Habíamos quedado esa tarde
para vernos, cuando llegué a tu casa la puerta estaba sin cerrar,
pero sabía que estabas allí. La tarde era muy soleada, una
tarde de primavera, al pasar la puerta me llegó un olor a mojado
y a tu perfume. Te habías estado duchando, ahora estarías
en la habitación terminando de secarte, cerré la puerta despacio
y fui hacia tu habitación.
Allí estabas, tumbada boca
abajo sobre la cama, con unas braguitas negras que apenas tapaban tus curvas
caderas y con la espalda desnuda. El sol que entraba por la ventana se
reflejaba y brillaba en tu piel, dándote un aspecto casi angelical.
Me gusta mucho haberte encontrado casualmente así, aunque a lo mejor
lo tenías preparado, la puerta abierta, tú sobre la cama,
la ventana con la cortinas corridas. Aunque tu aspecto era distraído,
se dibujaba una sonrisa en tu cara, sabías que estaba allí,
admirándote, no sabía si romper un momento tan bello.
Me acerqué a los pies de
la cama, a más me acercaba más preciosa te veía, puse
la yema de los dedos justo detrás de tu rodilla y fui subiendo despacio
acariciando casi sin rozar tu pierna, tu muslo, al llegar al borde de las
braguitas noté como sentiste un escalofrío.
Con la mano abierta te acaricié
por encima de las braguitas, me gusta notar la tersura y el calor de tu
piel. Pongo mis manos en tus caderas y te giro para verte de frente, tus
pechos redondos se mantienen rígidos, con sus aureolas y pezones
henchidos. En tu cara se dibuja una sonrisa pícara, tus ojos brillan
como luceros del alba, me tienes a tu merced.
Noto tu mano en mi entrepierna,
acariciando lo que no puedo disimular, mi excitación. Te sientas
en la cama y sin dejar de mirarme con esos luceros, bajas la cremallera
del pantalón y me lo bajas despacio, estoy inmóvil, tan rígido
como lo que estás buscando, al bajarme la ropa, salta como una pértiga,
le das un beso corto casi sin rozarse, que me hace estremecer, me subes
la camisa y me vas besando y dando mordisquitos hasta que llegas a mis
pezones, los chupas mientras terminas de quitarme ropa.
Estás de pie frente a mí,
nos abrazamos, empiezo a reaccionar beso tu cuello, me embriago con tu
perfume, con tu frescura, acaricio tu espalda meto mi mano bajo tus braguitas
para acariciarte y apretarte con fuerza contra mí, me gusta sujetarte
el culo como si fuera un balón, clavo mis dedos en él. Por
fin te quito la única prenda que te tapaba. Mientras tu mano ha
estado jugando con mis testículos y arañando suavemente todo
lo largo de mi pene, que se mantiene firme y duro para tí.
Acariciandote, empiezo a notar tu
humedad, tienes el vello mojadito, cuando te acaricio siempre te estremeces
de cosquillas y cierras las piernas, hasta que el placer que sientes es
mayor que las cosquillas, entonces mis dedos juegan a placer dentro de
tu conchita, que cada vez está más lubricada. Vuelves a rodear
mi pene con tu mano, como comprobando su estado, en un instante estás
sobre la cama a gatas, con el culo levantado hacia mí, ahora el
sol vuelve a brillar sobre tus espaldas, tu culo se mueve insinuante hacia
un lado y otro, no puedo más que poner mis manos en tus caderas
y acercarme despacio, mientras mi pene va entrando dentro de tu ser, vas
arqueando la espalda, como colocándote por dentro para notarlo,
lo mejor posible. Cuando llego al final y mis testículos chocan
contra ti, te oigo, oigo un suspiro empiezas a moverte despacio, pero ahora
me ha llegado el turno, sujetándote fuertemente empiezo a entrar
y salir de ti, me gusta la sensación de chocar contra tu trasera,
y ver cómo parte de mí entra y sale de ti, todo este vaivén
se repite por todo tu cuerpo, justo enfrente de mi descubro el espejo del
vestidor, veo tus ojos cerrados, tus pechos retemblando al recibir cada
embestida.
Noto tu respiración entrecortada,
cómo tu vagina se empieza a estremecer, al tiempo exploto dentro
de ti, levantas tu cabeza y puedo ver tu cara iluminada y roja en el reflejo
del espejo tus brazos no resisten tu tensión y caes sobre la cama
rendida. Con tu cara sobre la cama y el culo levantado, yo sigo dentro
de ti, bombeando mi esencia dentro de ti.
Cuando me separo te dejo despacio
sobre la cama y me acuesto detrás tuyo, te abrazo a la vez que tú
sujetas mis brazos, vamos a dormir, hoy ya hemos cenado. Mañana
quizás nos despertemos con más hambre.
Ya ha llegado la mañana,
la luz empieza a entrar por la ventana y tras desperezarme, me giro para
abrazarte un poco antes de levantarme, pero tú no estás.
Me levanto y voy al servicio para lavarme y despejarme, al entrar veo que
te has adelantado, estás duchándote. Tras darte los buenos
días, me lavo la cara, y puedo verte reflejada en el espejo mientras
te duchas, de nuevo esa visión empieza a hacer crecer algo en mí.
