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En la disco...
Gays- 2008-03-07 09:15:00
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EN LA DISCO...

No soy muy aficionado a esto de ir a las discos-gay... demasiado ruido y demasiada gente mirándote, o porque les pareces conocido y quieren corroborar si eres uno de ellos o porque les gustas y no pueden dejar de mirarte con esas miradas fijas, de ojos sin pestañear, directo al fondo de los ojos, como si quisieran taladrarte hasta el mismo cerebro. Algunos incluso se giran hacia atrás después de haber pasado para comprobar si te dejaron clavada la mirada en el alma.

No es que me disguste, sólo que cuando son demasiados insistentes algunos y además que a veces andan acompañados, me parece altamente inoportuno el asuntito.

Y mientras Jorge y Felipe bailaban, son pareja, yo me quedé afirmado en la barandilla que separaba el sector de las mesas de la pista de baile. La música sonaba bien y estaban tocando excelentes ritmos y me hubiera gustado bailar, pero iba de violinista esa noche y no me atreví a bailar solo y mucho menos a invitar a algún desconocido, además que no tenía ganas de ligue y cuando invitas a alguien a bailar inmediatamente se piensa Aeste huevo quiere sal@...

En una de las mesas del extremo estaba sentado, solo. Mientras paseaba la mirada, intentando que fuera una mirada perdida, sin fijarme en nadie en especial para evitar compromisos, lo noté con cara de aburrido, y es más, con cara de amurriado, como molesto por algo.

Era un chico bastante joven, al menos así me lo pareció. Unos 18 años me imaginaba yo. Claro que hay que tener presente que los gay siempre parecemos más jóvenes de lo que somos... yo por ejemplo acabo de cumplir los 30 y parezco de 25, al menos así lo creo yo cuando me miro en el espejo en mis largas sesiones de autocomplacencia.

El también paseaba la mirada, de vez en cuando, e igual que yo, sin fijarse en nadie.

Me agradó el chico.

Delgado, también yo lo soy, de pelo corto con un leve flequillo sobre la frente. Piel muy blanca y cuando miraba abría unos enormes ojos azules. Boca roja y pequeña. Empecé a entusiasmarme con él. Me imaginaba besándolo, cogiendo su cabeza en mis manos y besando primero su mejilla y pasando rápidamente a su boca...

Al final me decidí por salir a fumarme un cigarrillo. Les hice señas a los muchachos de que salía a fumar y me entendieron de inmediato con movimientos de cabeza. Estaban entusiasmadísimos con el ritmo y ya se les empezaba a notar el sudor en la cara.

Habíamos dejado el coche casi frente a la entrada, me metí en él y encendí mi cigarrillo y la radio. Entonces lo vi salir. Caminó, pasó frente al coche, sin mirar, y se quedó parado un poco más allá. Por el retrovisor lo vi sacar del pantalón un paquete de tabaco y buscarle las cerillas o el mechero, supongo, por sus movimientos y también me percaté de su gesto de molestia al no encontrarlos. Entonces miró para todos lados y como yo, maliciosamente, estaba aspirando mi cigarrillo, vio la punta encendida...

Se acercó calmadamente y rodeando el coche se paró al lado de la puerta del conductor, bajó la cabeza y me pidió fuego -bien, supongo que fue eso lo que dijo porque yo tenía la ventanilla cerrada-, abrí y le ofrecí fuego. Y acerté, porque cogiendo mi cigarro encendió el suyo.

-Gracias. Hace calor dentro, -dijo-

-Sí, bastante, -respondí cortés, pero serio y sin mirarlo.

Este comentario me indicó que me había visto y que se había fijado en mí.

No se movió, no se fue, se quedó allí. Fueron unos segundos muy largos... Cuando quise salir del coche para empezar a conversar en la acera, me detuvo con un gesto, diciéndome:

-)Te importa si me quedo un rato contigo en el coche conversando, o escuchando tu música?

-No, por supuesto, -y volví a entrar e inclinándome le abrí la otra puerta.

Se veía inquieto, nervioso, molesto..

-Si no quieres decir nada, no hables, pero a veces hace bien desahogarse...

-No creas que ando en busca de rollo, en realidad estoy esperando a un amigo, pero llevo aquí ya casi dos horas y no me puedo convencer de que no venga...

Es mi ... -no se como decirlo-, mi pareja, mi novio, mi algo..., bien, en realidad mi ligue, aunque nos conocemos desde hace mucho tiempo. Pero claro es una relación inestable, por decirlo así..., decía, mientras esbozaba una semi sonrisa entre avergonzada y molesta.

El muchacho me gustó. No puedo negarlo. Y de gustarme pasé a desearlo. Me agradó su carácter que se dejaba entrever en sus gestos, su perfume suave y fino, su camisa celeste de buena confección y su pantalón elegante que le marcaba perfectamente su culo joven, respingado y en perfecta concordancia con el resto de su cuerpo. Era un chico bien, no cabía duda. Hablaba con corrección y con asertividad. Sus enormes ojos azules eran parte de su discurso, así como su boca. Y su forma de mover las manos e incluso de fumar su cigarrillo, educadas y correctas.

