Éste es el mito de Acteón, príncipe de Tebas, y del
castigo que recibiera de la diosa Artemisa tras descubrir el secreto de su
virginidad. ¡Imprudente, sería trágicamente castigado por ello! Que sirva de
ejemplo a tantos indiscretos observadores como hay.
El joven Acteón secó el sudor de su frente con el dorso de la
mano. A pesar de la sombra de las viejas encinas del monte Citerón, el día era
caluroso y Acteón sentíase agotado de perseguir en vano al ciervo que había
escapado a sus afiladas flechas y a sus veloces perros El príncipe tebano se
jactaba de ser el más diestro cazador entre los griegos gracias a las enseñanzas
del sabio centauro Quirón, pero la fortuna es la que finalmente dispone sí el
esfuerzo del cazador será o no recompensado y esa tarde no había querido ser
generosa.
Como estuviera sediento, el joven se sentó sobre una piedra
para beber algo del agua que llevaba. Viendo a su alrededor a sus numerosos
perros, magníficos y soberbios animales, jadear por la sed, sintió compasión por
ellos; recordó que no muy lejos había un estanque de aguas claras y siempre
frescas.
- ¿Tenéis sed, mis buenos amigos? No os preocupéis, que
pronto beberemos todos –prometió a la sedienta jauría, y se incorporó para
ponerse en marcha.
Pero el príncipe era muy arrogante al adjudicarse el título
de cazador de Grecia, olvidando a la cazadora Artemisa. También la diosa gustaba
de adentrarse en los bosques del monte Citerón, acompañada de algunas de sus
servidoras. Sus pasos eran más ligeros que los del ciervo y sus largas y
esbeltas piernas eran igualmente veloces y ágiles. Sus ojos escudriñaban cada
rincón del bosque en busca de la presa. Su mirada era penetrante y la diosa no
erraba las flechas que disparara con su hermoso arco. Como el día era caluroso
también para ella, apenas cubrían dos trozos de tela los pechos y la cintura,
dejando a la vista su alto y esbelto cuerpo. El cabello castaño y rizado caía
abundante y agresivo por entre sus hombros, de forma que ella se veía como era:
hermosa y terrible a un mismo tiempo.
Sin embargo, ahora buscaba su bien conocido estanque, porque
ella y las ninfas que la servían estaban sudorosas. El estanque no era muy
grande pero sí hermoso y cristalino. Artemisa depositó su preciado arco en el
suelo y en un instante quedó desnuda y probo el frescor del estanque. La piel
sudorosa se estremeció, primero de frío y luego de placer, al contacto del agua
fría. Se sumergió y emergió aun más radiante mientras recogía el agua con ambas
manos para derramarla sobre su fatigado cuerpo. No tenía ningún pudor en
mostrarse desnuda ante sus servidoras y sabía que ellas admiraban su cuerpo alto
y delgado. Lo cierto es que, más que admirarla, las ninfas la adoraban porque
era mas hermosa que ninguna, si bien la temían porque la diosa era altiva y
orgullosa; también podía ser muy vengativa.
- Acompañadme – les ordenó, y obedecieron gustosas porque
también tenían calor y, sobre todo, porque les agradaba estar con su señora. Se
desnudaron y entraron al estanque con ella.
La diosa y sus ninfas no estaban solas sino que, extasiado,
Acteón las observaba oculto tras una encina. Había llegado con su jauría pero,
oyendo las hermosas voces, se había detenido para avanzar en solitario y en
silencio. Reconoció en aquella magnífica mujer a la diosa Artemisa, porque no
podía haber otra cazadora más hermosa, y aunque sabía que era imprudente
continuar allí, la visión atrapaba sus sentidos de tal forma que no dejó de
espiarlas sin decidirse a marchar. Aun habría de maravillarse más el príncipe
para desgracia suya.
Las dos servidoras de Artemisa jugaban y reían en las aguas
del estanque y eran tan adorables que su altiva dueña no pudo sino sonreírse y
sentir despertar su sensualidad viéndolas tan hermosas y alegres.
- Acércate, Calisto – dijo con voz suave a la ninfa, que se
acercó a ella hasta que sus pechos casi se rozaron. La diosa acarició sus
cabellos largos y rubios y vio unos ojos dulces que tenían la virtud de
enternecerla. La abrazó y luego la besó con ternura, y ahora sí que los pezones
se rozaron mientras las lenguas se tocaban suavemente. Calisto estaba entre sus
preferidas y no podía adivinar que llegaría el día en que habría de castigarla
por dejarse seducir por Zeus...
Artemisa se detuvo viendo a Antinea, la otra ninfa, celosa de
su compañera y la invitó a acercarse a ellas. También apreciaba y mucho a la
ninfa de cabellos oscuros y piernas resistentes que tantas veces la había
acompañado a sus cacerías y que otras tantas veces había yacido con ella en
alguna cueva o bajo un árbol... Juntó a sus dos servidoras, pues, y las tres
hermosas inmortales entretejieron sus lenguas y sus bocas mientras Artemisa
abarcaba las cinturas de las ninfas con sus brazos. Sería imposible encontrar
una fusión tan perfecta de la belleza como aquella. Poco sospechaba ninguna que
eran observadas, de haberlo sabido no habrían salido del estanque para
continuar, pues el agua fresca del estanque no podía enfriar los ardores de
Artemisa.
