Por fin estaba en casa, pensé
mientras apoyaba mi espalda en la puerta de entrada cerrándola con
mi cuerpo. Sonreí al recordar el episodio vivido en el autobús,
y el recuerdo erizó los vellos de mi nuca. En ese inusitado trayecto
había comprobado en propia piel que los atascos no siempre resultan
tediosos.
Me descalcé de una manera
casi mecánica mientras rememoraba todo lo acontecido, y recogiendo
los zapatos del suelo me separé de la puerta y avancé por
el pasillo en dirección al dormitorio. Una vez allí, deposité
los zapatos en el armario y la mochila encima de la cama.
Encendí la lamparilla de
la mesita de noche y volviéndome hacia el espejo de cuerpo entero
que había en un rincón, estudié con detenimiento mi
aspecto, Ciertamente nada en él delataba que acababa de tener una
de las mejores experiencias sexuales de mi vida. Me desnudé lentamente
contemplando mi silueta suavemente contorneada por la tenue luz que tenía
a mi espalda. Chaqueta, falda y blusa fueron cayendo al suelo conforme
me iba despojando de ellas. La imagen de mi cuerpo desnudo en el espejo
me satisfizo, me gustaba su delgadez no carente de curvas, y el erótico
mensaje subliminal que éstas parecían transmitir entre el
personal masculino. Después de unos instantes más en los
que realicé varios giros para observarme desde diferentes ángulos,
me dirigí al baño y sentándome en el borde de la bañera
abrí la llaves del agua fría y caliente. Regulé la
temperatura para que brotase templada del grifo y entonces coloqué
el tapón. A continuación cogí un tarro de cristal
que contenía sales de baño y un bote de gel espumoso con
aroma de vainilla y esparcí en el agua parte del contenido de cada
uno. Ahora sólo tenía que esperar a que se llenase lo suficiente
para sumergirme en el agua, así que me levanté y salí
en dirección a la cocina para servirme una copa de vino. Mi plan
para esa tarde de jueves era darme un baño relajante mientras disfrutaba
del vino. Más tarde me prepararía algo para cenar y consultaría
mi correo electrónico, pero lo primero era el baño.
Cogí una botella de Rioja
reserva del 94 que había adquirido hacía dos semanas en una
coqueta tienda especializada en delicatessen que solía frecuentar.
- Excelente cosecha, señorita- había comentado el dependiente,
añadiendo que se trataba de un vino elegante, casi noble. La descorché
y me serví algo más de media copa y tras deleitarme unos
segundos con el suave aroma del vino, acerqué la copa a mis labios
y di un pequeño sorbo. Ciertamente el sabor era aterciopelado y
cálido, resultaría perfecto como complemento de cualquier
velada íntima con una compañía especial. Guardé
la botella y con la copa en la mano volví al cuarto de baño.
El agua llenaba ya buena parte de la bañera, así que deposité
la copa en el borde y cerré los grifos. Acaricié la superficie
del agua y comprobé que la temperatura era la adecuada. Sin pensarlo
dos veces me introduje en la bañera que me recibió con un
líquido abrazo, cálido y perfumado. Apoyé la espalda
en uno de los extremos de la bañera con el agua a la altura de los
hombros, cerré los ojos y me dejé embriagar por el delicado
aroma a vainilla del agua. Recordé el vino y cogiendo la copa tome
un trago, volviendo a pensar que era delicioso. Di dos tragos más
antes de dejar la copa de nuevo. Poco a poco, la combinación de
la tibieza del agua en el exterior de mi cuerpo, con el calor que el vino
estaba transmitiendo a mi interior actuó como resorte para que mi
mente empezará a rememorar lo acontecido en el autobús. Empecé
a acariciar mi cuerpo, primero el torso, muy suavemente, rozando apenas
las tetas, descendiendo hacia el vientre, y saltando hacia la cara externa
de los muslos. Pasé varias veces las manos arriba y debajo de los
muslos desviándolas hacia el centro a cada pasada. Cuando ya mis
manos se deslizaban por el interior de los muslos separé las piernas
y las apoyé en los laterales de la bañera. Continué
acariciando ambos muslos rozando ligeramente mi conejito cada vez que mis
manos se acercaban a la entrepierna. El roce discontinuo de mis dedos en
mi coñito estaba despertando su pequeña perlita, que muy
pronto exigiría su ración de mimo.
Finalmente, posé la palma
de la mano derecha sobre la vulva y llevé la izquierda a mis tetas
acariciando primero y después frotando y estrujando alternativamente
una y otra cada vez más fuerte. Aún notaba mi vagina ligeramente
dilatada por la intrusión de la verga del desconocido en el autobús,
y la caliente leche alojada en el cálido refugio. También
tenía la sensación de tenerla aún clavada que habitualmente
experimento después de haber mantenido relaciones sexuales con penetración.
Esa sensación siempre me ha resultado muy excitante y en ese momento,
con una de mis manos ejerciendo una suave presión sobre mi sexo,
la otra masajeando mis tetas y la idea de tener el coñito lleno
de leche, era lo que necesitaba para terminar de encenderme.
Coloqué la mano abarcando
ambos labios mayores y situé los dedos corazón y anular entre
los labios menores, con los extremos apoyados sobre la entrada de mi chumino.
Entonces inicié un movimiento cadencioso hacia arriba y abajo desplazando
mis labios mayores junto con la mano, de modo que estimulaba mi clítoris
indirectamente por encima de ellos mientras que los dedos que estaban entre
los labios menores frotaban la sensible mucosa. Empecé a combinar
el movimiento arriba y debajo de la mano con movimientos adelante y atrás
de los dos dedos de modo que presionaban de manera intermitente la boca
de mi coñito. Mi corazón latía ya con fuerza y mi
respiración se transformaba en gemido a cada espiración.
Podía sentir cómo mi perlita se alzaba ya exultante por debajo
de mis labios mayores, y cómo mis labios menores se hinchaban y
separaban abriendo aún más la flor de mi coñito. Sabía
que si incrementaba el ritmo de frotación llegaría pronto
al orgasmo, así que fui aumentando la velocidad hasta que empecé
a percibir cómo una descarga eléctrica se desencadenaba en
mi clítoris, se dirigía veloz a mi espina dorsal y desde
allí se expandía por todo mi ser. Apreté fuertemente
la mano contra mi sexo cuando mi cuerpo se tensó por una fracción
de segundo para explotar a continuación en una sucesión de
contracciones de mi útero, de mi vagina y de mis orificios delantero
y trasero. Contracciones que se sucedieron vertiginosamente en un principio
y que progresivamente se fueron espaciando unas de otras, hasta convertirse
en un leve palpitar que agitaba mi cuerpo con pequeñas sacudidas
de mi pelvis.
Recuerdo que me sumergí en
un estado de sopor con las piernas todavía separadas, los brazos
cayendo flácidos a ambos lados de mi cuerpo y las manos descansando
sobre el monte de venus. Minutos más tarde me incorporé despacio
y tomando la copa la alcé hacia el cielo: qué menos que un
brindis por una jornada doblemente satisfactoria. Sonreí y acerqué
la copa a mis labios apurándola de un solo trago. ¡Uhmmm,
realmente delicioso este vino!.
By Venus