Al girarme, ya estoy completamente
armado, no necesité decirte nada, tú me dijiste con voz suave
y sensual, "¿me frotas la espalda?", primero desde fuera
de la ducha pero enseguida me metí dentro, tú parecías
no hacer caso a mi entrada, seguías quieta mientras yo te frotaba
despacio con la esponja.
Al momento solté la esponja
y fueron mis manos las que empezaron a frotarte la espalda y el cuello,
al poco te llenaba de jabón tus nalgas y acariciaba con jabón
tus muslos, me encantaba notar tu piel mojada con el agua tibia.
Cogiste el bote de jabón
y te llenaste las manos, así, según estaba tras de ti, empezaste
a frotarme el pene, que ya estaba muy tenso, pero esto le hizo endurecerse
más. Lo frotabas apretando hacia abajo hasta llegar a los testículos,
y tras ponerlos sobre tu mano, subías despacio hasta llegar de nuevo
a la punta, yo diría que me estabas masturbando como nunca, cuando
yo creía que no iba a resistir más sin explotar, me dejaste
y te diste la vuelta, me pareció muy cruel dejarme así, luego
vi que no querías desperdiciar ni una gota.
Al girarte, el agua recorría
tus pechos y saltaba desde tus pezones erizados, todavía agitado
por la tensión que me habías producido, me llené las
manos de gel y empecé a enjabonarte los pechos, me gustaba sentir
esa dureza y suavidad entre mis manos. Los pezones aparecían y desaparecían
entre mis dedos y el jabón. No pudiendo resistirlo más puse
uno de tus pezones en mi boca y empecé a chuparlo mientras el agua
caía por tu pecho y por mi cara, tras jugar con él y mi lengua,
te besé en los labios, y nuestras bocas se fundieron con nuestras
lenguas, mientras el agua seguía empapándonos las caras.
Empecé a jugar entre tus
piernas, te acariciaba despacio, sintiendo el calor de tu interior, cada
caricia te hacia moverte de una manera brusca, mientras nuestras bocas
seguían unidas. Empezaste a bajar despacio, besándome todo
el cuerpo, hasta que llegaste a tu juguete, lo besaste, lo acariciaste
con tus manos, mientras le notabas cómo se endurecía con
tu contacto poco a poco lo fuiste poniendo en tu boca, notaba como lo presionabas
con la lengua y lo chupabas despacito como un helado, tus manos jugaban
con él y con los testículos, de los que te gustaba tirar
y apretarlos dentro de tu mano, lo cual me producía una sensación
de dolor y placer.
Te veía de rodillas, frente
a mí, con el agua cayéndote por la espalda y mirándome
a la cara con tus luceros brillantes, la metías y la sacabas de
tu boca saboreándola y besando la punta al salir, para volver a
llenarte la boca. Yo te sujetaba la cabeza y te tiraba del pelo pero no
necesitaba ayudarte a llevar un buen ritmo. Un ritmo que me hizo explotar
dentro de ti, me presionabas el pene para que saliera poco a poco, saboreando
mi esperma.
Quedé apoyado sobre la pared,
te levantaste y mientras con una mano seguías con tu juguete, me
besaste en la boca, haciéndome notar por primera vez mi propia leche.
Esa sensación y tus caricias volvieron a hacer crecer, al poco tiempo
la tenía como antes, llena de nuevo para ti.
Te arrimaste a mí y la pusiste
entre tus piernas, justo en la puerta de tu manantial, me movía
recorriendo los labios de tu vagina, que se separaban al ser rozados, así
un ratito, separando y acariciando tu entrada. Fue entonces cuando me abrazaste
y trepaste sobre mí, para situarte justo a la altura en que la punta
empezaba a entrar, te quedaste en esa posición durante unos instantes,
con los ojos cerrados y fuertemente abrazada a mi cuello, te sujeté
por las caderas y tus piernas se enroscaron en mí.
Despacio echaste la cabeza hacia
atrás y fuiste dejándote caer mientras mi carne iba notando
tu calor según se adentraba dentro de ti. Las paredes de tu vagina
se iban abriendo poco a poco, hasta que te quedaste completamente clavada
en mí, aún así sujetándote con las manos en
mi nuca te estiraste hacia atrás como intentando llenarte más
aún.
Me volviste a abrazar y empecé
a subirte y a bajarte, primero despacio, y luego de vez en cuando te dejaba
caer para que se te clavara hasta dentro, esto producía primero
una cara de tensión o dolor y luego una brillante sonrisa. Mi excitación
era muy alta, mientras te subía y bajaba ponía mi cara entre
tus pechos y los besaba, los mordía, notaba como tu vagina se contraía
alrededor de mi pene, tus brazos empezaron a ayudarme a subirte y bajarte
más deprisa, tu cara estaba medio tapada por el pelo mojado, pero
se la veía brillar y enrojecer por momentos, tus pezones parecieron
dar un salto, cuando en una de las veces que te dejé caer sonó
desde dentro de ti un gemido largo y continuo, sin darme cuenta, estaba
bombeando de nuevo dentro de ti, palpitando mi carne en tu interior, Me
abrazaste y pusiste la cabeza sobre mi hombro con los ojos cerrados y me
diste un suave besito en el cuello.
Ahora nos volveremos a lavar el
uno al otro y nos vestiremos para desayunar o te llevaré el desayuno
a la cama.
Andres