Mi editor me venía rogando desde hacia semanas que empezase de una vez el
libro sobre los cementerios gallegos y sus inmensos panteones.
Lo cierto es que
no tenía ni malditas ganas de empezar tan macabro libro, por muy buenas fotos
que obtuviese, lo cierto es que las primeras visitas por los cementerios
castellanos, apenas si había logrado algo, salvo ver unas cuantas cruces raídas
por el tiempo y a rancias viudas rondando todo el día por el cementerio.
Aquella
primavera me eché el equipo al coche y me fui en busca de la imágenes que me
pedía el pelma del editor, y cámara en ristre pateé los primeros cementerios que
arrojaron no solo inusitadas fotos de arquitectura funeraria, sino también una
extensa colección de fotos de viudas.
En Galicia., al menos en los cementerios
que visité, las viudas no me parecían tan rancias, aunque había de todo y más
tirando a personas muy mayores, pero a medida que me acercaba a la costa iba
observando que la edad de las viudas descendía y además era curioso en general
no había éstas viudas bonitas.
Cuando divisabas un cuerpo
rotundo, o un culo que pedía a gritos guerra o unas tetas que parecían querer
escapar de tanta melancolía y nostalgias de manoseos, te llevabas una sorpresa,
pues detrás no había precisamente una viudita bonita...
Debe ser que las viudas
bonitas no suelen visitar mucho a sus maridos.
Lo cierto es que tras semanas de
duro pateo y en medio de un calor primaveral, el ver aquellos cuerpos medio
marchitos y a veces rotundos, inclinarse sobre nichos y tumbas, aunque no era el
escenario lo más apropiado, el cuerpo empezaba a pedirme guerra, pues contemplar
todos aquellas femineidades que sin rubor alguno y ensimismadas en la limpieza y
decoro de sus difuntos enseñaban y excitaban a cualquier visitante que por allí
acertara a pasar.
Y así fue, llevaba dos días que mi “herramienta me pedía un
alivio” fuera de la clásica paja, ósea que se podía decir que iba totalmente
salido; me acerqué pues al cementerio de la costa a eso de media tarde, en medio
de un calor que ya se hacía sofocante; estaba solo y para no pensar en nada me
enfrasqué en mis fotos, cuando tenía enfocado un inmenso panteón gótico me llevé
un susto de muerte , pues tras el objetivo vi aparecer un bulto, que os juro que
un principio creí que era un muerto.
El grito que dí, debió ser macanudo, pues
el bulto se irguió también sobresaltado por mi presencia y gritó , dejando ver
un cuerpo entradito ya en la cuarentena.
“usted perdone – le dije- es que no la
había visto y al hacer la foto del panteón, pues apareció usted en el objetivo
y....” Está usted perdonado, y dígame que hace un jovencito como usted entre
tanto difunto haciendo fotos, habiendo tantas cosas bonitas - me decía mientras
ajustaba su talle y corta falda- Pues nada señora, que de algo hay que comer y
el editor me ha hecho este encargito y aquí me tiene desesperado.. y haciendo
fotos a los panteones y tumbas y como no a sus visitantes..
Espero que haya
salida guapa en su foto...

Y así la conversación fue avanzando hasta medio
intimar, seguí pues realizando mi trabajo pero sin perder de vista aquel
cuerpazo blanco como la leche, que se agachaba a cada poco a limpiar los bajos
de la tumba de su difunto marido, que debía haber sido un relumbrón de aquí te
espero por el gran lapidón que tenía de crudo negro riboteado de doradas orlas y
de una altura que me llegaba casi a la cintura.
La viudita entre sus poses y
demás me sacó de madre, y ya revoleteaba por su alrededor como los moscardones,
sin poder evitar mirar aquellos tersos muslos que se adivinaban bajo las negras
medias y una estrechísima falda de tubo.
Volví de nuevo a las cercanías de la
viudita para ver de cerca si podía tomarle una foto en una pose interesante, en
eso ella se levantó y me preguntó si veía lago que me gustara, invitación ,al
menos yo la tomé así, para descerrajarle que sí, que veía entre tanto muerto
algo muy vivo y que era su cuerpo...

