Todos los integrantes del equipo de fútbol americano de la
preparatoria número quince festejaban, acababan de ganar el campeonato nacional,
todos menos uno, Alberto. A él no le emocionaba en lo más mínimo la victoria. Él
no tenía ganas de festejar ni en medio de gritos, ni mucho menos bañado en
cerveza. El enorme trofeo de color dorado, volando de mano en mano entre sus
compañeros, no significaba algo especial para el muchacho. La única razón por la
que se integró al grupo, fue su mejor amigo, Andrés. Por él acudió a los
entrenamientos, por él puso todo su empeño en realizar lo mejor posible la
prueba de aceptación, por él continuó esforzándose para llegar a ser el miembro
más destacado. Cuando eso sucedió, se convirtió en el ídolo de toda la escuela.
Todos lo admiraban y envidiaban. Docenas de chicas suspiraban al verlo pasar,
con la esperanza de que al menos se dignara a notar su presencia. Lo que esas
niñas no sabían, es que Alberto nunca les haría caso, así realizaran las más
aventuradas maniobras para conseguir lo contrario. Lo único que él deseaba, era
que su mejor amigo lo volteara a ver, pero no con una mirada de amistad, sino de
amor. El mejor deportista de la preparatoria número quince estaba enamorado,
enamorado de su compañero y a la vez mejor amigo.
El entrenador clamaba por su jugador estrella. No lo veía
entre la multitud, gritaba sin cansancio su nombre. Alberto observaba el barullo
desde la entrada al estadio. Traía puesta ya la ropa de calle y se disponía a
abandonar el edificio, sin siquiera decir adiós a sus miles de admiradores.
Sabía que entre tanta gente, no tendría ni la oportunidad de acercarse a abrazar
a Andrés, por lo que no había motivo alguno para que siguiera en aquel lugar.
Tomó su mochila, hecho un último vistazo atrás, y se marchó rumbo a su casa.
Durante el transcurso, no se le quitó de la mente la imagen
de su amor secreto. Pensaba en todas esas veces, que después de un duro partido,
sus compañeros corrían a las duchas para acaparar las pocas en servicio. Él y
Andrés no tenían prisa, preferían esperar a que todos terminaran de asearse para
entrar a los vestidores. Era hasta que se quedaban solos, que comenzaban a
desvestirse. Ambos eran muy tímidos, les daba pena desnudarse enfrente de tantas
personas, así fueran también hombres y además, sus amigos. Entre ellos las cosas
eran distintas. Tenían ya tantos años de conocerse, que existía una gran
confianza. Alberto era siempre, el primero en quitarse los calcetines. Lo hacía
ya por costumbre, para quedarse después, moviendo los pies de adelante hacia
atrás bajo la banca. Andrés, por el contrario, empezaba por arriba. Se
desprendía de la playera, mostrándole su fuerte y sudado pecho a su amigo, su
estomago plano y fuente de un fino camino de vello. Seguía con los pantalones,
los cuales acostumbraba lanzar lo más lejos posible, regalándole a su compañero,
unos segundos de sus piernas y glúteos. Finalmente se despojaba de la ropa
interior, luciendo orgulloso su perfecta y bella desnudez.
Alberto lo tenía todo bien memorizado. La manera en que el
pene del objeto de sus deseos, se balanceaba a cada paso de su dueño. Sus
grandes y peludas bolas. La sonrisa que se dibujaba en su armonioso rostro, al
mirarse tan atractivo en el espejo. Todos y cada uno de los rincones de aquel
cuerpo que le provocaban una inmediata erección, la misma erección que tenía que
disimular utilizando una toalla como cubierta, la misma que mostraban sus
bermudas al momento de recordar a su amigo, y la misma que lo acompañaba todas
las noches hasta su fría y solitaria habitación.
A Alberto le gustaba dormir sin ropa. Decía que por
comodidad, pero en el fondo sabía que la verdadera razón, era no manchar su
pijama con algún sueño húmedo, provocado por supuesto, por Andrés. Y es que
hasta en sus sueños estaba. No había noche que el muchacho, no tuviera que
levantarse al baño para hacerse una paja, y de esa manera, bajar la calentura.
Esa noche de tormenta subió a su habitación, pasadas las once. Se desnudó. Se
subió a la cama. Se quedó dormido. Comenzó a soñar que tenía a su amigo frente a
él, que éste le regalaba su anatomía, entera y para hacer con ella lo que se le
antojara. Como cada noche, a los cinco minutos de haber conciliado el sueño, el
falo de Alberto despertó.
Afuera, la lluvia castigaba a todos aquellos desafortunados
que, a diferencia del bello durmiente, no tenían un refugio para protegerse del
agua. Si bien a la mascota del jugador estelar de la preparatoria, una perrita
endeble de pelaje blanco y escaso llamada "chufis", no le faltaba techo, si le
sobraba miedo. No había fenómeno que asustara más al animal, que una lluvia y
los relámpagos que con ésta vienen. Acostumbrada a buscar alivio a su pánico en
la habitación de su dueño, la cachorrita entró a la recámara de Alberto. Saltó a
la cama, e intentó despertarlo con algunos ligeros empujones, pero no consiguió
más que moverlo un poco de lugar.
