Desde niño me interesé por la historia de las civilizaciones
antiguas. Me gustaba leer acerca de sus costumbres y tradiciones. Mi cultura
consentida, siempre fue la egipcia. Me parecía impresionante el que un pueblo,
sin contar con todos los avances tecnológicos que ofrece la vida moderna, haya
podido construir tan majestuosas pirámides. Me emocionaba pensar que algún día
podría entrar en una de ellas. Afortunadamente, nací en el seno de una familia
adinerada, por lo que pude salir de mi país a estudiar arqueología. Me fui a
Europa, a España, a cumplir mis sueños.
Los años que duré estudiando fueron como un paraíso. Me
encontré con varios profesores que poseían grandes conocimientos. Aprendí mucho
de ellos. En general, con sus altas y bajas, mi estadía en la universidad fue
una muy grata experiencia, pero si alguien me preguntara por un suceso que me
haya marcado, no dudaría un segundo en responder. En el último año, mi mejor
amigo y yo ganamos un concurso que tenía como premio, un viaje a Egipto. En el
país africano, visitaríamos las ruinas junto a un grupo de expertos en la
materia. Ambos nos sentimos las personas más afortunadas. Siempre habíamos
deseado hacer tal cosa, y lo haríamos al lado de los mejores.
Tomamos el avión rumbo a Egipto. El vuelo nos pareció eterno
porque estábamos en verdad ansiosos. Cuando por fin aterrizamos en suelo
egipcio, lo único que queríamos era empezar la expedición, pero eso no sucedería
sino hasta el día siguiente. Esa noche fue la más larga de mi vida. De no haber
sido porque me encontraba con David, como se llamaba mi compañero, creo que me
habría vuelto loco. Como se dice en mi país, México, no pegamos el ojo.
Nos despertamos, o mejor dicho levantamos, con el primer rayo
de sol. Salimos del hotel sin siquiera tomar un baño, que igual no habría
servido de mucho, el calor era muy intenso. Caminamos al punto de encuentro,
donde esperamos cerca de una hora. Después de ese tiempo, llegó el grupo con el
cual haríamos el recorrido. Eran solamente cinco personas, no cien como nosotros
habíamos imaginado. Teníamos la idea, de que sería una expedición de la magnitud
que muestran en las películas, de esas donde casi todo un pueblo se incorpora,
pero no resultó así. Los supuestos expertos, tampoco lo eran en realidad. Dos de
ellos, al igual que David y yo, estudiaban arqueología en alguna universidad de
Italia. Otro más, un tipo de raza negra y corpulencia imponente, sería algo así
como el guía. Los dos restantes, eran un arqueólogo cuya carrera había terminado
siglos atrás, y su médico de cabecera. Lo que creímos sería un gran viaje, uno
donde descubriríamos los secretos más ocultos de la antigua sociedad egipcia, se
había convertido, de tan solo ver a esos cinco, en una decepción. Pero estábamos
en Egipto, después de todo, nuestro gran sueño. Decidimos que lo mejor sería,
tratar de pasarla bien. Partimos hacia la zona de las ruinas.
El guía señaló un pequeño vehículo todo terreno, el cual daba
la impresión de poder desbaratarse con un viento fuerte, diciéndonos que sería
nuestro transporte. Pretendía que las siete personas viajáramos como sardinas.
Los otros dos estudiantes prefirieron no hacer el viaje, y quedarse a recorrer
la ciudad. El viejo arqueólogo comenzó a toser. Dijo que no se sentía bien y se
marchó al hotel junto con su médico. El grupo se había reducido
considerablemente, sólo quedábamos nosotros dos y el guía, con quien sabíamos no
aprenderíamos mucho. Titubeamos un poco para tomar una decisión, pero al final
nos trepamos en la carcacha. El musculoso negro, que se presentó como Tuta,
encendió el coche. Partimos a nuestra tan esperada aventura.
Luego de una media hora de camino, sucedió lo que temimos en
un principio. El vehículo se detuvo y no hubo poder humano que lo hiciera
arrancar de nuevo. Tuta nos sugirió regresar al hotel, pero nosotros deseábamos
continuar. Habíamos viajado con la esperanza de conocer a fondo al menos una de
las pirámides. Era obvio que eso no pasaría, pero al menos queríamos verlas,
aunque fuera de lejos. Los tres sabíamos perfectamente que caminar en el
desierto era una locura, pero ante nuestras constantes suplicas, y mostrando su
instinto suicida, Tuta terminó por aceptar. Tomamos las mochilas, las colgamos a
nuestras espaldas, y continuamos el viaje.
