17 de Marzo: es miércoles y hace exactamente una
semana que me encuentro en este horrendo lugar. Interrumpí este diario tanto
tiempo porque necesité cada partícula de mi ser y todo mi esfuerzo para poder
adaptarme mínimamente a las condiciones de vida de esta lúgubre casona en donde
estaba prisionera. Para que aquél lector que tenga interés en conocer esta
terrible historia en toda su magnitud y así pueda tener alguna noción de la
adversa situación presente, quiero, en primer lugar, relatar aunque más no sea
someramente cómo era el lugar en el que me hallaba.
Ya he dicho que era una casa de verano de construcción mas
bien antigua pero cuya arquitectura había sido remozada, de manera tal que por
fuera la fachada era bastante agradable sobre todo por el color verde claro que
le confería cierta sensación de serenidad a todo el lugar al estar en armonía
con el verde de la vegetación y el de las frondosas copas de los árboles que la
circundaba. Por dentro, ya he descrito el vestíbulo y la cocina, así que no
quiero cansar con nuevas descripciones por mas minuciosas que puedan llegar a
ser. Gran parte del tiempo en que estábamos ociosas nos la pasábamos en la
habitación en la cual me habían metido cuando me hube desmayado. Este dormitorio
era amplio y lo compartía con otras dos mujeres más con las que llegué a hacer
buenas migas, como se dice usualmente. La habitación era limpia y espaciosa,
amueblada con muebles de madera sólida y pesada pero cuyo diseño moderno daba un
aire confortable al lugar; decorado, por otra parte, en su conjunto con muy buen
gusto. La iluminación la proporcionaban en buena medida unos veladores que
estaban distribuidos por la habitación y que se encendían por control remoto;
este detalle otorgaba una sensación de recogimiento bastante singular. Teníamos
inclusive un pequeño equipo de música y una biblioteca con algunos libros para
distraernos en nuestros momentos de ocio.
Una de mis amigas era una morenaza de veinticinco años que
hacía un par de años había venido desde República Dominicana a probar suerte y
acabó vendiendo su cuerpo para poder subsistir. Su nombre era Joanna. Era muy
simpática y su gran boca de labios gruesos y rojos y sus dientes nacarados eran
muy sensuales sobre todo cuando se distendían en una sonrisa de complicidad. De
cuerpo también era muy atractiva: rondaba el metro setenta y cinco y su
contextura era más bien grande, lo que junto a su gesticular amplio y su voz
fuerte le daba a su personalidad un especial aire de mujerona; sus caderas eran
amplias y redondeadas y tenía unos muslos firmes que apenas se movían cuando
caminaba, sus nalgas también eran de una redondez casi perfecta y con una piel
suave y brillante; sus pechos no eran demasiado grandes pero sí muy sensuales.
En resumen, toda ella parecía exhalar el erotismo natural del Caribe. Por
añadidura era de los más agradable al trato, procurando olvidar lo terrible de
la situación con anécdotas picantes originadas en sus andanzas de callejera. Muy
pronto, terminábamos intercambiando experiencias y, las más de las veces, las
momentáneas risas permitían evadirnos del aciago presente.
Mi otra compañera de cuarto, y de desgracias, era una
brasilera del sur de Brasil que hablaba el castellano tan bien como su lengua
natal. Su nombre era Iomara y su principal virtud era la de ser sumamente
agradable en su trato con nosotras, era una persona de lo más atenta y cordial y
siempre bien dispuesta cuando se trataba de consolar a alguna de nosotras
olvidando sus propios sufrimientos por unos instantes. Nunca me atreví a
preguntarle qué circunstancias de la vida la habían llevado a ella, como a
nosotras dos, a tomar el camino de la prostitución para vivir. Era de estatura
más bien baja, quizá un metro sesenta o menos pero el tamaño de sus pechos eran
desproporcionados hasta la desmesura en relación al resto de su humanidad,
hubieran sido necesarias mis dos manos para abarcarlos por entero. Su trasero
también era bastante atractivo aunque no tanto como el de Joanna.
Además de los lugares ya descritos, no conocía muchos otros
de la casa y los que falten los conocerán a su debido tiempo para no sobrecargar
la redacción con datos inútiles.
Todo podría hacer pensar que no era demasiado espantosa la
situación en la que nos hallábamos tanto mis recientes amigas como la que les
habla pero la realidad era muy distinta a cualquier apariencia que cualquier
lector de estas líneas pueda hacerse.
Es de imperiosa necesidad aclarar, antes de entrar a la
cuestión principal, qué tipo de casa era esta y a qué se dedicaba y para qué
estabamos allí recluidas. Muy pronto me enteré por boca de mis compañeras de
cuarto que nuestros tres amos (así debíamos llamarlos aún cuando no los
tuviésemos ante nosotros) se dedicaban a la ruin práctica de la esclavitud
sexual. Principalmente durante los fines de semanas, y solo de manera ocasional
también entre semanas, acudían aquí distintos hombres ávidos por encontrar paz
para sus voraces apetitos de depravación. Este pseudo-burdel estaba regenteado,
como mencioné un poco más arriba, por tres hombres; a dos de ellos ya los
presenté así que ya es hora que les presente al tercero.
El último de mis amos me fue dado a conocer de la manera
menos grata en que una persona puede presentarse a otra; esto ocurrió el….
16 de Marzo: toda la mañana y gran parte de la tarde
no había parado de llover y el clima afuera era bastante ventoso y frío. Dentro
estaba bastante agradable y con la calefacción a una temperatura ideal nos
entreteníamos contándonos mutuamente nuestras experiencias mientras escuchábamos
de fondo la música que aleatoriamente pasaba la radio. Era en estos momentos
cuando la pasábamos realmente bien intercambiando bromas acerca de los clientes
que en suerte nos habían tocado y/o las aventuras que con alguno de ellos
habíamos tenido.
