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Julieta, la primera experiencia
Hetero: Primera vez- 2008-03-07 09:15:00
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Julieta, la primera experiencia

Por: Luis Enrique Sabino

A sus 18 años Julieta no sabía nada acerca del sexo. Sólo notó que conforme le iba creciendo un mullido y ligero vello en la entrepierna, su cuerpo iba adquiriendo otras dimensiones y los hombres en la calle le prestaban de pronto mucha atención. Era evidente, para quien quisiera reconocerlo, que en poco tiempo habría de ser sacrificada en el altar de la naturaleza. Ella se indignaba cuando le lanzaban piropos que no entendía muy bien, pero pronto pasó del enojo al miedo cuando se vio en la necesidad de ejecutar escapatorias a gran velocidad.

- Mira nada mas qué chamaquita tan sabrosa.

- Ven para acá mi reina, le gritaban.

Un día, tuvo que pasar frente a un grupo de trabajadores que bebían cervezas en una construcción. Ella apresuró el paso, pero con la prisa lo único que consiguió fue imprimirle más cadencia a los movimientos de su cadera y a los pechos que saltaban como peces que quisieran escapar de la prisión del sostén.

- Qué nalguitas tan ricas.

- Yo sí me comería su caca. - No mames. Mejor chuparle esas chichísimas que tiene.

- No. A esta reina le mamo toditita la raya.

Julieta, aterrorizada, comenzó a correr, despertando aún más el instinto canino de los borrachos, quienes se lanzaron como auténticos perros salvajes en pos de la presa, turnándose para posar manos y dedos hirvientes por todo el cuerpo de la cierva en fuga. La persecución se prolongó por más de tres cuadras; en la cuarta, ya nada más uno de los ebrios tuvo la fuerza suficiente para tantear las nalgas de Julieta y luego cayó a la banqueta entre vómitos de cansancio. En el zaguán de la vecindad, Julieta procuró acomodarse un poco la pantaleta que le habían jaloneado bajo el vestido y colocó uno de sus enormes pechos en el sostén que ya no podía contenerlo. Luego cruzó por en medio del patio general hacia la vivienda del fondo, escuchando a sus espaldas algunos murmullos que decían - mamacita. Antes de llegar a la puerta de su vivienda le salió al paso, como venía sucediendo últimamente, la figura larguirucha y correosa de don Pancho, el compadre de sus papás.

- Y ora de dónde vienes Julietita, mira nada más, toda despeinada, sudada. Acomódate esto mijita, -dijo el cincuentón, al tiempo que ajustaba un tirante del sostén en el hombro de Julieta, pues sobresalía del vestido, procurando rozar el pezón al bajar la mano.

- Fui por las tortillas, don Pancho, pero no abrieron la tortillería y luego empezaron a perseguirme unos albañiles, por eso tuve que correr.

- Ah, qué muchacha, ya te dije que cuando esté yo aquí, me avises para acompañarte. Ãndale, vamos por las tortillas al súper, al fin que nos llevamos el taxi. Tienes suerte, orita me cayó un dinerito, hasta te compro tus helados.

- Ay don Pancho, pero es mucha molestia.

- Qué molestia ni que nada, para eso soy tu padrino, ¿no? Dame mi beso y vámonos.

El taxista volvió a aprovechar la oportunidad de tener cerca a Julieta. Cuando se aproximó para besarlo, la ayudó a alcanzar su rostro levantándola de las nalgas. La niña sintió un repentino estremecimiento, pero atribuyéndolo a su reciente y desagradable experiencia, no le dio importancia. Luego agregó: - voy a avisarle a mi mamá.

- No hombre, para qué molestas a la comadre, si no vamos a tardarnos -protestó enseguida don Pancho.

- Bueno -dijo la niña y salieron rumbo al súper.

