El reto II
Juana se sentía desafiada. Y respondería de una manera
brutal. A pesar de su juventud, se consideraba una mujer lúcida.
Inconsientemente toda su vida había luchado por ser reconocida no por su
belleza, sino por su Inteligencia. Aunque debía reconocer no estar preparada
para momentos como aquel.
Ella es de cutis blanco, ojos y pelo color miel, un metro
setenta de altura, y unas curvas muy sinuosas. Pero lo mejor es su rostro. Los
ojos grandes pero bastante separados, que le daban un aire muy especial, nariz
pequeña y recta, y unos labios carnosos, todo circunscrito en un óvalo perfecto.
Largas piernas de torneados muslos, terminaban un culo admirable. Estrecha
cintura y senos no muy grandes pero hermosos.
Se recostó sobre una columna, serenándose, a recuperar algo
del aire perdido y a meditar sus próximos pasos.
Lo ordenó al esclavo C que lo ubicara en una mesa de acero
inoxidable. Bien amarrado boca arriba, con las piernas abiertas y las manos
juntas sobre su cabeza. Con la punta de la fusta recorrió el pene del negro,
lentamente, jugando. Con un imperceptible movimiento de muñeca, golpeó levemente
el glande, el cual se humedeció con una gota de líquido preseminal.
-¿Quieres acabar?- Le preguntó susurrándole al oído.
-Si ama- Escuchó decir con voz ronca al negro.
-Ni se te ocurra- Amenazó. –Aunque si te portas bien, te lo
permitiré-
Advirtió una caja celeste del cual salían varios cables, los
cuales terminaban en su punta con un electrodo, parcialmente cubierto por una
cinta adhesiva. Se colocó uno en la yema de su dedo, y giró una perilla para
obtener la mínima descarga. Al accionar el dispositivo, un suave y agradable
cosquilleo la fue recorriendo, hasta casi abarcar toda la mano. Se pregunto cual
sería la sensación con más potencia.
Puso un electrodo en cada tetilla del esclavo, ajustó la
potencia a un poco mas de la mitad, y envío la descarga, manteniéndola larga en
el tiempo. El negro endureciendo las facciones de su rostro, arqueaba su tórax
con signos claros de dolor. Mas voltios, pensó ella.
Estuvo jugando así durante un tiempo. Hasta decidir poner
varias terminales más. Una fue directamente a la parte inferior de la lengua del
torturado, mientras otra fue a dar a la base de su pene. Ajustando el voltaje al
mínimo nuevamente, se sitúo a horcajadas sobre la boca del negro.
-Chúpamela- Le indico siempre al oído, con voz suave pero
firme, al tiempo que se corría la braguita hacia el costado. Mientras el esclavo
la lamía con fruición, ella le aplicaba cortas descargas eléctricas, la cuales
pasaban a su vagina y clítoris produciéndole un sinfín de orgasmos encadenados.
Estaba extenuada, pero no quería terminar sin haberse posado
sobre esa verga gigantesca. Visiblemente cansada, se acomodó sobre el pene, y
muy lentamente se estaqueó en el. Nunca creyó que su vagina pudiera admitir
semejante cosa.
Dio algo mas de potencia al aparato, dejándolo funcionar
continuamente y al fin de sus fuerzas, pudo subir y dejarse caer sobre la
descomunal verga solo unas pocas veces. El orgasmo fue brutal.
Totalmente desmadejada, cayó sobre el pecho del negro, sin
fuerzas ni para apagar el dispositivo eléctrico. Aún empalada, y tocando más
superficie corporal del esclavo, el cosquilleo producido por la electricidad le
provocaba una dulce tortura.
-Has superado ampliamente la prueba.- Escucho decir al amo
Master, mientras este apagaba el aparato.
Levantándola casi en vilo, la destrabó del negro, y
dulcemente la besó en los labios. Ella respondió apasionadamente al beso, y
nuevamente pensó que la corriente le recorría todo el cuerpo.
Cuando se aprestaban a retirarse de la sala de tortura, ella
giró en seco y dijo.
-Espera, debo cumplir con una promesa.-
Se acercó a la mesa donde se extendía el negro, conectó
tantos electrodos como pudo poner en la superficie de los huevos y el pene
todavía erecto del esclavo, dio máxima potencia, y casi de inmediato, gruesos
borbotones de semen salieron disparados hacia arriba, junto a un chillido muy
agudo, inimaginable para aquel hombretón.
Con una media sonrisa, salió de la habitación.
Una larga limusina negra la condujo hasta su casa. Durante el
trayecto, revivió los acontecimientos ocurridos poco tiempo atrás. Ni en sus más
sórdidos sueños jamás pensó que le podía suceder algo como esto. Y lo que la
extrañaba en sumo grado, era verse a si misma inflingiéndole dolor a otra
persona, solo por el hecho de poder hacerlo. Eso la hacía sentir poderosa,
fuerte. Ni hablar de la parte sexual. Todas sus anteriores y muy escasas
experiencias fueron de un neto corte tradicional. Ella creía que conocía el
clímax del orgasmo, pero hoy lo había experimentado de una forma inigualable.