Entonces me lancé.

-Me gustas, muchacho. Te invito a mi piso, aunque sea para compartir una copa, nada más.

-Acepto, -dijo-, con la misma seguridad y rapidez con que hacía todo.

Entré al local, aquellos dos seguían moviendo el esqueleto como contratados, cuando me dirigí a ellos me sonrieron. Dándoles las llaves del coche les dije simplemente: -Ligué, me voy a casa... llevaos el coche, yo me voy en taxi ya que estoy más cerca.

Felipe me las cogió, se las echó al bolsillo y riendo continuaron bailando, fascinados.

Cogimos el primer taxi que pasó y menos de 10 minutos estábamos en el piso.

Me felicitaba a mí mismo por tener todo en orden, cosa que no ocurre frecuentemente. E incluso un adorno floral que por lo demás olía muy bien, a esa hora de la noche que es cuando las buenas flores nos alegran el alma al aspirar la brisa.

Mi piso no es muy grande, pero tiene una amplia sala comedor con ventanales que miran a la ciudad desde el 141 piso, una terraza que tengo con plantas y dos cuartos no pequeños, además de la cocina y un baño y medio. Tengo pocos muebles, pero de buen gusto y mejor precio, obvio, lujos que me permite mi trabajo de catedrático de arte en la universidad.

Ofrecí, aceptó vino blanco, dulce y frío y no dejó su expresión medio enfurruñada, medio distraída y, como chico educado y medido, no se dedicó a recorrer el piso admirando hasta el orinal, como suelen hacer los Asnobs@ (y lo del orinal no es ningún chiste porque en alguna antigua casa la encontré, toda de porcelana, impecable, preciosa y no paré hasta que la vieja dueña se decidió a vendérmela o mejor dicho en aras de la verdad, a cambiármela por una mecedora que le ofrecí para decorar su galería, orinal que yo tenía ahora en el centro de la sala, sobre una mesa baja con cubierta de cristal y con un cartelito dentro que rezaba: ASoy orinal, no soy cenicero@... porque ya sabéis, abundan los desubicados en este mundo).

Apagué las luces y me senté a su lado, explicando que no lo hacía por otra razón que el hecho de que pudiera mirar mejor el panorama que se extendía delante de nosotros y que Asintiera@ el pulso, la vida de la ciudad ante sus ojos...

No respondió nada... siguió meditabundo y amurriado, encendió otro pitillo y se acercó al ventanal. Cuando me levanté a pasarle su vaso de vino, se dio la vuelta, me quedó mirando y con un gesto tierno pero lleno de decisión, acercó su cara a la mía y besándome en la boca dijo:

-También me gustas.

Dejé ambos vasos en la mesilla y al volverme él me daba la espalda, contemplando la ciudad. Me acerqué por detrás y abrazando su cintura me pegué a él y lo besé en la mejilla, cuando echó atrás la cabeza, pegándola a la mía y medio resposándola en mi hombro, le besé el cuello, y así estuvimos en ese morreo incómodo un buen rato, hasta que volviéndose nos abrazamos abiertamente y nos besamos con más pasión de la hubiera imaginado.

Empezó a desabotonarme la camisa y a besar mi pecho, hice otro tanto. El abrazo se hizo más íntimo, más cálido y más caliente. Su cuerpo delgadísimo me parecía frágil entre mis brazos.

Otra vez se giró hacia el ventanal y se quedó como esperando gestos de mi parte. Volví a cogerlo por la cintura y a besar su cuello y sus hombros. A estas alturas yo estaba muy excitado con el chico y mis acaricias se hacían más insistentes. El se dejaba querer.

Entonces, cogí la hebilla de su cinturón y la abrí. Bajé su cremallera con facilidad y su pantalón cayó sobre sus pies y él, levantándolos, se lo sacó. Mis manos cada vez más insistentes se pasearon por su pecho, por su vientre, por sus muslos, por su piel suave, alba y sus músculos aun no totalmente desarrollados y sin un gramo de grasa.

Con el mismo gesto ágil e inesperado y decidido con que hacía todo, se volvió, abrió mi pantalón y lo dejó caer, se agachó para descalzarme y sacarlo y desde allí me miró con ternura y desafío a la vez y acariciando mis muslos empezó a subir, besándomelos y mordiéndolos con sus labios. Empecé a sentir su lengua en mi piel, la sentí suave recorrer el borde de mi slip y meterse buscando mis huevos y luego lamerlos por encima de la tela también y recorrer mi polla que ya dura se empinaba hacia mi cintura. Entonces cogí su cabeza y acariciando su pelo, tan suave, la apreté contra mi cuerpo y sus mordiscos de labios se dedicaron ahora a degustar mi rabo duro.

Ya no aguantábamos más, ninguno de los dos, y casi al unísono cogimos mi slip y lo bajamos. Empezó a lamerme ahora los huevos desnudos, a recorrer con su lengua de lagartija, mis ingles, subiendo y bajando, y lamer mi polla como una paleta.

