Les voy a relatar algunos episodios cruciales de mi vida
sexual, tan cruciales que dieron un curso definitivamente diferente a mis
vivencias íntimas. Quizás sea esta la razón por lo cual no he podido olvidar
hasta los mínimos detalles de los mismos, a pesar del tiempo transcurrido. Vivo
en Asunción del Paraguay, una ciudad tranquila, con amplios sectores
residenciales de casas con pequeños o grandes jardines y calles bordeadas de
frondosos árboles, todo lo cual le da un toque de naturaleza, muy distinto a la
impresión que dan las frías selvas de concreto en las grandes urbes
latinoamericanas.
Este relato sigue básicamente una secuencia de hechos reales,
aunque algunos detalles y nombres han sido cambiados de manera a proteger mi
identidad. Para contarles todo esto, adoptaré el nombre de Aníbal y les diré que
soy más bien alto y de porte atlético, mantenido con la práctica regular del
rugby.
Esto ocurrió hace ya algunos años, cuando yo orillaba los 30.
Mi situación laboral no era tranquila, ya que aun siendo un profesional
eficiente y bien remunerado – trabajaba como arquitecto en una empresa
constructora - no me sentía a gusto en mi trabajo. Por otra parte, mi vida
matrimonial había llegado a un punto de máxima incompatibilidad, por lo que con
mi esposa habíamos decidido de común acuerdo separarnos durante un período a ver
si las cosas se aclaraban en unos meses. Yo me mudé a un pequeño departamento en
un tranquilo barrio residencial Asunceno, mientras que Viviana – así la llamaré
a ella - y nuestros dos hijos quedaron en la casa familiar. Acordamos que yo los
visitaría o sacaría a pasear dos o tres días a la semana. Como si todo esto no
fuera suficiente, por ese tiempo la situación política estaba bastante tensa en
mi país, y afectaba especialmente al grupo político al que yo pertenecía, lo
cual se traducía en constantes momentos de tensión con repentinas llamadas,
esperando siempre alguna acción fuertemente represiva de las autoridades.
Estas dificultades de orden familiar, político y profesional
me llevaron a un estado general de estrés que culminó en un desgano general,
marcado por un desinterés en todos los aspectos de mi vida. Lo único que todavía
despertaba mi interés eran mis infaltables partidos de rugby, que me permitían
mantener un buen estado atlético, seguidos de deliciosos asados a la sombra de
algún frondoso lapacho, en alegres reuniones con la barra de amigos, regadas con
abundante y rubia cerveza.
Con el paso de las semanas, esta situación comenzó a afectar
marcadamente mi vida sexual, pues a pesar de ser un varón muy adicto a las
relaciones íntimas con mujeres, incluso había sido infiel a mi esposa en varias
oportunidades, prácticamente dejé de sentir necesidad de sexo. Comencé a sentir
preocupación e incluso pensé en consultar un médico, pero la solución vino de
uno de los asados del rugby, en donde siempre los muchachos hablaban de
masajistas y prostitutas de lujo que anunciaban sus servicios por los
periódicos.
Si bien nunca me había interesado en prostitutas, al cabo de
un par de meses comencé a pensar seriamente que una vivencia sexual intensa con
una prostituta podría volver a encender mi vida, sacándome de la tensión y el
desgano sexual. Entonces, por primera vez en mi vida, me puse a hojear
periódicos en busca de los muchos avisos en los cuales se ofrecían masajes de
todo tipo.
Después de varias llamadas telefónicas, elegí una "casa de
masajes" que me parecía bastante discreta, en el pent-house de un edificio
céntrico Asunceno. Realmente el aspecto discreción era muy importante para mí,
pues a decir verdad, sentía como una vergüenza por haber llegado a esa situación
de desgano sexual, rayana en la impotencia. Por otra parte, de ninguna manera
quería que algún conocido me viera frecuentando uno de esos lugares.
Llegué al sitio elegido a las 5 de la tarde, con una
temperatura estival de unos 28 grados centígrados. Entré al edificio con aire de
ejecutivo que iba pensando en alguna importante cita de negocios, y
resueltamente entré al ascensor, que para mi tranquilidad estaba vacío. Presioné
el botón del pent-house, y a medida que al ascensor subía, yo sentía una especie
de cosquilleo interior muy parecido a la ansiedad, pero una ansiedad expectante,
agradable.