Sin embargo, esa vez, nuestras risas se vieron interrumpidas
bruscamente por la manaza del negro que abrió la puerta con tal violencia que
nos sobresaltó haciendo que diéramos al unísono un grito de sorpresa. "Vengan
las tres, putas" fue la única frase que salió de entre sus horrendos labios y
sin más dio media vuelta y se fue. Lo seguimos, tal y como se nos había enseñado
y nos llevó, bajando unas escaleras hechas de piedra ya descoloridas por el paso
del tiempo y las innumerables pisadas y que contrastaba brutalmente con el resto
de la mansión que hasta el momento había visto. Llegamos hasta un estrecho
pasillo de piedra igualmente descolorida y con manchas verdes de musgo en las
grietas; todo el lugar rezumaba una humedad que podía calar en los huesos de una
con una rapidez asombrosa. Finalmente nos detuvimos ante una pesada puerta de
hierro con gruesos remaches oxidados. Hacía mucho frío. El recinto en el que nos
encontrábamos era pequeño y de paredes también de piedra mohosa y hacía bastante
calor al punto de crear una atmósfera asfixiante por momentos a pesar de apenas
entrar la bocanada de aire caliente nos reconfortó. Todo aquel recinto tenía el
aspecto de una de esas mazmorras que existían en los castillos medievales. Allí
había otro hombre, el que me fue presentado como mi otro y último de mis amos y
al que, como al amo Joel y al amo Karl, debía obediencia y sumisión
incondicional y absoluta. Su nombre era Josh y su aspecto no por normal
resultaba menos repugnante.
Era un hombre de mediana edad, quizá unos cuarenta y cinco;
tenía unos ojos muy pequeños y grises y con una mirada ladina como nunca he
visto hasta ahora, sus labios eran inusualmente delgados y cuando sonreían me
producía inevitablemente un profundo escalofrío al tratar de imaginar qué
maldades estaría elucubrando o recordando. Su cabeza tenía, en conjunto, una
extraña forma ovoide que me llamó la atención (a mí sola puesto que tanto Iomara
como Joanna ya lo conocían). Era de contextura mas bien robusta y todo su cuerpo
estaba asquerosamente cubierto de pelo a tal punto que parecía que estuviese
envuelto todo él en una gruesa alfombra oscura e hirsuta.
Había en la sala varios aparatos de formas muy extrañas cuya
aplicación o utilidad ni siquiera me era dado suponer; con un gesto nos
condujeron hasta uno de los rincones más alejados de la puerta de entrada en
donde había colocado un cepo sujeto al piso por clavos oxidados de cabeza grande
y redonda. Unos centímetros más atrás había dos correas de cuero gruesas y de
aspecto resistente, así como dos bases semicirculares de metal cubierto ya de
herrumbre. El hombre que se hacía llamar Josh echó una mirada al conjunto ya
descrito y luego nos observó a nosotras tres que estábamos de pie delante de él
y en sus ojos, que iban de una a otra de nosotras, brillaba una llama de fiera
crueldad que no había visto en ninguno de los otros dos seres que nos tenían
allí encarceladas. Parecía el diablo en persona.
Sin mediar palabra y con solo un gesto de la cabeza por parte
del amo Josh, el negro cogió con fiereza por los cabellos a Iomara y la arrastró
hasta el cepo en donde en un santiamén se encontraba aprisionada. Acto seguido,
colocó ambas pantorrillas dentro de los semicírculos metálicos y los inmovilizó
con las gruesas correas de cuero. Mientras toda esta operación era realizada, el
amo Josh la contemplaba con respiración agitada y al mismo tiempo se regodeaba
observando de soslayo nuestras caras de espanto ante lo que sea que fuera a
pasar; todo su rostro se había transformado en una mueca maligna de deseo
inmundo. Una vez que todos los preparativos estuvieron hechos, el negro se
agachó y sin esfuerzo, desgarró la fina túnica que por única prenda llevábamos
puesta cuando estábamos en la mansión. Toda la espléndida redondez de sus nalgas
tersas quedaron al descubierto al alcance que las manos de los dos individuos
que no cesaban de acariciarlas impúdicamente, abriéndolas y pellizcándolas hasta
lograr que gimiese de dolor con las facciones contraídas. Se nos ordenó que
mientras tanto nos desnudásemos puesto que no habíamos sido traídas allí solo
para mirar. El amo Karl, el negro gigantesco, se acercó a nosotras y nos ordenó
que ambas nos arrodillásemos y se la mamásemos poniendo en ello todo el esmero
del que fuéramos capaz puesto que en ello nos iba la vida, nos aseguró. Nos
hincamos de rodillas al tiempo que el negro se desnudaba y quedaba con su
tremendo miembro ya erecto al aire. Nos colocamos una a cada lado de aquél
soberbio falo y empezamos a recorrerlo con la lengua; cuando Joanna iba hacia el
glande yo regresaba en sentido contrario y por el lado opuesto. Era
imperiosamente necesario que lo hiciésemos lo mejor posible dada la amenaza que
habían puesto sobre nuestras cabezas en caso contrario; y ya teníamos
experiencia de que no amenazaban en vano.
Por tanto, nuestras lamidas, que habían comenzado tímidas y
temerosas, muy pronto se volvieron muy excitantes puesto que ambas jugábamos con
el impresionante glande moviendo rápidamente las lenguas sobre su superficie.
Luego nos turnábamos, como las chicas educadas que éramos en el fondo, para
llevarnos el pene a la boca; ya he contado que debido al excesivo tamaño de
aquél miembro todo lo que cabía en la boca era el glande, no más. Fui la primera
en llevármelo a la boca; abrí los labios todo lo que me permitieron las
articulaciones y al tiempo que lo miraba con lascivia a los ojos con mis pupilas
oscuras, lo introducía lentamente dentro de mi cavidad bucal dejando entrever
como mi lengua colorada y caliente estaba ya pronta a darle una cálida
bienvenida. Lo succioné con todas mis ganas y sentía cómo la elástica piel de
mis mejillas se expandían como si fueran a reventar de un momento a otro con los
impulsos de la verga del negro. Mientras tanto, Joanna no permanecía inactiva,
por el contrario se dedicaba por entero a sus testículos. La lengua de la negra
era muy roja y esa circunstancia confería un erotismo extra a cada acción que
emprendía con ella. Como decía, dibujaba pronunciados círculos sobre la bolsita
de piel que guardaba aquellos huevos también bastante mayores que el promedio y
podía oír los débiles gemidos que esto le arrancaba al negro enorme cuya verga
tenía en mi boca; después cambiaba de técnica y abriendo su boca al máximo, se
metía uno de los testículos o ambos y allí con ayuda de su lengua los impulsaba
a uno u otro lado de la cavidad bucal como si de una pastilla de menta se
tratase.