Ya en su casa, se sirvió una copa de vino blanco helado, la
cual tomó durante un largo baño, tras lo cual se durmió al mismo tiempo de
acostarse.
A la mañana siguiente, al despertarse, se sentía
terriblemente excitada. Bajo una mano hasta su muy humedecido sexo, y se
masturbó lentamente.
Luego de una ducha rápida y con un vaso de zumo de naranja en
la mano, fue en busca del periódico matutino. Antes de recogerlo, notó su auto
perfectamente estacionado en la puerta. Era indudable, pensó, que Master estaba
en todos los detalles.
"DIEGO CASTILLO MUERE AL CAER DESDE UN DECIMO PISO" rezaba en
letras de molde el titular de diario, donde describía el presunto suicido del
actor. Al leer el titular, el vaso de zumo se le resbalo de la mano, haciendo un
fuerte estrépito al estallar contra el piso. Sin poder recuperarse del primer
shock, continuó leyendo los detalles del caso.
Temblando y sin poder ordenar bien las ideas, tomó la tarjeta
blanca que le habían entregado anoche y solo rezaba "MASTER" y un número.
Tecleó con inseguros dedos los dígitos allí anotados, y tras
un solo ring escucho la vos del hombre que había virado su vida.
-Hola.- escucho decir a la voz del otro lado del aparato.
-He leído lo de la muerte de Diego Castillo.-
-Es una pena, que un hombre tan joven tome esas decisiones.-
El tono de Master era muy frió.
-¿Tu no has tenido nada que ver?
-No es para que lo charlemos por teléfono, ven para aquí
inmediatamente.- Dijo el hombre, tras lo cual cortó la conversación.
Trémula, Juana se arregló lo más rápido posible y partió
rumbo a la mansión. Durante el largo trayecto, fue revisando mentalmente todo lo
sucedido en las últimas horas. Y lo que mas la asustó fue el hecho del poder que
poseía Master sobre ella. Había conocido la cima al dominar a aquel negro, y
ahora se sentía en el lugar mas bajo, con un miedo feroz hacia el poder de aquel
hombre. Parecía que solo a el lo pertenecía la potestad del gozo y la vida o el
dolor y la muerte.
Al atravesar la puerta de la propiedad, el estaba
esperándola. La miraba fijo a los ojos, y ella, sin poder sostener la mirada,
bajó la vista.
-Adelante, pasa.- Dijo Master. Su sola voz ya imponía
respeto.
Esta vez se sentaron en una sala para ella desconocida. Ambos
permanecieron largo rato en silencio.
-¿Que le paso a Castillo?- Preguntó Juana se levantar la
vista del piso.
-Los accidentes pasan, recuerdo habértelo explicado ya.-
-Si, pero la muerte me pareció excesiva.-
-¡Y quien eres tu para juzgarlo! Bramó el hombre.
-Nadie.- expresó Juana en vos tenue. Algo trató de rebelarse
en ella, no podía aceptar que aquel, casi desconocido ser, la dominara. Trató de
levantarse de su asiento, pero un sonoro cachetazo en su mejilla. Lo impidió.
-Escucha bien lo que te voy a decir, pues me canso de
repetirlo.- Expresó Master, con cara colérica. –En este lugar yo soy Dios, Mi
nombre significa maestro, y soy precisamente el maestro de esta cofradía. Existe
una junta, todos los socios tienen sus derechos, pero mi decisión no posee
reclamos. Yo he decidido darte una oportunidad, has tenido suerte, pero siempre
puedo modificar mi actitud,-
Juana no se atrevía siquiera a respirar. Ese hombre le
inspiraba terror, pues sabía que lo que había escuchado era totalmente cierto.
Se hincó de rodillas a sus pies, para pedirle.
-Perdón, perdón, maestro.- Rogaba mientras sus mejillas se
llenaban de lágrimas.
-Levántate y siéntate en tu sitio.- Dijo el cogiéndola de las
manos. –Te sientes confundida por todos los acontecimientos cercanos. Veo que
aún debo completar tu horizonte. Mírame a los ojos.- Ordenó. –Ya has conocido
una parte oculta y oscura de tu corazón, ahora debo mostrarte la otra, y tú,
luego, deberás decidirte con cual te quedas.-
-Que necesito saber, maestro.-
Necesitas saber que se siente ser sumisa.- Las palabras de el
fueron un gran golpe. Levantó sus ojos para mirarlo directamente a los ojos. Su
mirada la traspasaba. Delate de el se sentía como la mujer mas insegura e
indefensa del mundo. Su maestro sabía lo que decía, y ella no tenía fuerzas para
contradecirlo.
-Como usted ordene, amo.- Las palabras de su boca salían sin
pensar.
Master la tomó por el brazo a la altura del codo, y la
condujo, llevándola casi en vilo, al cuarto número siete.
-Desnúdate.- Una vez cumplida la orden, el amo la rodeo
lentamente, analizándola, mientras ella se sentía como el la estudiaba, temiendo
no ser del agrado de el.