Y me sacó el slip y lo lanzó al sofá y con sus manos me hizo abrirme de piernas y metió su lengua entre ellas y me relamió la entrepierna que tengo muy velluda, los huevos en su nacimiento, mientras gemía con placer y gula casi, y medio levantándose, cogió mi glande entre sus labios y terminó por desnudarlo totalmente del prepucio. Sorbió golosamente mis jugos preseminales y me comió el glande como si fuera su caramelo, o su bombón al que quisiera sacarle toda su crema interior.

Lentamente se fue metiendo mi polla en la boca y masturbándola a la vez, y con su otra mano, acariciaba, de manera experta la parte baja de mis huevos, tocándolos apenas con las yemas de sus dedos.

Yo estaba dedicado a sentir, a degustar totalmente el placer que me estaba provocando... y cuando me di cuenta que iba a llegar al climax y sintiendo la seda de su boca y mi polla totalmente hundida hasta su garganta y su cabeza moviéndose atrás adelante y sus chupadas apretando cada vez que mi polla salía, lo tomé delicadamente por los hombros y lo aparté...

Se levantó y se apoderó de mi boca, exclamando -me gustas,... como me gustas....

Entonces empecé yo mi parte. Lo volví hacia el ventanal y le quité el boxer que aun llevaba y que por delante había dejado escapar su polla enhiesta. Pasé mi mano por medio de su culo, besé una vez más su cuello y empecé a bajar por su espina con la lengua, lamiendo y relamiendo su piel, como él había hecho con la mía, me detuve en la cintura y continué. Al llegar a sus nalgas, las mordí con suavidad. Con un pie abrí más sus piernas. Y mi lengua siguió el recorrido, hasta llegar al verdadero objetivo, su ojete...

Se lo besé, lamí y relamí y penetré con la lengua. Luego volví a levantarme, recorriendo ahora hacia arriba su espina, mientras mis dedos continuaban en su ojete lo que había iniciado mi lengua. Mojándomelos en la punta de la polla que ya me goteaba, empecé a metérselos, primero uno, luego dos... sus gemidos se intensificaron con esta maniobra, entonces, ya casi en el paroxismo de mi excitación, abrazándolo por la cintura con la otra mano puesta en su nuca, lo hice inclinarse... El, obediente, se abrió más de piernas y me ofreció su delicioso culo, duro, respingado, blanco y luego sabría que virgen, y apuntando con mi polla en la mano, la enfilé en su ojete y empecé mis movimientos de mete y saca, lentamente, poco a poco, intentando sentir exactamente como su culo se abría, dilataba y dejaba a mi polla penetrarlo con toda su extensión.

La entrada del capullo la sentí como un beso. Me costó metérselo y cuando lo logré, flexionando primero mis piernas para penetrarlo desde abajo, sentí que el ojete me aprisionaba el capullo por el cuello mientras él exhalaba un gemido entre adolorido y gozoso. Me fui levantando lentamente y sin sacar el capullo, retroceder y volver a meter mi polla, con cada movimiento, un poco más... Lo tenía cogido por las caderas, mis manos en su pubis para apretarlo mejor contra mi cuerpo y de este modo mis movimientos se fueron haciendo más y más rítmicos y la penetración más profunda hasta que sentí que mis no poco respetables dieciocho centímetros estaban totalmente alojados en su culito y mis huevos rozándole la piel. Mi polla es bastante gorda, pero el capullo lo tengo "en embudo", de modo que meterlo es relativamente más fácil que alojar la polla, de mayor envergadura, entera.

Una vez dilatado, nuestro mutuo deleite fue in crescendo y cuando sus brazos se movieron hacia atrás, cogiendo mi cuerpo de las caderas para apretarse contra mí, mis manos pudieron acariciar su pecho y pellizcar sus pezones y mi boca morder su cuello y nuca y hombros y espalda, produciendo en su cuerpo unos espasmos que hacían mi penetración más placentera... hasta que sentí que me derramaba, ya no podía aguantar más mi orgasmo y eyaculación, entonces cogí su polla y masturbándolo empecé a gemir en su oído:

-Ya..., (con voz enronquecida), yaaaaaa... me corroooooo...

-Sí cariño, me respondía, síiiiiiiiiiiiii, enga, córrete dentro de mí...

Y empecé a sentir que su ojete se contraía y dilataba, al tiempo que la mano con que lo masturbaba la sentí mojarse con su semen caliente y entonces con una fuerte embestida le clavé todo mi tronco hasta los mismos huevos y apretándolo contra mí me derramé en sus entrañas en varios chorros de semen y mi polla parecía un grifo.

(Qué follada...! Y allí, sobre la pequeña alfombra junto al ventanal, frente a la ciudad que no contemplábamos ya, porque nuestros ojos estaban ciegos, porque nuestros cuerpos solo sentían el placer de estar unidos y formar uno solo, hasta el éxtasis, esa pequeña alfombra, digo, recogió parte y fue testigo de nuestros mutuos placeres.

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