El piropo debió ponernos a tono a los dos,
pues en cuestión de minutos, ya nos estabamos magreando los dos en pleno
cementerio, ella lo quería dejar para la noche y me prometía darme la dirección
para que le realizara una visita, pero yo ya estaba lanzadísimo; cuando nos
estabamos abrazando medio apoyados en la tumba de su marido, deslicé una mano
por entre las piernas de mi partenaire, y tropecé con unas suaves bragas ya muy
húmedas, lo que me incitó seguir con el asedio; ella medio me apartaba y se
retorcía para deshacerse de mi pulperil abrazo, pero sin poner tampoco mucho
interés.
Me abracé aún más ella y le subí un poco la falda por detrás pudiendo
meter mi mano por entre las costuras de sus bragas y llegar a su mojado chocho;
desde ésta posición fui introduciéndole un dedo en su ojete y otro en el húmedo
chumino, cuando llegué allí se me espatarró toda pidiendo más guerra, me bajó la
cremallera y buscó entre mi bragueta mi duro badajo que ya requería una atención
más determinante.
Ya puestos como estabamos le subí a la tumba de su marido Don
Ramiro Estrecho.
Cofrade que fue de la Acción Cívica y allí sobre el frío y
negro mármol, le arremangué la falda y haciendo a un lado la braga le encalomé
todo el aparato hasta los mismos huevos, la verdad es que la escena era como la
del cartero siempre llama dos veces, pero en vez de mesa de cocina, la tumba me
servía para poder echar aquella ardiente mujer el polvo de su vida.
“Clavaméla
cabrón, cuantas veces pensé en esto, así niño mío mete hasta tus huevos...”, y
mientras me arañaba por debajo de la camisa, me hacía una tenaza con sus piernas
y se la tragaba toda ya me iba a correr con toda dentro, cuando cogiendo mi rabo
se salió de la coyunta y me dejó cortado, creí que me iba a quedar allí así, sin
más... cuando se volvió de espaldas echando sus grandes globos mamarios sobre la
tumba de su marido y se abría con ambas manos para mí aquellas dos blanquecinas
moyas- un tanto mofas- para que volviese a encalomarla.
Por donde le diera debía
ser igual pues se abría de forma golosa todo el entrepuente, enseñando un
inmenso ojete negruzco que parpadeaba a cada segundo y una raja grande casi
pelos que se perdía por allá abajo y que no dolo iba desprendiendo un macilento
líquido sino también un tufillo de ardores uterinos, no lo pensé más blandí el
pollón a punto de reventar y se lo fui paseando de abajo arriba, recogiendo todo
aquel untillo y pasándoselo al oscuro objeto de placer, que se iba ablandando y
enseñando cada vez más su rojo interior, ya no podía más, dejé caer los
pantalones me eché sobre aquella real hembra y en medio se hayes de dolor y de
satisfacción me fui al colector superior donde fui aceptado sin miramiento
alguno, la muy golfa echaba cuando las manos atrás y me apretaba las nalgas para
que me metiera cada vez más, cuando las echaba para adelante y queriendo abrazar
el busto de su fausto marido que nos miraba cariacontecido de desde pétrea
postura funeraria.
Lo cierto es que el polvo estaba siendo algo increíble
aquella mujer allí echada sobre el negro mármol donde resaltaban sus
blanquecinas carnes, aquel ansia de ser jodida y follada hasta la saciedad, bajo
la mirada bobalicona de piedra de su marido y para mi sorpresa la estricta
vigilancia que nos tenía el que parecía el enterrador que desde un amdamio le
daba buenos manoseos a un vergajo mas que cojonudo, hizo que me saliera de tan
adorable agujerito, la muy víbora viendo que se quedaba sin el caramelo echó
mano atrás volvió a tomar el mando de mi herramienta y dando un buen golpe de
nalgas hizo que mis vergajo y mis cojones quedaran incrustados en su golosa raja
que en cuestión de unos minutos me ordeñó de forma miserable, mientras me cogía
a aquellas prominentes caderas para no irme al suelo mientras me corría en medio
de aquél inesperado espectáculo que debíamos estar formando, yo babeando de
placer y ella berreando del orgasmo mientras el enterrador se pasaba la lengua
por sus pringosos labios de lujuria.
Abelardo de Leyre