Se abrió la puerta del ascensor, y salí con pasos vacilantes
encaminándome por un corto corredor discretamente iluminado, con piso revestido
de moquette azul, y con paredes recubiertas de madera machimbrada reluciente
bajo una capa de fino y transparente barniz. El pequeño corredor daba a un
ambiente decorado con un bello cuadro de un paisaje campestre, con la misma
moquette y el revestido de madera. Una lámpara sobre una mesita daba el toque
discreto y acogedor desde uno de los rincones de la sala, junto a un confortable
sofá. Al entrar en la sala, fui recibido por una bella y curvilínea joven como
de unos 23 años, vestida con una provocativa minifalda de color verde oscuro y
una blusa rosada transparente a través de la cual resaltaban sus hermosos
pechos, delatando que no usaba corpiño. Sus maquillados ojos oscuros reflejaban
intensa sensualidad, y su piel blanca recibía el énfasis de sus hermosos
cabellos negros, que le caían como una enramada sobre sus graciosos hombros.
Poniendo una hermosa sonrisa en sus labios rojos e incitantemente semi-abiertos,
me saludó amablemente y me invitó a sentarme en el sofá. Ella lo hizo a mi lado,
acercando provocativamente uno de sus generosos muslos a mi pierna. Me preguntó
qué servicio deseaba y apenas atiné a responderle:
- Quiero un buen masaje. Quiero relajarme.
- ¿Querés un lindo masaje, mi amor? – me dijo tomándome del
brazo. "Pasá aquí y ponete cómodo", me dijo levantándose e invitándome a pasar a
través de una puerta que daba a un pequeño cuarto ubicado junto a la sala.
El cuarto, también con la moquette azul, era realmente
pequeño, lo justo como para contener una camilla para masajes, una silla y un
perchero, dando suficiente lugar como para que una persona pudiera desplazarse
alrededor de la camilla. Un enorme espejo cubría una de las paredes, reflejando
todo el ambiente y dando una sensación de profundidad. Una luz discretamente
cubierta por una pantalla adherida a la pared, sobre la puerta, daba el tono de
intimidad al ambiente, que ya empezaba a sentir acogedor por la agradable
temperatura de un silencioso acondicionador de aire. Una puerta en el cuarto
daba a un hermoso baño de azulejos color verde claro, con diseños y dibujos que
denotaban una fina cerámica.
- En seguida estoy de vuelta, me dijo la chica, y desapareció
tras la puerta.
Paseé detenidamente la mirada sobre cada objeto: la camilla,
la silla, el perchero, la lámpara, el espejo... Comencé a desvestirme,
despojándome de los zapatos, medias, camisa, cuando en ese momento se abrió la
puerta y entró Susi – así me dijo que se llamaba – trayendo dos toallones y
varios frascos de cremas y aceites en las manos. Me puse de espaldas a ella y me
saqué los jeans, quedando solamente con mi slip negro, que me quedaba bastante
ajustado. En el momento de colgar los jeans en el perchero, siento que Susi se
me acerca desde atrás y suavemente me abraza rodeando mi cintura con sus brazos,
y pegando sus pechos a mi espalda y su pubis a mis nalgas. Sus manos se posan
sobre mi estómago y empiezan a acariciarme el vello del pecho, jugando con mis
tetillas. Un estremecimiento recorre mi piel, y ella lo nota. Al refregar su
cuerpo contra el mío, siento que ella misma ya se había quitado su minifalda y
su blusa, quedándose solamente con una pequeña tanga. Sus manos bajan
delicadamente hacia mi sexo, por encima de mi ajustado slip. Su voz ronca me
dice:
- Te queda bien el negro, mi amor. Acostate boca abajo, que
te voy a hacer un rico masaje.
Me acuesto boca abajo en la camilla, que estaba totalmente
cubierta por una larga toalla negra, sintiendo muchos nervios y mucho
cosquilleo, sensaciones que se intensifican cuando Susi comienza a pasar
suavemente sus manos por mis piernas, muslos, nalgas y espalda, erizándome la
piel, como si estuviera haciendo un reconocimiento del cuerpo con el que va a
trabajar. Recorrido por escalofríos bajo las expertas manos de mi masajista,
siento que se acerca a mi cintura, introduciendo sus dedos por debajo de mi
slip, acariciándome las nalgas y provocándome electrizantes reacciones e
inevitables movimientos de mis caderas que, muy a pesar mío, involuntariamente
seguían el ritmo de sus caricias. Al sentir que comenzaba a bajarme suavemente
mi slip, hice un intento de reaccionar y decirle que no me desnudara totalmente,
pero sencillamente mi voluntad parecía no responderme, y ya sólo puede darme
cuenta que me había bajado mi ajustada prenda íntima hasta los tobillos.