Mientras yo no cesaba de sobarle el miembro a pesar de que
por momentos sentía adormecida la mandíbula inferior, lo que me obligaba a tomar
un respiro durante el cual recorría con la lengua toda la longitud de aquella
vara de carne como si fuera un extraordinario helado o un delicioso chupetín.
Mientras levábamos a cabo nuestra tarea, de reojo podíamos
ver lo que sucedía en el cepo. Iomara continuaba aprisionada en él y Josh estaba
de rodillas detrás de ella con las manos separándole las nalgas y su lengua
lasciva, perversa, se introduciéndose aviesamente por el estrecho agujerito
trasero y allí le daba unas chupetadas feroces con su lengua ancha y seca.
Recorría con la lengua todo el trasero de la blonda brasilera mientras ella
contraía todo su rostro en una mueca mezcla de espanto y el más profundo y
sincero asco; sus pechos enormes colgaban, bamboleándose, y chocaban contra las
rústicas vigas del cepo a causa de la fuerza de las embestidas de aquella cara
inmunda.
No tengo idea de cuánto tiempo permanecimos en esa escena, y
es que tenían el demencial poder de prolongar eternamente cada segundo de la
existencia de cada una de nosotras con los tormentos más variados. Finalmente,
el amo Josh se incorporó y secándose la boca con una mano se dirigió hacía uno
de los rincones de la mazmorra que estaba cerca de la puerta por la que habíamos
entrado y de un recoveco oculto en la pared descolgó un pequeño látigo de siete
puntas y lo hizo restallar un par de veces en el aire como para anunciar que
todo lo anterior no había sido más que un prólogo y que lo mejor recién ahora
iba a tener lugar. A las tres nos corrió un sudor frío y el corazón se nos
encogió de pánico al escuchar es sonido del látigo al cortar el aire
violentamente y nuestros amos se miraron significativamente e intercambiaron una
sonrisa inequívoca. Joanna y yo chupamos, entonces, con más ganas que nunca.
Con paso lento se acercó hasta el cepo y contempló con
deleite las hermosas nalgas de la rubia que ofrecían a su mirada una piel suave
y brillante a causa de las lamidas que hasta hacía unos segundos le había
prodigado. Las acarició y por el aspecto que el conjunto de su personalidad
irradiaba parecía que aquello constituía un verdadero ritual. Por nuestra parte,
habíamos suspendido nuestra labor para contemplar sobrecogidas lo que estábamos
segura iba a suceder. El amo Karl, lejos de llamarnos la atención se frotaba el
miembro al tiempo que observaba nuestras reacciones de creciente terror, y ese
sufrimiento, como no podía ser de otra manera, lo excitaba más que la mejor
chupada que una mujer pudiese darle.
En un breve segundo el rostro del amo Josh se transfiguró y
cayó sobre las nalgas de Iomara un primer latigazo brutal que la hizo aullar de
dolor. A éste le siguió otro igual de brutal que le arrancó otro desgarrador
alarido de profundo dolor; sus facciones descompuestas por el dolor más agudo.
Nosotras contemplamos el espectáculo con el más profundo espanto y congoja por
el sufrimiento de nuestra amiga, teníamos ganas de llorar y pedir piedad, pero
sabíamos que era inútil y que, por el contrario, los excitaría aún más, así que
optamos por guardar silencio. Ni siquiera Iomara, que era sobre la cual se
estaba ejecutando tan brutal castigo, separaba sus labios para suplicar
clemencia. Un tercer trallazo más fuerte que los dos anteriores la hizo
estremecer y gritar como poseída.
El amo Karl, al vernos inmovilizadas mirando todo aquello nos
rugió con su voz atronadora: "¿ustedes que miran, putas del demonio?". De
inmediato nos fue asignada una nueva y detestable tarea. A Joanna le toco en
suerte mamársela nuevamente al negro (parece ser que sentía especial
predilección por mi amiga dominicana), mientras que yo tuve que hacer lo propio
con Josh al tiempo que un nuevo y lacerante trallazo caía sobre las nalgas de
Iomara. De pronto se detuvo y me miró fijamente con la expresión en el rostro
del que de pronto descubre la idea genial con la ultimará un gran invento y que
durante mucho tiempo permaneciere caprichosamente oculta. De sus labios, sin
embargo, salió lo siguiente frase demencial acompañada de la glacial mirada de
sus ojos color humo:
-¡Vamos a jugar un apasionante juego que se me acaba de
ocurrir, perrita!. Voy a darte la posibilidad de que le puedas ahorrar parte del
sufrimiento a tu amiga. Lo único que tienes que hacer, mientras yo azoto a esta
puta rubia, es chupármela como lo estas haciendo hasta que acabe, linda; quiero
que te tomes toda mi caliente y dulce simiente. Para hacer un poco más atractivo
el juego te advierto que si se me llega a bajar la verga, tu ocuparás el lugar
de ella y si ella se desmaya antes que tu me saques la leche, también te voy a
azotar a ti. ¿Entendido, zorra?.
¿Qué podía responder ante tal amenaza?. Callé y volví a
introducir en mi boca el falo del amo Josh justo en el momento en que descargaba
un nuevo latigazo sobre mi compañera de desgracias y que la hizo aullar de dolor
y estrecerme de espanto pensando que uno semejante podía caer sobre mis
posaderas. Con cada nuevo azote, mi boca iba y venía con redobladas ganas
llegando a meterme por entero aquél miembro dentro de la boca al punto que por
momentos lo sentía golpear contra la garganta produciéndome ligeras arcadas. El
amo Karl, mientras tanto, seguía con sumo interés todo aquello al tiempo que
Joanna succionaba su gigantesco miembro con verdadera fruición jugueteando con
su lengua deliciosamente sobre la cabeza de su pene. La rubia Iomara ya no
respondía a los azotes que se le prodigaban sino que emitía sordos quejidos,
como si todo su cuerpo se hubiera acostumbrado a este tipo de castigo.
