quella mujer le estaba volviendo loco. Cada mañana la
contemplaba al atravesar el vestíbulo de la empresa que daba acceso a su
oficina. Sus pechos erguidos y redondos asomando por los provocativos escotes,
sus largas piernas enfundadas en medias negras o en ceñidos pantalones de
idéntico color. Sin perder la compostura y sin apenas mirarla, se dirigió a
ella. Una sonrisa iluminaba su rostro.
Buenos días Andrea –saludó con la mejor de sus cortesías.
El hecho de que fuera a convertirla en una leal, disciplinada y sumisa
servidora, no impedía que se mostrara cortés con ella-.
Buenos días –contestó la mujer, emulando la sonrisa de su
interlocutor-
Cuando tengas un momento ¿serías tan amable de ir a mi
despacho? Tenemos que hablar.
La sonrisa de la mujer se congeló un poco en el rostro pero
no desapareció. Asintió sin ninguna palabra.
Los poco más de cinco minutos que pasaron hasta que la mujer
entró por la puerta se le hicieron eternos. Su secretaria le llevó un café y el
aprovecho para magrearla distraídamente el culo. No era nada especial. Nada en
comparación con los perfectos y redondos glúteos que Andrea meneaba cuando
caminaba y que se dibujaban ahora ante sus ojos. Pero siempre había que recordar
a las servidoras su posición. La secretaria no hizo ni siquiera el ademán de
apartarse. Por el contrario sonrió y comenzó a restregar el culo por su mano
moviendo las caderas en círculo.
No te emociones chica –dijo el hombre palmeándole con
fuerza una cacha – Te has portado bien. Estoy pensando en concederte esa
excedencia que tanto me has pedido para cuidar de tus hijos-.
¿En serio, señor? – la mujer se arrojó instantáneamente a
sus pies y comenzó a buscar la entrepierna del hombre con las manos. Cuando
esta la apartó el pánico se dibujó en su rostro- Si me la concede volveré
dispuesta a hacer todo lo que usted quiera, volveré...
No volverás –interrumpió él con voz dura. Los esfuerzos
de la mujer por alcanzar su paquete le habían hecho excitarse y ver la
expresión de incomprensión de su secretaria le suavizó un poco- Cuando
vuelvas te buscaré un puesto en administración. Tu vales para ello.
La mujer se levantó y se arregló las ropas. Volvió a
colocarse la falda corta y ajustada que el magreo de su jefe había
descolocado
Como usted diga –replicó fríamente y sin mirar
directamente al hombre- Si cree que ya no soy la adecuada para servirle,
entonces...
No es eso, mujer –el hombre se mostró condescendiente-
Administración está en este mismo piso. Aun tienes muchos servicios que
prestarme. Ahora vete
La chica se fue sonriente y se volvió un instante para
mirar a su jefe. Su sonrisa se amplió cuando vio que el hombre se había echado
mano al paquete. No era a causa suya, pero el jefe no vio motivo para
desilusionar a tan humilde y servicial empleada.
El resto del tiempo hasta que llegó Andrea lo paso
colocando sobre la mesa diferentes documentos. Los extendió y los apiló sobre
su escritorio. Los comprobó varias veces. Eran sus armas. Las herramientas que
había elegido para llevar a cabo su cacería. Ahora solo faltaba que apareciera
la pieza que se quería cobrar.
La pieza, o sea Andrea, llegó unos segundos después. Lucia
una de esas camisetas ajustadas con amplio escote que tan de moda estaban
aquel verano y unos pantalones de piel ceñidos que marcaban espléndidamente
sus caderas y sus piernas. Llamó a la puerta y entro. El hombre le hizo un
gesto para que se sentara en la silla que se encontraba frente a su mesa de
despacho. Ella lo hizo y cruzó las piernas. La polla del hombre se puso dura.
Verás –comenzó el hombre- No se si lo sabes, pero Marisa,
mi secretaria se ha pedido una excedencia para cuidar de sus hijos, Así que
me he quedado, como quien dice, solo y desvalido –su sonrisa se amplio para
corroborar la broma.
Notó como la mujer se relajaba. Todo marchaba según lo
previsto. A lo largo de sus años como directivo y ejecutivo en varias empresas
había adquirido mucha experiencia a la hora de conseguir resultados. Por eso
ocupaba el puesto que ocupaba. Por eso tenía los contactos y las influencias de
las que disponía. Había gente a la que se la podía doblegar directamente con las
amenazas. Marisa, su secretaria era de esas. Con ella había bastado simular un
despido para que se abriera de piernas cuanto podía y le suplicara que la
follara.
Pero Andrea era diferente. Era una mujer independiente y las
amenazas directas sólo la habrían colocado a la defensiva. Tenía que relajarla
dejar que la situación fluyera hacia donde el quería que fluyera.
He pensado en ti para sustituirla –solo de imaginar el
culo de Andrea sustituyendo al de Marisa sobre su mano hizo que se empalmara
completamente- Para que seas mi secretaria.