Indudablemente Susi sabía lo que hacía. Con un par de minutos
de caricias había logrado vencer totalmente mi resistencia, provocando
movimientos y reacciones de mi cuerpo a su antojo. Ella observaba mis reacciones
casi involuntarias a sus atrevidas caricias, que también me provocaban profundos
y sensuales suspiros. Teniendo aún mi prenda íntima a la altura de mis tobillos,
sentí una suave caricia de los dedos de Susi en la planta de mi pie izquierdo,
lo cual me provocó un estremecimiento y un movimiento de incontrolada
sensualidad que me hizo contorsionar mis caderas, estremeciendo mi cuerpo desde
la cabeza hasta la punta de los dedos de mis pies y de mis manos. Ella subió
delicadamente sus manos por mis pantorrillas y muslos, deslizando lentamente sus
dedos por mi entrepierna y llegando al punto íntimo de unión de mis nalgas, en
donde descuidadamente dejó que sus cálidos dedos rocen mi orificio anal. Mi
reacción – totalmente fuera de mi control – fue un inatajable estremecimiento
que me hizo levantar pronunciadamente mis caderas, como si mi propio cuerpo
buscara prolongar la sensual caricia que estaba recibiendo, acompañado de un
ronco suspiro, todo lo cual animó a Susi a repetir el pasaje de sus dedos en la
intimidad de mis nalgas, recorriendo suave y lentamente el contorno de mi ano,
mientras acercaba sus labios a uno de mis oídos, me metía la lengua en el oído y
me decía con su voz cálida:
- ¿Te gusta papito?
Mi respuesta involuntaria fue otro intenso estremecimiento,
aunque yo no quise responderle por la vergüenza que sentía de descubrir en mí
mismo tamaña reacción de placer ante una caricia de una zona prohibida del
hombre, pero sabía que ella estaba poniendo en evidencia la debilidad de mi ser
de macho. Por lo demás, nunca mi esposa me había prodigado tal tipo de caricias.
Un tropel de ideas, imágenes, tabúes, sentimientos encontrados y emociones
opuestas pero intensas comenzaron a pasar con increíble velocidad por mi mente,
mientras Susi continuaba sus atrevidas caricias en mi zona anal. Simultáneamente
yo notaba que mi pene había adquirido una saludable erección, lo cual en cierto
sentido me hacía pensar que la decisión de tomar el masaje había sido acertada.
Sentí que Susi presionaba levemente mi orificio anal con la yema de uno de sus
dedos, el cual comenzó a penetrarme a pesar de un leve ademán de rechazo casi
desesperado que intenté con mis caderas, mientras Susi nuevamente me pasaba la
lengua por mi oído diciéndome:
- Te va a gustar, mi amor.
Me retorcía por las osadas caricias de Susi, que aprovechó
uno de mis estremecimientos para deslizar su otra mano debajo de mi cuerpo,
yendo al encuentro de mi ya abultado pene. Ella acariciaba mi miembro viril con
una de sus manos, mientras que con la otra ya había introducido la mitad de uno
de sus dedos en mi ano. Ella comenzó un mete-y-saca rítmico de su dedo en mi
culo, acompasado con las caricias a mi pene, lo cual me enloquecía de un placer
no conocido para mí, haciendo que mis nalgas siguieran involuntaria y
acompasadamente el movimiento de su dedo en mi ano. Sentí que había perdido
totalmente el control, aunque interiormente me justificaba a mí mismo pensando
en que a pesar de las caricias "prohibidas", yo estaba realmente recuperando mi
capacidad sexual. Sentí nuevamente su voz cálida en mi oído:
- Mirá el espejo, mi amor.
