Soy hijo de taxista y muchas veces he cogido el taxi por la
noche para ganar algo de dinero. Mi padre siempre ha hecho el turno de día y yo
el de noche. Lo que me dispongo a contar me ocurrió una noche de verano en la
que hacía mucho calor.
Como ya he dicho, esa noche cogí el taxi y me fui al centro
de la ciudad donde vivo. Llevaba un taxi muy viejo que no tenía aire
acondicionado y, aunque era de noche, el calor era realmente insoportable. Fue
una noche de lo más común: recogí a una pareja anciana, a una madre y a su hijo,
y a un hombre muy bien vestido. Pero a eso de las de dos de la madrugada recogí
a tres chicas.
Dos se sentaron en el asiento trasero y la tercera en el de
copiloto. Las tres iban vestidas con minifaldas y camisetas de tirantes. Iban
muy maquilladas y un poco borrachas, sobretodo las dos que estaban sentadas
atrás. De esto deduje que venían de alguna de las discotecas que hay por las
cercanías. Las dos de atrás parecían ser muy cariñosas y no dejaban de besarse y
acariciarse por encima de la ropa. No tenían vergüenza en demostrar que eran
lesbianas y pronto una de ellas tuvo los pechos al descubierto. La otra se los
besaba y acariciaba frenéticamente. La que estaba sentada a mi lado, se presentó
como Ana, estaba muy avergonzada y me dijo:
- Espero que las perdones pero es que se quieren mucho.
- Tranquila -le dije para calmarla- no es la primera vez que
me pasa. ¿Tu también eres lesbiana?
- No, de ninguna manera -era evidente que se moría de
vergüenza aunque no parecía ofendida.
Para cambiar de tema, pues estaba muy incomoda le dije:
- Hace mucho calor. ¿Te molestaría si me quitara la camiseta?
Es que llevo toda la noche conduciendo y este coche no tiene aire acondicionado.
- No te preocupes, te entiendo perfectamente.
Me quité la camiseta, que estaba chorreando de sudor.
Entonces me fijé por el retrovisor en las dos de atrás. Ya estaban los pechos de
las dos al descubierto y una tenía la falda quitada. Estaban estiradas una
encima de la otra cuando la de arriba le metió la mano en las bragas de la otra.
Eso me puso muy excitado, de manera que mi pene empezó a crecer. Sin la camiseta
se me notaba mucho y no podía disimular de ninguna manera. Ana pareció notarlo
pero no dijo nada aunque me pareció observar que algo había cambiado en la
expresión de su cara. De pronto y sin ningún aviso una rueda se me pinxó, aún
tuve tiempo antes de que se parara el coche de dejarlo en un descampado. No
tenía rueda de repuesto, así que saqué el móvil y llamé a la grua.
- Tardaran dos horas -le dije a Ana.
- Pues tendremos que esperar -respondió mientras me miraba el
bulto de mis pantalones. ¿Qué te pasa?
- Nada. ¿Por qué lo dices?
- Es que tienes un bulto debajo de los pantalones.
En ese instante me quedé helado y no supe que responder. Ella
se acercó y me abrió los botones del pantalón. Yo no podía hacer nada pues
estaba paralizado. Mi pene tenía un gran tamaño y parecía que los calzoncillos
se iban a romper. Ana me los bajó y se llevo mi aparato a la boca. Me la chupaba
como una verdadera puta, se la metía entera y con la mano me acariciaba los
huevos. En ese instante perdí toda mi vergüenza y le dije:
- Esto me gusta mucho pero podríamos ir a fuera que hay un
poco de césped.
- Tienes razón -contestó ella-, estaremos más cómodos.
Salimos del coche y nos estiramos en la hierba. Ana se quitó
la camiseta y dejó al descubierto dos pechos carnosos, pequeños y con los
pezones duros. Yo me estiré a su lado, le chupaba un pecho mientras con la mano
le acariciaba el coño. Estuvimos un rato así hasta que ella estuvo muy húmeda y
me pidió que la penetrara. Se puso boca arriba, se subió la falda y se quitó las
bragas. Pude observar un coño muy depilado y rebosando líquidos. Me puse encima
de ella y la penetré con fuerza. Ella no dejó de gritar mientras yo me moría de
placer, me cogía las nalgas y las apretaba contra su coño. Yo quería metérsela
toda, así que le subí las rodillas. Si hubiera podido entrarle un poco más, mis
huevos habrían entrado. Toqué el fondo de su coño y ella gritó de placer.