La mujer se iluminó. El sabía de sus problemas económicos. Lo
sabía por los correos electrónicos que había interceptado desde el servidor
empresarial. Sabía que debía varios meses de alquiler porque el sueldo no le
llegaba y que se negaba a pedir dinero a su familia, pese a que esta estaba en
una oposición económica bastante acomodada, por causa de varios enfrentamientos
personales que había tenido con su padre. Un ascenso era la solución a sus
problemas.
¿Crees que podrás hacerlo?
Supongo que si –dudo un instante la mujer. La excitación
hacía subir y bajar su pecho en un movimiento que estaba a punto de hacer
estallar los pantalones de su interlocutor.
Además el dinero te vendrá bien.
Bueno, si –corroboró la mujer- Lo que gano en la
recepción no es demasiado y...
Tienes problemas –dijo el sonriendo- Lo se.
¿Lo sabe? – la mujer se puso un poco a la defensiva
Ciertamente –asintió el hombre- Esta empresa es una casa
de cotillas. Todo el mundo habla por los pasillos. En cuanto dije que te
tenía en mente para el puesto varias personas me lo comentaron. Pero ahora
no te tendrás que preocupar. Con el nuevo puesto tienen derecho a los
alquileres de empresa y, por lo que he leído en tu ficha, ni siquiera
tendrás que cambiarte de piso.
¿Qué quiere decir? La mujer estaba sorprendida.
El edificio en el que vives es de la empresa. De hecho le
debes el alquiler a la empresa, aunque creo que no lo sabías. Ahora, al ser
parte de los equipos directivos tendrás derecho a un alquiler más barato y
lo que debes te será descontado poco a poco de tu nómina hasta que te pongas
al día. ¿Qué te parece?
Me parece estupendo – dijo la mujer.
El hombre le tendió los contratos y ella los firmo casi sin
leerlos. Su rubrica se estampó en el contrato laboral y en el de alquiler
empresarial. Su suerte estaba cambiando. Eso es lo pensaba. Él sabía que eso
es lo que ella pensaba.
Bueno –dijo él recogiendo los contratos firmados- No es
cuestión de que empieces ahora mismo. Son las doce. Tomate libre hasta las
cuatro. Come algo, lee los contratos y si no entiendes algo me lo dices esta
tarde. Empezaremos sobre las cinco
Gracias –dijo Andrea levantándose de la silla para
marcharse-
El hombre sonrió. Ella no lo sabía aún pero ya era suya.
Hasta que Andrea volvió a las cinco de la tarde, el hombre se
entretuvo con los servicios de Marisa, que estuvo al menos tres cuartos de hora
aplicándose con la boca sobre su tieso bálano. Había recibido instrucciones de
no provocar una corrida y no lo hizo.
a suave caricia de Andrea le sacó de sus ensoñaciones y
recuerdos. La mujer se colocó de nuevo a su lado pero en esta ocasión se
arrodilló junto al diván en el que ahora estaba medio tumbado su propietario. El
hombre se había cambiado de ropa desechando la utilizada durante la audiencia
con Marta. Tan solo vestía un albornoz y estaba descalzo.
El rostro de la espectacular hembra se apoyó en el suelo y
sus caderas se alzaron hasta que su portentoso culo quedó a la altura requerida
por el hombre. No era la primera vez que se encontraba en esa posición de total
sumisión y de completa entrega. Tampoco sería la última.
Flavia se colocó de pie frente al hombre. Estaba tensa y
nerviosa. Notaba que el sudor le recorría la espalda como una mano fría. Como
preparándola para lo que seguro serían las frías caricias de aquel hombre. No
podía apartar la mirada de la escena que estaba ante sus ojos.
Andrea, con la cara pegada al suelo, se había arrastrado
apenas un metro hasta que su alzado trasero quedó a la altura de los brazos del
hombre que la utilizaba para su placer. La mujer sabía que sus cachas eran uno
de sus principales argumentos para servir a aquel hombre y también sabía que a
él le gustaba la originalidad. Podría haberse quedado de pie junto a él como en
la ocasión anterior, pero tenía que ser original. Si el había cambiado de sitio
es porque deseaba una variación y era su obligación satisfacerle. Esa era
siempre su principal obligación.
Flavia contempló como la mujer reptaba y la mano del hombre
volvía a adueñarse de su culo. En la posición en la que estaba, con las caderas
alzadas y el rostro pegado al suelo, aquel cuerpo ponía a disposición del que
quiera utilizarla tanto el trasero como el coño. En ese momento el hombre
escrutaba ambos mientras la hembra se contorsionaba en el suelo presa de ataques
de dolor y de placer ante la inspección de su dueño.
¿Qué podía ella ofrecerle a aquel hombre que ya disponía de
al menos dos mujeres que se comportaban como esclavas en su presencia? ¿Querría
utilizarla de la misma manera? ¿Debería humillarse para complacer al macho que
ahora estaba ejerciendo dominio absoluto sobre el cuerpo que se arrastraba a sus
pies?