Volteé mi rostro hacia el enorme espejo que cubría la pared y
pude percibir claramente la escena: me veía boca abajo en la camilla, con mi
piel blanca en claro contraste con la toalla oscura con la cual había cubierto
la camilla, retorciéndome casi enloquecidamente. En uno de mis movimientos
pretendí mover uno de mis pies, pero me sentí impedido por el slip que aun se
mantenía en mis tobillos. Me movía al ritmo de su dedo que penetraba mi culo,
levantando mis nalgas para ir al encuentro de algo que – aunque no quería
reconocerlo - se había convertido en una deliciosa penetración, mientras su otra
mano acariciaba mi pija y mis testículos . Pude ver en todo su esplendor a esta
hembra que me estaba enloqueciendo, esbelta y curvilínea, con su tanga roja que
le daba un toque de sensualidad poderosa. Me daba cuenta que Susi era quien me
manejaba, quien me poseía. La visión de nuestros cuerpos en el espejo me produjo
intensa excitación, una excitación que nunca había sentido antes con otra mujer.
Acerqué uno de mis brazos a su pubis y busqué ansiosamente su gruta del placer,
deslizando mis dedos por debajo de su tanga hasta su húmeda vagina,
acariciándole el clítoris y provocándole, esta vez a ella, los inconfundibles
estremecimientos del placer. Me di cuenta de que no estaba fingiendo, pues así
lo atestiguaban la humedad y calidez de su sexo. Nos miramos a los ojos en el
espejo, mientras ella sentenció con su voz cálida:
- Ahora sos mío, y yo te estoy haciendo el amor, papito. ¿Te
gusta?
Me recorrió una desconocida sensación de placer pasivo. Era
algo que me gustaba, que me hacía feliz, y me atreví por fin a balbucear un:
- Sí, mi amor. Me gusta y te amo.
- Yo también te amo, mi amor. Sentí, papito, cómo te penetro,
cómo te estoy haciendo yo a vos, mi amor.
A medida que me hablaba, intensificaba el ritmo de sus
caricias en mi pija y en mi culo, mientras mi respiración se hacía cada vez más
entrecortada y rápida. Mis caricias en su vagina se volvieron más penetrantes, y
ya tenía un dedo profundamente introducido en su concha. La intensa excitación
me hizo sentir en mi interior como la subida de la lava de un volcán, y ya
percibía la erupción que se avecinaba. Susi se dio cuenta de mi reacción, y
cuando notó que ya estaba llegando mi orgasmo, me masturbó frenéticamente,
mientras introducía profundamente su dedo en mi culo. Estas caricias impulsaron
mi eyaculación como en mis mejores tiempos de adolescente, haciéndome gemir y
expulsar varios chorros de blanco semen que brotaban generosamente de mi pija.
Susi esperó que drenara hasta la última gota de mi leche, manteniéndome en la
poco ortodoxa posición en que había quedado, semi-de-cuatro, con mis nalgas
hacia arriba, con mi slip enredado en mis tobillos, y con uno de sus dedos
profundamente incrustado en mi culo, mientras yo seguía con mi dedo en su
concha. Cuando retiré mi dedo y me tendí hacia un costado de modo a no tocar mi
propia leche, Susi retiró lenta y dulcemente su dedo de mi culo, diciéndome:
- ¡Qué rico acabaste, papito!
Me despojó suavemente de mi slip, poniéndolo en el perchero y
dejándome muy avergonzado. Permanecí en silencio mientras ella retiraba la
toalla negra impregnada de mi leche. Me senté sobre la camilla, con las rodillas
bajo el mentón, tobillos juntos y piernas abrazadas con ambos brazos, sintiendo
en mis testículos la semi-rugosa pero agradable textura de la cuerina de la
mullida camilla. Mi cuerpo estaba en calma pero mi mente estaba en un
torbellino: ¿Qué había hecho? ¿Por qué reaccioné de esa forma incontrolada, y
ciertamente reveladora, ante las caricias "prohibidas" de Susi? Mientras Susi
iba al baño a lavarse, yo sentía una intensa y creciente ansiedad, en medio de
una tromba de sentimientos encontrados, vergüenza, alegría por haber sentido
nuevamente el placer sexual, y una inexplicable necesidad de salir rápidamente
de ahí. Estaba en estas cavilaciones cuando Susi, regresando del baño, se acerca
y se para junto a mi, y como si adivinara mis pensamientos, me acaricia la
cabeza, atrae mis labios a los suyos y estampa un prolongado beso en mi boca,
recorriendo con su lengua mis dientes y mi propia lengua, ocasionándome
nuevamente una respuesta corporal involuntaria y estremecedora. Realmente yo no
estaba tan mal, pensé para mis adentros, al notar que nuevamente me nacía la
excitación con el apasionado beso de Susi. La abracé y esta vez fui yo quien la
besó, mientras me deslizaba de la camilla, poniéndome de pie a su lado. La
estrujé junto a mí, sintiendo sus hermosas tetas y sus pezones erectos pegados a
mi pecho. Estando ella aun de pie, la recosté ligeramente en la camilla y
comencé a besarle los oídos y el cuello, y lentamente bajé hasta sus tetas, que
acaricié con pasión chupando sus pezones mientras una de mis manos bajaba hasta
su húmeda concha, notando que ella ya se había despojado de su pequeña tanga.