Follamos a un ritmo frenético y en poco tiempo me corrí en su interior. Cuando
saqué mi polla de su coño, el semen se derramo entre sus muslos. A continuación,
nos limpiamos nuestros sexos con la boca mientras hacíamos un 69. Su coño estaba
lleno de semen y jugos, yo cogí una botella de agua y se lo limpié, mientras Ana
me chupó la para limpiarla. De reojo vi que las dos lesbianas estaban a nuestro
lado haciendo lo mismo. Cual sería nuestra sorpresa que mientras estábamos las
dos parejas tiradas en la hierba, apareció la grúa. De ella bajaron un hombre y
una mujer bastante jóvenes.
- Veo que no están muy preocupados por el coche -dijo el
joven.
- Discúlpenos, pero es que hacía mucho calor -respondió Ana.
¿Quiere usted acompañarnos?
- Espera que lo consulte con mi novia.
Estuvieron un rato hablando. Yo estaba muy sorprendido de las
palabras de Ana. El polvo había resultado fantástico y yo estaba realmente
agotado pero ella no daba muestras de cansancio, incluso todavía quería más.
- De acuerdo -respondió el hombre con cara de excitación.
Nos presentó a su novia que se llamaba Cristina. Era
pelirroja y bastante alta aunque lo primero en lo que uno se fijaba eran sus
pechos. Eran enormes y se mantenían firmes y derechos sin que la gravedad
pareciera afectarlos. Llevaba un vestido de una pieza que dejaba transparentar
un tanga negro. Mientras su marido se desnudaba, pues Ana y yo ya lo estábamos,
Cristina se quitó el vestido y dejó al descubierto sus pechos. En ese preciso
momento recuperé todas mis fuerzas y mi polla creció rápidamente.
Cristina se dio cuenta que no dejaba de mirarle las tetas,
así que se acercó a mi y me susurró al oído:
- ¿Te gustaría tocarlas?
- Por supuesto -le respondí.
Así que me sentó en el suelo, se sentó a mi lado, me cogió la
mano y se la llevó a su pecho. Era muy esponjoso pero a la vez duro y prieto.
Con la otra mano le cogí el otro pecho mientras ella me masturbaba la polla. Yo
se los masajeaba y notaba como se le iban endureciendo los pezones. No me cabía
un pecho en una mano. Al mismo tiempo, Juan, el novio de Cristina, tenía la cara
entre los muslos de una Ana que no dejaba de gemir y sollozar. En cambio, no vi
a las dos lesbianas pues parecía que habían desaparecido.
Estuvimos así un rato hasta que Cristina se quitó el tanga y
me mostró su coño. Un coño bastante peludo con unos pelitos pelirrojos que me
excitaron demasiado pues mi polla aumentó todavía más y a mi cada vez me costaba
más no correrme. Decidí que tenía que chupárselo, así que la tumbé en la hierba,
le abrí las piernas y le metí mi lengua con fuerza. Soltó un gemido más propio
de un animal que de una mujer. Yo movía mi lengua en el interior de su coño,
acariciándolo por todos los lados. En ese momento ella se corrió y me apretó la
cabeza contra su raja, casi me ahogo pues sus líquidos me llegaron hasta la
garganta. Después me soltó la cabeza y me dijo:
- Chupas mejor que Juan. Supongo que Ana ya te la habrá
chupado, así que te voy a hacer una cosa nueva -me lo dijo tan sensualmente que
casi me corró.
Me cogió la polla y se la puso entre sus gigantescas tetas.
Fue la mejor sensación de mi vida, tenía la polla entre las dos tetas más
grandes del mundo y con la punta de su lengua me chupaba el capullo. Cristina
movió de tal manera las tetas que no pude aguantar más y me corrí entre sus
pechos. Brotó tal cantidad de líquido que se me ocurrió una idea impresionante.