En la orilla Artemisa yació en la hierba y las ninfas
adoraron su largo cuerpo con sus lenguas. Besaron su boca y sus pezones hasta
que su señora las condujo delicadamente a donde quería, la puerta del placer que
había entre sus piernas. Ellas le rindieron tributo besando sus muslos y
adentrándose en su sexo con la ayuda de sus dedos y lenguas. La orgullosa
Artemisa apenas jadeaba pero el placer que la inundaba era inmenso y recompensó
a sus adoradoras con el jugo de su entrepierna, que ellas libaron como la abeja
toma el más dulce néctar.
La diosa cazadora también quería libar e invitó a Calisto a
ofrecerle su sexo. La ansiosa servidora se arrodilló sobre su cabeza, dejando su
tierno coño a su alcance, y su dueña no dejó de introducir en él su lengua
mientras Antinea apuraba los jugos que habían quedado en su entrepierna y
estimulando su sexo a la espera de más líquido. La dulce Calisto gemía, de forma
adorable para Artemisa, y la diosa se sonrió cuando su cara se desfiguró y gimió
como un gamo herido en el momento del orgasmo. Entonces la relevó su compañera.
Se cambiaron los papeles y Antinea ofrecía ahora su sexo a su
amada diosa. Artemisa acariciaba el cabello de Calisto mientras abría la boca y
llegaba con su lengua al interior de la ardorosa Antinea para jugar con sus
labios y su clítoris. Artemisa cerraba los ojos por el placer dado y también
recibido. Los jugos resbalaron abundantes por su entrepierna hasta la boca de la
diosa y aun más cuando llegó el momento que tanto deseaba.
En ese momento fue Antinea la que gimió mientras Artemisa
sintió el placer que le inundaba desde su sexo, acariciado y estimulado por
Calisto, hasta sus mejillas, ahora enrojecidas por la pasión. Luego las tres
inmortales se tendieron desnudas y dichosas sobre la hierba; hasta que un ruido
las sobresaltó. Era Acteón, que se acercaba a ellas.
El príncipe tebano se sentía aturdido habiendo descubierto el
secreto de la virginidad de la diosa. Ahora sabía porque Artemisa nunca se
dejaría profanar por un hombre y podía entenderlo porque no había visto ni
soñado algo tan hermoso. Sin embargo quería participar, aunque fuese imposible
porque él era varón y le había sido negada esa posibilidad por el destino.
Rápidamente se incorporó Artemisa y ahora la hija de Zeus y
de Leto era la diosa terrible e implacable que temían sus ninfas. No se cubrió
porque no le preocupaba demasiado que un hombre la viese cuando no iba a vivir
mucho tiempo más.
- Hermosísima diosa. Dejadme gozar a mí también y os daré mi
vida y mi alma si es necesario – suplicaba el necio príncipe.
- ¿Y a mí que me importa el alma de un miserable mortal? ¿No
sabéis que mi virginidad no ha de ser profanada por varón alguno? Ni siquiera ha
de rozar por un instante mi piel, mis vestidos o incluso mi arco. No me queda
más remedio que castigaros como al necio Orión, que intentó violarme.
Como Acteón siguiera rogando y hablando de amor palabras que
eran patéticas y sin sentido para la diosa, la venganza fue terrible porque de
pronto sintió una extraña sensación en sus extremidades y después en todo su
cuerpo. Sus manos y sus brazos se cubrían de pelo y donde había dedos hubo
pezuñas. Gritó y chilló aterrado hasta que ya no pudo articular palabras sino
gemidos de ciervo, pues en eso se había transformado.
Ahora era un ciervo, como el que persiguiera hace un rato, y
su jauría se acercó a él. Los fieles canes que él había criado desde cachorros,
le miraban con ojos fieros y abrían sus bocas llenas de colmillos. Acostumbrado
a su cariño y devoción, sintió pánico ante su crueldad y gimió como queriendo
decirles que él era Acteón. No sirvió de nada porque no podían reconocerlo y se
arrojaron a él y lo mordieron hasta matarlo. Quebraron sus patas y su yugular
con los dientes y así el príncipe tebano fue muerto sin que la diosa Artemisa
sintiera el más mínimo remordimiento. Las ninfas se estremecieron porque así era
su señora: amorosa y terrible a la vez.
Mucho sorprendió al centauro Quirón ver llegar solos a los
perros de su antiguo discípulo a su cueva. Los animales gemían desconsoladamente
porque su amo no estaba con ellos. Como no lo habían encontrado acudieron a
donde vivía el mejor amigo de su amo y le pidieron ayuda con su expresión de
infinita tristeza. Siguieron a Quirón en la búsqueda pero el centauro acabó por
encontrar a Artemisa y ella le informo que había recibido su justo castigo.
Quirón sintió un enorme dolor por la muerte de su discípulo y
también por aquellos perros; ya que nada podía hacer por su amo, quería
consolarlos y creó una figura idéntica a Acteón y la colocó a la entrada de su
cueva. Los fieles perros se convirtieron desde entonces en los mejores
guardianes porque nunca se alejaron de la figura, si bien no volvieron a ser
felices porque el que creían su amo nunca volvió a hablarles.