guiarme delante de
el, con la caballerosidad que una espera de los hombres, pero que jamás se
hubiera observado en el valle de Shenandoah. Sin embargo, tan pronto como me
adelante, sentí que su mano descendía de la cintura por la curva de mi cadera.
Me quede atónita. Hasta me pareció que sus dedos me habían pellizcado suavemente
la nalga.
Fue tan impresito que no atine a decir o hacer nada.
¡El interior de la tienda era impresionante! Randolfo me
condujo a traes del salón, señalando aquí y allá, y haciendo comentarios acerca
de vestidos que el mimos había diseñado. Atravesamos secciones de calzado,
medias y toda clase de prendas interiores, y me hizo entrar finalmente en una
salita que se hallaba a aun costado del salón principal.
-Este es el probador para mis clientas especiales- me informo
con tono indiferente.
Las paredes estaban recubiertas totalmente con espejos y una
mullida alfombra roja recubría el piso. En el centro de la sala había un
banquillo alto, con un cojín que hacia juego con la alfombra.-Muy bien, Regina-
dijo mi padrino, haciendo rodar su baston entre las palmas de las manos, parado
frente a mi.-Yo tengo una teoría. Se dice que las ropas hacen a la mujer, pero
yo sostengo que es todo lo contrario. La mujer hace a las ropas, eso es
absolutamente cierto.
Yo lo escuchaba con los ojos agrandados y como fascinada.
-Ahora, quisiera sugerirte que te quites esas cosas y me
permitas tomar tus medidas. Tus medidas exactas.-0El tenia la vista fija en mi
busto. –Eres una joven hermosamente desarrollada y debemos hallar las prendas
que te ajusten con exactitud, ¿no es así?.
Me quite las ropas rápidamente, salvo el sostén y las bragas
de algodón.
-Puedes dejarte eso puesto, si quieres, Reina-dijo el,
caminando en torno a mi y colocándose a mis espaldas. Su voz sonaba un tanto
sofocada. –En realidad, sin embargo, podríamos estar mas seguros acerca de las
medidas, si o te incomodar...
No me pareció irregular en lo mas mínimo. En verdad, Randolfo
no me parecía siquiera que fuese mi padrino. Era mas bien un hombre que trataba
de hacerme un gran favor, y yo me esforzaba en no pensar en el como un hombre.
Pero no podía remediarlo. No tenia la menor similitud con mi primo, pero quizás
aquella ligera sofocación en su voz significara lo mismo que había significado
en la voz de Andrés aquella primera vez.
El jadeo que escapo de la garganta de Randolfo cuando deje
caer el sostén me indico que yo estaba en lo cierto. Tal vez recordando que ,
después de todo, yo era su ahijada, se apresuro a colocarme sobre los hombros
una bata vaporosa y casi transparente. Encontró entonces la voz y dijo: -Así es
mejor. Debemos respetar tu modestia, ¿no? Bueno...primero tenemos que medirte el
busto y las caderas.
El estaba todavía detrás de mi, y ello me causaba cierta
desazón, pero trate de mantenerme muy mundana.
-¿Convendrá que levante los brazos por encima de la
cabeza?-Sugerí.
_!Esplendido!-aprobó el.-Eso esta muy bien. Paso la cinta de
medir por debajo de la bata y en torno a mí busto. Los extremos se tocaron
justamente en uno de mis pezones. Ahora alcance a sentir su aliento rozándome
los hombros, áspero y varonil.
-¿Qué sucede?-Pregunte
-Sencillamente,!Extraordinario!-dijo-¡Positivamente
asombroso! ¡Ciento uno, sesenta y nueve , Ciento uno! ¡Que Perfección!
-¿Ciento un centímetros...de caderas? ¿Y también de aquí
arriba?-Me cubrí el busto con las manos.-¡Que horrible!
-¡Querida mía, tienes la figura de una reina!-Exclamo
Randolfo. –No cabe duda que eres Regina. Mereces el cetro de reina de Eros.
Yo no tenia la menor idea acerca de quien pudiera ser Eros, o
si se trataba de algún país asiático, pero intuí por el tono de voz de mi
padrino que lo decía como cumplido. Y el saber que el admiraba lo que veía me
izo dar vueltas la cabeza.