Mi boca seguía tragándose una y otra vez el miembro erecto
del amo Josh observando cada uno de sus gestos para adivinar el momento en que
se correría. Entre latigazo y latigazo, de repente, sentí dentro de la cavidad
bucal cómo la verga aquella crecía aún más y casi de inmediato una potentísimo
chorro de semen me inundo la boca por completo justo en el instante en que la
tenía toda dentro. El hirviente líquido paso directo por mi garganta y pareció
quemarme el esófago como si fuera plomo fundido. Un segundo después, una segunda
andanada igual de abundante llenó por completo mi boca al punto que me obligó a
inflar los cachetes para poder contener tanto caudal justo en el mismo instante
en que trataba de desembarazarme de ese pedazo de carne que parecía no dejar
nunca de escupir leche. Tres o cuatro descargas más me alcanzaron en plena cara
obligándome el amo a recibirlas con agrado. Cumpliendo su promesa había cesado
de castigar a mi compañera y ahora se entretenía con suma atención en esparcir
por todo mi cutis su inmundo esperma utilizando su vara como un a modo de
pincel.
El amo Karl, que miraba con atención la escena, se excitó
todavía más al ver mi rostro cubierto de esta manera y separándose de la negra
se dirigió resueltamente, y blandiendo su terrible maza con una mano, hacia
Iomara que yacía, desfallecida, en el cepo, sollozando quedamente tras el
castigo recibido. Sin mediar palabra alguna, apoyó la negra cabeza de su
terrible miembro y de una embestida se abrió paso dentro de su culo desollado.
La rubia, sin embargo, emitió un leve grito que se asimiló más a un gemido. El
negro la cogió con rudeza por la cintura, sangrante por varias partes debido a
los azotes que por esa parte habían caído, y de otra única embestida introdujo
por entero aquel terrible cipote; esta vez, mi compañera sí profirió un agudo
aullido de dolor, la estaban desgarrando por dentro con cada nueva arremetida
del bestial amo Karl. Joanna y yo, a todo esto, éramos meras espectadoras, se
habían olvidado de nosotras ambos amos.
El amo Josh lanzó a un rincón el látigo que hasta ese momento
sostenía y tomó de un sucio estante de madera a medio podrir una botella de
vidrio que en su interior contenía un líquido transparente. Con una expresión de
inenarrable maldad en toda su faz se acercó al cepo en donde Iomara estaba
siendo sodomizada; el amo Karl, al verlo venir con el recipiente lo miró y
sonrió de costado en una mueca repugnante de malvada complicidad. El negro se
detuvo dejando su pene, cuán largo era, dentro del ano de la rubia, sus huevos
estaban apoyados contra su vulva lastimada. La atmósfera allí era opresiva a
causa del calor excesivo que hacía así como por el trato cruel al que nos
veíamos sometidas, el pecho parecía a punto de estallar de un momento a otro.
Con la lentitud agónica del que disfruta al máximo del terror que causa la
incertidumbre de lo espantoso, desenroscó la pequeña botella e inclinándola
levemente sobre una de las nalgas de Iomara, vertió un chorrito de aquél líquido
traslúcido. Al contacto de este líquido sobre las heridas producidas por los
repetidos latigazos, se dejó oír un desgarrador grito de dolor que hubiera sido
suficiente para quebrar las cuerdas vocales de cualquier ser humano; se retorcía
espasmódicamente buscando lo imposible, zafarse del cepo que la aprisionaba.
Comprendí que el líquido que contenía la botella no era otra cosa que alcohol
fino y el dolor no podía por menos que ser insoportable.
El negro, a todo esto, permanecía inmóvil con su gruesa
tranca metida completamente entre las doloridas nalgas de Iomara; todo su rostro
estaba deformado por el placer extremo que le causaban los intentos vanos de su
esclava por aliviar el dolor y como con cada sacudida de su culo maltrecho era
estimulada su verga. Un nuevo chorro de alcohol le arrancó otro agudísimo
alarido de dolor y nuevas y más ostensibles sacudidas de todo su cuerpo
atenazado por el sufrimiento. Ambos gozaban enormemente. En las pupilas del amo
Josh había un demencial brillo demoníaco que las encendía como brasas en la
oscuridad más cerrada de una noche sin Luna. El amo Karl, finalmente, le hizo un
gesto y su compañero de tormentos dejó a un lado el recipiente y, entonces, el
primero reanudó sus embestidas feroces sacando y metiendo en toda su longitud y
de manera terrible aquél enorme miembro. Bufaba como si fuera un toro
embravecido o un búfalo salvaje. Nosotras dos solamente contemplábamos aterradas
la escena que estaba teniendo lugar ante nuestros ojos.
Después de un tiempo que muy bien podía haber sido una hora o
dos minutos el negro Karl se incorporó violentamente y se dirigió a Joanna:
"vamos puta de mierda que quiero que recibas toda mi leche, quiero ver esa
lengua viciosa de zorra que tienes". De inmediato, mi compañera se colocó a sus
pies y con la boca abierta tanto como sus mandíbulas se lo permitían, aguardaba
con la lengua rosada y brillante el delicioso líquido seminal. El negro rugió
con la ferocidad de un animal acorralado y con el rostro descompuesto en una
expresión de éxtasis supremo, baño la cara morena de Joanna con una profusa
descarga de leche que la obligó por instinto a echarse para atrás; un segundo
chorro de semen cayó sobre su lengua pálida del miedo y con una mueca de asco
indescriptible lo metió dentro de la boca y la volvió a abrir justo a tiempo
para recibir otra poderosa descarga, y luego otra más y otra, hasta que
finalmente todo hubo acabado.
Iomara fue sacada del cepo y no sin esfuerzo logró ponerse en
pie y con nuestra ayuda pudo llegar a la habitación en las que estábamos
recluidas. Pero ya es hora de que volvamos a donde me quedé cuando comencé esta
digresión, es tiempo de volver al…
17 de Marzo: Como hube mencionado al comienzo, la
parte del día en la que no estábamos especialmente ocupadas en algo, nos la
pasábamos, forzosamente, dentro del cuarto. Digo esto pues nuestros amos
procuraban con dedicación que una gran parte del día la pasásemos ocupadas. Las
tareas se dividían más o menos del siguiente modo. Dos veces al día y durante
dos horas y media por sesión nos veíamos obligadas a llevar a cabo un estricto
programa de entrenamiento físico que tenía una doble finalidad de acuerdo a lo
que mis amigas me explicaron; por un lado servía para mantener una figura
esbelta para hacernos lo más atractivas posibles para nuestros clientes y, por
otro lado, la variedad de ejercicios permitían que aumentara nuestra resistencia
a los tormentos que nos inflingían tanto nuestros amos como los eventuales
clientes. Entre sesión y sesión de ejercitación debíamos dividirnos las tareas
para mantener en un perfecto orden y limpieza toda la mansión así como los
alrededores. Estas tareas por sí solas nos ocupaban casi todo el tiempo que
teníamos para descansar entre ambas sesiones.