Afuera los esperaba el taxi. El señor le abrió la puerta derecha a la niña y ella subió sintiéndose al fin segura en la calle y contenta de poder conseguir las tortillas, evitando así el castigo de su madre. Llena de un súbito agradecimiento le dedicó una amplía sonrisa al taxista y éste le correspondió con una caricia en sus piernas descubiertas.

- Y qué te hicieron esos pinches albañiles puercos mijita -preguntó el viejo, encontrándose ya frente al volante

- Ay, no sé qué les pasa, primero me dijeron un montón de groserías, entonces me eché a correr y me siguieron los muy malditos y me jalaban por todos lados.

- Ah, qué desgraciados. A ver, déjame ver si no te hicieron moretones o algo.

Don Pancho aprovechó la luz roja del semáforo para explorar las contundentes piernas de Julieta. Levantó la falda del vestido hasta hacer visible la punta del calzón de la niña y comenzó a recorrer el interior de los muslos.

- Me dices si te duele -dijo con un tono extraño en su voz y siguió con la exploración de una manera lenta y suave, procurando acercarse cada vez más a la entrepierna. Julieta volvió a percibir la sensación rara de hacía un momento. Cuando sintió el dedo áspero sobre su pantaleta no pudo evitar dar un pequeño salto y dejó escapar un gritito nervioso. El taxista se sobresaltó y con mayor nerviosismo devolvió la falda a su lugar original, mirando para todos lados lo más discretamente que pudo hacerlo. Después, mientras volvían a ponerse en marcha con la luz verde, carraspeó y preguntó a la niña: - ¿Allí si te dolió verdad?.

- Dónde

- En tus piernitas bueno entre tus piernitas. Noté que cuando te toqué allí te dolió, ¿verdad?

- Ah es que pues no sé, sentí raro.

Julieta comenzó a sentirse incómoda, no podía explicarse porqué había saltado y gritado y prefirió aceptar la conclusión de don Pancho.

- Creo que me dolió creo.

- Bueno mija mira, no ha de ser nada grave, pero hay que revisarte bien allí para estar seguros.

- Ay, don Pancho, no me da pena.

- ¿Pena?, pero por qué. No es nada vergonzoso que un padrino revise a su ahijada para ver si tiene algún daño en su cuerpo. Además, me imagino que ya te estás convirtiendo en una mujercita. ¿Me equivoco?

- No sé no le entiendo.

- ¿Qué mi comadre nunca ha hablado contigo?

- De qué - Mmm de cuando te sale sangre por allí

Un calor muy fuerte invadió el rostro de Julieta y sus mejillas mostraron un rojo encendido, se sintió descubierta. Sólo una vez le habían mencionado con anterioridad el tema. El año pasado, justo antes de que empezaran los cambios en su cuerpo, durante su dieciochoavo cumpleaños, su madre le prohibió bañarse con sus primos como hacían cada vez que se juntaban los cinco niños con la única prima mujer. Le dijo que pronto se convertiría en una mujercita y ya no debía bañarse con hombres, cosa que le causó gran pesar, pues se divertía de lo lindo en esos juegos. Además le hizo una advertencia y un regalo muy raro. Le dijo que si le salía sangre de - por allí, se pusiera una de esas como toallitas que le regaló en una caja. Y eso fue todo. No recibió más explicaciones ni se volvió a tocar el tema en la casa. Posteriormente llegó a escuchar cosas que parecían relacionarse con el tema entre sus compañeras de la escuela, pero como no se llevaban con ella por ser estudiosa, la marginaban de tales conversaciones. Un día que estaba orinando vio con terror que la orina se mezclaba con sangre y comenzó a usar las toallas que le dio su mamá, siguiendo las instrucciones de la caja. Desde entonces, cada dos meses encontraba una caja nueva de toallas sobre su cama, disimulada con la almohada.

- ¿Por qué te quedas calladita?

Julieta estaba muy confundida. No le gustaba pensar en los días cuando debía usar toallas, presentía que era algo malo, algo que debía ocultar.

- Qué te pasa ahijadita, ¿dije algo que te molestara?