Me fijé en que Juan estaba penetrando a Ana y que ella parecía estar agotada,
así que les dije:
- Ana, ¿te gustaría chupar el charco de semen que tiene
Cristina entre los pechos?
- No es mala idea, pues estoy cansada de las embestidas de
Juan y hace largo rato que me he corrido.
- También podríamos -dije dirigiéndome a Juan- penetrar a
Cristina por delante y por detrás mientras Ana la limpía.
- Tío, eres cojonudo -dijo Juan súper excitado.
Antes tenía que dilatarle el ano a Cristina, así que me chupé
el dedo índice y se lo metí por el culo. Ella soltó un gemido, más tarde le metí
y tampoco pareció dolerle. Pero cuando le metí tres dedos soltó un aullido de
dolor pero a fuerza de meter y sacar los dedos el ano se fue dilatando hasta que
estuvo listo para seguir con el polvo.
Juan se estiró en el suelo y Cristina se puso encima boca
arriba. Le penetró el ano suavemente y yo me dispuse a penetrarle el coño. Lo
hice salvajemente aunque mi polla estaba muy mojada y ella no pareció notarlo.
La íbamos penetrando alternativamente de manera que nunca dejaba de haber una
polla en su interior. Mientras, Ana le chupó el charco de semen que había en sus
pechos. Estuvimos así un buen rato, Juan y yo pronto nos acercamos al orgasmo,
en cambio Cristina no parecía cansarse. Cuando Ana acabó de limpiarla, se abrió
de piernas encima de la cabeza de Cristina, la cual le lamió el coño
desenfrenadamente. Juan y yo aumentamos el ritmo, cada vez íbamos más rápidos
hasta que los dos nos corrimos a la vez. Fue una experiencia inolvidable y
irrepetible. La llenamos enterita de semen. Se formó un charco en el suelo de la
cantidad de líquido que soltamos los dos. Ya íbamos a retirarnos los dos cuando
Cristina dijo:
- ¿Ya habéis acabado? Yo no, así que os cambiáis: Juan ahora
tu por el coño y tu por el ano -dijo.
- Pero es que estamos cansados y nos acabamos de correr
-respondió Juan.
- Pues Ana y yo os vamos a volver a excitar.
Cogieron nuestros penes flácidos y cansados, los masajearon
con las manos y cuando empezaron a crecer nos los chuparon lentamente. A mi me
la chupó Cristina pues Ana ya me lo había hecho antes. Lo hizo delicadamente,
con suavidad y sin prisa. Nuestras pollas volvieron a estar en pleno rendimiento
otra vez. En ese momento volvieron las lesbianas, traían una bolsa de un
sexshop. De ella sacaron un vibrador doble, de esos que se usan para que dos
chicas se penetren a la vez.
- También os hemos traído una cosa a vosotros -dijeron con
cara de picardía.
De la bolsa sacaron un frasco que contenía un líquido
transparente.
- Es un afrodisíaco, con esto un hombre necesita dos polvos
para eyacular.
Juan y yo tomamos un trago, en seguida notamos como se
multiplicaban nuestras ganas de follar y nuestras energías aumentaban como nunca
lo habían hecho. Yo cogí a Ana y la puse a cuatro patas, pues me había quedado
con ganas de follármela analmente. Juan hizo lo mismo con Cristina. Dadas mis
ganas de follar, la penetré con fuerza y ella chilló. Fue un ritmo realmente
rápido y potente. Ellas no dejaban de gritar mientras las íbamos empalmando.
Todavía no entiendo como pudieron aguantar nuestras embestidas. Llegó un momento
que ellas se corrieron, pero nosotros todavía teníamos ganas, así que hicimos
cambio de pareja y continuamos machacándoles los anos. Yo creía que el culo de
Ana era el mejor, pero cuando Cristina se puso como un perro y yo le cogí las
nalgas con ambas manos, cambié de idea. Era totalmente redondo y la penetración
me provocó el mayor placer de mi vida. Fue un polvo realmente largo en que los
cuatro no dejamos de gritar. Nos corrimos los cuatro a la vez.