Dedicado a esa otra maravillosa mujer que llevo dentro
Durante los días posteriores a
aquel encuentro, arrastré un calentón que me mantuvo totalmente distraída de mis
obligaciones. No podía dejar de pensar por un momento en lo que había ocurrido.
Cuantas más vueltas le daba, menos lo entendía y mayor era el morbo me producía.
Me sorprendía a mi misma totalmente abstraída, incapaz de concentrarme en nada
de lo que hacía y aprovechando cualquier ocasión para acariciarme. La imagen de
aquel hombre excitado lamiendo mis pies se me repetía una y otra vez, haciendo
que se me estimularan los pezones hasta causarme dolor. Nunca me había
masturbado tantas veces seguidas, sintiéndose aliviada y frustrada a la vez,
porque me avergonzaba el no poder controlar mis instintos.
Esperé en vano una llamada, una señal que no se producía,
mientras pasaba largas horas navegando por internet, dejando vagar mi
imaginación entre inéditos mundos de fetichismo y dominación, que me producían
sensaciones hasta entonces desconocidas. Lentamente los días se convirtieron en
semanas, durante las cuales manifesté facetas inexploradas de mi personalidad;
lo que había descubierto me había hecho perder horas de sueño y de trabajo, y
creado una mezcla imprecisa de sugestión e incredulidad: el sexo de "siempre" ya
no me atraía.
Fue entonces, cuando casi ya no lo esperaba, tras uno de esos
días en los que casi nada sale bien, cuando el contacto se produjo. Fue una
proposición fría, aséptica, pero tras la que se escondía un gran temor a ser
rechazado: -- Me gustaría volver a verte, si a ti te parece bien--. No lo dudé
ni un instante, tenía ganas de más. Otra vez las prisas, otra vez el tráfico,
otra vez el mal tiempo. Estaba siendo un otoño desapacible, y el tiempo, tal
vez, desalentaba los corazones y encogía las ilusiones. Pero ésta vez no quería
fallar, quería estar arreglada y a tiempo, así que cancelé todas mis citas, y
dispuse de toda la tarde libre para prepararme para la ocasión. No descuidé ni
el más mínimo detalle desde el perfume, Dior, hasta las joyas, prestando
especial cuidado a mis pies. El vestido, discreto, pero elegante, con la falda
corta, que mostrara mis largas piernas torneadas y envueltas en medias, de
fantasía, de cristal negro, a juego con la ropa interior; y por último los
zapatos, clásicos, de salón con tacón alto, también negros.
Nos citamos en un distinguido y discreto restaurante del
centro, y ésta vez no hubo retrasos, pero él esperaba sentado a la mesa e
impaciente, mi llegada. Siempre puntual, siempre atento, jamás perdía la
compostura, salvo cuando veía mis pies descalzos. Se levantó para recibirme, con
una sonrisa en los labios, mientras yo, envuelta en un halo de atractivo
encanto, me acerqué despacio hasta la mesa, sabedora de que me comía con la
mirada. La velada transcurrió agradable e intrascendente hasta los postres, él
parecía no tener prisa, y yo no quería romper el embrujo del momento, pero lo
cierto es que la calidez del ambiente; quizás, la bebida, o tal vez la
impaciencia por saber, me aturdían. El tiempo transcurría, y el continuaba
impasible; aún no habíamos cruzado palabra alguna sobre lo que había sucedido
entre los dos y nada en su comportamiento, dejaba traslucir sus mas ocultas
pasiones. Estaba claro que no había comunicación verbal entre ambos, yo lo
miraba e intentaba comprender qué era lo que pasaba por su mente en aquellos
momentos. Tenía que ocurrir algo, como en la última noche, que hiciera explotar
toda aquella calentura interior, contenida durante años y de la que claramente
él se avergonzaba. Intenté pensar lo más fríamente posible, no podíamos seguir
así toda la noche, él no parecía cansarse de mirarme, pero no se atrevía a dar
el primer paso; podía sentir su calor, su olor, su indecisión; era como un niño
desamparado pidiendo a gritos un poco de afecto, y todo ello me producía una
profunda ternura.
