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El turno de mi cunado - Relatos Eroticos, relatos porno, Relatos xxx, relatos
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El turno de mi cuñado
Amor filial- 2008-03-07 08:32:10
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Después de lo de mi suegro y de lo del psicólogo de mi hija, mi vida sexual había tomado un rumbo mucho más coherente para el nivel de las calenturas que todavía me invaden. Por si no me recuerdan soy María, tengo 31 años y una hija de 11. Vivo con Fermín, mi marido y Pedro, mi suegro. A fin de año, y gracias a las desataduras del alcohol, me cogí a mi suegro y lo disfruté a lo grande. La situación a veces se torna un poco complicada, pero Pedro no sospecha nada y mi suegro no va a abrir la boca, estoy segura. Soy odontóloga y tengo mi propio consultorio montado en un departamento que me dejó mi padre al morir.

El miércoles pasado tuve una visita inesperada en mi consultorio. Mario, el hermano de Pedro, me pidió que le solucionara una urgencia. Es el más chico de los seis hermanos de mi marido y recién cumplió 23 años. Resulta que jugando un partido de fútbol, recibió un golpe y se le rompió un diente. Mario es un muchacho muy buenmozo, mide 1.80 y tiene un físico muy trabajado debido a su neta inclinación a los deportes. Estudia medicina y varias veces me ha llamado para pedirme algunos libros comunes en ambas carreras.

Mario llegó esa tarde vestido con una remera y unos pantaloncitos cortos. Inevitablemente mis ojos fueron directamente hacia el bulto de este chico que ya empezaba a calentarme con esas piernas peludas y transpiradas. Lo de mi suegro lo había hecho ayudada con el champagne, pero con este mocoso la temperatura fue en ascenso desde que entró. Estaba transpirado, pero su olor era agradable. Se notaba que llevaba puesto un slip porque se le formaba una bolsita a la altura de los huevos y por los pliegues de las costuras en su cola. El pantaloncito corto era de esos nuevos, casi como de seda y al sentarse para que pudiera atenderlo, se deslizó hacia abajo y su bulto sobresalió más aún. Recordé las dimensiones del pene de mi suegro y me excitó pensar que el tema pudiera ser hereditario.

Mario se recostó y yo puse el sillón en posición casi vertical, como para poder ver mejor su boca. También pude apreciar como ese bulto se iba convirtiendo en cosa seria cuanto más cerca lo tenía de mi cuerpo. Entregarse a los placeres de la vida a cierta altura supone un cambio casi violento de actitudes que no siempre son bien entendidas por el resto de la gente. Sabía que a Mario, por ejemplo, jamás se le cruzaría que yo, la más puritana de todas sus cuñadas, haría todo lo posible para disfrutar con esa pija que amenazaba ser lo suficientemente grande como para jugármela.

Le pedí que abriera la boca y que me avisara levantando una de sus manos si sentía algún tipo de dolor. A propósito, traté de que se detuviera en mi escote mientras comenzaba con mi tarea de inspección, así que me desabroché uno de los botones para que si se interesaba en la mercadería, pudiera tener un panorama insinuante. Llevaba puestos uno de esos corpiños que tiene estructuras de alambres porque me gustaba cómo me acercaba las lolas y las hacía más redondas a la altura del pecho, como si me las inflara un poco. Noté que Mario espió cuando le pedí que se enjuagara. "Vamos a ver qué podemos hacer con ese diente roto, no sea cosa que después se te complique para ganar minas, je je", le dije con cara de zorra insinuadora.

Mario no entendió demasiado el comentario, es más se preocupó por su eventual ventana en el medio de la mandíbula superior. "Estoy en tus manos", me dijo este cachorro, sin tener idea de lo que estaba diciendo. Le dije que estaba sintiendo algo de calor y le pregunté si no le molestaba que lo atendiera sin el delantal. Me lo saqué provocativamente, sin desabrocharlo, deslizándolo por arriba de mi cabeza. Al hacer ese movimiento, traté de que mis tetas reventaran en el escote de la remera que tenía puesta debajo y saqué deliberadamente el culo cuando fui a colgarlo en el perchero. Mario estaba recostado, con la boca abierta y pude ver como el bulto de su pantaloncito de fútbol se había puesto mucho, pero mucho más grande.

Le pedí que abriera la boca y le repetí lo de la mano derecha si sentía algún tipo de dolor. Puse mis pechos muy cerca de su brazo y presioné con la pinza como para que sintiera molestias. Mario levantó la mano y se encontró con mi pecho. Sentí que se quedó unos segundos rozando mi escote y sin darle tiempo a que reaccionara o se cuestionara la situación, me metí una mano por debajo de la remera y liberé uno de mis pechos para que el pudiera tocarlo. "Si te hago doler ahora, pellízcame el pezón". Mario jugó con su dedo índice y su pulgar en mi pezón, que automáticamente se puso duro como una roca. "Entonces no me pongas anestesia", me replicó consciente de que iba a cometer un pecado.