Noté la tersura de su piel y el creciente nivel de excitación que le hacía dar
roncos suspiros.
-Me calentás, papito – me decía mientras yo jugaba con su
clítoris introduciéndole un dedo en su cálida concha, bajo un pubis casi
totalmente rasurado.
Una de sus manos bajó hasta mi pene, comenzando una suave
caricia. Abrazándome, se irguió a mi lado y lentamente fue doblando las rodillas
y bajando sus besos desde mis labios hasta mi pecho y mi vientre, liberando su
vagina de mis caricias hasta llegar con su boca a mi pija, que comenzaba a dar
signos de una nueva erección. Resueltamente rodeó mi pija con sus labios,
haciéndome sentir su lengua alrededor de la cabeza y provocando una rápida
erección. Siguió chupando mientras me acariciaba los huevos con una mano y con
la otra se deslizaba pícaramente por mi entrepierna hacia mi culo. Ella había
quedado arrodillada frente a mí, y yo estaba de pie, recostado por el borde la
camilla. Sentí un profundo deseo de penetrarla, retiré mi miembro de su boca, la
hice ponerse de pie y la acosté boca arriba en la camilla. Con mis mejores
ardores de macho subí sobre ella, le abrí las piernas y resueltamente y sin
mayores preámbulos le ensarté mi verga hasta el fondo, provocando un suspiro en
ella. La penetración fue fácil por la increíble mojadura de su gruta íntima, que
me recibía con espasmos de placer. Unos pocos movimientos bastaron para hacerle
sentir los primeros estertores de un largo y profundo orgasmo que acompañó con
roncos suspiros, mientras entrecortadamente me decía:
- Cojeme, papito, cojeme mi amor. Dame así, así, haceme
sentir.... estoy acabando, aaaayyy..., amor, amor.. te amo...
En realidad su orgasmo había venido un poco rápido – debido a
la calentura que le produjo el masaje que ella me dio a mí - y como yo apenas
había comenzado a disfrutar a esa hermosa hembra, continué a pesar de sus ruegos
de que me detuviera ya que me decía que el orgasmo la había dejado muy sensible.
No le hice caso y continué bombeando, mientras la sujetaba fuertemente con mis
brazos atléticos, que fácilmente la inmovilizaban debajo mío. Sentía como que
quería vengarme de ella por lo que me hizo, y mientras la tenía así dominada
sentía un intenso placer de macho y poder viril. ¡Ciertamente este tratamiento
estaba mejorando mi sexualidad!, pensé con satisfacción mientras sentía que su
húmeda concha se abría ávidamente a los embates de mi verga. Cada vez que ella
intentaba pedirme que me detuviera, la besaba con fuerza, casi con brutalidad,
impidiéndole hablar, y cogiéndole con más empuje. Así estuvimos unos cinco
minutos hasta que cesaron sus ruegos y empezó a moverse al vaivén de mis embates
a su concha. Me di cuenta de que estaba caliente y aflojé la presión sobre sus
brazos, que entonces solícitamente rodearon mi cuello en cálido abrazo, dándome
apasionados besos mientras el ritmo de sus propios movimientos me indicaban que
nuevamente estaba en el punto alto de su excitación. Sin soltar su fuerte
abrazo, me pidió más y más intensidad:
- Más papito, más papito, te amo.... te amo, cojeme como a
una puta... mi amor, ya viene, amor..aaayyyyyy.......
Sentí todo su cuerpo estremeciéndose, moviendo caderas,
pubis, piernas y besándome desesperadamente. Su hermoso pelo le caía en forma
desordenada sobre el rostro, que yo recorría con mi lengua, mientras roncos
sonidos salían de su garganta. Aparentemente estaba experimentando un orgasmo
prolongado o múltiple, ya que no cesaban sus contorsiones y sus labios vaginales
reflejaban los estertores de su descomunal éxtasis. Unos cinco minutos duró su
multiorgasmo, lo suficiente para que yo nuevamente sintiera la necesidad de
descargar mi depósito de semen, que durante bastante tiempo no había sido
drenado. Le saqué la pija de la concha y rápidamente me deslicé de la camilla,
poniéndome de pie al lado, y tomando a Susi por los muslos también la deslicé de
la camilla y la puse de pie frente a mi. Le ordené tajantemente:
- Chupame.
