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Juegos Olímpicos Pasados por Azotes
Dominación- 2008-03-07 09:15:00
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La historia transcurre efectivamente durante la celebración de dicho evento y concretamente, durante la prueba de triple salto, donde la campeona de la antigua Alemania Democrática, se jugaba el oro, ante las representantes como contrincantes de varios países de la orbita capitalista, como la RFA o los EEUU.

Tras una mala jornada de saltos y ya en la final, la campeona Catherina Kholer, de 22 años, está pendiente de su último salto. Después de los anteriores, está cuarta y por tanto sin medalla para su país. La tensión se marcaba en el ambiente y su respiración se entrecortaba a medida que la llegaba su turno para iniciar su último salto.

Si fracasa, todo su nación se sentirá decepcionada y más si cabe, teme las repercusiones que en su propia persona puedan ocurrirla ante la reacción de las autoridades comunistas de su país. Aún así, tenía en mente la bella saltadora alemana el pedir asilo político en una embajada occidental si se veía en apuros.

Como era lógico, su mente estaba más puesta en las repercusiones de su posible fracaso que en el salto en sí y como era de esperar, la espigada rubia saltadora inició la carrera sin muchas convicciones de éxito y a la hora llegar a la tabla antes del salto realizó un nulo, que para la postre era el último salto y se quedaba sin medalla. El mundo se le vino a bajo y no pudo contener las lagrimas.

Una compañera de equipo, así como la integrante del equipo sueco la fue a consolar. De reojo y entre lágrimas, miró hacia su entrenadora en busca de consuelo. Esta la devolvió una mirada airada, pues no solo Chaterina se la jugaba, sino también ella como entrenadora. Cogió la bolsa de deporte, metió su chandal en él y cabizbaja se dirigió hacia el vestuario, seguida de su compañera y de la entrenadora.

Al atravesar la puerta del vestuario y ante la mirada atónita de otras atletas de diferentes países, su entrenadora, la arisca freulen Smich, la propinó una sonora bofetada que la hizo volver la cara del impacto. La atleta comenzó a sangrar del labio. Smich la empezó a reprochar su ineptitud ante la hora de batir la tabla y sin mediar palabra comenzó a insultarla y humillarla de palabra, echándola la culpa de lo que a ella pudiera pasarla con los dirigentes de la federación alemana oriental de atletismo.

Catherina se intento disculpar entre hipos, pero no articulaba palabra, aunque poco importaba.

Freulen Smich, una morenaza de metro ochenta y de tez no muy agraciada, la dijo que iba a sentir lo que había hecho y ni corta ni perezosa, la asió por el brazo, la llevo hasta uno de los bancos de madera del gimnasio, donde se sentó y coloco de un tirón a la atleta fracasada tumbada sobre sus rodillas.

Catherina ya se imaginaba lo que iba a suceder, pues ya había probado la misma medicina en otras ocasiones, pero cuando era niña. La entrenadora la bajo los pequeños shorts de color blanco y sudados, dejándola ver una bragas del mismo color aun más sudadas. Se remango la camiseta y con todo el alma le descargo el primer azote.

La gente miraba incrédula, pero no se atrevían a decirla nada. La atleta emito un apagado gritito, el cual se fue convirtiendo en unos chillidos más penetrantes a medida que la azotaina subía en intensidad. Aun protegida por sus braguitas, la azotaina resulta terrible, pues su entrenadora se ensañaba con ella con toda su alma. A medida que caía cada azote, esta la insultaba con mucha rabia. Catherina rompió a llorar ya sin desconsuelo, mientras que una y otra vez la mano de Freulen Smich caía sobre sus nalgas. Unas nalgas bien firmes y redondeadas gracias al entrenamiento de varios años.

La mano no dejaba de caer sobre el pobre culo alemán de la bella saltadora y esta lloraba con más ganas. La parte del trasero que se dejaba ver al tener la ropa interior aun puesta, se percibía de un color rojo brillante, gracias a la acción en toda regla de la contrariada y enfadada entrenadora.

La azotaina se prolongo durante un buen rato. Una y otra vez el trasero de Catherina se sobresalta ante cada impacto de la mano de la freulen. Sin descanso y sobre cada nalga, una y otra vez.

Cuando acabo la misma, no fue por ganas de freulen de parar, sino por que ya la dolía la mano. Las lagrimas bajaban a raudales por la nariz de la atleta, formando un pequeño charco justo debajo de ella.

Pero no acabo todo allí. Freulen Smich pidió a la otra atleta alemana que mojara una toalla con el agua de la ducha y que se la trajera rapidito. A su vez, levanto en volandas a su victima y de un tirón la bajo las bragas hasta los tobillos y en esa posición incomoda para andar la obligo a dirigiese hacia la ducha y poner las manos contra la pared, como un caco sorprendido por la policía robando, para cachearle.

A medida que se dirigía al lugar del futuro castigo, lloró con más fuerza y la suplicó que lo dejará por hoy, a lo cual está la contesto en un perfecto taco alemán y la advirtió que como volviera a hablar la quitará la camisa de deporte y la desnudaría en publico.

Dicho esto, Catherina calló y se preparo para recibir el castigo. La también avergonzada atleta y compañera de Catherina la dio la toalla mojada a su entrenadora. Esta la cogió por un extremo y comenzó a sacudirla unos buenos trallazos sobre su culo indefenso, que ya de por si estaba suficientemente castigado.

El trasero de Catherina saltaba a medida que la toalla mojada la hería. En su culo saltaron a flor de piel las primeras marcas rojas. Catherina esta vez si que grito de verdad. Las lagrimas caían a raudales y se confundan con el agua estancada de la ducha.

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, Freulen Smich opto por parar el castigo, ya que el vestuario se estaba llenando de gente y no deseaba que ningún miembro del comité organizador de los juegos presenciara lo que allí ocurría.

Así pues la ordeno que se desnudara del todo y se pegara una buena ducha y la recomendó que se frotará bien el trasero, a lo cual esta obedeció de inmediato, entre lagrimas.

Lo cierto es que Freulen hubiera preferido infringir el castigo en otra parte y no ante tanto curioso, pero su indignación fue superior al sentido común.

Sabía que el castigo había sido duro, pero pensar que esa misma noche tendría que rendir cuentas ante la jefa de la delegación de su país, la ponía aun más furiosa, pero esa historia será narrada en un próximo capitulo.

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