Por la noche, y una vez acabadas nuestros respectivos
menesteres, teníamos como deber esencial el de servir a nuestros amos que
gustaban de reunirse hasta bastante tarde en la sala de estar de la casona. A
estos efectos nuestra obligación era la de estar perfectamente aseadas y
perfumadas y adornadas con la túnica semitransparente que llevábamos cuando no
nos dedicábamos a alguna tarea en especial. Esta exigencia también tenía una
doble razón de ser: por un lado debíamos estar listas para satisfacer de
inmediato cualquier requerimiento sexual o capricho que a alguno de los amos se
les antojase y, por otra parte, era necesario que estemos preparadas por sí
llegase de improviso a entrar alguno de los habitues de esta horrible
casona del demonio.
Antes de seguir con este relato quisiera ilustrarte, lector
que seguiste pacientemente hasta aquí esta escabrosa historia de sufrimiento,
acerca de cómo eran mis amos cuando no estaban poseídos de la furia natural de
perversión. La descripción física de cada uno ya fue hecha así que me gustaría
detenerme un poco en lo que a su personalidad se refiere.
El amo Josh era, con toda certeza el más sincero de los tres
puesto que no pretendía controlar, a diferencia de los otros dos, en lo absoluto
su insaciable deseo de provocar dolor a cualquier representante del sexo
femenino que cayese entre sus manos y no pocas veces, según me fue referido, una
que otra mujer encontró la muerte o algo mucho peor con él, pero eso es algo que
relataré en otro momento. Me sorprendió bastante el hecho de que tuviera, o por
lo menos así me lo pareció, una gran cultura puesto que muchas veces se
explayaba ante sus compañeros acerca de temas médicos utilizando términos de lo
más estrambóticos que en mi vida haya escuchado; además disertaba con la
seguridad de un gran orador y con gestos amplios propios de una persona
extrovertida. Su voz era fuerte aunque algo áspera y que tenía todo el poder
para transformar en detestable la frase más bella que una persona pudiese llegar
a decir. Quitaba valor a todo aquello que pudiese dar significado a la vida. Por
lo demás, parecía ser un individuo de lo más ruin y miserable que tuve
oportunidad de conocer.
Karl, el amo Karl, el negro de la tranca gigantesca, era más
bien parco y tímido; nunca hablaba a excepción de que se le dirigiera la palabra
y en esos casos lo que decía hacía pensar que su silencio hubiera sido de mayor
valor. Dicho de modo más claro, era una bestia para todo lo que no fuese
sodomizarnos. Sus ojos inquietos estaban constantemente en movimiento y parecían
vivir en un perpetuo estado de alerta. Debía de ser bastante inseguro de sí
mismo y era evidente que estaba allí porque, por alguna razón, los otros dos lo
habían traído; no tomaba ninguna decisión importante y los tratos con los
clientes eran llevados a cabo por el amo Josh o el amo Joel.
Con respecto a éste último, era el más refinado de los tres,
el de más categoría podríamos decir, además de poseer una cultura mucho mayor
que la de su colega Josh. Su gusto por el sufrimiento ajeno era más refinado
dado que en muy raras ocasiones recurría a la agresión física directa a menos
que se trate de algún castigo. Sin embargo, sentía una especial atracción por
todo lo que implicase humillaciones y denigraciones e inventaba infinidad de
juegos a tal efecto. En una ocasión, hará dos días nada mas, creyeron que era
conveniente que para nos acostumbrásemos a ser dóciles debíamos andar en cuatro
patas y de esta humillante manera servir en todo a nuestros amos recibiendo por
paga un puntapié cuando no éramos lo suficientemente diligentes o una caricia
inmunda entre las nalgas cuando sí lo éramos. Dejo a la apreciación de cada uno
qué era preferible. También había sido el creador de otra extraña costumbre que
era la de que no debíamos ser llamadas por nuestros nombres nunca más por nadie
sino que, puesto que solo constituíamos meros juguetes de placer, de ahora en
más debíamos responder a llamadas como la de "puta", "zorra", "puerca", "sucia",
"marrana", "inmunda tragaleche" y cualquier otra cosa que se les viniese a los
labios en el momento de llamarnos. El resultado era que todas debíamos estas
atentas a cualquier llamado y acudir presurosas puesto que, y no por una fatal
coincidencia, justamente la que había quedado rezagada era a la que habían
solicitado, y era entonces cuando se solazaban propinando un castigo acorde con
tamaña falta. Era algo verdaderamente diabólico, propio de una mente enferma.
Pero no quiero extenderme, so pena de aburrirte, lector, con
estas descripciones así que las iré distribuyendo a lo largo de la historia.
Volvamos, por lo tanto, a ella.
19 de Marzo: era casi la medianoche del viernes y las
tres estábamos en nuestro cuarto completamente extenuadas, no tanto por el
trabajo al que nos veíamos compelidas a realizar, sino por otra nueva
circunstancia que pudiera parecer en un principio como una nimiedad, otra prueba
más de que la más mínima de las cosas puede convertirse en el peor de los
tormentos en las manos de una mente depravada.
El agotamiento general se debía, como digo, a un hecho
aparentemente sin importancia. El amo Josh esta misma mañana había vuelto de la
capital demasiado alegre, mucho más de lo habitual en él y eso nos alarmó
sobremanera. Esta misma noche pudimos comprobar a qué se debía tal euforia.
Había ido a la capital a ver a un viejo amigo que tenía para él algo muy
especial, se trataba de una vara retráctil de metal que en toda su extensión
debía medir aproximadamente un metro y que en su extremo tenía una pequeña
bolita metálica y que con solo apretar un botoncito producía una descarga
eléctrica que, si bien no ocasionaba ningún daño considerable, paralizaba a
cualquier sujeto por unos segundos.
