Jorge finalmente estaba en España. Luego de salir de Ecuador
y volar lo que para él fue un siglo, sus pies pisaban, por primera vez, suelo
madrileño. Aún no salía del aeropuerto, pero podía sentir en el aire que todo lo
que había escuchado de la capital española era verdad, percibía esa belleza de
tan sólo haber entrado a su territorio. Lástima que eso no era causa de alegría
para él. En esos momentos, el que la ciudad fuera una maravilla o no, en verdad
no le importaba mucho. Su cabeza estaba bastante llena de ideas, no había
espacio para una más, no para una que al fin y al cabo no era tan importante. El
atractivo de Madrid era algo que de seguro habría querido disfrutar, si la
situación con sus sentimientos, claro está, fuera otra. Todo el tiempo que duró
el viaje, aún cuando aparentó ser eterno, no le había alcanzado para aclarar su
mente. Su cabeza era un mar de preguntas. Estaba incómodo, angustiado, como que
no encontraba su lugar. Todo empeoró, cuando su novia llegó a recogerlo. Cuando
Jorge la vio parada en la puerta de salida, se sintió más confundido que nunca.
Mariana, como se llamaba aquella muchacha encantadora, corrió
a los brazos de su amado, a toda prisa, sin reparar en las maletas que pateó a
su paso. Habían pasado ya varios meses desde la última vez que se veían, y a
diferencia del chico, ella no tenía duda alguna, sólo se sentía feliz de volver
a verlo. Le dio un fuerte abrazo a su novio, uno que no fue correspondido de la
misma manera, pero su alegría desbordante no le permitió darse cuenta. Las
palabras de felicidad no tardaron en salir de su boca. Para estas, Jorge sólo
tenía sonrisas como respuesta. Sin dejar de abrazarlo, Mariana propuso que se
fueran a su casa. Su novio apoyo la propuesta. Salieron del aeropuerto para
tomar un taxi.
Durante el camino a casa de la chica, los papeles no
cambiaron mucho. Ella seguía hablando hasta por los codos, muestra de la gran
alegría que sentía de tener a su novio a su lado. Él, sintiéndose cada vez más
miserable por no poder corresponder con la misma emoción, se limitaba a sonreír.
Aquel viaje parecía ser aún más largo que el que lo había traído a España. Para
fortuna de Jorge, el taxi se paró afuera de la casa de su novia. Ambos bajaron
del auto y entraron al edificio. Subieron al departamento donde la joven vivía
con sus padres. Ésta abrió la puerta, y ya dentro, sin personas mirándolos,
comenzó a besarlo efusivamente. Al principio, los besos no fueron
correspondidos, pero el atormentado sujeto terminó cediendo, aún cuando lo único
que él deseaba, era dormir.
La muchacha lo fue guiando a su recámara, sin permitir que
sus labios se apartaran, ni por un segundo dejaron de besarse. Cruzaron la
entrada del cuarto, y ella cerró la puerta. Acercó su boca a la oreja de su
novio. Le dijo en voz baja: "quiero que me hagas el amor". En otras
circunstancias, Jorge se habría abalanzado sobre ella, habría recorrido su
cuerpo con manos y lengua, pero no en esa ocasión. Trató de negarse, la apartó
argumentando cansancio, pero Mariana no estaba dispuesta a bajar los brazos.
Bajó el cierre de su vestido, y éste cayó al suelo, dejando el cuerpo desnudo de
su dueña al descubierto. Era como un ángel. La poca luz que entraba por la
ventana, la iluminaba de tal forma, que parecía un ser supremo. Contra
panorámica como esa, ni la más grande confusión podía hacer mucho. El muchacho
se acercó a ella. La besó en la boca, con una melancolía producto de recordar
viejos tiempos, tiempos con ella y otros no, tiempos que lo hacían sentirse
peor.
Cuando Jorge abrió sus ojos luego del beso, Mariana ya no
estaba, en su lugar se encontraba Felipe, mejor amigo y amor secreto. Estaban
ahí, cuerpo a cuerpo, con el nerviosismo que te dan las nuevas experiencias, y
la felicidad de cumplir deseos reprimidos. Después de mirarse a los ojos,
buscando uno la aprobación del otro, se adentraron en un mar de caricias y
pasión, en el cual la cama fue su barco. Dos manos no les fueron suficientes
para explorar la superficie de su amante. Habrían querido tener dos bocas para
abarcar más espacio. Jorge y Felipe, luego de varios años de amistad, y otros
más de sutiles e inconscientes juegos de seducción, habían caído presas de sus
más ocultos sentimientos. Estaban entrelazados, amándose con intensidad y a la
vez nostalgia, la que sentirían después de que todo terminara, porque ese
encuentro, era sobre todo, el final.
El calor los llenaba, de la misma forma que uno llenó el
vacío del otro, tanto físico como emocional. Jorge entró en Felipe y Felipe
entró en Jorge, por el corazón, la boca y demás. Se dieron todo y con todo. No
se reservaron nada, pero si lo guardaron por momentos. Explotaron juntos. Las
aguas del mar, las de color blanquecino y consistencia espesa, entraron en su
embarcación. Sus cuerpos perdieron fuerza, y sus vidas otro amor. Jorge se quedó
dormido, abrazado al pecho de su hasta minutos atrás, mejor amigo y nada más. Él
fingió perderse en un sueño y después se levantó. Tomó una hoja y una pluma.
Escribió su despedida en cursivas. Puso la nota en la camisa de quien por única
y última vez fue suyo, y se marchó sin despedirse. Las despedidas siempre son
tristes, y sabía muy bien, que la suya habría sido la peor. Decidió evitar la
pena a ambos.
Cuando Jorge despertó, Felipe se había ido, dejando en su
lugar el cuerpo desnudo de Mariana. Su corazón se achicaba por lo perdido y por
lo que aún tenía. Extrañaría a su amigo, de eso no había duda, pero más
extrañaría los días de felicidad al lado de su novia, esos en los que las dudas
y remordimientos no tenían cabida. Se levantó de la cama y se encerró en el
baño. Tomó una ducha, con la esperanza de que el agua se llevara por el caño,
todo su malestar. Pasada su primera media hora bajo el agua, su novia también se
despertó. Mariana miró el bolsillo de la camisa de su novio, adentro había una
nota. La sacó y la leyó. Reunió todas sus fuerzas para no llorar. Rompió la
carta y se sentó en la cama, a esperar que su novio terminara de bañarse. Más
que nunca, deseaba darle un gran beso. Jorge salió del baño, con una toalla
enredada en su cintura. Mariana se le acercó y tiró la toalla al piso. Volvió a
decirle al oído, en voz baja: "quiero que me hagas el amor, lo deseo más que
nunca". Juntaron sus cuerpos. Él esperaba no encontrar a Felipe cuando abriera
los ojos. Ella, lo único que quería, era ayudarlo a conseguirlo.