Sucedió lo que cualquiera podría haber adivinado. No habíamos
caminado ni treinta minutos, y el sol ya estaba acabando con nosotros. No nos
quedaba mucha agua. No sabíamos que ruta seguir. Nos movíamos en círculos. Las
piernas nos temblaban. Todo alrededor daba vueltas y se veía nublado. Nos
encontrábamos, en una palabra, perdidos, en todos los sentidos.
De repente, a unos cuantos metros de nuestros ojos, estaba
nuestra salvación. En medio del desierto, justo a mitad del camino entre la
ciudad y las ruinas, nos encontramos con lo que parecía ser un viejo monasterio.
Los tres nos miramos, con unas caras de felicidad que no había visto nunca, la
que te da el saber que no estás condenado a morir. Sacando fuerzas de flaqueza,
corrimos hasta la entrada de la construcción. Tocamos la puerta. Dos minutos
después, una monja la abrió. Tratamos de explicarle lo que nos había sucedido,
el porque estábamos ahí, pero no daba muestra de entender ninguno de los idiomas
en que le hablábamos. De todas formas, nos permitió pasar. El interior no tenía
nada que ver con la fachada. Había pasto y flores por todo el lugar. Incluso, en
el centro del patio principal, se encontraba una enorme fuente de agua
cristalina. Era algo ilógico que en medio del desierto pudiera existir un lugar
como ese, pero no le dimos mucha importancia. Lo que nos importaba, es que nos
habíamos salvado de terminar como comida para buitres. La religiosa nos condujo
hasta la cocina. Ahí, sentadas a la mesa, nos recibieron con un extraño saludo
seis monjas más. La única que llevaba un hábito negro -las otras vestían uno
azul-, nos pidió en inglés, que era el idioma que los tres teníamos en común,
que tomáramos asiento. Le hicimos caso sin dudar. Ella tronó los dedos y
enseguida tuvimos frente a nosotros, una gran variedad de platillos.
Olvidándonos de modales y educación, atacamos la comida.
Una vez satisfechos, las hermanas nos ofrecieron una bebida
de aspecto peculiar. De tan sólo mirar dentro de la taza, sentí ganas de
vomitar. Estuve a punto de no darle siquiera un trago, pero luego de lo buenas
personas que habían sido con nosotros, me pareció que sería descortés hacerlo.
La tomé toda. Mis compañeros me imitaron. El sabor era mucho mejor que la
presentación, extraño y diferente a todo lo que había probado antes, pero
delicioso. Luego de haber comido, bebido y recuperado las energías, le di las
gracias a la madre y me levanté de la mesa. David y Tuta me siguieron. Cuando
estábamos por salir del lugar, las seis hermanas nos taparon el paso. La jefa
del convento se acercó por detrás y nos dio unas manzanas y botellas de agua
para el camino. Las metimos en las mochilas, volvimos a agradecerles, y
caminamos hacia la puerta. Cuando puse la mano en la perilla, se me nubló la
vista. Caí al suelo, inconsciente.
Cuando desperté no estaba en la entrada del convento, sino
acostado en una cama enorme. A mi lado, se encontraban David y Tuta. Los tres
estábamos desnudos, y sin razón aparente que causara tal excitación, tenía la
verga como piedra, al igual que ellos. Ninguno de los dos había abierto los
ojos. Antes de despertarlos, dediqué un momento a recorrer sus cuerpos desnudos.
David, como típico inglés, era de piel muy blanca. Su cabello, al igual que todo
el pelaje en otras partes de su anatomía, era rubio. Su rostro de niño se veía
aún más infantil, con los ojos azules cerrados. Era delgado, para algunas chicas
demasiado, pero a mí me parecía que tenía un físico agradable. Nunca me gustaron
los sujetos de pectorales y brazos desarrollados, justo como lo era Tuta, que
dormía a su lado. Para compensar su falta de corpulencia, la naturaleza había
dotado a mi amigo con un miembro hermoso. Su pene era blanco y el glande y los
testículos rozados. Daba gusto verlo. Nada más de observar el tono de su piel,
tan poco común en esas áreas, se antojaba meterlo en la boca y saborearlo. Sus
dimensiones, al igual que las mías, no eran algo fuera de lo normal, pero aún
así siempre pensé que tenía una polla divina. El que si podría presumir de
poseer un monstruo entre las piernas, era Tuta. Como buen hombre de color,
cargaba un instrumento descomunal, prieto y de cabeza púrpura. Debía de medirle,
fácilmente, mucho más de veinte centímetros. Estaba a punto de calcular de su
longitud con mis manos, cuando la puerta del cuarto se abrió. Las siete mujeres,
porque ellas no podían ser monjas, entraron a la habitación.