Los otros dos amos estaban enterados de la llegada de tal
artefacto y estaban absolutamente decididos a no dejar pasar el día sin ponerlo
en funcionamiento. Fue en estas circunstancias que el amo Joel se dirigió a
nosotros más o menos en estos términos con la voz acariciadora con la que se
presentó ante mí la primera vez que lo conocí.
- Perras, se me antoja en este preciso instante que se pongan
en cuatro patas como las zorras que son y nos atiendan. ¡Vamos, Vamos; sin
perder el tiempo! –el tono de su voz contrastaba extraordinariamente con el
contenido de la orden que acababa de impartir y a la que obedecimos sin siquiera
rechistar.
Luego se dirigió a mí ordenándome que inmediatamente le
lamiera los huevos lo mejor que supiera; me acerqué con una prontitud inusitada
y en un santiamén me encontraba a sus pies deslizando mi lengua húmeda sobre la
lisa y peluda piel de sus testículos. El amo Joel me observaba con atención del
mismo modo en que un exigente jefe vigila la tarea que realiza un aprendiz su
primer día de trabajo. Luego, ordenó a Joanna y a Iomara que se colocaran detrás
de mí y con sus traseros apuntando hacia él, lo menearan al unísono al tiempo
que se masturbaba sin cesar. El negrazo, mientras tanto, miraba aquello con gran
y creciente deseo.
No habrá pasado más de minuto en esta posición cuando a mis
espaldas oí un agudo grito mezcla de dolor y sorpresa e instintivamente giré la
cabeza. Pude ver al amo Josh con la maldita vara eléctrica que acababa de
colocar sobre el culo de la negra produciéndole un estremecimiento doloroso.
Siguió con la rubia Iomara, que profirió un agudo grito y así, una y otra eran
sometidas a estas repetidas descargas que dejaban todo su cuerpo agarrotado por
la electricidad que aún recorría sus músculos. Joel, a todo esto, no cesaba de
masturbarse y una sonrisa de gozo iluminaba, imborrable, su faz. Volví a mi
tarea lingüística, por así decir. El amo Karl parecía disfrutar igualmente al
contemplar aquellos soberbios traseros vibrando atenazados por la corriente
eléctrica y los gritos que emanaban de aquellas gargantas. Su miembro estaba
completamente crecido y ansioso de internarse por las estrechas cavidades a las
que tan adicto. Se puso de pie.
Desde la posición en la que me encontraba trataba de
permanecer atenta a la escena porque no quería ser sorprendida por ese bastón
endemoniado; pude ver al negrazo que se ponía de pie sosteniéndose su poderosa
tranca y se dirigía hacia Joanna; haciendo un gesto a Josh para que la dejase de
atormentar, se colocó detrás de ella y, mientras ésta sollozaba, el negro
introdujo por entero su verga por el estrecho culo de la negra que no pudo
contener un grito de desesperada angustia. Se movía por entre sus nalgas con
fiereza enterrándole su miembro hasta el fondo mientras que yo ahora estaba por
entero dedicada a chupar el pene del amo Joel; cada vez que mi cabeza bajaba se
tragaba una buena porción de carne dura. Podía sentir como se estremecía cuando
mi lengua caliente rozaba una y otra vez, viciosa, el glande redondeado y terso
y su mano sobre mis cabellos me invitaba tácitamente a hacerlo cada vez mejor.
Es que de los tres amos a las que nos veíamos sometidas, éste era el que mejor
se comportaba puesto que era el único que no nos vejaba físicamente; y eso, en
la presente situación significaba bastante, como muy bien puede darse cuenta
cualquiera.
Como música de fondo, llegaba a nuestros oídos los continuos
chillidos de Iomara que era perseguida por toda la amplia sala por el degenerado
del amo Josh propinándole incesantes descargas entre grotescas y ensordecedoras
carcajadas.
Al amo Joel le complacía de modo especial el hecho de
observarme como le pasaba la lengua por la regordeta cabeza de su verga, por lo
que sin esperar petición alguna me dediqué con singular esmero a lamer no solo
el glande sino toda la vara de carne erecta con una lengua extremadamente
caliente y húmeda que mostraba por entero. Los ojos verdes de mi amo estaban
clavados en los míos, que lo miraban lascivamente esperando la tan ansiada
lechita caliente.
Me vi de repente interrumpida por la presión de algo que se
apoyaba en la puertecita del ano; era algo muy duro y grueso y sin esfuerzo
alguno supuse que no era otro que el sodomita del amo Karl que pretendía cambiar
de montura. Efectivamente, buscaba colar su tremendo glande entre mis nalgas
que, apretadas, trataban de proteger el acceso a mis entrañas. Traté de voltear
para ver la situación, pero antes de atinar siquiera a realizar algo como eso,
el amo Joel me tomó con una mano por los cabellos al tiempo que con la otra me
obligaba a que le diese una nueva mamada. Mis ojos oscuros se agrandaron hasta
casi desencajarse y el conjunto de mi cara se trasformó en una grotesca mueca de
mudo dolor cuando el negro penetró dentro de mi ser y, una vez allí, entraba y
salía a voluntad partiéndome al medio con cada arremetida. El amo Josh, a todo
esto, ya había acabado de atormentar a la rubia Iomara, a la que había dejado
tumbada boca abajo en el piso en el lugar en donde había caído agobiada por la
penosa y denigrante persecución; siguió con Joanna haciéndole recorrer toda la
estancia a cuatro patas con el poder de su bastón eléctrico.
El conjunto de esta visión dantesca excitó de la manera más
increíble al amo Joel. Atenta como estaba a la escena de la que éramos
desgraciada parte. no advertí las contracciones características del miembro que
anuncian la eyaculación. Mi boca se vio, subrepticiamente, inundada por una
terrible cantidad de semen, espeso, caliente y salado que, debido a lo
inesperado, me causó un ahogo que me obligó a toser violentamente mientras que
el amo Joel descargaba el resto de su líquida carga sobre mi cabeza sembrando de
perlas blancas mi cabeza azabache. Casi al unísono, y quizá excitado por las
convulsiones de mi cuerpo debidas al acceso de tos, un potente chorro de esperma
hirviente me quemó las paredes de los intestinos y la sentía deslizarse hacía
algún recóndito e indefinido lugar de mi cuerpo. Una segunda y tercera descargas
iguales de potentes terminaron por anegar mi cavidad, a pesar de lo cual el
negro seguía expidiendo leche como si se tratase de una maldita bomba neumática.