Ella dócilmente se puso de rodillas e introdujo mi miembro en
su boca, empezando a mover su cabeza para masturbarme. Con toda la excitación
que yo tenía, unos pocos movimientos bastaron para provocarme mi segundo
orgasmo, mientras yo le sujetaba fuertemente la cabeza para que no perdiera nada
de mi leche. Sentí que ella quería retirar mi pija de su boca, tal vez porque le
estaba dificultando la respiración. Aflojé un poco la presión sobre su cabeza,
pero sin permitirle que se liberara de mi miembro, forzándole a respirar por la
nariz. Si bien mi orgasmo fue menos abundante que el primero, fue lo suficiente
para llenarle la boca. Nuevamente sentí el deseo de dominarla y de vengarme, y
cuando sentí que no me venían más chorros de semen, fuertemente tomé su cabeza y
le enterré mi pija en su boca, tapándole la nariz con mis pulgares. Procuró
liberarse estirando mis manos con sus propias manos, pero con mis fuertes brazos
su boca llena de leche continuó taponada con mi pija, y como estaba impedida de
respirar por la nariz, cuando le faltó aire tuvo que tragarse mi leche en un
ademán desesperado. Cuando sentí que tragó la leche, aflojé un poco la presión
sin sacarle la pija de la boca, para permitirle un alivio.
- "Tragá toda mi leche", le ordené, mientras ella, desde su
postura de rodillas, me abrazaba las piernas a la altura de las nalgas y
levantaba sus ahora lánguidos ojos negros y los clavaba en los míos en señal de
aceptación de mis órdenes, mientras yo percibía que tragaba uno, dos, y tres
veces la leche que le había dado. Ante su docilidad comencé a acariciarle la
cabeza y a jugar con su pelo. Quedamos dos o tres minutos en esa posición, y al
sacarle la pija de su boca, ella aun la lamió sacándole las últimas gotas de
semen y saliva.
Me separé de ella y me tendí boca arriba en la camilla,
mientras Susi iba nuevamente a lavarse. Este orgasmo me devolvió mi autoestima y
me hizo sentir nuevamente el macho que siempre había sido. Al volver Susi, se
paró a mi lado. Se había arreglado el pelo y lucía lánguida pero sensual, como
si todo su ser estuviera listo para entregarse nuevamente a un macho. Yo me
sentía satisfecho, dueño de la situación. Con actitud de cómplice me preguntó:
- ¿Estás bien, papito?
- Sí, mi amor, estuvo muy bien.
Me acarició tiernamente la cabeza y la frente, retirando algo
del sudor producto del frenesí de nuestros orgasmos. Sentí una tierna atracción
hacia ella, levanté uno de mis brazos hasta su cuello y la atraje hasta mí,
acercando su rostro al mío y sus labios a los míos para fundirnos en un
prolongado beso mezcla de pasión y ternura.
- "Me parece que me gustás", le dije en voz bajita, como si
se lo estuviera confesando.
Nuevamente me besó, acercando sus tetas a mi pecho. Nos
mantuvimos en un largo beso, luego del cual delicadamente me separé de ella, me
deslicé de la camilla y me dirigí al baño, tomando una larga y refrescante
ducha. Me vestí, pagué la cuenta y al despedirme sentí, para mi sorpresa, la
necesidad de besar nuevamente a Susi. Estaba nuevamente vestida, y lucía tan
hermosa y provocativa como cuando llegué. Dejándole una abultada propina, la
tomé en mis brazos y la besé largamente, mientras no entendía muy bien por qué
necesitaba besarla después de haber calmado mis instintos con ella.
Esto lo comprendí solamente con el correr del tiempo. Susi se
convirtió en mi masajista preferida, casi "privada", diría. En los muchos meses
que mantuve su trato, casi tres años, ella me abrió otros caminos hacia el
placer, caminos que tuve que ir desbrozando en mi propio interior, en un proceso
que trajo radicales cambios en mi vida sexual.
Pero eso fue otra cosa, en otro plano, que se convirtió en
una nueva etapa de mi vida, que tal vez les cuente más adelante.