Desperté a mis compañeros. Los dos se sorprendieron tanto
como yo, al verse desnudos y con una tremenda e incansable erección. La líder
del grupo de féminas, se dirigió a nosotros en un lenguaje que nunca había
escuchado, pero que aún así entendía a la perfección.
-Ustedes tres son unos muchachos muy mal agradecidos.
Nosotras los recibimos en nuestro hogar cuando estaban a punto de morir, les
proporcionamos comida y bebida, y se querían marchar sin darnos algo a cambio. -
decía la mujer con extraños sonidos, que como por arte de magia, se traducían en
nuestros cerebros a frases entendibles.
Traté de disculparme, pero ni siquiera me dejó hablar.
-Cállate, no tienes derecho a hablar. Tus disculpas o las de
tus compañeros no nos sirven de nada. Nosotras tenemos una forma diferente de
cobrarnos la ofensa. Nos cobraremos con eso que tienen entre las piernas. Está
noche, su único trabajo será darnos placer hasta que quedemos completamente
satisfechas. Chicas, fuera ropa. - pronunció la mujer, y de inmediato quedaron
desnudas las siete.
Frente a nuestros ojos, se encontraban siete hembras de
impresionante belleza. Todas tenían cuerpos hermosos. No se podía decir cual de
ellas era la más bella. Sus senos eran de diferentes tamaños, unos más grandes
que los otros, pero todos firmes y con pezones grandes y oscuros. Cinturas
estrechas, piernas largas, culos abultados y coños sin rastro de vello. La única
que parecía sobrepasar los treinta, era la madre superiora, pero no por eso era
menos atrayente que las otras. Por el contrario, estaba rodeada de un aura que
le daba un toque irresistible. Cuando despertamos, no había motivo para que
estuviéramos empalmados, pero al verlas con sus atributos al aire, ya no
pensábamos lo mismo. Si creían que tener sexo con todas ellas sería un martirio,
pensé, estaban muy equivocadas. Aquella sería, sin duda, una noche inolvidable.
La jefa volvió a tronar los dedos y las otras seis muchachas
se acercaron a la cama. Ninguna subía al colchón. Bailaban de manera sensual
alrededor de nosotros, como para terminar de hipnotizarnos con el balanceo de
sus encantadores pechos. En su mirada había algo que me hacía desearlas, mucho
más de lo que había deseado a alguien en toda mi vida. No podía esperar a hundir
mis dientes en sus carnes y mi falo entre sus piernas. Mi erección alcanzaba
dimensiones que no había visto nunca. Parecía que de un momento a otro, la verga
me estallaría de tan hinchada que se encontraba. Miré a David y estaba igual,
más grande que nunca. No conocía a Tuta, pero de seguro pasaba lo mismo con él.
En mi mente rogaba porque entraran a la cama de una vez por todas, al mismo
tiempo que una extraña fuerza me impedía bajar a buscarlas. Luego de un lapso
que percibí eterno, la líder, que permanecía como espectadora junto a la entrada
del dormitorio, tronó los dedos. Las seis chicas abandonaron su sensual danza.
Entraron a la cama.
Una de ellas se dirigió hacia mi boca. Me besó con lujuria y
desenfreno, mordiendo mis labios hasta sangrarlos. Cuando chupaba mi sangre con
su lengua, otra más se metió mi miembro a la boca. La que antes mordía mis
labios, llevó mi cara a sus tetas, que eran aún más hermosas de cerca. Las lamí
completas. Su piel era suave y de un sabor extremadamente dulce. Cuando mamaba
sus pezones, más duros que mi propia polla, gemía de manera erótica y exagerada,
calentándome aún más. Era difícil concentrarme en acariciar sus senos, porque la
que se comía mi falo, lo hacía muy bien. Lo chupaba de arriba a abajo pasando en
ocasiones a mis huevos, mucho más de lo acostumbrado, llegué a pensar que le
gustaban más que mi pedazo de carne caliente. Cuando se lo introducía por
completo, podía sentir que su garganta se movía, estimulando la punta de manera
deliciosa, mientras que su lengua recorría el tronco con maestría. En
circunstancias normales, me habría corrido en cinco segundos, pero el final no
daba ni la más remota señal de llegar. Caí en la cuenta de que algo de lo que
habíamos ingerido, contenía sustancias que nos transformaron en unos sementales.