Mi primo Andrés me había hecho adquirir una aguda percepción
sobre las cuestiones sexuales, y yo estaba segura ahora de que Randolfo no era
menos excitable que el. Premeditadamente me volví para ofrecerle una vista
directa de lo que hasta ese momento había estado atisbando por el espejo.
-Probemos primero algunas ropa interior-me dijo, con voz
estrangulada.
Me dio la espalda y desapareció en una dependencia contigua,
regresando poco después con una colección de enaguas, pantalones y sostenes.
-¡Que prendas tan bonitas! ¿Puedo probarme estas
primero?-exclame, alargando la mano hacia unos adminículos de encaje negro muy
ornados.
-¿Los pantalones y el sostén negros? Naturalmente. Toma –Me
entrego las prendas, advirtiendo:-Quizás te ajusten un poco.
Era una vista por demás excitate la que ofrecía mi figura
cuando me enderece ante el espejo luego de ponerme cuidadosamente los tan
delicados como diminutos pantaloncitos.
-¡Son tan atrevidos!-jadee, mirando a mi padrino por encima
del hombro, -¡Pero me encantan...!
-Pruébate el sostén ahora-Sugirió el, asintiendo
reflexivamente con la cabeza, como aturdido.
La fina malla descubría mas de lo que cubría, multiplicando
el efecto incitante de la pieza inferior. Por el espejo note que Randolfo se
mordía los labios con expresión de tormento.
Entonces advertí, reflejada en el espejo, una salita
adyacente al probador, totalmente decorada en blanco y con cortinas níveas y
vaporosas en las ventanas. El tocado que había a la entrada me indico lo que
era.
-Ahí e donde vestimos nuestras novias, preparándolas para el
gran evento-explico el, siguiendo la dirección de mi miradas.
Corrí a la estancia contigua y me detuve admirada, ante el
hermoso velo blanco tocado de pedrería que adornaba la cabeza de un busto, junto
a la puerto.
-Pruébatela, Regina- insto Randolfo. –Es una corona de novia,
digna de una reina.
Las trenzas de campesina que llevaba yo anudadas en la cabeza
me parecieron ridículas de pronto; me quite los alfileres que sujetaban la
guirnalda y me sacudí el cabello, dejándolo caer libremente. Siempre había
tenido el cabello largo y negro brillante, desde niña, y me caía en ondulosa
cascada hasta las caderas cuando lo llevaba suelto.
Con extremo cuidado me coloque las corona y extendí el velo
por detrás de los hombros. Yo tenia algunas nociones acerca de la apariencia que
debían tener las mujeres consideradas como símbolos de la sensualidad, y la
imagen que vi. reflejada en el espejo, con las bragas y el sostén de encaje
negro y aquel velo virginal con diadema me aflojo las rodillas.
-¿Has usado tacones altos alguna vez, Regina? –Me pregunto
Randolfo con voz casi susurrante.
Asentí con la cabeza y eche a andar hacia el en puntas de
pie, simulando caminar en tacones puestos.
-Espera, voy a buscar unos zapatos apropiados-dijo, y salio
presurosamente de la estancia.
Cuando volvió yo estaba aun admirándome a mi misma frente al
espejo, asumiendo las poses mas sensuales que me sugería aquel exótico atavió.
-Me temo que vas a decirle a tu madre que soy un hombre muy
pervertido-dijo el.
-Tu no eres ningún pervertido, padrino Randolfo. Mirame a mi.
¡Yo soy la pervertida!
Y Así diciendo deslice las manos por los costados del cuerpo,
desde el busto, pasando muy lentamente por la curva de la cintura y las caderas
hasta los muslos.
El siguió la trayectoria de mis manos con los ojos,
humedeciéndose los labios con la lengua inconscientemente, como atontado y
tragando saliva con dificultad.
-¿Te gusta mi cuerpo, Randolfo?-pregunte perversamente.
Entonces fue cuando el salio de detrás del perchero para
vestidos donde estaba de pie, y pude verlo de cuerpo entero. No necesita
contestar mi pregunta.!No tenia nada de ropa encima!
Me quede atónita, pero no por ello deje de apreciar
simultáneamente su belleza física. No era un cuerpo fornido como el de mi primo
Andrés, pero su delgada figura musculosa y el erecto miembro que se proyectaba
de entre sus piernas como un poste telefónico, disiparon inmediatamente las
ideas que me había forjado sobre los hombres de ciudad.