Una vez satisfechos de esta manera, el amo Josh pasó a ser mi
nuevo torturador, acosándome con su endemoniado bastón por todo el salón hasta
que extenuada por la presión psicológica que suponía dicha situación de escapar
desplazándose en cuatro patas y las descargas que me paralizaban impidiéndome
reaccionar a tiempo, me eché en un rincón y, insensible a todo castigo, soporté
con lastimosa resignación las andanadas de electricidad que me propinaba
mientras que con sus risotadas me aturdía sintiéndome desfallecer.
Finalmente, nos dejaron en paz permitiéndonos que nos
retirásemos a descansar. Las tres nos sentíamos invadidas por un profundo
cansancio físico y moral por todo lo acabado de experimentar. Sin decir palabra
nos recostamos en nuestras respectivas camas y, sin poder borrar de la mente las
imágenes ominosas de la bestialidad de aquellos repugnantes seres, tratamos de
conciliar el sueño.
Debíamos estar en un estado muy próximo a la semiinconciencia
que no es otra cosa que la antesala del sueño reparador, cuando la puerta se
abrió de forma súbita e irrumpió dentro el amo Josh portando en su mano
izquierda una soga que en uno de sus extremos formaba una horca como la usada
antaño para colgar a los delincuentes en el lejano Oeste. Nos despertamos
sobresaltadas y nos miramos unas a otras con idéntica expresión de espanto en el
rostro. Las pupilas de aquél degenerado tenían un brillo igneo como si hubiera
tomado dos carbones encendidos y los hubiera incrustado en las cuencas de sus
ojos. Tenía el aspecto del que está desesperado por poner fin a algo en forma
urgente; su pecho subía y bajaba con agitación. Cerró la puerta con una fuerza
que nos hizo sobrecoger en nuestros lugares; por primera vez desde que estoy en
esta maldita casona me entraron unas ganas incontenibles de gritar y llorar de
impotencia y lanzarme a los pies de este individuo y rogarle clemencia. Sin
embargo, me contuve puesto que de nada serviría, sino todo lo contrario.
Se acercó a mí y sin pronunciar una sola palabra, cogió uno
de mis senos y lo estrujó con la rudeza con la que se escurre un trapo empapado,
hasta que una mueca de agudo dolor me contrajo la cara. Todo mi cuerpo estaba
siendo sacudido por un temblor convulso que me costaba grandes esfuerzos no
traslucir. Deslizó su mano hacia abajo hasta detenerse en mi entrepierna y,
allí, coló un dedo en el interior de la vagina de la manera más impúdica en que
puede ser mancillada una mujer; era un ser verdaderamente repugnante. Movía
dentro mío su dedo de una manera horripilante, arañándome con su uña larga y
dura y que tenía la forma del pico de un loro. Me contuve aguardando con los
párpados apretados a que terminara. Volteó y vio tendida en su lecho a la rubia
Iomara y le ordenó que se acercase y de inmediato se colocase en posición canina
en el medio de la habitación. Ella lo hizo sin siquiera rechistar y con
increíble diligencia.
El amo Josh se acercó a ella con gesto adusto y sin mediar
palabra le colocó la horca alrededor del cuello y ató el otro extremo a un
radiador que nos proporcionaba calefacción y que estaba adosado a la pared y que
en ese momento no estaba encendido. La cuerda gruesa quedó algo menos que
tirante. Las pupilas de aquél degenerado rezumaban odio hacia todo, pero en
especial y por alguna oscura e incomprensible razón, hacia nuestra blonda
compañera. Con Iomara sujeta de esta manera, se dirigió a Joanna con las
palabras más crueles que se les vinieron a su mente depravada, y le exigió que
al momento se la mamara. El velludo torso del amo subía y bajaba con la
agitación propia del deseo; la negra se arrodilló delante de él y tomando el
pene erecto con una de sus manos, se lo introdujo completo dentro de su cavidad
bucal. Sus labios carnosos y su mano se movían al mismo ritmo estimulándolo
doblemente: lo masturbaba al mismo tiempo que se la succionaba frenéticamente
bajo la mirada despreciativa del amo que parecía estar juzgando con excesiva
estrictez cada lamida que le prodigaba. La lengua colorada y brillante de ella
recorría aquél glande redondo que por el reflejo de la luz de la habitación
sobre su superficie tersa le daba cierto brillo de malignidad; dibujaba
infinitos círculos de saliva para luego volver a metérselo en la boca.
Giró su cabeza y me echó una mirada furibunda que me hizo
estremecer y a un tiempo, quizás por un reflejo inconsciente de
autoconservación, me hizo poner de pie y acercarme al amo con la cabeza gacha,
sumisa, esperando sus ordenes. Me ordenó que ocupase de inmediato el lugar de mi
negra amiga y que puesto que "esta puta lo había echó endiabladamente bien, iba
a ser mucho mejor para mí que me esforzase para hacerlo mejor". Sentí en mis
ojos la tibieza que precede al llanto y mis pupilas debieron brillar con alguna
lágrima que, rebelde, pugnaba por salir, puesto que el amo Josh me dirigió una
mirada en la que se mezclaban el desprecio y la soberbia y, sin repetir la orden
que me había dado, espero con una expresión endurecida de dignidad real en sus
facciones, a que se ejecutara. Incliné, por tanto, la frente y me arrodillé y
comencé mi tarea. Su miembro era un poco inferior a la talla media y estaba muy
rígido. A la tercera o cuarta vez ya pude meterme dentro una buena porción de su
tranca; la podía sentir golpeando contra la garganta con su cabeza puntiaguda y
redondeada. Las mejillas se me hinchaban cada vez que hacia la cabeza hacia a un
lado u otro; sabia que el ver esto le producía un especial placer. Lo miraba a
los ojos con fingido placer cada vez que mi lengua acariciaba su glande, pero
sus pupilas me devolvían una mirada gélida y autoritaria que se regodeaba en el
hecho de pensar en el odio que en ese preciso instante estaría sintiendo por él
y que me corroía el corazón y me envenenaba la sangre. Por momentos mantenía la
verga dentro de mi boca y allí dentro la lamía paseando mi lengua salvajemente,
como loca, procurando que descargase sus jugos allí mismo y todo ya terminase
por este día maldito, a pesar de que sabia que el día siguiente no iba a ser muy
distinto.