Volteé la vista hacia donde estaba David, para observar como
se la estaba pasando. Me di cuenta de que tan bien como yo. Una de las
jovencitas también se la mamaba, mientras que la otra estaba junto a su cara,
ofreciéndole su concha. Las dos que le tocaron a Tuta, se concentraban en su
verga. Ésta era tan impresionante, que alcanzaba para ambas bocas. Los tres
teníamos dos mujeres, y que mujeres, para cada uno. No podíamos pedir más.
Me puse totalmente de espaldas. Invité a una de las falsas
monjas a sentarse sobre mi rostro. Su sexo desprendía un fuerte olor que
resultaba un poco desagradable, pero no me detendría por eso. Con mis dedos
separé sus labios, y empecé a chupar como un loco. Ella gritaba como poseída. Yo
acariciaba su clítoris, el cual sabía a lo que debe saber la gloria si tiene un
sabor. Su coño escurría mucho más de lo normal. Sus jugos me empapaban y me
dificultaban el respirar. Estaba tan entretenido lamiendo esa preciosa cueva,
que no me di cuenta que la que me practicaba sexo oral, lo había dejado de
hacer. Paró para colocarse sobre mí, y ensartarse hasta el fondo de una sola
vez. Mi miembro la atravesó, y del placer que sentí cuando tocó fondo, cerré mis
dientes. Mordí el botoncito de la otra, arrancándole junto con sus gritos, el
primer orgasmo.
Seguí lamiendo, mientras mi pene se perdía dentro de un coño
caliente y estrecho. La chica que estaba montada sobre mí, me cabalgaba con
furia, sin ninguna contemplación para ella. De haber sido otro día, eso no
representaría algo espectacular, pero con el tamaño que había alcanzado mi falo
si. Se levantaba y volvía a, más que sentarse, dejarse caer. Con mis dedos y
lengua, hice que la mujer sentada en mi cara llegara nuevamente al clímax. De
inmediato, la que se auto follaba con mi herramienta, también se corrió. Los
músculos de su vagina, se cerraban de manera distinta a cualquier otra hembra.
Eran espasmos seguidos a gran velocidad que me estimulaban de sobre manera. Me
vacié dentro de ella. Los disparos de semen amenazaban con no tener fin, salían
con potencia uno tras otro. Finalmente cesaron y me di tiempo de volver a mirar
a los otros tríos.
Tuta le estaba dando por el culo a una de sus chicas,
mientras le lamía la concha a la otra, que estaba parada con las piernas a los
costados de su compañera. David penetraba a una en la posición del misionero.
Los dos satisfacían a la otra con sus lenguas. No tardaron mucho los seis en
tener intensos orgasmos. Poco después de mí, mis amigos inundaron los orificios
que albergaban sus respectivas pollas. Las féminas terminaron también, unas de
ellas mojando los rostros de los otros.
A pesar de haber eyaculado de tan impresionante forma, la
hinchazón no se me había bajado ni siquiera un poco. Tampoco a David o Tuta se
les habían dormido. Las chicas aún no estaban complacidas, querían seguir con la
fiesta. Nos acostaron a los tres, brazo con brazo, y se dedicaron a mamárnosla
por un buen rato. Se alternaban de vez en vez, para probar las tres vergas, y
dejarlas a ellas sentir la humedad de todas sus gargantas. La situación era
extremadamente morbosa. Las que al principio aparentaban ser unas tímidas
jovencitas, habían resultado ser unas adictas al pene, y los nuestros eran para
ellas como un tesoro. Los mamaban con esmero, casi con devoción. Eran unas
expertas y los huevos les provocaban una admiración igual o quizá mayor. Sus
seis lenguas y doce manos chupando, lamiendo, rozando, y arañando nuestros
mástiles, no tuvieron problema en sacarnos otra buena cantidad de leche. El
primero en venirse fue David, luego yo y al final Tuta. Los chorros de semen
salían en todas direcciones. Ellas los devoraban en el aire, o dejaban que
cayeran en sus lindas caritas o en sus generosos senos, para después
esparcirlos. Se veía que les encantaba.
