ESCLAVO SEXUAL XI-FIN
Por: Horny
CONTINUACIÓN DEL RELATO ESCLAVO SEXUAL X
Era sábado y me desperté temprano. Esa sería mi última noche
a solas con mi esclavo antes de la llegada de mi esposo, por lo tanto debía
hacer de aquella ocasión algo especial.
Le permití ir a su casa desde la noche anterior para tener
tiempo y así prepararlo todo para nuestra noche especial. Lo primero: organizar
la habitación, quería consentir a mi esclavo esa noche comenzando por un regalo
visual tanto de la cama y sus alrededores como del especial arreglo de su Ama.
Comencé colocando velas, muchas velas rojas que sirvieran como única
iluminación, rosas blancas por aquello del toque romántico, sábanas limpias y
suaves en la amplia cama matrimonial y lo mas importante en la mesa de noche al
alcance de mi mano una sorpresa que a su debido momento le enseñaría.
Con la habitación lista solo faltaba lo más importante y era
mi arreglo personal. Un baño a conciencia en el cual aproveché para depilarme
por completo piernas, axilas y concha y autosatisfacerme un buen rato pues la
expectativa de lo que ocurriría esa noche me tenía caliente desde la mañana.
Tenía el control de todo, de él, de las situaciones y sin embargo estaba
excitada. Pensando en mi esclavo me corrí con un pastel de espuma sobre mi
conchita y agua jabonosa por todo mi cuerpo. El agua siguió escurriendo por mi
piel temblorosa un rato mas hasta que salió todo el jabón y los espasmos del
orgasmo cesaron.
Cerré la llave y me sequé contemplando mi cuerpo en el espejo
del baño. Comencé a limpiar el vapor con una mano para ver primero mi cara e ir
bajando. Me miré de frente, de medio lado y de espaldas, incluso abrí mis
piernas y posteriormente mis labios vaginales para verme como me vería el en un
par de horas. Después de secar mi piel la humecté y perfumé, al fin y al cabo la
piel es el órgano mas grande y sensible, merece toda la atención posible.
Faltaba el atuendo… que diablos iba a ponerme? Todo un
dilema, quería algo especial, impactante, fácil de quitar. Opté por lo mas
simple pero no por eso menos llamativo: solo ropa interior, color rojo (a juego
con las velas y mis labios) y una bata de seda. Deseché las medias de liguero y
los tacones. No necesitaba verme mas alta que el para dominarlo, todo estaba en
la mente y en la manera de hacer las cosas y en eso le llevaba la ventaja. Los
ojos como siempre muy maquillados, mi largo cabello suelto, sedoso, a lado y
lado de mi cara enmarcando mis facciones suaves y enigmáticas.
Pensé divertida que esa noche Alex tendría el premio a su
fidelidad…
Muy puntual llegó (sabía lo que le esperaba de no ser así) y
lo recibí con mi mejor sonrisa. Lo tomé de la mano llevándolo a la habitación
sin más preámbulos. Estaba precioso, recién afeitado, ansioso. En su mirada noté
que le gustaba la habitación con los pequeños cambios que había hecho para él.
Marcela: Desnúdate y acuéstate boca arriba sobre la cama.
Lo hizo sin chistar, antes de terminar la frase ya estaba
desapuntando su camisa blanca y unos segundos después lo tenía donde quería,
acostado con las piernas algo separadas mirándome con una mezcla de respeto y
excitación.
Me acerqué un poco a él despojándome tan solo de la bata para
permitirle contemplar mi ropa interior y por supuesto la manera como se pegaba a
mi cuerpo. Sus mejillas adquirieron un ligero tinte rojizo y casi podría jurar
que comenzó a sudar mientras me miraba ya sin ningún reparo disfrutando cada
centímetro de mi piel semidesnuda.
A continuación me paré encima de la cama con las piernas a
lado y lado de su cuerpo a la altura de su verga que ya estaba tiesa como un
palo. Me puse en cuclillas sobre ella la cual instintivamente reaccionó dándome
unos golpecitos suaves en la rajita cubierta tan solo por mis bragas. Yo ayudé
moviéndome un poco acariciando su miembro con el calor de mi cuerpo y la humedad
que comenzaba a desprender.
Mi esclavo se veía a punto de explotar y eso que el jueguito
apenas comenzaba. Tenía los labios entreabiertos y la punta de su lengua asomaba
por lo que me antojé y poniéndome de rodillas acerqué mis labios a los suyos y
los posé introduciendo a continuación mi lengua en su boca sin dejar de frotarme
allí abajo donde tanto le gustaba.