Lentamente y con disimulo, me descalcé el pié derecho y
calculando cuidadosamente cada uno de mis movimientos, fui capaz de llevarlo por
debajo de la mesa entre sus dos piernas, y acariciar con suavidad su sexo. Me
miró fijamente a los ojos, sin decir nada y su cara se ruborizó. --¿Desde cuando
te excitan los pies de las mujeres?-- le pregunté. Él solo sonrió, sin decir
nada, y yo me quedé quieta, comprobando la profunda excitación que crecía bajo
mi pie.
A partir de ese momento, yo tomé el control, su entereza se
desarmó como un castillo de naipes, y me habló de sus más íntimos secretos con
la mayor naturalidad. Fue como una liberación, como si quisiera librarse de una
pesada carga de incomprensión y amargura que había arrastrado durante toda su
vida. Fue entonces cuando supe que el pie femenino le atrajo, desde que tuvo
conocimiento del sexo; hasta el punto de que, cuando miraba una revista erótica,
se excitaba más con aquellas modelos que posaban descalzas, o con sandalias de
tacón, aunque estuvieran vestidas, que con las que se exhibían totalmente
desnudas, pero calzadas. En el devenir diario de su actividad, pasaba
inconscientemente muchos momentos observando los pies de las mujeres, admirando
la belleza de sus zapatos, o sencillamente esperando el momento en que se
descalzarían, en la calle, en una cafetería, o en cualquier espectáculo público.
Con el paso de los años, fue haciendo de aquella inclinación todo un culto,
anhelando a que llegara el momento de satisfacer su más oculta fantasía: lamer
los pies descalzos de una mujer. Sin embargo, no tuvo suerte, y sus parejas
sexuales nunca manifestaron ningún interés por aquella práctica, considerándola
incluso depravada u obscena. Se casó, con su novia de toda la vida, guapa,
inteligente, brillante… y con unos pies preciosos. Pero su mujer era muy
tradicional en cuanto al sexo, y jamás comprendió ni satisfizo ninguna de sus
impúdicas apetencias sexuales. Poco a poco, aquella obsesión se fue convirtiendo
en un apetito desmedido y oculto, que le hacía disfrutar cada vez menos del
sexo. Se refugió en Internet donde un mundo nuevo y maravilloso apreció ante sus
ojos. Navegaba durante horas, buscando fotos y películas sobre fetichismo de
pies. Había perdido la ilusión por hacer el amor con su mujer, y no es que no
admitiese que le atraía sexualmente, pero por desgracia él necesitaba algo más
que un bonito cuerpo que poseer, necesitaba que en su relación entrara el morbo
que le producía admirar y saborear las lindezas de aquella erótica e intima
parte de la anatomía femenina. Solo hacían el amor con forma esporádica, pero ya
no había la pasión de los primeros días. Estaba harto de las sabanas de seda y
las bragas de encajes, además de la apatía que le producía aquel sexo de
circunstancias, tan limpio y recatado.
--En condiciones normales, jamás habría perdido el
control, como lo hice. Ya lo ves, es la historia de siempre, buscas fuera de
casa lo que no tienes en ella, de lo contrario, ni me habría planteado estar
aquí ésta noche--.
Lejos de molestarme, su sinceridad me impresionó. La visión
que tuve entonces de él me resultó conmovedora. Bajo aquel aspecto varonil de
hombre maduro, triunfador y seguro de si mismo, se escondía un individuo frágil
sexualmente indefenso, preso de un temor casi atávico, que le hacía incapaz de
buscar solución a sus carencias.
-- Pero por tu situación, habrás tenido ocasiones…, ya
sabes, otras mujeres. Eres un hombre atractivo, y con tu posición, no te
habrán faltado oportunidades--
-- ¿Oportunidades?, si a follar con otras te refieres,
estás en lo cierto, ocasiones he tenido. Pero yo no busco sexo puro y duro,
yo quiero algo bien diferente; quiero obtener placer a través de otros
sentidos. Para follar ya tengo a una espléndida mujer en casa, no necesito
nada más. Yo necesito a una mujer que disfrute del sexo como yo, que sepa
buscarle sentido a mi placer y que se sirva de él. ¡Claro que ha habido
otras mujeres! Oportunistas, que han intentado sacarle partido a la
situación, pero casi nunca he pasado de la segunda cita. A eso, yo lo llamo
prostitución, y por ahora no estoy tan desesperado como para pagar por
ello--.