Cuando nuestras armas dejaron de disparar, las muchachitas se
dispusieron a darse placer. No nos dieron un segundo de descanso, y gracias a
los milagros de su comida, no lo necesitamos. Nuestras erecciones mostraban la
misma dureza y tamaño. Tres de ellas se sentaron sobre nuestras pijas. Después
de cierto tiempo, se movían una posición. La que antes se comía la verga de
David, seguía con la mía; la de Tuta con David; y alguna de las que habían
estado esperando, se daba gusto con la del negro. Las que no alcanzaban lugar,
se entretenían sobando las tetas de sus compañeras, o poniéndonos sus conchas en
la boca.
Una a una fue llegando al orgasmo, con alguna de las tres
espadas a su disposición, enterrada en sus entrañas. Ninguno de nosotros
eyaculó. No es que lo deseáramos, ni tampoco que lo pidiéramos, nuestros
miembros podían dar más batalla, pero pensamos que después de haber tenido tanta
carne entre sus labios, las mujeres estarían llenas. Fue un error, ellas querían
más. Para su poca fortuna, su jefa, que de tan callada se nos había olvidado, se
había cansado de esperar. Tronó los dedos y sus discípulas bajaron a toda prisa
de la cama. Era su turno de recibir placer, y nos quería a los tres para ella
sola. Se hincó a mitad del colchón, y con una simple mirada nos atrajo hacia
ella.
Yo posé mis labios sobre sus senos. Eran mucho más grandes
que los de cualquiera de las otras chicas. Su sabor y textura también eran
superiores. Me embriagaba succionar su pezón. De él, salía un líquido que
parecía sangre pero sabía a miel. Aquella mujer era una diosa, la más bella de
todas. Sentía que necesitaba pasarme la vida entera a su lado. Mis compañeros no
se veían menos encantados que yo. David tenía la cabeza entre sus redondos
glúteos, mientras que Tuta lamía su raja, de la cual salían aromas que llenaban
todo el cuarto. Éramos tres hombres los que tenía a su merced, pero hacían falta
otros tres para tanta mujer.
Cuando se cansó de que besáramos hasta el último rincón de su
cuerpo, nos ordenó, sin decir palabra ni hacer gesto, con la mente, que estaba
como conectada con la nuestra, que nos paráramos de frente a ella, mostrándole
nuestras pollas en todo su esplendor. Se metió una a una en la boca. La manera
en que mamaba era aún mejor que las de las jovencitas, y eso era mucho decir.
Sonará ilógico, pero era como si su lengua se dividiera formando varias, y todas
ellas se movieran sobre el tronco y la cabeza al mismo tiempo. Los lapsos que
permanecía prendida a uno de nuestros falos, antes de pasar al otro, eran cada
vez más cortos. De repente, y para nuestra sorpresa, se tragó las tres a la vez.
Nos tenía en una posición digna de evento circense. De tan
sólo ver las tres pijas entrando y saliendo de su enorme boca, sentí que me
correría. El roce que había entre un pene y los otros, aumentaba
considerablemente el gozo. David, Tuta y yo jadeábamos como animales. La
supuesta madre superiora no podía hacerlo al tener la boca llena, pero
seguramente estaba tan excitada como nosotros, porque dos de las jovencitas le
practicaban sexo oral. Las tiernas lenguas sobre su clítoris, le provocaron un
orgasmo que hizo apretara nuestras pollas, y mamara con más ganas. Casi al mismo
tiempo, nos vaciamos los tres, con similar abundancia a las ocasiones
anteriores. Se tragó hasta la última gota de nuestra leche, sin derramar
siquiera un poco.
Aprovechando el momento de gran placer que experimentaba la
mujer, ante tan prolongado clímax, Tuta se colocó detrás de ella y la penetró
por el culo. David y yo sólo chupamos nuestros labios al ver como, centímetro a
centímetro, entraba esa descomunal verga en el cuerpo de aquella hipnotizante
mujer. Una vez que la introdujo entera, comenzó a bombear con violencia. Lejos
de expresar dolor, la jefa se veía más gozosa que nunca. Acudiendo a su llamado
silencioso, mi mejor amigo y yo nos pusimos delante de ella. Nos tomó a ambos
por el pene, apretándolo con fuerza. Nos condujo a la entrada de su vagina.
Entendimos lo que deseaba. Con un poco de trabajo, la ensartamos al mismo
tiempo.
Ahí estábamos los tres, follándonos a la insaciable hembra.