Mis esfuerzos se vieron frustrados violentamente cuando un
soberbio bofetón me arrojo casi a un metro de distancia en donde quedé tendida
sollozando con la mano sobre la mejilla que había recibido el terrible golpe.
Sobándose el miembro con una mano, se acerco a la rubia, que permanecía en la
misma posición en que la había dejado; esto es, atada por el cuello al radiador
adosado a la pared tal y como se hacen con los perros cuando se los castiga. Se
coloco detrás de ella, esto es entre el radiador y el culo de Iomara y, apoyando
ambas manos en sus nalgas redondeadas, separándolas, de una sola embestida se
coló dentro de su ano. La rubia se limito a exhalar un sordo quejido ante esta
súbita invasión a su ser y aguantaba con estoicidad griega cada uno de los
salvajes embates del amo. Joanna fue solicitada; le fue ordenado que se colocase
con una pierna a cada lado del cuerpo de su amiga y, de cara a su amo, le
ofreciese los pechos. Antes incluso de que acabase de pronunciar la frase, ella
ya se encontraba en la posición indicada. Yo me limitaba a observar pasivamente,
desde el suelo, el conjunto de la escena.
La negra le ofreció con ambas manos sus delicados y jóvenes
pechos a aquella boca de dientes amarillentos y labios delgados circundada por
una barba de tres o cuatro días que aumentaba su aspecto de suciedad. Sin dejar
de bombear se dedicó a chupar con voracidad los pezones de Joanna que sin
embargo no conseguían despertarse; el amo Josh aprisionaba ora uno ora otro de
los pezones con sus labios y los tiraba hacia fuera y entonces los contemplaba
con inmunda lujuria. Muy pronto, los lenguetazos de que eran objetos las tetas
de mi compañera se convirtieron en mordiscos para luego terminar siendo
verdaderas dentelladas más apropiadas para la boca de algún lobo hambriento que
en la de un ser humano; los repetidos mordiscones en diversas partes de su pecho
formaron de inmediato manchas escarlatas de alguna de las cuales brotaron,
solitarias, gotas de sangre; estas gotas rojas caían pesadamente al piso, en
donde se mezclaban con las lágrimas que los ojos oscuros y fuertemente cerrados
de Joanna dejaban escapar entre gemidos y sollozos. Sufría horriblemente.
Mientras tanto, pude observar que mi otra amiga no la estaba
pasando mucho mejor. La soga a la cual estaba atada y que al principio estaba
bastante laxa fue, con las continuas arremetidas del pene del salvaje,
tensándose cada vez más hasta quedar tirante y el lazo en torno a su cuello fue
estrechándose más y más. La rubia se revolvía espasmódicamente, ahogada por la
cuerda que le aprisionaba la garganta. La cuestión, aparentemente, era saber que
sucedería primero: si el amo acabaría o la esclava moriría. El amo Josh parecía
estar en la cima del placer sintiendo a su esclava vibrar y debatirse de esta
manera entre la vida y la muerte que le acechaba.
- Te aseguro, puta, que nunca en tu miserable y perra vida
deseaste tanto mi leche como en este instante, ¿no es así?.
No hubo respuesta de ningún tipo sino que las convulsiones de
aquél cuerpo se hacían más violentas. Todo su rostro estaba adquiriendo un color
morado característico mientras la soga se enterraba en la piel del cuello y la
nuca. Un segundo antes de que Iomara perdiera el conocimiento, el amo rugió
bestialmente y las entrañas de la rubia fueron inundadas de semen hirviente que
se deslizó por sus intestinos como si fuera un río de lava volcánica. Siguió
moviéndose hasta vaciar por completo sus huevos, pero Iomara, para entonces,
yacía sin conciencia con una de las mejillas contra el blando piso de madera.
Se incorporó dando jadeos profundos de placer satisfecho y
acomodándose un poco las ropas nos dirigió a las dos que, con la mirada clavada
en algún lugar recóndito del suelo del cuarto, permanecíamos como petrificadas
en actitud de servil sumisión. Podíamos sentir, recordamos luego ambas, sus ojos
clavándose como dagas en nuestras nucas con un insaciable deseo de seguir
martirizándonos. Cogió el picaporte y se disponía a abandonar el cuarto cuando
de repente se volvió hacia mí y con una voz tranquila que parecía más cruel que
la más furibunda de las voces que habíamos escuchado, me dijo:
- Prepárate, puerca, porque el domingo será el día de tu
debut como esclava; y nada menos que con uno de nuestros mejores clientes, el
Señor Palmetas.
Dicho esto, salió dando un terrible portazo que casi hizo
saltar la puerta pero que tuvo un increíble efecto tranquilizador en ambas. Me
quedé unos segundos estupefacta por lo que acababa de oír, dado que desde que
llegué a este endemoniado lugar no había hecho otra cosa que servir de esclava a
mentes torcidas; qué podría tener de especial servir a alguien mas fuera un
cliente o no. Me sacó repentinamente de mi ensimismamiento los movimientos
apresurados de mi compañera que, a mis espaldas, se esforzaba por desatar a
Iomara que aún permanecía inconsciente y con un color violáceo en el rostro que
me asustaba. Entre ambas, finalmente la desatamos y la acostamos en su cama y,
arropándola con cuidado, dejamos que descansara. Nosotras hicimos lo propio y
recién en el momento en el que se apagaron las luces respiramos tranquilas
puesto que el día ya había acabado.
Sin embargo, tardé bastante tiempo en dormirme dándole
vueltas a la frase que aquél ser nauseabundo me había lanzado antes de
retirarse. Trataba de intuir lo que me esperaría dentro de tan solo cuarenta y
ocho horas, pero con lo que había vivido ya no me fue posible colegir nada que
pudiese llegar a ser peor. Por otra parte, me preguntaba qué clase de persona
podría hacerse llamar Señor Palmetas. ¡Que ridículo!. Finalmente, agotada por el
esfuerzo mental de mis devaneos inutiles, me abandoné al agotamiento físico y
mental y me dormí. No quedaba más remedio que aguardar la llegada del domingo.
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