¿No temes que pudieras pescarte un refrió, padrino
Randolfo?-pregunte, alzando cándidamente las cejas, divertida en mi fuero
interno por la expresión atormentada y de absoluta desolación que reflejaba su
rostro.
Mi burlona salida pareció romper todas sus reservas morales y
mentales. Se abalanzo sobre mi y, desde ese momento, los fuimos arrastrados por
un torbellino de lucra. Sus manos recorrieron con desesperación avidez todo mi
cuerpo, arrancándome el sostén y las bragas.
Caímos abrazados sobre la alfombra y sentí la dureza de su
miembro rozándome los muslos, buscando la cavidad que estaba ya húmeda para
recibirlo, hurgando entre los labios que cedieron sin resistencia. Penetro mis
carnes con la fuerza de un ariete, enviando reverberaciones de placer a todos lo
rincones de mi cuerpo. Le envolví las caderas con mis piernas y lo apreté
salvajemente contra mi, dispuesta a no perder nada de lo que pudiera darme.
-¡Padrino Ran...! ¡Oh, Padrino...!
-Llamame Randolfo-murmuro el, con voz débil, aunque sin
debilitarse en sus acometidas.
-Oh, Randolfo...Randolfo querido...
No tenia sentido contrariarlo, sobre todo en un momento como
aquel, cuando el hombre necesitaba concentrarse en sus energías. Era algo que
había aprendido con Andrés, cuando en una ocasión similar, y ya próximos a la
explosión de nuestros juegos amorosos, tuve la malhadada ocurrencia de
preguntarle si pensaba asistir al entierro de la tía de uno de sus compañeros de
trabajo, que había muerto aquella mañana de un infarto intestinal o algo
parecido. La reacción de mi primo Andrés fue tan extraordinaria como memorable:
Perdió súbitamente su vigor dentro de mi y nos quedamos los dos sin explotar.
Parece ser que los hombre son extremadamente sensible en esos momentos en que
una cree que están mas dominados por su instinto animal.
Afortunadamente para mi, mi padrino logro superar el mal
momento, y lejos de perder su vigor, continuo embistiendo con renovado
entusiasmo. ¡Era tan distinto al rustico Andrés! Su manera de poseerme se me
antojaba tan refinada e intelectual como el resto de sus peculiaridades. Era
capaz de contenerse aun a través de mis propios orgasmos.
Y repentinamente lo asaltaron sus escrúpulos de padrino, la
sensación de estar violando la confianza que mi familia había puesto en el.
Después de todo, el padrino de una muchacha esta supuesto a velar no solo por su
bienestar sino también por su honor...Randolfo pareció luchar con todas s
fuerzas contra aquellos escrúpulos, cerrando los ojos y hundiéndose a fondo su
poderosa lanza en mis entrañas con ritmo mas y mas rápido, perdiendo el control
y sin preocuparse ya de mis orgasmos.
-¡Regina...! Mi propia ahijada. No debería ¡no! Oh, querida
mía... ¡Ho!
Randolfo gimoteaba como una niño cuando los juegos de su
pasión comenzaron a inundarme furiosamente.
Tan pronto como los jugos se agotaron, ceso de moverse. Me
abrazo con fuerza y se apretó contra mi, aplastándome los pechos, mientras
trataba de recobrar el aliento. Estuvimos así un largo rato sin que ninguno de
nosotros pronunciara una palabra. Yo sabia que el no podía dejar de sentir las
suaves pulsaciones que se transmitían de mi vientre al suyo, una de las formas
silenciosas en que una mujer suele decir a su hombre: "!Gracias, gracias,
gracias!".
-No debimos hacerlo, Regina – Murmuro débilmente.
-Hummm- Murmure yo, expresando todo lo contrario.
-Eres una traviesa seductora- dijo acusadoramente
-Hummm- repetí, expresando mi completo acuerdo.
Randolfo se incorporo sobre los codos, pero aun cuando su
miembro se había ablandado dentro de mi, lo mantuvo allí. Me miro largamente los
pechos, acariciándolos con manos temblorosas. Luego levanto la vista a la corona
que me cubría aun la cabeza.
-¡Eres una reina de belleza! – murmuro el.
-Sencillamente, no pude contenerme.
Me pregunte por que se empeñaría en buscar justificativos
para lo que había ocurrido tan naturalmente.