Con los pedales acomodé el sillón de manera que su cabeza quedó recostada hacia abajo, me paré delante de él y coloqué las piernas una de cada lado de su cabeza. Con un bisturí, corté la parte inferior de mi bombacha y le pedí que me chupara la concha. El no entendía nada, pero accedió. Con su lengua recorría mis muslos y se detenía cuando llegaba a mi clítoris. Eso me ponía loca, pero no podía gritar porque todavía quedaban algunos pacientes en la sala de espera. Las paredes eran angostas y todo se escuchaba. Mis gemidos eran de gata caliente, suaves y largos y su lengua me hizo llegar a un orgasmo fantástico.

Puse el sillón en posición normal y su pija ya era de ensueño. "Te molesta si uso el torno?", le pregunté guiñándole un ojo y acariciando con la palma y el revés de mi mano su divino tesoro de juventud. "Me da un poco de impresión. Antes de usarlo conmigo, ponételo vos en la boca"; me dijo con astucia. Deseaba como nada en el mundo devorarme otra pija y mucho más me excitaba saber que era la del hermano del cornudo de mi marido. Lo saqué con dificultad de su slip y me lo metí en la boca. Tenía gusto salado por la transpiración, pero estaba súper lubricado por la calentura y mi lengua se deslizaba con suavidad en esa cabeza grande que pronto me penetraría.

Cuando ya estaba tomando buen ritmo, iba y venía con mi lengua por su miembro y cuando llegaba a la cabeza, se lo envolvía con los labios y lo recorría con mi lengua, dándole pequeños latigazos a la altura del prepucio. La polla se puso bien gruesa y la cabeza tenía el tamaño de un hongo, no era muy larga, pero era gruesa y con una leve inclinación hacia la izquierda, como si fuera curva. "Para puta, que me vas a hacer acabar ahora y antes quiero cogerte". Yo quería escuchar esas palabras mágicas, así que antes de que terminara, le pedí que se corriera y que me dejara a mí el sillón. Prendí el torno para evitar que los otros pacientes escucharan y abrí las piernas para recibir esa maravillosa y cabezona pija.

Mario tenía un cuerpo de atleta, con sus abdominales marcados. Nada que ver con el panzón de mi marido, que en su vida corrió más de un minuto. Mario bombeaba con fuerza, la hacía entrar hasta que sus huevos golpeaban con mi culo haciendo un chasquido seco que a mí me ponía más y más caliente. Tomé sus dos manos y las apoyé sobre mis pechos. "Apretalos hasta que se pongan morados hijo de puta", le dije mientras tenía mi segundo y también maravilloso orgasmo.

Yo estaba como una loca y a esa altura no me importaba tres carajos que mis pacientes pudieran escucharme. "Quiero más pija, pendejo, dame toda tu lechita". Mario me pidió que me arrodillara en el sillón, que quería penetrarme por atrás. Pensé que iba a cogerme por atrás, pero me quedé inmóvil cuando de un sólo movimiento brusco logró hundir su cabeza en mi culo. Yo estaba apenas lubricada por los besos que Mario me había dado, pero no me esperaba tal cosa e instintivamente cerré las piernas. "Noooooo, Mario, nnnnnnno. Por el culo, nooooooooooo, que tengo que seguir atendiendooooooooo, Ahhhhhhhh". Su cabeza ya estaba toda dentro y el resto era solo cuestión de tiempo.

Mi cuñado se calentó tanto con mi culo que me clavó las uñas en las tetas y me mordió la espalda dejándome algunas marcas, que a mi marido le dije que me las había hecho podando las rosas. Daba gemidos secos, como de rabia y hundía su pija hasta lo más profundo de mis entrañas. Volví a correrme cuando sentí su corro tibio chorreando por mi entrepierna y su furia se detuvo para quedar como flotando detrás de mí. "Que puta habías resultado, querida, de haberlo sabido antes"; me dijo mientras se acomodaba nuevamente el pantaloncito de fútbol.

"Mario, vamos a tener que hacer perno y corona. Pedile a Marcela un nuevo turno para mañana a las nueve, que te de el último por si se retrasa". Y le comí la boca de un beso. "Ni una palabra a Pedro ok? Y no te preocupes por los gastos que te los cubre todos el plan familiar".

A esta altura de los acontecimientos, también me cago en la culpa. Que el cornudo de mi marido se joda por no cuidarme y atenderme como yo me lo merezco. Hasta pronto.

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