Has venido a hablar de negocios, supongo –dijo el hombre
sin dejar de sobar el culo de Andrea-
Así es. Quiero pagar mis deudas – el pequeño pero
escultural cuerpo de Flavia se tensó. Sus pezones se pusieron duros. No
entendía como era posible que la situación le excitara, pero no podía
apartar la mirada de Andrea que, con varios dedos de su propietario
jugueteando en su coño, se contorsionaba alzando y meneando el culo como una
posesa.
¿Cómo piensas pagar? –dijo el hombre aumentando el ritmo
con el que sus dedos penetraban la vagina de Andrea.
Como usted estime más conveniente –Flavia sabía que tenía
que decir eso o algo parecido. Tenía que mostrarse dispuesta a hacer
cualquier cosa y a que aquel hombre hiciera cualquier cosa con ella. No se
sorprendió cuando el macho destinado a ser su amo a partir de aquel momento
se echó mano al paquete y empezó a masajeárselo- Haré lo que usted quiera.
Eso está bien –dijo el hombre que se interrumpió cuando
observó la mano de Andrea alzarse desde el suelo y comenzar a acariciarle la
pierna- ¿Puede saberse que quieres? –dijo irritado.
Al principio Flavia creyó que se trataba de algún otro juego
de sumisión del hombre pero en un instante lo comprendió. Andrea estaba pidiendo
permiso para hablar. Hasta ese punto llegaba el dominio que aquel ser ejercía
sobre sus hembras que ni siquiera se atrevían a hablar. El hombre bajó un pie
del diván y lo colocó frente a la cara de su esclava. Como pequeño castigo por
la interrupción introdujo otro dedo en el coño de Andrea. Esta se apresuró a
besar el pie de su dueño. Este lo retiró. Sólo entonces, y sin despegar la cara
del suelo, la esclava habló.
Os ruego que me permitáis correrme, mi amo y señor –dijo
la mujer moviendo las caderas con frenesí- No puedo aguantar más
¿De verdad? –el hombre soltó una carcajada y aceleró el
ritmo en el que sus dedos entraban y salían del coño de la hembra de su
propiedad. No había dejado de mirar a Flavia pese a dirigirse a Andrea.
La excitación y la sorpresa de Flavia alcanzaron su límite.
No sólo se exigía de aquellas mujeres una total entrega. No solo eran utilizadas
para el placer de un hombre sin tenerlas en cuenta, como objetos. Sino que
además aquel macho controlaba todos los aspectos de sus vida. Hasta los más
íntimos. Ella estaba destinada a convertirse en una de ellas.
Mi amo, –seguía implorando Andrea con el cuerpo tenso y
sin dejar de mover sus caderas arriba y abajo- sé que no me lo merezco, pero
os ruego que me concedáis ese privilegio.
Tu no estás aquí para disfrutar por tu cuenta –dijo el
hombre sin aflojar la masturbación a la que sometía a su hembra. Su pie se
apoyó ahora sobre la cabeza de la mujer. Su otra mano cruzó sobre el diván y
comenzó a descargarse rítmicamente sobre las cachas del espectacular culo de
la mujer.
Lo sé, mi dueño, pero soy tan feliz de serviros, me hace
tan dichosa que me utilicéis que no puedo evitarlo
De Acuerdo. Siempre has sido muy buena con la boca –dijo
el hombre soltando un cachete sobre el cuelo de su sierva y sacando los
dedos de su coño- No sólo cuando tienes mi polla dentro de ella.
Eso siempre es un honor –la voz se le quebró cuando le
sobrevino el orgasmo. Sus caderas se convulsionaron y sus piernas se
pusieron rígidas al igual que su culo, que se tensó hasta endurecerse
plenamente. El hombre mantuvo su mano entre las piernas de su sierva y frotó
el canto de la misma contra los labios de aquel coño que le pertenecía como
el resto del cuerpo que ahora estaba convulso por el placer.
Durante varios minutos Andrea estuvo yendo y viniendo con
espasmos de placer. Ya que su amo no dejaba de masturbarla con el canto de la
mano. Hacia mucho tiempo que había descubierto el modo de mantenerla en aquella
situación durante incluso varias horas. Corriéndose continuamente en una
sensación de placer continuado que servía para ocultar el dolor que a sus
órganos le producía esa situación. Esa era su recompensa en algunas ocasiones.
Pocas, pero cualquier servicio era poco, cualquier humillación era aceptable y
deseada si el amo estaba contento, si el hombre que era su propietario estaba
satisfecho hasta el punto de recompensarla de aquella manera.
Gracias, mi dueño – dijo la mujer al tiempo que alzaba la
cabeza para besar la mano del hombre manchada con sus propios jugos
vaginales- sois muy bueno conmigo otorgándome esta inmerecida recompensa. Os
serviré siempre. Soy vuestra.
Eso ya lo se –dijo el displicente ofreciéndole los dedos
a su sierva para que los dejara limpios.
Gracias –repitió la mujer. Y, mientras lamía de los dedos
del macho al que pertenecía para tragar los líquidos de su propio orgasmo,
recordó la primera vez que le había dado las gracias a su dueño.