-¿Crees que Victoria seria capaz de pedirte el divorcio si se
enterara? – le pregunte maliciosamente.
Su reacción fue asombrosa.
El miembro ya flácido comenzó a endurecerse nuevamente dentro
de mi.
-Se enojaría mucho-admitió.
Y de pronto mi madrina Victoria se esfumo por completo de mis
pensamientos, porque un poderoso ariete reinicicaba la serie de deliciosas
embestidas contra mi cofre de placeré, todavía húmedo y hambriento.
-¡Dámelo otra vez, Randolfo! ¡Dámelo otra vez!-implore,
deslizando las manos por debajo de mis caderas para levantarlas hacia el.
-¡Si , mi reina, si!-resoplo Randolfo, penetrando
íntegramente en mi y arrancándome gemidos de éxtasis.
-Oh, ohh, ohhh, padrinito....Ohhh...
Y se acabo la función. Instantáneamente dejo de moverse y el
poderoso ariete se convirtió en mantequilla. comenzó a retirarse, centímetro a
centímetro, librando al parecer una tremenda batalla consigo mismo, dejándome
anhelante y vaciá.
-¡Oh, Randolfo! ¡No! ¡Perdoname! ¡no volveré a llamarte!
¡Randolfo! ¡ Te lo suplico...!
Fue inútil. Se puso de pie y me miro con expresión de gran
tristeza y desengaño.
-¡Ven!-ordeno, cogiéndome del brazo y tirando hasta que me
tuvo de pie junto a el. – Vamos a vestirnos y portarnos bien.
Durante la hora siguiente estuvo trayendo toda clase de
faldas y blusas para que me las probara.
Cuando dejamos la tienda, llevábamos entre los dos alrededor
de una docena de cajas conteniendo la mas bonita y costosa colección de prendas
adecuadas para una joven que va a iniciar su temporada de pupila universitaria.
Y yo llevaba puesto el sostén y las bragas de encaje negro que me probara
primeramente, debajo de una minifalda de cuero blanco y un suéter de cachemira.
Cenamos en el hogar de los Cornelli, que era el apellido de
mis padrinos, una hermosa mansión con columnas del estilo colonial de las
plantaciones sureñas, en las afueras de Ranoke. La casa era soberbia. Techos
altos, amplias escalinatas que llevaban a los pisos superiores, gigantescas
araña de cristal en el salón principal. La mesa del comedor, donde cenamos,
estaba alumbrada por candelabros de plata. Me sentía perdida entre tanta
elegancia, en una casa tan grande. Los Cornelli hasta tenían cocinera y
mayordomo, que componían un matrimonio y vivían en la misma casa, con su propio
apartamento en el tercer piso.
Después de comer Randolfo me mostró las habitaciones
superiores. Primero, el dormitorio principal, de un lujo que yo nunca había
conocido. Recordé el dormitorio que habían tenido siempre mis padres y no pude
menos que sonreír pensando en cuan fuera de lugar se hubieran sentido ellos
allí. había dos grandes camas de matrimonio, lo cual me hizo pensar si ello
significaría que ...bueno, no pude imaginarme lo que significaría. Una de ellas
tenia bajado el cobertor y las sabanas lucían blanquísimas y sedosas. La vista
de aquella cama, en presencia de un hombre en la misma habitación, me causo un
ligero estremecimiento y sentí renacer los deseos que quedaran insatisfechos
allá en la tienda. Pero Randolfo se había acobardado. Al menos, esos es lo que
pensé entonces.
Pero pronto iba yo a notar otro cambio en mi padrino. Si el
cambio se debía también a la vista del lecho preparado para acostarse y a la
prensencia de otra mujer en la habitación que el compartía con su esposa, yo no
podría decirlo. El hecho es que , mientras me encontraba admirando los
cosméticos y frascos de perfume en el tocador de Victoria, note por el espejo
que Randolfo tenia una expresión extraña...y su mirada estaba fija en mis
caderas vueltas hacia el.
-Hay aquí todo lo necesario para embellecer ya una
mujer-comente, por decir algo.
-Se necesita mucho mas que todo eso para hacer hermosa a una
mujer-murmuro el con voz densa.
vi. por el espejo que venia hacia mi, pero no me moví. Simule
seguir interesada en los frascos y pote s que llenaban el tocador. Sus ojos
seguían fijos en mi trasero, como si lo estuviera viendo por primera vez.