Alberto seguía soñando. En el mundo creado dentro de su
cabeza, Andrés lo deseaba por igual, y se le acercaba con el fin de besarlo. Lo
hacía lentamente, como para aumentar la ansiedad de ambos. Luego de unos
minutos, estuvieron frente a frente. Se miraron a los ojos, los cerraron, y
unieron sus labios en un beso en el que desahogaron toda la pasión contenida
durante años de amistad. El beso se sentía real, húmedo. La razón para que las
imágenes proyectadas por el cerebro del chico parecieran tan vivas, era la
intervención de la chufis. Al ver que sus empujones no servían de mucho, la
perrita había pasado a dar de lengüetazos a la boca de su dueño, sin saber que
con ello, estaba poniéndole más sabor a los sueños de éste. Tampoco esa técnica
le funcionó a la can, por más que se esforzó en mover con rapidez su lengua,
Alberto permanecía dormido.
La chufis miró, buscando una idea que en verdad funcionara,
miro a su alrededor, topándose con la verga de su dueño, dura y al aire libre,
con rastros de lubricante en la punta. La imagen le llamó la atención y se
acercó a ese pedazo de carne palpitante. La observó por unos segundos. Después
chupó el líquido que brotaba del glande. El sabor le agradó, por lo que continuó
lamiendo aquel apetitoso miembro. Lo recorría completo, mojándolo con su baba,
proporcionándole un enorme placer a su dueño, quien en sueños creía que era
Andrés el que le practicaba sexo oral.
La rapidez en los movimientos del animal, el pensar los
sueños cumplidos, y la abstinencia ya de varios días, se mezclaron y
concentraron en un solo punto del cuerpo de Alberto, su polla. Cada segundo se
percibía como un siglo de placer abundante y explosivo. El muchacho se retorcía
a lo largo y ancho de la cama por el enorme gozo que su mascota le estaba dando,
dificultándole a ésta, seguir con su tarea. La chufis, perseguía el hinchado
pene de su dueño, recorriendo la superficie del colchón en su totalidad.
En uno de sus intentos por no perder contacto con él, el
trasero de la perra se impactó contra el rostro del chico. Alberto, que sentía
su piel arder y su lívido elevar, tanto en sueños como en el mundo real, colocó
sus manos a los costados de la chufis. Inclinó un poco hacia adelante su cabeza,
e inició con un beso negro que sorprendió a la french puddle. La lengua caliente
del adolescente, hurgaba en el hoyito del can, creyendo que éste pertenecía a
Andrés. El estar dormido, y el que su fantasía se veía finalmente cumplida,
fueron las razones que no le permitieron notar la gran diferencia entre un culo
y el otro. Lo único importante en ese momento, era lubricar aquel estrecho
orificio, para luego atravesarlo con su espada.
Alberto se tomó su tiempo, pasaron varios minutos antes de
que interrumpiera su trabajo dilatador y lubricante. Cuando se percató, usando
dos dedos, que el lugar que alojaría su verga estaba listo, se levantó junto con
la perra, y la penetró de golpe y hasta el tope. En sus sueños, escuchó los
quejidos de su amado, en la realidad, era la chufis quien lo hacía, tal vez de
dolor, tal vez de placer. El chico la cabalgaba con furia, como desquitándose de
los años de espera. Su miembro llenaba aquella maltrecha cueva, la dejaba vacía
por fracciones de segundos, y la rellenaba con más fuerza. Con cada embestida,
la mascota o Andrés, según fuera el plano, recibían palabras de cariño, de las
que expresan la felicidad de ver alcanzada una meta.
Una, dos, hasta llegar a cien, o a mil, quien sabe, se perdió
la cuenta de las veces que el enloquecido muchacho entró, salió y arremetió.
Unas cuantas antes de la última, los testículos de Alberto se fueron pegando al
cuerpo, preparándose para expulsar todo el líquido guardado. Su falo crecía más,
tanto en grosor como longitud. El semen subía por los conductos, y luego de un
ínfimo lapso contenido en la punta por la que saldría poco después, inundó el
culo de la chufis, con dos, cuatro, siete disparos de leche bombeada con
peculiar potencia. Detrás de cada brote, se fueron los gemidos, sueños y fuerzas
del jugador estrella; justo después de que su arrebatador orgasmo culminara, se
quedó dormido, más de lo que ya estaba.
La chufis esperó a que el pedazo de carne, enterrado en esa
parte tan sensible de su lánguido cuerpo, regresara a su estado de reposo, para
luego salir corriendo de la recámara. Ya no llovía, pero si la tormenta
regresaba, ella no, al menos no a esa habitación. En el trayecto de la cama a la
puerta, dejo un camino de semen. Ya en su propia cama, se durmió un poco
adolorida, pero feliz porque sabía a donde acudir en días de celo. Alberto por
su parte, descansaba profundamente, con una enorme sonrisa en su rostro,
producto de la imaginaria, pero real, noche de sexo con su amor secreto.