Ató sus muñecas a dos cadenas que pendían del techo. Sus
tobillos fueron igualmente asidos a argollas en el suelo, las cuales se fueron
lentamente separados por un dispositivo corredizo en el piso. Juana quedó con
ambas manos juntas, sobre la cabeza, las piernas muy separadas, su vagina a no
más de treinta centímetros del suelo.
Sendas pinzas de dientes de cocodrilo fueron a dar a los
senos, pezones y labios vaginales. De ellos colgó pequeñas pesas, que estiraban
todo hacia abajo. El primer quejido salió de su boca. Como premio por ello,
recibió una bola de goma, ceñida a su boca por un arnés de cuera ajustado a la
nuca. Sus ojos fueron vendados y sus oído taponados.
Aflojando despacio las cadenas, Master fue adelantando el
torso de la ahora esclava. Ella no veía ni escuchaba prácticamente nada. Solo
estaba allí, como un trozo de carne a la entera disposición de su amo. El dolor
en sus piernas y brazos era intenso, las pinzas, junto con las pesas unidas a
ellas, daban punzantes oleadas de tormento, a cada movimiento, las cuales
superaban y se superponían al sufrimiento de sus extremidades.
El dolor era intenso, pero en la mente de Juana, lo peor era
sentirse solo como un objeto. Se percató de que ese hombre podría incluso
matarla, sin que ella ni nadie pudiera ayudarla. El frío del pánico recorrió sus
vértebras. Todo su cuerpo se tensó buscando la manera de escapar. No era un
movimiento racional, era solo la reacción al terror que de ella se apoderaba.
¡Dolor extremo! La parte interior de su muslo derecho, casi
rozando el comienzo de su vagina, le indicaba que estaba siendo quemada. El
objeto candente tocó solo un segundo su piel, pero el dolor se acentuaba con el
tiempo. El olor de su propia carne quemada llegó a la única habilidad sensitiva
que le quedaba.
Se sacudía espasmódicamente tratando de liberarse. Aunque no
lo viera, de sus pezones comenzó a brotar sangre. Pero era inútil.
Ya no soportaba, quería pedir por favor, pedir perdón,
suplicar, prometer. Pero era imposible.
Sus piernas se juntaron algo. Su torso descanso sobre alguna
superficie lisa. Ya no importaba el sufrimiento de su cuerpo. Su mente,
aterrorizada, se negaba a recibir cualquier otro mal estímulo.
Una cálida mano recorría sus nalgas. Un dedo inquieto perforó
su vagina. Otro jugó delicadamente con su clítoris.
¿Placer? ¿Sería ello posible? Sus sentidos se recuperaron con
rapidez. En su mente volvió a notar los intensos dolores que partían de todo su
cuerpo. Pero, cada vez con mayor asiduidad, oleadas de placer se intercalaban
con las de dolor.
Un pene se abría camino en su interior. Lo sentía duro,
caliente. Cuando llegó al tope, se detuvo, y por primera vez es esta
experiencia, Juana deseaba que el torturador siguiera con su labor. Lentamente
sintió el comienzo de un muy suave vaivén del miembro, y las oleadas de placer
ya se confundías y se aliaban con las de dolor. Internamente pidió que el
movimiento se acelerara, pero este seguía siendo afanosamente lento.
¡Pero no, se detuvo¡ Aún dentro suyo, pero sin moverse. Una
tercera sensación se unió a las dos anteriores, la de la frustración. Hubiera
querido poder gritar que por favor no se detuviera.
De pronto, un leve movimiento. Parecía que nuevamente se
pondría en movimiento. EL pene se deslizó prácticamente fuera de ella, y de
golpe, salvajemente se introdujo totalmente.
Y comenzó una cadencia de lentos retiros con bruscos embates.
Y la velocidad del movimiento de acrecentaba. Y más, ella quería más.
El orgasmo fue brutal, largo y brutal. De su cuerpo millones
de emociones explotaron conjuntamente.
No pudo sopórtalo y perdió el conocimiento.
Se despertó en una preciosa cama de estilo, en una habitación
de una belleza extrema. Confundida, se imaginó que todo había sido un sueño. Tal
vez, todavía estuviera soñando.
Peor el dolor de sus senos y su vagina, el ardor de su muslo
le trajo a la mente la tortura recibida. Y el placer final también.
El ruido de una silla al correrse la sobresaltó.
-No te inquietes, estas en mi dormitorio.- La profunda voz de
Master la arrulló. Este se sentó junto a la cama y con una mirada que la hacía
derretirse le preguntó.
-Y bien niña que has decidido, ¿ser ama o esclava?
- Me gustaría se ama.- Contesto ella. –Siempre y cuando pueda
ser tu esclava.
Un cálido agradecimiento a las personas que me pidieron
seguir con esta historia. Si bien no las segundas partes nunca son buenas,
espero que esta también les guste. Y si es así, quien sabe, tal vez haya una
tercera.
Gracias a Sado, Cute y Wasabi por sus comentarios.