De su boca pasé a su cuello y pecho, el era mi postre, podía
solo lamerlo, morderlo suavemente, apretarlo, estrujarlo o dejarlo, nada me lo
impedía, era su dueña y el se había rendido a mi voluntad y mis caprichos en
cuerpo y mente. Recordé entonces el postre favorito de un amigo y decidí
probarlo. El se sorprendió un poco cuando impetuosamente mis besos cesaron me
puse de pie y regresé con una pequeña cereza. Ese postre favorito es simplemente
una cereza en el lugar adecuado y para mí en ese momento ese lugar era su
ombligo. Coloqué la cereza untada de un poco de almíbar en ese plato perfecto
que era el ombligo de Alex, pero no me lancé a devorarla de inmediato sino que
comencé a lamer su abdomen en forma circular acercándome cada vez más a la roja
cereza.
Cuando pasaba por la parte baja de su abdomen soltaba unos
gemiditos aún más notorios, entonces me demoraba un poco más allí. Leía en su
cuerpo, trataba de adivinar con el volumen e intensidad de sus gemidos que era
lo que quería, como y con que intensidad. Llegué por fin a la cereza y la tomé
entre mis labios. Me acerqué a su boca de nuevo y la compartí con el. Luego
mordí sus labios hasta sentirlos calentarse entre los míos.
Ya era hora de utilizar las esposas que yacían en la mesa de
noche, símbolo máximo de la dominación, instrumento de delicioso castigo… Tomé
sus brazos y los aferré justo arriba de su cabeza con un solo juego de esposas.
A continuación me liberé del sostén y mis tetas cayeron por efecto de la
gravedad mostrándose desafiantes y sensuales ante sus ojos. Mis pezones se
endurecieron bajo su mirada, casi me dolían y encontré mi alivio acercándolos a
su piel. Mis senos se deslizaron por su pecho mientras mis manos se apoyaban en
la cama y mis ojos no se separaban de su cara para estudiar cada una de sus
reacciones.
Para esas alturas estaba muy excitada mirándolo en ese estado
así que me liberé sensualmente de las bragas y me senté en su cara en cuclillas
para que me comiera el coño como tan bien lo sabía hacer. Con una mano abrí bien
mis labios para que su lengua entrara lo más que pudiera. Lamía
desesperadamente, me succionaba, bebía de mi sediento, desesperado por el hecho
de estar atado y no poder tocarme con sus manos. Sus labios hicieron lo que sus
manos no, besando mi fruto de placer, mordisqueándolo, lamiéndolo a velocidades
incalculables.
No tardé ni dos minutos en correrme bañando su cara por
completo con mis flujos los cuales me dediqué a lamer ávidamente de su propio
rostro unos segundos después mientras mi cueva aún se estremecía. Luego me
arrodillé entre sus piernas y miré su hermosa verga detenidamente. En la punta
brillaban unas gotitas las cuales bebí golosa.
Marcela: (diciéndole mientras me colocaba un guante de
látex) No te preocupes Alex, no te quedarás iniciado. Me encargaré que evacues
todas las cucharadas de semen que alojas en tus huevos.
Le indique que doblara sus rodillas y separara sus piernas
aún mas y tomando un poco de lubricante comencé a frotar su ano mientras el me
miraba incrédulo pero sin atreverse a decir nada. Comencé a introducir solo la
punta de mi dedo índice, muy suavemente por su estrecho canal que al principio
ofrecía resistencia. Lentamente empezó a ceder y mi dedo avanzó un poco más. Lo
saqué y lo lubriqué de nuevo para intentar ahora con dos dedos y luego tres.
Cuando los tres dedos, luego de varios intentos entraron sin dificultad por su
ya dilatado ano los dirigí internamente en dirección a su ombligo acariciando su
próstata. Mas me demoré en hacer esto que Alex en eyacular en medio de gritos de
placer que nunca había oído en hombre alguno dejándolo extenuado y en un estado
de semi inconciencia con el abdomen untado de leche. Continúe ordeñándolo
durante media hora más aproximadamente hasta que decidí soltarlo. El interés por
él me pasó de repente, tan rápido como había llegado.
Marcela: Báñate, ya te puedes ir, no necesito mas tus
servicios.
Alex apenas podía creerlo, lo había usado durante semanas,
acababa de proporcionarle el placer que no había sentido en toda su vida y ahora
no solo lo dejaba sin empleo sino también sin vida, sin razón de existir.
Marcela: No me mires así. Te voy a recomendar con una
amiga mía… en todos los aspectos. Te aseguro que ella se portará contigo casi
tan bien como yo. Si te sirve de consuelo has sido un buen esclavo.
Alex se fue de mi casa y de mi vida, ya era una prueba
superada. Dormí el resto de la noche como un bebé pensando en Alex por última
vez casi con nostalgia. Al día siguiente llegó mi esposo de su viaje y mi vida
retornó momentáneamente a la "normalidad". Pero mi conchita lujuriosa y más que
todo la necesidad de tener a alguien bajo mi dominio me obligaron a buscar un
nuevo chofer; esta vez uno rubito y mas difícil de domar.