Esto último lo argumentó con cierto énfasis, como enfadado,
estaba claro que esperaba más de mí. Un tenso silencio se hizo entre ambos y por
un momento temí que volviera a encerrarse en sí mismo. Decidí pues de nuevo
tomar la iniciativa:
-- No se que opinión tienes de mi, y ni siquiera si
pasaremos de la segunda cita, pero lo que quiero que tengas claro, es que ha
sido la primera vez que visto a un hombre excitarse sólo con mis pies; de
hecho ha sido lo que me ha traído aquí hoy; quería saber cual era el embrujo
que tenían mis pies, para un hombre como tú. He sentido con repugnancia como
muchos han babeado por mis tetas, o por mi trasero, pero me gustó lo que
sentí, con tus miradas y con tu deseo, no sólo en tu despacho, sino también
andando descalza por los pasillos de aquel edificio. También me gustó el
modo y la delicadeza con que me trataste, pudiste poseerme, cuando más
entregada estaba, y no lo hiciste.
Por otro lado, soy una profesional que se gana bien la
vida, y no necesito promocionarme de ninguna otra manera que no sea la de mi
trabajo, y como supongo que ya sabrás, estoy separada, y hoy por hoy, puedo
tener las mismas oportunidades para obtener sexo fácil que tú, y sin embargo
te aseguro soy tan exigente al elegir con quien me voy a acostar, que podría
competir contigo a la hora de valorar quien necesita masturbarse más a
menudo--.
Hablé con el corazón y dije lo que quería que decir; no se lo
que tenía aquel hombre que me hacía sentir desconocida a cada momento. Mantuve
su mirada y eso me hizo volver a sentir poderosa; me oía y no me reconocía,
deseaba que me tocara que me abrazara, pero disfrutaba manteniéndome distante y
dejando que él me deseara poco a poco. Escondió sus manos por debajo del mantel,
y acarició mi pié con dulzura. Oleadas de placer ascendieron por mis piernas
inundando mi cuerpo. Mi imaginación iba por delante de mis sentidos y mi
inquietud aumentaba al comprobar como se excitaba por el mero hecho de sentir mi
pie sobre su sexo. Tal y como había comenzado, retiré mi pie y volví a
enfundarlo en su zapato. Él me miró sorprendido, pero yo sabía que de haber
continuado la situación se habría vuelto incontrolable, para ambos.
-- Si crees que he superado la segunda cita, y me
permites ser tu anfitriona, me gustaría invitarte mañana a comer en mi casa.
Soy una buena cocinera, pero te prometo que será una comida que no olvidarás
fácilmente.
No intentó nada más, pagó dócilmente la cuenta tras aceptar
mi invitación y me llevó por segunda vez a casa. Hicimos el trayecto en
silencio, como en la primera vez. Cómodamente sentada con los pies en el sitio
de honor, junto a la palanca de cambios del vehículo tuve tiempo para pensar:
Era la segunda vez que nos veíamos, y de nuevo apenas había contacto físico
entre nosotros, ni tan siquiera había tenido un orgasmo. Sin embargo me sentía
más excitada que nunca y deseaba probar aún más de aquella mágica medicina.
"Sentir placer a través de los otros sentidos". Aquellas palabras retumbaron en
mi mente y sentí un escalofrío sin que pudiera evitarlo.
Cuando atravesé la puerta del portal aquella noche, un sinfín
de sensaciones se agolparon en mi mente. Tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos
para no desnudarme allí mismo, y revolcarme otra vez por el suelo como una perra
en celo. Disfrutaba sintiéndome transgresora, pero a diferencia de la última
vez, ahora si tenía un futuro inmediato. Tan solo tenía que esperar un poco y
disfrutaría de esa otra personalidad secreta, que me era tan desconocida.
Únicamente me permití un pequeño capricho, casi justificable.
Esperé a que la luz se desconectase, y tras descalzarme, dejé resbalar mis
medias, por mis piernas hasta el suelo; tras ellas fueron mis braguitas. Así
descalza, pisando con los pies desnudos el frío suelo, volví a subir a oscuras
la angosta escalera hasta mi casa, mientras apretaba mis muslos a cada paso y
sentía latir mi sexo a cada minuto. Con parsimonia, ésta vez sin prisas y sin
miedo, completé la ascensión de los cuatro pisos, mientras me repetía una y otra
vez: "Sentir placer a través de otros sentidos".