- No padrino nada sólo que me da pena.

Al escuchar que la niña lo llamaba padrino, síntoma inequívoco de estarse ganando su confianza, don Pancho redobló esfuerzos para convencerla de que debía revisarla por su bien.

- Mira mijita, no te apenes, no te preocupes, yo te conozco desde chiquita. Además no les vamos a decir nada a tus papás para que no te regañen, ya ves cómo son mis compadres de disparejos en su carácter.

- Ay sí, yo no quiero que les diga nada, menos a mi mamá.

- Vamos a jurarlo, no vamos a decirle ni una palabra a nadie, ¿de acuerdo?

- Sí, de acuerdo, padrino.

En el centro comercial no volvieron a tocar el tema y don Pancho cumplió la promesa de los helados para su ahijada; así que cuando regresaron al taxi, el ambiente se había destensado totalmente. El cincuentón tomó esta vez un camino diferente para regresar a la vecindad.

- ¿Para dónde se va, padrino?

- Pues vamos a la casa, pero me voy a meter en un terrenito baldío que hay por aquí para revisarte, ¿recuerdas?

La tensión volvió a apoderarse de Julieta, no creía poder aguantar la vergüenza de que su padrino descubriera el naciente vello púbico. Volvió a guardar silencio.

Mientras el taxista carreteaba hacia la parte media del terreno baldío, Julieta cruzaba y descruzaba nerviosamente sus piernas.

- ¿Qué te pasa Julietita? -dijo el hombre al tiempo que posaba una de sus manazas sobre las piernas de la niña, deteniéndolas.

- No sé Contestó ella tímidamente.

- A ver, a ver. ¿Qué no ya habíamos quedado? Es necesario que te revise, para ver si no te hicieron algún daño.

- Sí, ya lo sé pero me da pena

- Ya te dije que yo te conozco desde chiquita, no tienes nada de que avergonzarte. Es más, como te decía, pienso que ya te estás convirtiendo en una mujercita y por eso menos debes de sentir vergüenza.

- ¿Por qué don Pancho? No entiendo eso.

- Mira, las niñas que todavía no sangran, tienen su cosita entre las piernas bien pelona, se les ve todo porque no tienen vello que le cubra. En cambio, en tu caso, ya has de tener bastante pelito que te cubre. ¿No es verdad?

Si es así, no debes preocuparte ni avergonzarte. Una especie de alivio recorrió el interior de Julieta al escuchar las palabras del cincuentón, ahora se daba cuenta que era normal el vello creciente en su pubis. Se sintió de pronto tan animada que contestó casi sin darse cuenta. - Huy sí, ya tengo un montón de pelitos

Julieta guardó silencio al instante y hasta don Pancho quedó sobresaltado por la respuesta tan sincera, tardando unos instantes en recuperarse de la sorpresa; pero una vez repuesto, sus ojos brillaron con deseo y ya no pudo esperar más.

- Me voy a bajar, tú quédate sentada, orita voy por el otro lado.

Don Pancho rodeó el taxi para abrir la puerta de Julieta desde afuera y la conminó a sentarse con las piernas hacia donde estaba él.

- Mira mija, como que te recuestas en el asiento y sacas tus piernitas así así ábrelas mamita

La voz del hombre se hacía temblorosa y aflautada, era evidente que apenas podía contener su emoción.

- Ay padrino me da pena.

- No, olvídate de la pena, en un ratito te reviso y nos regresamos a la vecindad.

Entonces don Pancho, hincado ante las piernas abiertas de Julieta, comenzó a subirle el vestido casi con fervor religioso. Pronto apareció la pantaleta con figuras de ositos y el hombre tomó los bordes para bajarla con una expresión en el rostro de quien comete sacrilegio. Debajo del calzón apareció un montículo de vellos incipientes y húmedos de tal belleza que provocó una especie de gemido impensado en el pecho del cincuentón. Le quitó totalmente la pantaleta y la llevó a su rostro para aspirar su aroma antes de dejarla a un lado.