Lo deje venir y rodearme la cintura con los brazos. Se apretó
contra mi y sentí la dureza de su miembro en las nalgas. Raldolfo parecía haber
olvidado los escrúpulos que lo asaltaban en la tienda.
Sus manos subieron desde mi cintura y me acariciaron los
pechos. Sentí la curva de sus muslos amoldarse a la mía, empujando, a la vez que
sus dedos apretaba con fuerza los globos de mis busto. Todo lo que pude hacer
fue apretar mi trasero contra el, frotando la suavidad de mis nalgas contra la
dureza creciente de su miembro. Randolfo parecía desearme locamente esta vez.
Empezó a embestime con furia, como si hubiera olvidado que tenia los pantalones
puesto y yo estaba aun completamente vestida.
-Me deseas, ¿no?-susurre.
-¡Si! ¡Oh, si! ¡ Como te deseo!
-¡Entonces, tomame, grandísimo tonto!
Me volví para enfrentarlo y casi le arranque la camisa de los
hombros.
-¡Si, si! ¡Te deseo, Regina! – Jadeo, cuando me vio emerger
desnuda de las prendas que me quite rápidamente.
Lo empuje hacia la cama.
-¡No! ¡No en esa!-Exclame, cuando trato de llevarme hacia el
lecho con el cobertor doblado hacia los pies. –Aquí es donde duerme Victoria,
¿Verdad?
Asintió con la cabeza y observo asombrado como yo bajaba el
cobertor y me tendía de espaldas en las sedosa sabanas.
Le tendí los brazos, esperándolo.
-¡Tomame en la cama de ella!-exigí,-Quiero que me poseas
sobre las mismas sabanas en que la posees a ella.
Su rostro se ensombreció, pero el resto de su cuerpo pareció
hallarse mas afectado por la vista de mis formas que por el recuerdo de su
mujer.
Se lanzo sobre mi con la desesperación de un recluso que ha
estado privado de mujeres durante años, acariciando mi cuerpo todo con las manos
y los labios, y penetrando finalmente en mi con la furia de un tornado.
Nos amamos durante horas, sin que ninguno de los dos
pareciera quedar nunca satisfecho.
-Regina, tus deseos sexuales son insaciables, ¿eh?_me dijo
el, al terminar de uno de nuestros mas ardientes encuentros.
-Hummmm...Creo que me gustan los hombres apuestos, tanto como
a ustedes, a la mayoría de ustedes, les gustan las mujeres hermosas.
-Bueno-dio Randolfo, suspirando,-me parece que vas a
enloquecer a unos cuantos hombres en tu vida-. Medito un momento, y agrego:
-No puedo dejarte entrar en el colegio superior y hacer
frente a todos los problemas de la juventud sin la experiencia que bebe tener
una muchacha para saber defenderse.
-Por favor, enseñame- le pedí.
Mis manos y mis labios trabajaron en el hasta lograr una
nueva erección, y muy pronto lo tuve otra vez dentro de mi, remontándome a
sublimes alturas de placer.
Pasamos charlando y amándonos el resto de la noche. Nunca
creí que hubiese tanto que aprender sobre el arte de hacer el amor, sobre las
muchas formas distintas de excitar al hombre y de prolongar las delicias del
acto sexual. Randolfo casi se murió del susto cuando le dije que yo no tenia
ninguna protección.
-¿Me quieres decir que no te has colocado ningún
anticonceptivo...? –demando, alelado.
-¿Qué ni siquiera sabes que existen píldoras para eso?
Yo no sabia siquiera de que estaba hablando.
-Dejemos que la naturaleza siga su curso- repuse, un tanto
avergonzada.
Al día siguiente, Randolfo me llevo a su medico y me presento
como una sobrina suya que estaba por contraer nupcias. Esa noche, cuando
volvimos a acostarnos juntos, yo tenia colocado un diafragma y me sentía mas
feliz que nunca. En adelante, no tendría que preocuparme acerca de tener hijos
antes de tiempo.
Pasamos tres días maravillosos.
Y cuando mi madrina Victoria regreso a Dirham, yo conocía mas
artificios que nunca sobre la ciencia y arte de conquistar a un hombre.
Estaba realmente preparada para el colegio superior.
<Continuara>