Uno le daba por detrás y los otros dos, al mismo tiempo, por delante. Cada que
mis testículos se preparaban para vaciar, las increíbles cantidades de semen que
estaban produciendo, una de las muchachitas los apretaba impidiéndolo. Hacían lo
mismo con mis compañeros. Tal vez los que nos había transformado en monstruosos
sementales, perdería el efecto con la siguiente corrida, pensé, por eso la
alargaron tanto. Los minutos pasaban y la golosa mujer pedía más. Era
insaciable. Había explotado quien sabe ya cuantas veces, pero le quedaba cuerda
para un buen rato.
Mi polla, entraba y salía del coño de la líder de aquel grupo
de mujeres, hinchándose más y más con cada embestida. El momento del clímax se
acercaba otra vez. El roce de las paredes de aquella caliente vagina, se sumaba
al de la espada de David moviéndose junto con la mía. El placer se duplicaba.
Era como si al mismo tiempo que yo me follaba a alguien, David me follaba a mí,
como ya lo había hecho en otras tantas ocasiones. En su mirada, podía ver que el
sentía lo mismo. Nos besamos con más pasión que nunca.
Nuestras lenguas entrelazadas fueron el detonante de nuestras
venidas. Tomándonos de la mano, dimos una última y brutal estocada para después
corrernos juntos. Las chicas ya no lo detuvieron, al parecer consideraron que
era suficiente. Se pusieron a nuestro alrededor, acariciando los cuerpos de los
cuatro. Por los gemidos de Tuta, supe que el también había terminado. La señal
que me indicó el orgasmo de la mujer, fueron las contracciones de su cueva, que
juntaron más mi verga con la de David, y mezclaron nuestros fluidos.
Justo como lo había supuesto, luego de eyacular, nuestros
miembros comenzaron a perder firmeza. Poco a poco regresaron a su estado de
reposo y recuperaron su tamaño normal. Los tres caímos rendidos sobre la cama.
Las seis jovencitas, ya vestidas, se pararon tres a cada lado de su jefa, quien
nos miró en parte agradecida, en parte aún molesta. Sus ojos brillaban con gran
intensidad, como si fueran dos estrellas. Ordenó a sus discípulas le pusieran la
ropa. Una sonrisa que más que otra cosa, reflejaba maldad, se dibujó en su
rostro. "Descansen, que no hemos terminado con ustedes, aún nos falta tomar
algo", dijo. Todas dieron media vuelta y caminaron hacia la puerta. Mis ojos
estaban cansados, a punto de cerrarse. No sentía ni mis brazos ni mis piernas.
Una vez pasado el efecto de sus pociones, parecía que mi cuerpo me cobraba tan
intensa experiencia con creces. Antes de quedarme dormido, pude observar algo
que no había notado antes, y que me dejó sumamente confundido. De sus túnicas
salía, y arrastraba por el piso, lo que parecía ser una cola. No tuve tiempo de
ponerme a pensar en eso. Me quedé profundamente dormido.
Cuando desperté me encontraba en el cuarto del hotel. En la
cama de al lado, dormía David. Ambos teníamos la ropa puesta. La cabeza me daba
vueltas y sentía una rara sensación en la entrepierna. El reloj marcaba las ocho
de la noche. Moví a mi amigo para sacarlo de su sueño. Él se encontraba tan
confundido como yo. No podíamos explicarnos como habíamos llegado hasta ahí.
Tampoco sabíamos donde se encontraba Tuta. Todo lo que habíamos vivido por culpa
de nuestra necedad a caminar bajo el sol del desierto, a pesar de haber sido
como un increíble sueño, fue muy real, pero terminamos por convencernos, ante la
necesidad de encontrar una explicación lógica, que Tuta nos había regresado al
hotel y lo demás había sido algo así, como un espejismo creado por el calor.
Lo que no era mentira, era la urgencia con que necesitábamos
un regaderazo. La ropa se pegaba a nuestros cuerpos y el sudor escurría por
nuestras frentes y cuellos. Acostumbrados a compartir cosas más íntimas,
decidimos ducharnos juntos. Entramos al baño. Comenzamos a desnudarnos, de la
misma manera en que lo hacíamos cuando estábamos uno frente al otro, tratando de
provocarnos. La delgadez que tanto me gustaba de David, empezó a excitarme. La
extraña sensación que tenía en la entrepierna, no me permitía darme cuenta si mi
verga se estaba parando o no. Cuando quedamos desnudos, nos miramos sorprendidos
al descubrir el porque de ese extraño sentimiento. Aquellas mujeres se habían
llevado algo, tal como lo dijeron. Ninguno de los dos, tenía testículos.