- Ay padrino, qué pena

Don Pancho ya no podía responder, estaba demasiado extraviado en la contemplación del espectáculo. Comenzó por recorrer lentamente con un dedo la parte exterior del montículo, encallándose en las comisuras de la ingle, fue la primera vez que Julieta cabrilleó y trató de incorporarse, pero él lo impidió posando pesadamente una mano sobre su vientre. Siguió con su tarea, acariciando el mullido pelo y jugueteando con un dedo en la estrecha entrada.

- Padrino, ya no me revise, me dan como cosquillas.

A estas alturas, conforme la niña protestaba más, el hombre tuvo que aprisionar las piernas de ella con las de él y necesitó valerse de una sola mano para acariciarla, pues con la otra sostenía fuertemente las dos manos de Julieta contra sus pechos.

- ¡Padrino, por favor, siento muy raro! Me quiero parar.

La petición de su ahijada lo sacó de su trance, se dio cuenta que necesitaba la cooperación de ella.

- Mira Julietita, déjate revisar, por favor, ya hablamos de esto. ¿No ves que si tienes algún daño y después se dan cuenta tus papás, se te va a armar?

- Sí, padrino, pero siento bien raro, de veras.

- Aguántate tantito, ya voy a acabar, pórtate como una mujercita. Si estás tratando de pararte a cada rato me voy a tardar más y no voy a poder revisarte bien. Necesito usar las dos manos y con tus berrinches tengo que estarte agarrando con una y revisándote con otra. Por favor ahijada, no te pasa nada, es normal lo que estás sintiendo, sólo déjate llevar por la sensación y verás cómo se te quita.

Ya más tranquilizada, Julieta dejó que su padrino continuara acariciándole la vagina, pero cada vez se le hacía más difícil contener sus movimientos. Sentía ganas de cerrar fuertemente las piernas y mordía las orillas de su vestido para no dejar escapar los gemidos que le ocasionaba el recorrido de los dedos del viejo sobre su pubis.

Mientras tanto, Pancho se sentía cada vez más excitado contemplando cómo sus dedos se habían ido humedeciendo. Con las dos manos libres, pudo posarlas en sendos labios vaginales y los separó con suavidad. Entonces su lengua comenzó el trabajo. Lamió largamente la entrada y luego pasó a chupar el juvenil clítoris, que inmediatamente respondió levantándose enérgicamente. Julieta saludó el entusiasmo de su pequeño apéndice dejando escapar un gemido gutural y retorciéndose como pez fuera del agua; todavía alcanzó a decir: - ¡Padrino, padrino, déjeme, ya no aguanto, creo que me voy a orinar!

Pancho le sostuvo fuertemente las piernas, como si de ello dependiera su vida y siguió chupando como hambriento, sabiendo que su ahijada estaba a punto de explotar. En tanto, Julieta no cesaba de retorcerse y quejarse. Fuera de sí, aunque no entendía nada de lo que le pasaba, dejó de luchar contra la sensación que le hormigueaba entre las piernas y se abandonó totalmente a los designios de la boca de don Pancho. Entonces sobrevino la tempestad y Julieta desencadenó el primer orgasmo de su vida. Apretó con fuerza la cabeza del hombre entre sus piernas y la tomó con sus manos en un intento de dirigir los movimientos, mientras emitía quejidos tan fuertes que Pancho temió fueran escuchados. Pero él también estaba fuera de sí y olvidó los peligros empeñado como estaba en sorber los fluidos amargos secretados por Julieta en abundancia. Cuando la niña se calmó finalmente y se reincorporó sobre su asiento con los ojos aún cerrados, don Pancho, hincado todavía en el suelo, con la boca y el bigotillo empapados, pegosteados, cebado sobre su presa, tocó su pantalón y bajó la mirada: estaba mojado. Corrió al otro lado del carro y regresaron a la vecindad.

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